{"id":26512,"date":"2022-02-27T09:32:19","date_gmt":"2022-02-27T15:32:19","guid":{"rendered":"https:\/\/eloficiodehistoriar.com.mx\/?p=26512"},"modified":"2022-02-28T10:39:49","modified_gmt":"2022-02-28T16:39:49","slug":"borges-la-infamia-y-el-derecho-a-sonar","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eloficiodehistoriar.com.mx\/?p=26512","title":{"rendered":"Borges, la infamia y el derecho a so\u00f1ar"},"content":{"rendered":"<h4 class=\"ljs-merri\">Borges, la infamia y el derecho a so\u00f1ar<\/h4>\n<p><span class=\"sem-autor\">Ricardo Guzm\u00e1n Wolffer<\/span><\/p>\n<div id=\"carouselSemControls\" class=\"carousel slide\" data-ride=\"carousel\">\n<div class=\"carousel-inner\">\n<div class=\"carousel-item active\">\n<div class=\"ljs-nota-img\">\n<div>\n<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"img-fluid\" title=\"Jorge Luis Borges\" src=\"https:\/\/semanal.jornada.com.mx\/2022\/02\/26\/borges-la-infamia-y-el-derecho-a-sonar-1401.html\/jorge-luis-borges-2518.html\/@@images\/f473d30f-b839-4fbf-8022-8bb43104945f.jpeg\" alt=\"Jorge Luis Borges\" width=\"365\" height=\"465\" \/><\/p>\n<p class=\"ljs-nota-pie\">Jorge Luis Borges en 1963.<\/p>\n<\/div>\n<\/div>\n<\/div>\n<\/div>\n<\/div>\n<div class=\"ljs-nota-descripcion\">De Jorge Luis Borges (Argentina 1899-1986) se conocen sus cuentos fant\u00e1sticos (\u201cEl Aleph\u201d, sobre todo), pero en su vena hist\u00f3rica pueden caber los textos de &#8216;Historia universal de la infamia&#8217;: siguen siendo inventados, pero pretenden corresponder a una etapa documentada.<\/div>\n<div class=\"ljs-nota-cuerpo\">\n<p>&#8212;&#8212;&#8212;-<\/p>\n<p>Desde el inicio de su\u00a0<i>Historia universal de la infamia<\/i>, Jorge Luis Borges advierte sobre la alegr\u00eda que estos cuentos le han dado y se mira como el amanuense de su infancia perdida: \u201cEl hombre que lo ejecut\u00f3 (el libro) era asaz desdichado, pero se entretuvo escribi\u00e9ndolo; ojal\u00e1 alg\u00fan reflejo de aquel placer alcance a los lectores.\u201d Quien conoce a Borges espera lo inesperado: a un autor capaz de mirarse con la dureza suficiente para establecer que no ha sido feliz en gran parte de su vida. Tal vez ello le da el derecho a so\u00f1ar mediante sus historias inexistentes, s\u00f3lo relacionables con la infancia libr\u00edstica que ha aprovechado. Quien exige su libertad de so\u00f1ar tiene derecho a escribir, dir\u00eda el sabio Jer\u00f3nimo, como uno m\u00e1s de los personajes de este Borges destinado a reinventar su alegr\u00eda bibli\u00f3fila, a pesar de la vacuidad que \u00e9l mismo establece como la esencia universal. Quienes siguen discutiendo la injusticia de haberle negado el Premio Nobel al argentino encontrar\u00e1n en ello una respuesta: dec\u00eda que no le interesaba y se le cumpli\u00f3 el deseo.<\/p>\n<p>En los sue\u00f1os, inventados o recibidos por los dioses de la noche, las realidades se mezclan: las met\u00e1foras de la repetici\u00f3n humana no cejan. Al hablar del \u201catroz redentor Lazarus Morell\u201d, se equipara el Mississippi al \u201cs\u00f3rdido Jord\u00e1n\u201d. Es la palabra del predicador Lazarus la que le da su talla. Conmueve incluso a quienes est\u00e1n acostumbrados a la maldad humana, como el due\u00f1o de una casa de juego en Luisiana, quien llora al escucharlo, a pesar de saberlo un ad\u00faltero, ladr\u00f3n de negros y un asesino en la faz del Se\u00f1or. La palabra escrita tiene el mismo peso: en \u201cLa viuda Ching, pirata\u201d, se resalta cu\u00e1n da\u00f1inos son los hombres que niegan la verdad de los