{"id":27867,"date":"2022-06-02T09:32:59","date_gmt":"2022-06-02T15:32:59","guid":{"rendered":"https:\/\/eloficiodehistoriar.com.mx\/?p=27867"},"modified":"2022-06-02T09:32:59","modified_gmt":"2022-06-02T15:32:59","slug":"eramos-como-jovenes-envejecidos-de-subito-que-ya-no-rien-en-forma-cristalina","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eloficiodehistoriar.com.mx\/?p=27867","title":{"rendered":"\u00ab\u00c9ramos como j\u00f3venes envejecidos de s\u00fabito que ya no r\u00eden en forma cristalina\u00bb"},"content":{"rendered":"<div id=\"article-cont\" class=\"main-cont article-cont analysis\">\n<div class=\"cabeza\">El mono enamorado de Lizalde<\/div>\n<div class=\"sumarios\"><\/div>\n<div class=\"credito-articulo\">Vilma Fuentes<\/div>\n<div><\/div>\n<div id=\"article-text\" class=\"text\">\n<div class=\"col col1\">\n<div class=\"inicial\">La herida del<em>\u00a0<\/em>siniestro ocaso del 2 de octubre en Tlatelolco no cesaba de sangrar cuando volvimos a las aulas de la universidad en 1969. \u00c9ramos como j\u00f3venes envejecidos de s\u00fabito que ya no r\u00eden en forma cristalina. En la Facultad de Filosof\u00eda y Letras no faltaban estudiantes que s\u00f3lo cruzaban miradas de reojo. El miedo era latente. Tambi\u00e9n las complicidades. Sobre todo, en una especie de ancho pasillo que sobrevolaba los jardines, galer\u00eda entre vidrios iluminados por el d\u00eda, al cual se llamaba\u00a0<q>el aeropuerto<\/q>\u00a0porque profesores y alumnos aterrizaban ah\u00ed. Una especie de escala para cargar combustible con los encuentros y un breve o largo intercambio de palabras.<\/div>\n<p>Ah\u00ed, me cruzaba a menudo con un hombre alto, delgado, con apariencias de seriedad, pero siempre sonriente al ver un conocido. Yo debo hab\u00e9rmele vuelto conocida de tanto verme pasar. Nuestro di\u00e1logo, al principio limitado a un\u00a0<q>buenos d\u00edas<\/q>,\u00a0<q>est\u00e1 nublado<\/q>,\u00a0<q>hace calor<\/q>, se fue alargando con los encuentros. Una ma\u00f1ana, entre confidencia y confianza, me dej\u00f3 hojear las p\u00e1ginas de un manuscrito titulado: El tigre en la casa. Me sent\u00ed extraviada en mis propios sentimientos. El deslumbramiento debe haber grabado en m\u00ed, desde ese momento, los versos de imposible olvido que repet\u00ed muchas veces m\u00e1s tarde: \u201cQue tanto y tanto amor se pudra, oh dioses (\u2026) un amor capaz de convertir al sapo en rosa\u2026\u201d Amor transgresor del mismo amor, la violencia irrumpe en su seno y arranca las m\u00e1scaras que el amor pone. El beso podr\u00e1 transformar a la bestia en pr\u00edncipe, ef\u00edmera visi\u00f3n, pero transforma tambi\u00e9n al enamorado:\u00a0<q>Que tanto y tanto, una vez m\u00e1s, y tanto, \/ tanto imposible amor inexpresable \/ nos vuelva tontos, monos sin sentido<\/q>.<\/p>\n<p>Lizalde me habl\u00f3 de sus dificultades para encontrar un editor. Una epifan\u00eda tarda siempre en ser comprendida: manifestaci\u00f3n y revelaci\u00f3n inesperada, divina o no, se eleva por encima del esp\u00edritu mismo de donde brota. El tigre en la casa abr\u00eda otras puertas de la poes\u00eda con su novedad deslumbrante y su furia ciega.<\/p>\n<\/div>\n<div class=\"col col2\">\n<p>Los mi\u00e9rcoles, despu\u00e9s de la reuni\u00f3n semanal en el Centro de Escritores Mexicanos, a donde asist\u00ed entre 1969 y 1970, Salvador Elizondo me invitaba a su departamento en el Parque M\u00e9xico. Muchas veces, Margarita Villase\u00f1or, admiradora de la obra de Salvador, ven\u00eda a visitarlo cuando pasaba por la Ciudad de M\u00e9xico. Margarita dirig\u00eda en ese entonces las ediciones de la Universidad de Guanajuato. Aprovech\u00e9 para hablarle de El tigre en la casa recitando algunos de sus versos. Elizondo apoy\u00f3 mi idea y, en 1970, la Universidad de Guanajuato public\u00f3 la primera edici\u00f3n de esta obra que ser\u00eda reditada muchas veces por otras editoriales.<\/p>\n<p>A\u00f1os m\u00e1s tarde, me toc\u00f3 ver de espaldas a una mujer escultural que sub\u00eda una escalinata sostenida por el brazo de un hombre poco m\u00e1s alto que ella. Me adelant\u00e9 a la pareja y pude observarla durante un buen momento sin ser vista por la mujer ni por el hombre, pues s\u00f3lo ten\u00edan miradas uno para otra, otro para una, entre ellos. Reconoc\u00ed a Andrea Huerta y a Eduardo Lizalde. Parec\u00eda que nada podr\u00eda interrumpir esas miradas. No pude dejar de sonre\u00edr: daba gusto mirarlos.<\/p>\n<p>Los visit\u00e9 algunas veces, durante mis viajes a M\u00e9xico, en su casa de Micr\u00f3s. Platic\u00e1bamos m\u00e1s de \u00f3pera que de poes\u00eda. Gran mel\u00f3mano, Eduardo no tem\u00eda seguir con su voz el canto de uno u otro tenor.<\/p>\n<p>Hace unos cuantos a\u00f1os, de paso por la Ciudad de M\u00e9xico para presentar Calzada de los misterios (publicada por el Fondo de Cultura Econ\u00f3mica), asist\u00ed a una gigantesca comida en los jardines de esta editorial. De pronto, mientras saludaba a varias personas no vistas desde hac\u00eda buen tiempo, sent\u00ed el peso luminoso de una mirada. Era la de Eduardo Lizalde. Se levant\u00f3 de su mesa para invitarme a sentarme a ella. Nos dimos un abrazo, agradec\u00ed la invitaci\u00f3n y me dirig\u00ed a la parte destinada a los fumadores. Encontr\u00e9 un lugar en la mesa donde estaba Andrea Huerta. No, las coincidencias no existen, s\u00f3lo los azares del implacable destino.<\/p>\n<p class=\"email\"><a href=\"mailto:%76%69%6c%6d%61%66%75%65%6e%74%65%73%32%32@%67%6d%61%69%6c.%63%6f%6d\">vilmafuentes22@gmail.com<\/a><\/p>\n<\/div>\n<\/div>\n<div class=\"go gui\">\n<div class=\"go-up\"><\/div>\n<\/div>\n<\/div>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El mono enamorado de Lizalde Vilma Fuentes La herida del\u00a0siniestro ocaso del 2 de octubre en Tlatelolco no cesaba de sangrar cuando volvimos a las aulas de la universidad en 1969. \u00c9ramos como j\u00f3venes envejecidos de s\u00fabito que ya no r\u00eden en forma cristalina. 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