{"id":36408,"date":"2024-04-02T14:51:26","date_gmt":"2024-04-02T20:51:26","guid":{"rendered":"https:\/\/eloficiodehistoriar.com.mx\/?p=36408"},"modified":"2024-04-02T14:51:26","modified_gmt":"2024-04-02T20:51:26","slug":"alfonso-reyes-jorge-luis-borges-y-la-autoficcion-fantastica","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eloficiodehistoriar.com.mx\/?p=36408","title":{"rendered":"Alfonso Reyes, Jorge Luis Borges y la autoficci\u00f3n fant\u00e1stica"},"content":{"rendered":"<h1 class=\"ljs-merri\">Alfonso Reyes, Jorge Luis Borges y la autoficci\u00f3n fant\u00e1stica<\/h1>\n<p><span class=\"sem-autor\">H\u00e9ctor Palacio<\/span><\/p>\n<div id=\"carouselSemControls\" class=\"carousel slide\" data-ride=\"carousel\">\n<div class=\"carousel-inner\">\n<div class=\"carousel-item carousel-item-next carousel-item-left\">\n<div class=\"ljs-nota-img\">\n<p class=\"ljs-nota-pie\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"img-fluid\" title=\"jorge_luis_borges_cultura_gatopardo_portada-1280x845.jpg\" src=\"https:\/\/semanal.jornada.com.mx\/2024\/03\/31\/alfonso-reyes-jorge-luis-borges-y-la-autoficcion-fantastica-3250.html\/jorge_luis_borges_cultura_gatopardo_portada-1280x845.jpg-2107.html\/@@images\/81e52a9d-5e67-4dca-b80f-87060832957d.jpeg\" alt=\"jorge_luis_borges_cultura_gatopardo_portada-1280x845.jpg\" width=\"620\" height=\"409\" \/><\/p>\n<\/div>\n<\/div>\n<div class=\"carousel-item active carousel-item-left\">\n<div class=\"ljs-nota-img\">\n<p class=\"ljs-nota-pie\">Jorge Luis Borges<\/p>\n<\/div>\n<\/div>\n<\/div>\n<p><a class=\"carousel-control-prev\" role=\"button\" href=\"https:\/\/semanal.jornada.com.mx\/2024\/03\/31\/alfonso-reyes-jorge-luis-borges-y-la-autoficcion-fantastica-3250.html\/#carouselSemControls\" data-slide=\"prev\"><span class=\"sr-only\">Anterior<\/span><\/a><a class=\"carousel-control-next\" role=\"button\" href=\"https:\/\/semanal.jornada.com.mx\/2024\/03\/31\/alfonso-reyes-jorge-luis-borges-y-la-autoficcion-fantastica-3250.html\/#carouselSemControls\" data-slide=\"next\"><span class=\"sr-only\">Siguiente<\/span><\/a><\/div>\n<div class=\"ljs-nota-descripcion\">Si el lector frecuente de Jorge Luis Borges conociera \u201cLa cena\u201d, el cuento de Alfonso Reyes, acaso pensar\u00eda \u201c\u00a1Ah, esto es Borges!\u201d, como diciendo \u201cBorges es Reyes\u201d, no a partir de la recurrente idea borgeana de que un hombre es todos los hombres sino en el sentido de otra afirmaci\u00f3n: la influencia literaria del escritor mexicano sobre el argentino reconocida aun por \u00e9ste. Quien asume la consabida \u201cgenialidad\u201d de Borges olvida, desde la admiraci\u00f3n, el inter\u00e9s en sus influencias, como si el genio brotara espont\u00e1neo, de la nada. En la obra de Alfonso Reyes, de 1912, se percibe de inmediato un v\u00ednculo con el estilo ficcional fant\u00e1stico de Borges.<\/div>\n<div class=\"ljs-nota-cuerpo\">\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p align=\"left\"><b>Reyes y Borges<\/b><\/p>\n<p align=\"left\">Desde la perspectiva\u00a0de la autoficci\u00f3n, ha sido crucial para este texto no tanto avistar lo que concierne a la influencia de Alfonso Reyes en Jorge Luis Borges, como confirmar que as\u00ed como en \u201cEl Aleph\u201d, de 1949, el protagonista es el argentino, en \u201cLa cena\u201d el protagonista es el mexicano. Aqu\u00ed, las escenas exactas en que sus nombres son revelados por el narrador, que no es otro sino el protagonista de la trama:<\/p>\n<p align=\"left\">\n<p align=\"left\"><b>\u201cLa cena\u201d<\/b><\/p>\n<p align=\"left\">La puerta se\u00a0abri\u00f3. Yo estaba vuelto a la calle y vi, de s\u00fabito, caer sobre el suelo un cuadro de luz que arrojaba, junto a mi sombra, la sombra de una mujer desconocida. Volvime: con la luz por la espalda y sobre mis ojos deslumbrados, aquella mujer no era para m\u00ed m\u00e1s que una silueta, donde mi imaginaci\u00f3n pudo pintar varios ensayos de fisonom\u00eda, sin que ninguno correspondiera al contorno, en tanto que balbuceaba yo algunos saludos y explicaciones.