{"id":19188,"date":"2020-12-27T11:05:28","date_gmt":"2020-12-27T17:05:28","guid":{"rendered":"https:\/\/eloficiodehistoriar.com.mx\/?p=19188"},"modified":"2020-12-27T11:05:28","modified_gmt":"2020-12-27T17:05:28","slug":"ah-look-at-all-the-lonely-people","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eloficiodehistoriar.com.mx\/?p=19188","title":{"rendered":"Ah, look at all the lonely people."},"content":{"rendered":"<p>La balada de nadie (fragmento)<\/p>\n<p>&#8211; Luis Tovar &#8211;<\/p>\n<p>La Jornada Semanal<\/p>\n<p>Ah, look at all the lonely people.<\/p>\n<p>Paul McCartney<\/p>\n<p>Natasha<\/p>\n<p>\u00bfSeguir\u00e1 siendo lo que fue?<\/p>\n<p>No faltar\u00eda a qui\u00e9n preguntarle por ella, pero la verdad es que su inter\u00e9s no llega tan lejos; es s\u00f3lo que all\u00e1 de vez en cuando la recuerda o, para ser m\u00e1s preciso, rememora los escasos datos que de ella supo: su nombre, la calle donde vive \u2013\u00bfviv\u00eda, vivir\u00e1?\u2013, qui\u00e9nes sus padres, sus hermanos, el apodo que le pusieron desde ni\u00f1a. No m\u00e1s, ni menos de lo que sabe y recuerda de much\u00edsimos otros habitantes de Altavilla que, a pesar de lo poco que siempre supo de ellos, para \u00e9l eran emblem\u00e1ticos: el viejo jardinero que ofrec\u00eda sus servicios de casa en casa, de nombre ignoto, a quien debido a su paso, lent\u00edsimo, llamaban el Correcaminos.<\/p>\n<p>El hombre bajito y barrig\u00f3n, invariablemente vestido con mezclilla, camisa de manga larga a cuadros, botas y sombrero de palma, que llevaba en el brazo una canasta rebosante de cacahuates, habas y pepitas de calabaza, adem\u00e1s de una ollita de peltre con cajeta casera que vend\u00eda en barquillos para helado. El se\u00f1or de los merengues, con su charola siempre en alto, moreno, de poqu\u00edsimas palabras, que todav\u00eda aceptaba jugarse la mercanc\u00eda a los volados. El hombre, m\u00e1s avejentado que viejo, roja la nariz, que todas las tardes empujaba su largo carrito de madera, pregonando la vendimia de j\u00edcamas, pepinos, naranjas, rebanadas de pi\u00f1a y cocos con chile, mercanc\u00eda de cuya salubridad \u00ednfima nadie dudaba, aunque no por eso vendiera menos.<\/p>\n<p>Don Silverio, el polic\u00eda de barrio, doblemente at\u00edpico por honesto y por querido, que muri\u00f3 del balazo disparado por un ladr\u00f3n en plena huida. Otro jardinero, \u00e9ste pagado por el municipio, a cargo del cuidado del peque\u00f1o parque y las jardineras en torno al kiosco, a quien llamaban Chavo y que el espa\u00f1ol lo hablaba poco y mal. El globero, joven calvo prematuro, a quien jam\u00e1s nadie vio sin una sonrisa llen\u00e1ndole el rostro y que recorri\u00f3 las calles de Altavilla a lo largo de un par de generaciones. El vendedor de verduras y legumbres, de quien al parecer todos ignoraban el nombre, de sombrero muy gastado, huaraches y un viejo saco que no se quitaba ni en los d\u00edas de m\u00e1s calor, adem\u00e1s del costal donde se revolv\u00edan ajo, cebolla, lechuga, calabaza, nopal, jitomate, tomate verde, papa, zanahoria, y que cuando le ped\u00edan algo que no llevaba o se le hab\u00eda terminado, siempre respond\u00eda preguntando:<\/p>\n<p>\u201c\u00bfCu\u00e1ntos queres pa\u2019ma\u00f1ana?\u201d Se le conoc\u00eda como el Marchante y, como a todos los otros, no le ven\u00eda mal el sobrenombre porque ya fuesen frutas, legumbres, globos, merengues, cacahuates o servicios lo que brindaban, ten\u00edan en com\u00fan el hecho de recorrer la colonia de extremo a extremo, d\u00eda tras d\u00eda, cada mes de todos los a\u00f1os.