{"id":5906,"date":"2010-04-03T08:58:12","date_gmt":"2010-04-03T14:58:12","guid":{"rendered":"https:\/\/eloficiodehistoriar.com.mx\/2010\/04\/03\/el-viejo-oficio-de-mentir-sergio-ramirez\/"},"modified":"2010-04-03T08:58:12","modified_gmt":"2010-04-03T14:58:12","slug":"el-viejo-oficio-de-mentir-sergio-ramirez","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eloficiodehistoriar.com.mx\/?p=5906","title":{"rendered":"\u00abEl Viejo oficio de mentir\u00bb  Sergio Ram\u00edrez"},"content":{"rendered":"<p class=\"cabeza\"><strong>El viejo oficio de mentir<\/strong><\/p>\n<p class=\"credito-articulo\">Sergio Ram\u00edrez<\/p>\n<p class=\"text\" id=\"article-text\">\n<p class=\"col col1\">\n<p class=\"s-s\">&nbsp;<\/p>\n<p class=\"s-s\">Quiero detenerme en una imagen que es el s\u00edmil de mi oficio de escritor: un mueble. Puede que resulte un ejemplo un tanto arbitrario, pero mi abuelo materno era ebanista por afici\u00f3n. Del trabajo de sus manos conservo una hermosa mesa de roble, de amplia superficie y patas torneadas como airosas cari\u00e1tides sin rostro que sostienen su arquitectura simple pero firme. Esta mesa es la mesa sobre la que descansan la computadora en que escribo, los libros que consulto, mis cuadernos de apuntes.<\/p>\n<p>Para fabricar un mueble se parte de una idea de \u00e1rbol, el \u00e1rbol que se alza ante los vientos entre la abigarrada y oscura multitud del bosque. Es necesario elegir uno de ellos, apreciar su fuste, las rugosidades de su corteza, la extensi\u00f3n de sus ra\u00edces, la solemnidad de su estatura, la frondosidad de su ramaje, y entonces, hay que cortarlo. Y despu\u00e9s de cortarlo, aserrarlo en piezas, ensamblar esas piezas, darles una forma; cuidar que las junturas no dejen luces \u2013entre juntura y juntura no puede pasar la luz, saben de sobra los buenos artesanos\u2013, y por fin tallar, lijar, barnizar.<\/p>\n<p>Nada sobrevive de aquella forma de \u00e1rbol, pero es el \u00e1rbol. Entre el \u00e1rbol y el mueble, entre la materia del \u00e1rbol y la transformaci\u00f3n de la materia en un mueble, queda de por medio la apropiaci\u00f3n de esa materia, que es el proceso de convertir la realidad en imaginaci\u00f3n y la imaginaci\u00f3n en lenguaje; un proceso que requerir\u00e1 de diversas herramientas, como las del carpintero que era mi abuelo: plomada, escoplo, buril. Y rigor, disciplina, sentido de las proporciones, amor de la perfecci\u00f3n aunque la perfecci\u00f3n se vuelva siempre inaprensible. Volver a lijar, volver a pulir. Tachar, sustituir, desechar. No dejar luces en las junturas.<\/p>\n<p>Tambi\u00e9n podr\u00edamos utilizar el ejemplo de una prenda de vestir, que me permite hablar de los procedimientos ocultos, esos que nunca pueden exhibirse a los ojos del lector porque conspiran contra la credibilidad del artificio, como ser\u00edan las costuras de un traje. O el rev\u00e9s de un bordado. Voltear la tela al rev\u00e9s para examinar las costuras es solamente un vicio del lector que lee como escritor y quiere ver la calidad de las puntadas, o la trama de rev\u00e9s de la tela, donde se esconden los secretos del procedimiento. Pero esta es una deformaci\u00f3n del oficio, que no le deseo a nadie que emprende la lectura de un libro por el gusto y el placer de leer, que es, al fin y al cabo, la raz\u00f3n de que existan los libros.