<\/p>\n<p align=\"left\">\u2013Pase usted, Alfonso.<\/p>\n<p align=\"left\">Y pas\u00e9, asombrado de o\u00edrme llamar como en mi casa.<\/p>\n<p align=\"left\">\n<p align=\"left\"><b>\u201cEl Aleph\u201d<\/b><\/p>\n<p align=\"left\">En la calle\u00a0Garay, la sirvienta me dijo que tuviera la bondad de esperar. El ni\u00f1o estaba, como siempre, en el s\u00f3tano, revelando fotograf\u00edas. Junto al jarr\u00f3n sin una flor, en el piano in\u00fatil, sonre\u00eda (m\u00e1s intemporal que anacr\u00f3nico) el gran retrato de Beatriz, en torpes colores. No pod\u00eda vernos nadie; en una desesperaci\u00f3n de ternura me aproxim\u00e9 al retrato y le dije:<\/p>\n<p align=\"left\">\u2013Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges.<\/p>\n<p align=\"left\">Carlos entr\u00f3 poco despu\u00e9s. Habl\u00f3 con sequedad; comprend\u00ed que no era capaz de otro pensamiento que de la perdici\u00f3n del Aleph.<\/p>\n<p align=\"left\">En cuanto al ascendiente se observa el sentido de la urgencia, cierta angustia asociada, al tiempo que es evidente en \u201cLa cena\u201d, as\u00ed como en no pocos cuentos de Borges. \u00c9ste fue lector de Reyes antes que a la inversa, porque era diez a\u00f1os m\u00e1s joven y porque, como diplom\u00e1tico mexicano en Buenos Aires \u2013entre julio de 1927 y abril de 1930\u2013, Reyes ten\u00eda ya obra publicada, invitaba a comer los domingos al joven Jorge Luis en la embajada, conversaban de literatura y le aconsejaba (\u201cJorge Luis Borges: Su amistad personal con Alfonso Reyes\u201d, en\u00a0<i>Di\u00e1logos<\/i>, de Osvaldo Ferrari; en entrevista de 1982 con Abraham Zabludovsky, Borges dice que cenaba todas las noches con Reyes).<\/p>\n<p align=\"left\">En \u201cEl inmortal\u201d (1947) hay ese sentido de urgencia inaplazable en el protagonista; asimismo se percibe de inmediato en la narraci\u00f3n de Reyes:<\/p>\n<p align=\"left\">\n<p align=\"left\"><b>\u201cLa cena\u201d<\/b><\/p>\n<p align=\"left\">Tuve que correr\u00a0a trav\u00e9s de calles desconocidas. El t\u00e9rmino de mi marcha parec\u00eda correr delante de mis pasos, y la hora de la cita palpitaba ya en los relojes p\u00fablicos. Las calles estaban solas. Serpientes de focos el\u00e9ctricos bailaban delante de mis ojos. A cada instante surg\u00edan glorietas circulares, sembrados arriates, cuya verdura, a la luz artificial de la noche, cobraba una elegancia irreal. Creo haber visto multitud de torres \u2013no s\u00e9 si en las casas, si en las glorietas\u2013 que ostentaban a los cuatro vientos, por una iluminaci\u00f3n interior, cuatro redondas esferas de reloj.<\/p>\n<p align=\"left\">Yo corr\u00eda, azuzado por un sentimiento supersticioso de la hora. Si las nueve campanadas, me dije, me sorprenden sin tener la mano sobre la aldaba de la puerta, algo funesto acontecer\u00e1. Y corr\u00eda fren\u00e9ticamente, mientras recordaba haber corrido a igual hora por aquel sitio y con un anhelo semejante. \u00bfCu\u00e1ndo?