{"id":21613,"date":"2021-03-29T07:36:28","date_gmt":"2021-03-29T13:36:28","guid":{"rendered":"https:\/\/eloficiodehistoriar.com.mx\/?p=21613"},"modified":"2021-03-29T07:36:28","modified_gmt":"2021-03-29T13:36:28","slug":"la-enorme-presencia-de-vicente-rojo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eloficiodehistoriar.com.mx\/?p=21613","title":{"rendered":"La enorme presencia de Vicente Rojo"},"content":{"rendered":"<p>La enorme presencia de Vicente Rojo<br \/>\nElena Poniatowska<\/p>\n<p>Habitante de Coyoac\u00e1n, Vicente Rojo acostumbraba salir a caminar una hora despu\u00e9s de comer. Sus calles eran Presidente Carranza, Plaza de Santa Catarina, Pino 34, sede de su estudio, y Dulce Oliva \u2013su casa\u2013, arbolada y tranquila, bautizada por el Indio Fern\u00e1ndez al enamorarse de Olivia de Havilland (en esos a\u00f1os, por alguna raz\u00f3n, los mexicanos pod\u00edan bautizar su calle). Salvador Novo tambi\u00e9n llam\u00f3 Dolores del R\u00edo a una calle arbolada y a otra le puso su nombre.<\/p>\n<p>Vicente no caminaba por Francisco Sosa porque casi no tiene aceras. (digo acera en su honor, porque correg\u00eda mi banqueta por acera).<\/p>\n<p>Vicente regresaba vigorizado a su estudio despu\u00e9s de haber meditado paso a paso qu\u00e9 pintar\u00eda y c\u00f3mo resolver\u00eda tal o cual problema irresoluble hasta que alg\u00fan \u00e1rbol le diera la soluci\u00f3n. Ning\u00fan intelectual camin\u00f3 tanto como Vicente.<\/p>\n<p>Sal\u00eda de su alt\u00edsimo estudio, obra de Felipe Leal. Bajaba por una escalera (lo primero que escogi\u00f3 a lo largo de su vida fueron las escaleras) y cuando \u00e9l y Albita nos invitaban a comer, desde el segundo piso de la casa de Dulce Oliva, el pintor saludaba contento mientras intent\u00e1bamos sentarnos entre los miles de cojincitos que Albita atesoraba.<\/p>\n<p>Tambi\u00e9n, en esa misma casa de techo alto, una escalera permit\u00eda subir al segundo piso. Desde un barandal, Vicente o Albita miraban hacia abajo como si vivieran en la punta de la pir\u00e1mide de Teotihuacan, esa figura geom\u00e9trica que Vicente Rojo siempre favoreci\u00f3.<\/p>\n<p>Vicente jam\u00e1s perdi\u00f3 la costumbre de subir escaleras porque odiaba los elevadores, pero el doctor Isaac Masri aclar\u00f3 que hace apenas unos meses lo hizo por primera vez al lado de Barbarita Jacobs. Vicente siempre am\u00f3 los caballitos de madera, aquellos que galopan en el carrusel de la feria. Quiz\u00e1s, al venir de Espa\u00f1a a M\u00e9xico, Vicente atraves\u00f3 el oc\u00e9ano montado en alg\u00fan Pegaso.<\/p>\n<p>Seguro, para Vicente se hizo la canci\u00f3n que nos gustaba tanto: Para subir al cielo, para subir al cielo, se necesita una escalera grande, una escalera grande y otra chiquita.<\/p>\n<p>En el edificio de Novedades, en la esquina de Balderas y Morelos, Vicente tambi\u00e9n prescind\u00eda del elevador. \u00c1ndale, no seas floja. No entiendo por qu\u00e9, con la desaparici\u00f3n de Vicente, tengo la obsesi\u00f3n de subir. En mi cabeza, subo sin parar, como en un grabado de Escher.<\/p>\n<p>Muchas veces, Vicente pint\u00f3 en el suelo, y un mediod\u00eda en que fui a consultarlo lo encontr\u00e9 lijando un lienzo grande, extendido en el piso. Encorvado sobre la tela, su brazo iba y ven\u00eda, su mano deten\u00eda un pedazo de papel estraza y me tendi\u00f3 un pedacito de lija: Si quieres ayudar, l\u00edjale all\u00e1 en esa esquina. Le pregunt\u00e9: \u00bfY para qu\u00e9 lijas, si ya le pusiste color y ya se ve muy bonito? Me respondi\u00f3: Para que salgan otras texturas.<\/p>\n<p>Lij\u00e9 hasta que orden\u00f3: Ya qued\u00f3.<\/p>\n<p>\u2013\u00bfYa hice un Vicente Rojo?<\/p>\n<p>\u2013No.