libros impresos. Es Borges ni\u00f1o quien reclama el reconocimiento a todo lo impreso, como seguro boleto a la felicidad perpetua de la relectura. Estos libros que dotan de sue\u00f1os al Borges intemporal terminan por darle tambi\u00e9n un referente divino: en el tintorero enmascarado H\u00e1kim de Merv, la \u201cdivinidad carece majestuosamente de origen, as\u00ed como de nombre y de cara\u201d; es necesario que el registro de los libros entregue la historia del lector y de cuanto lo rodea, incluso del Dios que le permite llegar a ese libro. De otra manera \u201cla tierra que habitamos es un error, una incompetente parodia. Los espejos y la paternidad son abominables, porque la multiplican y afirman.\u201d<\/p>\n<p>La libertad de so\u00f1ar siempre es referenciada. H\u00e1kim ha reinado bajo un enga\u00f1o que, al final, es develado. En un intento de salvaci\u00f3n, con supremo ingenio, achaca a los perseguidores la imposibilidad de contemplar su esplendor. No es que \u00e9l sea un embustero, es que ellos no tienen las herramientas para entender, mirar, su grandeza que debe ser respetada. Como \u00fanica respuesta, H\u00e1kim es atravesado con lanzas. La humanidad inamovible de Borges, manifestada en una vida triste, s\u00f3lo es el impedimento propio de todo hombre, implica el autor al establecer que el problema reside en el espectador y no en el Dios mostrado mediante la sabidur\u00eda de esos libros por \u00e9l encontrados con ojos registrales. Pero la riqueza de Borges va m\u00e1s all\u00e1. En \u201cUn te\u00f3logo en la muerte\u201d afirma que el cielo es s\u00f3lo una extensi\u00f3n replicada de la tierra. Por eso algunos de los reci\u00e9n llegados no se dan cuenta de que han muerto. El cielo est\u00e1 aqu\u00ed, en la casa que habitamos.<\/p>\n<p>Mucho se ha escrito sobre el lamento de Borges al haber tenido una vida de lectura y no una vida de an\u00e9cdotas gozosas, como si la \u201crealidad externa\u201d de la persona fuera de mayor importancia que la \u201crealidad interna\u201d. M\u00e1s all\u00e1 del desapego a la responsabilidad o la falta de funcionalidad que ello pueda conllevar, el literato establece que la alegr\u00eda est\u00e1 en ambos lugares, mientras sea una elecci\u00f3n consciente. Los hombres extraordinarios que viven la infamia son fantas\u00edas creadas por este autor imbuido de plano en los miles de libros cuya lectura le permiti\u00f3 hacer textos cortos donde cita obras inexistentes, pero perfectamente veros\u00edmiles.<\/p>\n<p>El derecho a so\u00f1ar implica la posibilidad de elegir. Si Borges escribe haber preferido la senda de la tristeza (o el personaje que en ello se representa: el solitario, aislado, incomprendido e infeliz por definici\u00f3n), la alegr\u00eda que brota de la lectura de sus historias de infamia termina por desmentirlo. Como uno de sus propios personajes, la obra del argentino (para muchos, El argentino) muestra a un ser ficticio que sue\u00f1a haber dejado de imaginar, como si el ensue\u00f1o fuera vol\u00e1til e inasible, pero en sus fantas\u00edas libera fragmentos de eternidad compartida con quienes son engullidos por esas palabras.<\/p>\n<p>En el ejercicio de su libertad de so\u00f1ar, Borges termina por hacer que sus lectores sean otros beneficiados de ese peculiar proceder libertario.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<\/div>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Borges, la infamia y el derecho a so\u00f1ar Ricardo Guzm\u00e1n Wolffer Jorge Luis Borges en 1963. 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