{"id":16949,"date":"2020-09-28T06:22:56","date_gmt":"2020-09-28T12:22:56","guid":{"rendered":"https:\/\/eloficiodehistoriar.com.mx\/?p=16949"},"modified":"2020-09-28T06:22:56","modified_gmt":"2020-09-28T12:22:56","slug":"que-chifladuras-las-de-luciano","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eloficiodehistoriar.com.mx\/?p=16949","title":{"rendered":"\u00abQue chifladuras las de Luciano\u00bb"},"content":{"rendered":"<p>Ciudad sin caras<\/p>\n<p>Hermann Bellinghausen<\/p>\n<p>Luciano es inventor de leyendas urbanas que le vienen a la cabeza sin ton ni son, y algunas, quien quita, son chicle y pegan. De oficio sale al campo. Busca claros en los bosques, planicies de hierba, anchos desiertos, playas solitarias cual altamares y r\u00edos de envergadura fronteriza para observar el ordenado caos de las estrellas. Se recita algunas constelaciones, nombra a Sirio y Antares cuando suceden, balbucea el mu\u00e9gano las Pl\u00e9yades y siente que las muerde.<\/p>\n<p>Va y viene, chofer carguero de hortalizas en un camioncito que atiborra de costales con frijol y ma\u00edz, pencas de pl\u00e1tano de un amarillo que acalora, de las cebollas cuelgan barbas y gre\u00f1as blanquecinas, y retorna a la ciudad en ruta a las bodegas del abasto. Se para donde ve clara la noche y busca d\u00f3nde tumbarse a mirar. Estaciona el camioncito, apaga las luces, se interna un poco.<\/p>\n<p>As\u00ed fue esa ocasi\u00f3n que Luciano imagin\u00f3 que una nube invisible descend\u00eda sobre las calles llenas de carros y transportes grandes, lentos, ruidosos, de estorbo en estorbo. Una nube que nadie ve\u00eda dispers\u00f3 los tumultos, acaso la idea de un padecimiento feroz, maestro de asfixia, las M de miedo a la muerte inscritas en las esquinas.<\/p>\n<p>La gente escond\u00eda el rostro para que la muerte no la reconociera. El truco a veces funcionaba. Desde la cabina de su carguerito, Luciano contempl\u00f3 la leyenda que se figurara y la cruz\u00f3 donde la realidad comienza. En su nueva leyenda, la Llorona no pla\u00f1\u00eda por sus hijos, sino por los t\u00edos y los pap\u00e1s de los pap\u00e1s de los ni\u00f1os. Nadie se tocaba ni por los codos. Habladora y pol\u00edglota en otro tiempo, la gente se doctoraba en monos\u00edlabos y frases cortas de fingida cortes\u00eda.<\/p>\n<p>\u00bfQu\u00e9 constelaci\u00f3n del camino le inspir\u00f3 tama\u00f1a patra\u00f1a? \u00bfFue Ori\u00f3n acaso? \u00bfEscorpio? \u00bfLa carreta obvia de la Osa? A qui\u00e9n se le ocurre una ciudad con bocas de trapo que se paraliza entre muecas que nadie ve.<\/p>\n<p>El dinero se untaba con alcohol y las suelas con compuestos qu\u00edmicos. Circulaban ambulancias como taxis y estaba prohibido envolver con peri\u00f3dico las carnes de los pescados. No hab\u00eda escuelas pero tampoco ni\u00f1os. \u00bfD\u00f3nde estaban los ni\u00f1os? Ah, viendo la escuela por televisi\u00f3n, la pesadilla de una popular fantas\u00eda pueril. Los menores se re\u00edan de esta Llorona aburridos como las ostras.<\/p>\n<p>Para\u00edso de mis\u00e1ntropos, la ciudad de lo real alternativo atormentaba a los fiesteros, los jacarandosos y los que manifiestan inconformidad colectiva. Ciudad, si alguna, de multitudes, estaba reducida a grup\u00fasculos, n\u00facleos familiares y filas en la banqueta hasta para comprar tornillos o medicamentos.<\/p>\n<p>Con cinta adhesiva o pintadas, millares de cruces se\u00f1alaban pasillos y salas de espera. Cintas amarillas de las que cercan escenas de crimen o coladeras en ruinas rodeaban desganadas y tensas los parques, las plazas, los paseos y los corredores comerciales.<\/p>\n<p>Espectros queriendo dejar su coraza, rostros que piden auxilio como el hombre de la m\u00e1scara de hierro de Dumas. Mientras rodaba los ejes con su carga de granos y cebollas, Luciano comenz\u00f3 a espantarse de sus ocurrencias. En la ciudad legendaria se hab\u00edan extinguido los besos. Toda caricia quedaba terminantemente abolida y un apret\u00f3n de manos era la ruleta rusa.<\/p>\n<p>Como en todo, hab\u00eda los que se negaban a la realidad. Gente que no se cubr\u00eda el rostro, primero muerta, ni se aseaba con la obsesi\u00f3n necesaria, ni dejaba quietas las manos tentonas. Por m\u00e1s esfuerzo que hicieran, sus rostros no eran, llevaban la marca de la anomia, del individuo irrespetuoso, reprobable, cuyas facciones resultaban irrelevantes, nadie las reconoc\u00eda. Todos los que tra\u00edan el rostro desnudo luc\u00edan id\u00e9nticos, su falta de m\u00e1scara los desfiguraba.<\/p>\n<p>Que chifladura la de Luciano. Vislumbrar bajo candado a la ciudad enamorada de sus millones de rostros distintos, borrada la fertilidad de las presencias, sus narices originales, la elocuencia y dulzura u odio de tantas bocas comunes. Y los ojos esquivos, de pupila chiquita, no expresaban gran cosa.<\/p>\n<p>Luciano lleg\u00f3 al almac\u00e9n. Los estibadores, el bodeguero y la chica de la caja estaban no s\u00f3lo tapados con trapo, sino tras caretas de pl\u00e1stico barato, sin la firmeza decidida del casco de los plomeros ni la personalidad de una escafandra.<\/p>\n<p>Quiso salir de esa fantas\u00eda absurda, barrerla con los limpiadores del parabrisas, dejar de inventarse leyendas excesivas, pero en cuanto baj\u00f3 de la cabina del camioncito un polic\u00eda sin rostro le orden\u00f3 que se tapara la boca y escondiera la cara, so pena de negarle la entrada.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Ciudad sin caras Hermann Bellinghausen Luciano es inventor de leyendas urbanas que le vienen a la cabeza sin ton ni son, y algunas, quien quita, son chicle y pegan. De oficio sale al campo. 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