{"id":20470,"date":"2021-02-11T06:49:11","date_gmt":"2021-02-11T12:49:11","guid":{"rendered":"https:\/\/eloficiodehistoriar.com.mx\/?p=20470"},"modified":"2021-02-11T06:49:11","modified_gmt":"2021-02-11T12:49:11","slug":"los-clochards-unicos-habitantes-de-los-dias-y-las-noches-al-exterior-darius","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eloficiodehistoriar.com.mx\/?p=20470","title":{"rendered":"Los clochards, \u00fanicos habitantes de los d\u00edas y las noches al exterior. Darius"},"content":{"rendered":"<p>Un vagabundo celestial<\/p>\n<p>Vilma Fuentes<\/p>\n<p>La plaza Maubert-Mutualit\u00e9, verdadero polo de atracci\u00f3n para paseantes y turistas antes de la pandemia, parece tan fantasmal como los edificios que se reflejan desde los vidrios de las vitrinas hacia las brumas del cielo invernal. Situada a cien metros de la catedral de Par\u00eds, el terrible incendio de Notre-Dame hab\u00eda menguado la frecuentaci\u00f3n tur\u00edstica del barrio y la plaza de la Maub. Confinamientos y toques de queda sucesivos obligan a desertar, incluso a los vecinos de las calles aleda\u00f1as, suspendida la vida parisiense de caf\u00e9s y restaurantes cerrados desde hace meses. As\u00ed, del folklore de este pintoresco barrio s\u00f3lo quedan los clochards, \u00fanicos habitantes de los d\u00edas y las noches al exterior. No les queda otra. Sin domicilio, escapan al control policiaco y a los decretos de confinamiento total o parcial. Fantasmas errantes, sus siluetas atraviesan como pueden las noches heladas cuando no lluviosas.<\/p>\n<p>Mientras el toque de queda impuesto al anochecer temprano de invierno en punto de las 18 horas, los clochards flotan entre las prisas de quienes hacen sus \u00faltimas compras del d\u00eda, corren de su empleo a su casa, se despiden de lejos sin darse la mano, acaso con una sonrisa invisible tras el tapabocas que los enmascara. Los vagabundos, mendigos, marginados, sin un techo d\u00f3nde abrigarse, buscan un rinc\u00f3n para refugiarse de la intemperie. Algunos guardan celosamente su botella de vinaza que beber\u00e1n, a lo largo de la noche pero siempre demasiado pronto. El vino, aunque malo, dar\u00e1 calorcillo a sus cuerpos tumefactos. Platican entre ellos, se ayudan a caminar, no tienen miedo de tocarse las manos, la piel, de respirar la respiraci\u00f3n del otro, sin mascarillas. Las urgencias del mundo no son las suyas, su tictac no es el de los relojes.<\/p>\n<p>El clochard hoy m\u00e1s antiguo de la Maub se llama Darius. Es un hombre originario de Polonia. Su lengua francesa se limita a unas cuantas palabras mal articuladas por su voz pastosa. Fornido, algo espeso, pasa las horas trasladando de un lado a otro sus bultos, a veces tambi\u00e9n un viejo colch\u00f3n sucio o un sill\u00f3n arrojado a la basura por un vecino. Solitario, su escaso vocabulario en franc\u00e9s no le permite comunicarse con los otros teporochos. Darius vigila sus pobres pertenencias, temeroso de ser robado por otros indigentes. En ocasiones, cuando la ebriedad lo posee, da de gritos, aullidos incomprensibles. Reclamaciones a los hados y los cielos. Blasfemias contra la suerte y los infiernos. Nadie se espanta con sus alaridos. Darius es un hombre pac\u00edfico y su furia es un acceso pasajero. Algunas ma\u00f1anas, m\u00e1s crudo que sobrio, se encamina por una calle aleda\u00f1a a la agencia inmobiliaria Madet, donde Fran\u00e7ois, su generoso propietario, le ofrece un caf\u00e9. Darius se porta, entonces, como un ni\u00f1o agradecido y obediente.<\/p>\n<p>Nadie sabe c\u00f3mo ni por qu\u00e9 Darius lleg\u00f3 a Francia. Su historia no remonta m\u00e1s all\u00e1 de unos 20 a\u00f1os. Como si hubiese nacido s\u00f3lo entonces, su vida no va m\u00e1s lejos. Trabaj\u00f3 algunos a\u00f1os como alba\u00f1il, dicen quienes lo recuerdan cuando apareci\u00f3 en la Maub. Despu\u00e9s, la soledad, el alcohol, la miseria, deben haberse agravado. El hombre es una fuerza de la naturaleza. Otros ya hubieran sucumbido. Sobrevive a inviernos glaciales, a veranos caniculares, al hambre, a la pandemia. Si acaso sabe de \u00e9sta, no es parte de sus miedos.<\/p>\n<p>Esta semana, Darius can-turreaba. Un gato pardo, vivaz, estaba instalado sobre uno de sus costales de harapos. Nuestro clochard sosten\u00eda una pl\u00e1tica con el minino que se dejaba acariciar por sus manos llenas de costras. Se entend\u00edan.<\/p>\n<p>Yo hab\u00eda visto clochards con perros que mejoran as\u00ed las limosnas de los pasantes. Vi una mendiga cargada con un conejo que sujetaba con una especie de bufanda. Un vagabundo con dos changuitos, correas al cuello. Pero nunca hab\u00eda un clochard con un gato que no necesitaba de ninguna amarra para permanecer a su lado. Esa debe ser la comuni\u00f3n entre un hombre y un gato: la errancia en d\u00fao.<\/p>\n<p>vilmafuentes22@gmail.com<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Un vagabundo celestial Vilma Fuentes La plaza Maubert-Mutualit\u00e9, verdadero polo de atracci\u00f3n para paseantes y turistas antes de la pandemia, parece tan fantasmal como los edificios que se reflejan desde los vidrios de las vitrinas hacia las brumas del cielo invernal. 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