<\/p>\n<p>Entrar en la lectura de un libro es entrar en la novedad que no debe ser mancillada. La costumbre, la familiaridad, terminan matando la sensaci\u00f3n, o la ilusi\u00f3n de novedad, cuando uno lee como escritor para advertir los procedimientos, las mec\u00e1nicas de relojer\u00eda del libro, sus costuras, la trama al rev\u00e9s del bordado. Es la misma familiaridad que permite descubrir, en la sala de la casa ajena que nos ha seducido la primera vez, tras repetidas visitas, las sombras de humedad en las paredes, la rotura de la alfombra, la insistencia de la presencia de determinados objetos que si nos maravillaron al principio, ahora nos resultan demasiado pobres, un desorden y un descuido que antes no estaban all\u00ed. Es la desilusi\u00f3n de la intimidad la que se apodera del \u00e1nimo, y en esa desilusi\u00f3n empiezan a habitar tambi\u00e9n ruidos, voces, olores, con su presencia inc\u00f3moda.<\/p>\n<p class=\"col col2\">En la introducci\u00f3n de <em>Tom Jones, \u201c<\/em>Minuta para el fest\u00edn\u201d, Fielding advierte que el autor no debe verse a s\u00ed mismo como alguien que ofrece un fest\u00edn privado, sino como el patr\u00f3n de una fonda donde todos los clientes son bienvenidos porque pagan. Si se trata de una comida privada, los invitados nada podr\u00e1n protestar contra aquello que se les sirva. Por el contrario, el cliente de la fonda tiene el derecho de exigir de antemano la carta, para saber qu\u00e9 puede esperar. Y s\u00f3lo hay all\u00ed un plato a escoger: la condici\u00f3n humana; el hu\u00e9sped no deber\u00e1 ofenderse porque tenga una escogencia \u00fanica: m\u00e1s f\u00e1cil ser\u00eda para un cocinero agotar todas las especies animales y vegetales en una multitud de platos, que para el novelista agotar todas las variantes y variables de la condici\u00f3n humana. Lo dem\u00e1s, es asunto de cocina.<\/p>\n<p>Nadie debe penetrar en la cocina. Pero s\u00f3lo del autor depender\u00e1 que esa presencia, con sus ruidos, sus cacerolas sucias y sus desechos, deje de ser obvia a lo largo de toda la lectura. No hay nada m\u00e1s decepcionante para quien se sienta en la fonda de Fielding que una mirada, aun involuntaria, al interior de esa cocina cuando en el ir y venir de los camareros la puerta voladiza deja percibir el desorden de adentro, se\u00f1ales molestas de lo inacabado, de lo imperfecto. O de lo fallido.<\/p>\n<p>De la verosimilitud de los procedimientos es que depende la eficacia de la narraci\u00f3n. La congruencia. Nadie olvid\u00f3 nunca despu\u00e9s de los siglos que Cervantes a su vez olvid\u00f3 que a Sancho le hab\u00eda robado el borrico en la Sierra Morena el famoso ladr\u00f3n Gin\u00e9s de Pasamonte, librado de la cadena de galeotes por Don Quijote, y que en el siguiente p\u00e1rrafo del mismo cap\u00edtulo aparece Sancho montado a la mujeriega en el mismo borrico. En la segunda parte de <em>El Quijote <\/em>Cervantes quiere desquitarse de su error, y el Bachiller Sans\u00f3n Carrasco le pide a Sancho que explique el olvido. Pero vuelve a errar Cervantes cuando habla Sancho y cuenta otra vez, como si fuera una novedad, qui\u00e9n le hab\u00eda robado el jumento, algo que ya sabemos.<\/p>\n<p>Pecata minuta. Gotas de olvido en un mar inconmensurable de memoria. Pero los olvidos que se vuelven incongruencias perturban el deseo de participaci\u00f3n del lector, causan malestar, despiertan impaciencia. Recuerdan el artificio, dejan entrever los afanes de la cocina. Una mosca en la sopa en la fonda de Fielding. Y la suma de olvidos, incongruencias, desajustes de tiempo y lugar, ausencias, errores \u2013aun los sint\u00e1cticos y los ortogr\u00e1ficos\u2013, demuestran la inconstancia y la falta de pericia en el manejo de las herramientas y en el uso de los materiales. Exhiben el no saber.<\/p>\n<p>Masatepe, abril 2010<\/p>\n<p class=\"email\">&nbsp;<\/p>\n<p class=\"email\"><a href=\"http:\/\/www.sergioramirez.com\/\"><font color=\"#000000\">http:\/\/www.sergioramirez.com<\/font><\/a><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El viejo oficio de mentir Sergio Ram\u00edrez &nbsp; Quiero detenerme en una imagen que es el s\u00edmil de mi oficio de escritor: un mueble. 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