<\/p>\n<p>Vicente Rojo y yo nos conocimos muy j\u00f3venes en el suplemento cultural M\u00e9xico en la Cultura, de Novedades. Vicente hab\u00eda aprendido con Miguel Prieto a formar la primera plana de cualquier peri\u00f3dico y la de cualquier libro, y le pas\u00f3 sus conocimientos a Vicente, su hijo.<\/p>\n<p>La primera vez, entr\u00f3 a la oficina del tercer piso de Novedades un jovencito t\u00edmido, muy delgado. Todo en \u00e9l ten\u00eda que ver con la prudencia: su saco, su mirada, sus zapatos, su pelo ondulado, todo lo contrario de Fernando Ben\u00edtez qui\u00e9n peroraba en voz muy alta y hac\u00eda re\u00edr hasta a los perros.<\/p>\n<p>Sobre un escritorio de hierro de H. Steele frente al de Fernando Ben\u00edtez, Vicente form\u00f3 el suplemento dominical M\u00e9xico en la Cultura. A\u00f1os m\u00e1s tarde, trabajar\u00eda en la misma forma con su hijo, el G\u00fcero, frente a frente, como viajeros en el mismo vag\u00f3n.<\/p>\n<p>Vicente nunca alzaba la voz y casi no se ve\u00eda de \u00e9l m\u00e1s que su cabeza de cabello rizado. No pajareaban sus ojos en la plana en la que habr\u00eda de colocar fotograf\u00edas, dibujos de Elvira Gasc\u00f3n. Lo importante eran las cabezas, en letras grandes. Sus manos r\u00e1pidas iban de un lado a otro tan calladas como \u00e9l, aunque siempre hubo en su mirada una chispa de iron\u00eda, esa s\u00ed, muy fugaz.<\/p>\n<p>Pronto me di cuenta de que a todos nos hab\u00eda tomado la medida, pero su medida era la de la generosidad. A la salida de Miguel Prieto de El Nacional o de Novedades, Vicente tom\u00f3 su relevo y hoy mismo sigue siendo uno de los grandes art\u00edfices del peri\u00f3dico que fund\u00f3 y am\u00f3 en 1985, y se llama La Jornada.<\/p>\n<p>Ben\u00edtez era muy popular, decenas de admiradores lo visitaban; usaba paraguas, aunque no lloviera, s\u00f3lo para subrayar su elegancia, lo vest\u00eda el sastre Campdesu\u00f1er, en la Zona Rosa. Vicente apenas levantaba la vista. \u00bfPara qu\u00e9 la levantaba, si muy pronto adivin\u00f3 a Ben\u00edtez hasta aprend\u00e9rselo de memoria de tanto quererlo?<\/p>\n<p>Ben\u00edtez fue un padre para m\u00ed \u2013lleg\u00f3 a decir Vicente Rojo.<\/p>\n<p>Nadie pudo ser nunca m\u00e1s distinto a Vicente que Ben\u00edtez, pero Vicente repiti\u00f3 una y otra vez que Fernando era su padre.<\/p>\n<p>En 1959, gracias a Manolo Barbachano Ponce, Vicente y yo viajamos en el avi\u00f3n que llevaba al presidente C\u00e1rdenas a Cuba, invitado de honor de Fidel Castro. Vicente era revolucionario; yo, una ni\u00f1a bien con la Virgen de Guadalupe colgada del cuello. Los viajeros a la Cuba, que Fidel Castro acababa de ganar para los guajiros, fueron Fernando Ben\u00edtez, Carlos Fuentes, Rafael Loret de Mola y otros yucatecos amigos de Manolo Barbachano.<\/p>\n<p>Vicente y yo \u00e9ramos primerizos. En La Habana todav\u00eda quedaban muchos restos del lujo estadunidense en el hotel Hilton (hoy Habana Libre), donde nos alojamos. Recuerdo anaqueles llenos de perfumes Chanel y bares surtidos con todos los mojitos y daiquiris del mundo. Los night clubs (as\u00ed en ingl\u00e9s) segu\u00edan en su apogeo; los salones de juego tambi\u00e9n; pod\u00edan o\u00edrse las fichas resonar en el casino, El Encanto exhib\u00eda vestidos igualitos a los de Nueva York. A\u00fan bailaban mujeres bell\u00edsimas en el Tropicana y all\u00e1 fueron nuestros amigos al son de timbales, maracas, g\u00fciros, guaguanc\u00f3, sones y otros movimientos de cadera que hac\u00edan gritar a Ben\u00edtez a voz en cuello: \u00a1Hermanitos, aqu\u00ed ninguna parte del cuerpo es vergonzosa!.<\/p>\n<p>Vicente y yo nos inclinamos por caminatas a buen paso a lo largo del malec\u00f3n y a la risa de una ola m\u00e1s alta que nos empapaba. Estas gotas de agua habr\u00edan de convertirse m\u00e1s tarde en la lluvia que azotaba la ventana del bungalo en Tonantzintla, que Vicente, obsesivo, reprodujo en una gran exposici\u00f3n.