<\/p>\n<p align=\"left\">\n<p align=\"left\"><b>\u201cEl inmortal\u201d<\/b><\/p>\n<p align=\"left\">Proced\u00ed rectamente,\u00a0pero un centuri\u00f3n me advirti\u00f3 que los sediciosos (\u00e1vidos de vengar la crucifixi\u00f3n de uno de ellos) maquinaban mi muerte. Hui del campamento con los pocos soldados que me eran fieles. En el desierto los perd\u00ed, entre los remolinos de arena y la vasta noche. Una flecha cretense me lacer\u00f3. Varios d\u00edas err\u00e9 sin encontrar agua, o un solo enorme d\u00eda multiplicado por el sol, por la sed y por el temor de la sed. Dej\u00e9 el camino al arbitrio de mi caballo. En el alba, la lejan\u00eda se eriz\u00f3 de pir\u00e1mides y de torres. Insoportablemente so\u00f1\u00e9 con un exiguo y n\u00edtido laberinto: en el centro hab\u00eda un c\u00e1ntaro; mis manos casi lo tocaban, mis ojos lo ve\u00edan, pero tan intrincadas y perplejas eran las curvas que yo sab\u00eda que iba a morir antes de alcanzarlo.<\/p>\n<p align=\"left\">\n<p align=\"left\"><b>La autoficci\u00f3n fant\u00e1stica<\/b><\/p>\n<p align=\"left\">Esta aproximaci\u00f3n usa\u00a0como referencia el cuento de Borges para analizar el de Reyes, tomando en consideraci\u00f3n los preceptos te\u00f3ricos de \u201cCuatro propuestas y tres deserciones (tipolog\u00edas de la autoficci\u00f3n)\u201d, ensayo de Vincent Colonna incluido en la compilaci\u00f3n de Ana Casas,\u00a0<i>La autoficci\u00f3n. Reflexiones te\u00f3ricas\u00a0<\/i>(2012).<\/p>\n<p align=\"left\">Autoficci\u00f3n, t\u00e9rmino ideado por Serge Doubrovsky en 1977 (revire al\u00a0<i>Pacto autobiogr\u00e1fico,\u00a0<\/i>de Philippe Lejeune; 1975), como una serie de procedimientos para la ficcionalizaci\u00f3n del\u00a0<i>Yo<\/i>\u00a0en que debe darse una condici\u00f3n tripartita: personaje, protagonista y narrador deben ser uno mismo. Desde ah\u00ed, Colonna estructura cuatro macro-categor\u00edas: 1. Autoficci\u00f3n Fant\u00e1stica; 2. Autoficci\u00f3n Biogr\u00e1fica; 2. Autoficci\u00f3n Especular; 3. Autoficci\u00f3n Intrusiva\/Autorial. Este estudio se atiene a la primera de ellas para explicar \u201cEl Aleph\u201d y se extiende para explicar \u201cLa cena\u201d.<\/p>\n<p align=\"left\">\n<p align=\"left\"><b>\u201cEl Aleph\u201d y \u201cLa cena\u201d<\/b><\/p>\n<p align=\"left\">Colonna define a\u00a0la Autoficci\u00f3n Fant\u00e1stica: \u201cEl escritor est\u00e1 en el centro del texto como en una autobiograf\u00eda, es el protagonista, pero transfigura su existencia y su identidad dentro de una historia irreal indiferente a lo veros\u00edmil. El doble proyectado se convierte en un personaje extraordinario, en puro h\u00e9roe de ficci\u00f3n, del que nadie se le ocurrir\u00eda extraer una imagen del autor. Inventa la existencia real. La distancia entre la vida y la escritura es irreductible, la confusi\u00f3n es imposible, la ficci\u00f3n del yo es total.\u201d<\/p>\n<p align=\"left\">\u201cEl Aleph\u201d se articula claramente en este concepto: el protagonista es un hombre apellidado Borges y la historia es escrita por Jorge Luis Borges.<\/p>\n<p align=\"left\">Hay tres personajes. Narrador en primera persona, un tal Borges; Carlos Argentino, un poeta arrogante; su prima Beatriz Viterbo, ya muerta y de quien el narrador estuvo enamorado. \u00c9ste regresa puntualmente a la casa donde ella vivi\u00f3 para sentirla cerca en cada aniversario de su fallecimiento. Esta acci\u00f3n le obliga a tolerar los adelantos de Argentino, que escribe el poema de \u201clargo aliento\u201d y aspiraci\u00f3n totalizadora, \u201cLa tierra\u201d. Un d\u00eda, cuando la casa est\u00e1 a punto de ser derruida