<\/p>\n<p>Tambi\u00e9n estaban los que, por el contrario, jam\u00e1s se les ve\u00eda fuera de su sitio, comenzando por los propietarios y al mismo tiempo dependientes de los negocios locales: la se\u00f1ora Delis en su hom\u00f3nima papeler\u00eda y dulcer\u00eda; don Enrique en su miscel\u00e1nea, incapaz de no galantear a su clientela femenina; la mam\u00e1 de Marcos, un exhippie que termin\u00f3 de publicista, ambos michoacanos de nacimiento y atendiendo su paleter\u00eda; la se\u00f1ora Yola y familia en la farmacia, bautizada con el nombre de su hija; la g\u00fcera de los juguetes, invariablemente pobres, tristes y empolvados, en el que todo mundo llamaba \u201cel mercadito\u201d, y ah\u00ed mismo la se\u00f1ora Lore, su hija y su yerno en una de las dos \u00fanicas carnicer\u00edas, lo mismo que la tortiller\u00eda, negocio familiar tambi\u00e9n, de una pareja silenciosa a m\u00e1s no poder, \u00e9l siempre de espaldas alimentando con masa la ruidosa m\u00e1quina, ella despachando, acostumbrada ya a que, sobre todo los ni\u00f1os, miraran con total impudicia que le faltaba el ojo derecho.<\/p>\n<p>Esos y otros negocios eran el destino cotidiano, repetido y fatal de Natasha \u2013por alguna raz\u00f3n, aunque supiera su verdadero nombre prefer\u00eda recordarla con este otro que el barrio le hab\u00eda impuesto\u2013: estudi\u00f3 una carrera y dec\u00edan que la ejerci\u00f3; algunos aseguraban que tuvo m\u00ednimo un novio, aunque nadie la viera jam\u00e1s con \u00e9l; de seguro ten\u00eda al menos una amiga, pero lo \u00fanico que a todos les constaba era que Natasha fatigaba una y otra vez las banquetas de Altavilla para ir a la tienda de abarrotes, la recauder\u00eda, la farmacia, la tintorer\u00eda, la papeler\u00eda, las tortillas el pan la leche un refresco aspirinas jab\u00f3n todo lo que se ofreciera en su casa, donde quedaba claro que jam\u00e1s se les habr\u00eda ocurrido mandar a ning\u00fan otro miembro de la familia.<\/p>\n<p>Bajita y delgad\u00edsima, de gestos y ademanes menos que discretos, m\u00ednimo el timbre de su voz, brev\u00edsima la sonrisa, qui\u00e9n sabe qu\u00e9 pensar\u00eda Natasha, qu\u00e9 desear\u00eda, con qu\u00e9 so\u00f1aba. Recordarla era lo mismo que imaginar si estuvo conforme con esa rutina de mandadera familiar oficial, o si aquella estampa de peque\u00f1ez irreparable ocultaba una imaginaci\u00f3n enriquecida de tanto fertilizar en la soledad y el silencio.<\/p>\n<p>Si le preguntaran, \u00e9l responder\u00eda que la imagen con la que su mente comparaba a Natasha era, lugarcomunesca, la de un pajarito por lo t\u00edmida, lo delgada y lo aparentemente furtiva; por su manera de estar sin estar, de no hacer bulto y ser advertida de repente, llevando en las manos la botella de Coca Cola el manojo de cilantro la bolsa de pan o lo que en casa le hubieran encargado, y cuando uno volv\u00eda a mirar ya no estaba m\u00e1s. \u00c9sa, o esta otra: Natasha era como un foco de pocos watts, que iluminaba escasamente y, sin remedio, nada m\u00e1s el solitario y reducido \u00e1mbito de su silencio; de luz tan tenue y de tan corto alcance, que entre su ausencia y su presencia no hab\u00eda disparidad notable y, por eso, mirarla o recordarla, como all\u00e1 de vez en cuando llegaba a suceder, le hac\u00eda pensar en ella como la Eleanor Rigby del barrio, sola entre los solos, callada<br \/>\nentre los silenciosos, la m\u00e1s discreta entre los an\u00f3nimos, Pen\u00e9lope que se hab\u00eda cansado de esperar, tal vez muy desde el principio y al parecer sin amargura, si uno se aten\u00eda al permanente gesto apacible de su rostro y a su andar que, visto siempre desde lejos, daba la impresi\u00f3n de llevarse perfectamente con un paisaje del que Natasha formaba parte igual que los muros, los postes, las puertas, las banquetas y el resto de las calles de Altavilla.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La balada de nadie (fragmento) &#8211; Luis Tovar &#8211; La Jornada Semanal Ah, look at all the lonely people. 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