<\/p>\n<p>Tambi\u00e9n en la Cuba de Fidel Castro fuimos a alg\u00fan cine que todav\u00eda exhib\u00eda pel\u00edculas y noticieros gringos en los que aparec\u00eda Eisenhower con su esposa, Mamie, que me ca\u00eda a todo dar.<\/p>\n<p>Vicente Rojo am\u00f3 a dos mujeres, a Albita, quien trabaj\u00f3 en el Fondo de Cultura Econ\u00f3mica, al lado de su director Jaime Garc\u00eda Terr\u00e9s. Celia, Ximena, Alonso, Ruy Garc\u00eda Ch\u00e1vez se volvieron u\u00f1a y carne de los Rojo, sobre todo Ximena, porque como pintora admiraba su obra, as\u00ed como la de Manuel Felgu\u00e9rez.<\/p>\n<p>Poco en nuestra vida pudo ser m\u00e1s placentero que las grandes reuniones de Celia y Jaime en su casa, en las que era f\u00e1cil o\u00edr la voz cantante de \u00c1lvaro Mutis y la de Garc\u00eda M\u00e1rquez. Nos contagiaron su risa en vez de su talento. La primera portada de Cien a\u00f1os de Soledad, la de los barquitos, es de Vicente, como son todas las de la editorial ERA de don Tom\u00e1s y Neus Espresate. Las que no fueron de Vicente, fueron m\u00e1s tarde las de su hijo, el G\u00fcero, quien hizo las m\u00edas, salvo la de Palabras cruzadas, porque en 1961 a\u00fan era un ni\u00f1o.<\/p>\n<p>El primer libro de ERA (Espresate, Rojo, Azor\u00edn) que sali\u00f3 a la luz fue Los primeros mexicanos, de Ben\u00edtez, al que sigui\u00f3 Palabras cruzadas, un lote de entrevistas que Vicente escogi\u00f3 en Morena 430, que m\u00e1s tarde se convertir\u00eda en la sede de la editorial de Arnaldo Orfila Reynal: Siglo XXI.<\/p>\n<p>\u00bfTe apetece? \u2013preguntaba Albita en su casa de Dulce Olivia, y me sorprend\u00eda porque todos dec\u00edan: \u201c\u00bfGustas? Albita y Vicente s\u00f3lo beb\u00edan agua, pero abr\u00edan un mueble lleno de botellas que guardaban para los amigos.<\/p>\n<p>Vicente y Albita tuvieron dos hijos, a su imagen y semejanza, los dos, impresores, artistas, amorosos expertos de libros que imprim\u00edan y encuadernaban con la sabidur\u00eda heredada de su padre. Llevaban el apellido Rojo y el nombre de sus padres, pero los bautizamos El G\u00fcero y La G\u00fcera, Los G\u00fceros, porque nacieron rubios como el Sol. Muy pronto, los Vicentes y Albitas, padres e hijos, se fascinaron por el Sol de Cuernavaca y fueron tras de \u00e9l.<\/p>\n<p>La muerte de Albita nos fulmin\u00f3. Tiempo m\u00e1s tarde, Vicente se uni\u00f3 a B\u00e1rbara Jacobs, quien hab\u00eda perdido a Tito Monterroso, y ese encuentro de dos corazones solitarios (como dicen las revistas que le\u00edan los presos en Lecumberri) nos tranquiliz\u00f3 a todos.<\/p>\n<p>Con B\u00e1rbara comparto la mayor de las afinidades, la de la escritura. Le\u00ed sus cuentos y novelas en ERA, recort\u00e9 su art\u00edculo quincenal en La Jornada y asist\u00ed a presentaciones y conferencias en la sala Manuel M. Ponce ante la mirada de Vicente, su cabeza metida entre sus hombros cubiertos por un su\u00e9ter que nunca supe si era gris o beige.<\/p>\n<p>B\u00e1rbara dice que es t\u00edmida, pero cuando sube al escenario su voz es profunda y po\u00e9tica. En la sala Manuel M. Ponce, pocas escritoras han proyectado tanta fuerza, pocas tambi\u00e9n han convencido a sus oyentes de que el amor a la lectura puede ser el mejor de los salvavidas.<\/p>\n<p>Ahora, la abrazamos, porque su pena es inmensa, y la acompa\u00f1amos, porque los nacidos entre los a\u00f1os 30, 40 y 50 del siglo pasado somos deudores de ese maestro y excepcional ejemplo de vida que ojal\u00e1 sepamos imitar en los a\u00f1os que nos restan.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La enorme presencia de Vicente Rojo Elena Poniatowska Habitante de Coyoac\u00e1n, Vicente Rojo acostumbraba salir a caminar una hora despu\u00e9s de comer. 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