por una inmobiliaria, Argentino llama al narrador para develar la fuente de inspiraci\u00f3n de su obra: un Aleph ubicado en el s\u00f3tano. Aleph: un punto que contiene todos los puntos del universo y que, al observarlo, el poetastro recrea en versos. [Escribe Borges, \u201cCerr\u00e9 los ojos, los abr\u00ed. Entonces vi el Aleph. Lo que vieron mis ojos fue simult\u00e1neo, lo que transcribir\u00e9, sucesivo porque el lenguaje lo es\u2026 Llor\u00e9 porque mis ojos hab\u00edan visto ese objeto secreto y conjetural cuyo nombre usurpan los hombres pero que ning\u00fan hombre ha admirado: el inconcebible universo.\u201d] Calculando que el poeta ha enloquecido, el narrador sucumbe a la curiosidad y va a casa de Argentino\/Viterbo. En un instante, al quedar solo en la sala, se desarrolla la escena citada al principio y que antecede al descubrimiento deslumbrante del Aleph: \u201c\u2013Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges.\u201d<\/p>\n<p align=\"left\">\u201cLa cena\u201d tiene tambi\u00e9n tres personajes. El narrador en primera persona, un tal Alfonso, y dos mujeres, Magdalena y Amalia; madre e hija. El protagonista corre por las calles para llegar a tiempo a la cita de una cena, a las 9 de la noche. Cree que algo funesto acontecer\u00e1 si las nueve campanadas de la hora le sorprenden y no tiene la mano puesta en la aldaba de la puerta. Llega a tiempo [describe casa y objetos, entre ellos un cuadro que llama su atenci\u00f3n; cena y brindis lo relajan; le intriga que la joven dirija insistente la mirada sobre su cabeza, voltea y no ve nada particular; salen al jard\u00edn y \u00e9l se queda dormido; al despertar, las mujeres hablan extra\u00f1ezas, ignor\u00e1ndolo; mientras se pregunta por qu\u00e9 ha sido invitado, descubre \u2013entre luz y penumbras\u2013 que las mujeres no tienen cuerpo, s\u00f3lo cabezas; es ingresado a la sala donde Magdalena y Amalia le muestran el cuadro antes referido: en tanto ellas lo miran con piedad, \u00e9l advierte con espanto que el retratado es \u00e9l mismo y sale corriendo de nuevo por calles desconocidas hasta llegar a la puerta de su casa cuando suenan las nueve campanadas de la hora; \u00bfha vivido lo anterior o ha so\u00f1ado?]. Y fue entonces cuando \u201cLa puerta se abri\u00f3. Yo estaba vuelto a la calle y vi, de s\u00fabito,\u2026 la sombra de una mujer desconocida.<\/p>\n<p align=\"left\">\u2013Pase usted, Alfonso.<\/p>\n<p align=\"left\">Y pas\u00e9, asombrado de o\u00edrme llamar como en mi casa.\u201d<\/p>\n<p align=\"left\">\n<p align=\"left\"><b>Autoficci\u00f3n\/autonarraci\u00f3n<\/b><\/p>\n<p align=\"left\">\u201cLa cena\u201d y\u00a0\u201cEl Aleph\u201d, encuadran en la descripci\u00f3n de la autoficci\u00f3n fant\u00e1stica de Colonna; son narraciones an\u00e1logas. Narrador, personaje y protagonista son uno mismo dentro de una historia fant\u00e1stica, irreal, concepto que Philippe Gasparini sintetiza como ficcionalizaci\u00f3n del\u00a0<i>Yo<\/i>\u00a0a partir de la proyecci\u00f3n del autor en situaciones imaginarias; (\u201cLa autonarraci\u00f3n\u201d; 2008).<\/p>\n<p align=\"left\">Reyes y Borges publicaron sus cuentos en la primera mitad del siglo XX, cuando no exist\u00eda el t\u00e9rmino autoficci\u00f3n que, aunque \u201cinventado\u201d por Doubrovsky, en la pr\u00e1ctica se da desde antiguo, establecen Manuel Alberca, Iban Zald\u00faa, Colonna y otros cr\u00edticos y te\u00f3ricos de la autoficci\u00f3n (ejemplo,\u00a0<i>Historia verdadera,\u00a0<\/i>de Luciano de Sam\u00f3sata).