{"id":19743,"date":"2021-01-18T07:30:16","date_gmt":"2021-01-18T13:30:16","guid":{"rendered":"https:\/\/eloficiodehistoriar.com.mx\/?p=19743"},"modified":"2021-01-18T07:30:16","modified_gmt":"2021-01-18T13:30:16","slug":"los-rostros-perdidos","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eloficiodehistoriar.com.mx\/?p=19743","title":{"rendered":"Los rostros perdidos"},"content":{"rendered":"<p>Los rostros perdidos<\/p>\n<p>Hermann Bellinghausen<\/p>\n<p>Un a\u00f1o enmascarados en p\u00fablico. Definitivamente las calles no son lo que eran. Se redujeron los m\u00e1rgenes para la sutileza, la improvisaci\u00f3n, el riesgo, la diversi\u00f3n, el hedonismo, la seducci\u00f3n, el humor. En cambio se ampliaron los l\u00edmites de lo que es acoso, lo que es vil antojo, pues con la sana distancia las fronteras interpersonales est\u00e1n a metro y medio o son una agresi\u00f3n que podemos denunciar.<\/p>\n<p>Las reglas rifan diferente en el transporte p\u00fablico, ah\u00ed s\u00ed el hacinamiento est\u00e1 de vuelta en la multitud enmascarada que batalla por sustituir el Metro por camionetas para traslado de polic\u00edas o en autobuses y metrobuses como latas de sardinas. Sorry, se nos quem\u00f3 un fusible. Las fiestas est\u00e1n m\u00e1s o menos prohibidas pero ocurren. Pues total, si en los transportes, los centros de trabajo y los mercados las leyes de la gravedad dominan sobre las necesidades preventivas, qu\u00e9 m\u00e1s da mezclarse y revolverse en un huateque entre desconocidos. Mientras, los dados siguen rodando.<\/p>\n<p>Empezaron los fr\u00edos que predisponen a la bufanda y el abrigo. \u00bfD\u00f3nde quedaron los rostros? \u00bfLa portentosa multitud de rostros irrepetibles que cada d\u00eda nos deparaban las calles y los espacios de la ciudad? \u00c9ramos una enciclopedia de rostros, nos le\u00edamos unos a otros, nos gui\u00f1\u00e1bamos, nos ignor\u00e1bamos, nos interpel\u00e1bamos peatonalmente. Ve\u00edamos cientos de rostros en un d\u00eda. Y muchas decenas de ellos eran nuestros conocidos y conocidas, familiares o nuestra gente, los colegas, las rutinas extramuros.<\/p>\n<p>En ese concierto de rostros transcurr\u00edamos, con un desapego poco com\u00fan en otras grandes ciudades del mundo. La Ciudad de M\u00e9xico era muy flexible para checarse un segundo unos a otros sin necesidad del reojo al abordar el vag\u00f3n o cruzar almacenes y avenidas, saludarse en el tianguis, apelotonarse a ver a los payasos en las explanadas o comer tacos en todas sus manifestaciones culinarias. Qu\u00e9 decir de los bares, las cantinas. O las escuelas desde chiquitos, verdadero surtidor de rostros, caras, ojos y gestos con los que construimos nuestros sue\u00f1os y navegamos vigilias. Un sal\u00f3n de clase es un museo de rostros, eso lo sab\u00edan todos los maestros: que los ni\u00f1os acumulaban ya su colecci\u00f3n de rostros con nombre y apellido. Pero poco a poco lo est\u00e1n olvidando, acostumbrados al minimalismo humano en l\u00ednea, inodoro e ins\u00edpido, a salvo de proximidades contagiosas.<\/p>\n<p>Si las presencias tienen un aura, un aliento com\u00fan, como intu\u00eda Broch, un lugar en la respiraci\u00f3n, y si poseen rostros y voces propias que emiten luz o sombra, desd\u00e9n o miedo, curiosidad, sorpresa, agrado o su contrario, entonces en la ausencia pand\u00e9mica hemos perdido las auras de los otros, a cambio de la futilidad y el sopor de las videoconferencias.<\/p>\n<p>Como tantas otras funciones del cuerpo social, tomar\u00e1 tiempo recuperarlas. Muchas ya no las recuperaremos, se habr\u00e1n ido en la ausencia, en el largo periodo de cubrebocas y caretas de vinilo transl\u00facido sin jolgorios ni velorios. El pasamonta\u00f1as, aprendimos de los zapatistas de Chiapas, subraya los ojos, los ilumina. En cambio el fastidio de los cubrebocas, a\u00fan si agarran estilo artesanal o de comic, difumina los ojos y dif\u00edcilmente los podremos recordar si lo intentamos.<\/p>\n<p>Qu\u00e9 lejos aquel museo de caras y rostros, reducidos a snap shots de transmisi\u00f3n instant\u00e1nea y videos donde aprendemos que la cara desnuda de la gente sin casco ni mascarilla est\u00e1 pixelada, sus ojos son grises y la voz les resuena como dentro de una cazuela. Para levantar la mano aprietas una tecla. Uno silencia o bloquea lo que no le late, castiga en desagrado sin gastar saliva, elimina los seres vivos como aprendi\u00f3 en los videojuegos.<\/p>\n<p>Con suerte uno navega en alta definici\u00f3n y recupera detalles de las caras que asoman, si les creci\u00f3 el pelo o la barba, y a los chiquillos el cuerpo. Es curioso, por primera vez en la historia, la humanidad puede verse y extra\u00f1arse a la vez. Uno pasa filtros y cuarentenas para cambiar de localidad, abordar un avi\u00f3n, emprender un destino remoto. M\u00e1s que el pasaporte, lo que importa es nuestra temperatura. Hoy debemos ir al banco enmascarados; antes estaba prohibido, uno ten\u00eda que identificarse plenamente. Y luego que las transacciones ya no necesitan de dinero ni tarjeta f\u00edsica. Al banco no le interesa tu rostro, s\u00f3lo tu n\u00famero. Por eso los bancos se han entendido tan bien con la pandemia.<\/p>\n<p>Un cond\u00f3n emocional domina las almas. As\u00ed, \u00bfcu\u00e1ndo volveremos a asistir al polif\u00f3nico concierto de caras y rostros, sin resquemor en el aliento, libres para circular nuestras auras y ponerlas en juego con intenciones buenas o malas, pero transparentes, con nuestros verdaderos ojos y rostros, cara a cara como en los viejos tiempos?<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Los rostros perdidos Hermann Bellinghausen Un a\u00f1o enmascarados en p\u00fablico. Definitivamente las calles no son lo que eran. Se redujeron los m\u00e1rgenes para la sutileza, la improvisaci\u00f3n, el riesgo, la diversi\u00f3n, el hedonismo, la seducci\u00f3n, el humor. 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