<\/p>\n<p align=\"left\">En d\u00e9cadas recientes, la autoficci\u00f3n y\/o la autonarraci\u00f3n se han popularizado en la industria libresca. Se han superpuesto al inter\u00e9s por la biograf\u00eda, la memoria y la autobiograf\u00eda. De ah\u00ed la broma o advertencia de Zald\u00faa en su \u201cManifiesto contra la autoficci\u00f3n\u201d (2018), analog\u00eda con el\u00a0<i>Manifiesto del Partido Comunista<\/i>: un fantasma recorre el mundo literario, el fantasma de la autoficci\u00f3n que, sin dejar de reconocer obras valiosas, resulta en peligro cuando es practicada por \u201cautores\u00a0oportunistas\u201d. Mas ya lo sugiere Cl\u00e9ment Rosset: no es f\u00e1cil abstraerse del embrujo del\u00a0<i>Yo<\/i>\u00a0(<i>Lejos de m\u00ed. Estudio sobre la identidad<\/i>; 2017). O dicho a la manera del sorprendente palindroma citado por Alberca (<i>El pacto ambiguo;<\/i>\u00a02013), no puede uno evadirse del \u201cSoy Yos\u201d.<\/p>\n<p class=\"western\" align=\"left\">Existe un paralelismo t\u00e9cnico-literario entre ambos escritores. El asomo de la influencia de uno sobre el otro pero, en particular (peque\u00f1o hallazgo), la total correspondencia entre dos de sus obras, \u201cLa cena\u201d y \u201cEl Aleph\u201d, en el angustioso laberinto de la autoficci\u00f3n fant\u00e1stica.<\/p>\n<\/div>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Alfonso Reyes, Jorge Luis Borges y la autoficci\u00f3n fant\u00e1stica H\u00e9ctor Palacio Jorge Luis Borges AnteriorSiguiente Si el lector frecuente de Jorge Luis Borges conociera \u201cLa cena\u201d, el cuento de Alfonso Reyes, acaso pensar\u00eda \u201c\u00a1Ah, esto es Borges!\u201d, como diciendo \u201cBorges es Reyes\u201d, no a partir de la recurrente idea borgeana de que un hombre es [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":249,"featured_media":36409,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[26],"tags":[],"class_list":["post-36408","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-mundo"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/eloficiodehistoriar.com.mx\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/36408","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/eloficiodehistoriar.com.mx\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/eloficiodehistoriar.com.mx\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eloficiodehistoriar.com.mx\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/users\/249"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eloficiodehistoriar.com.mx\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcomments&post=36408"}],"version-history":[{"count":1,"href":"https:\/\/eloficiodehistoriar.com.mx\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/36408\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":36410,"href":"https:\/\/eloficiodehistoriar.com.mx\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/36408\/revisions\/36410"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eloficiodehistoriar.com.mx\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/media\/36409"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/eloficiodehistoriar.com.mx\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fmedia&parent=36408"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/eloficiodehistoriar.com.mx\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcategories&post=36408"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/eloficiodehistoriar.com.mx\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Ftags&post=36408"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}