{"id":9460,"date":"2011-09-06T06:23:40","date_gmt":"2011-09-06T12:23:40","guid":{"rendered":"https:\/\/eloficiodehistoriar.com.mx\/?p=9460"},"modified":"2011-09-06T06:23:40","modified_gmt":"2011-09-06T12:23:40","slug":"la-vejez","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eloficiodehistoriar.com.mx\/?p=9460","title":{"rendered":"La vejez"},"content":{"rendered":"<p>La ley de la vejez<\/p>\n<p>Alfredo Fressia<\/p>\n<p>Cumpl\u00ed sesenta a\u00f1os, y en Brasil, por ley, pas\u00e9 a ser idoso, es decir, \u201cpersona de la tercera edad\u201d, o m\u00e1s simplemente, viejo. La tal ley de la vejez (Estatuto do idoso) reglamenta una disposici\u00f3n constitucional de 1989 que da algunos privilegios a los ancianos (sic). Para empezar, se defini\u00f3 la edad \u2013sesenta a\u00f1os\u2013 a partir de la cual se es idoso. Desgraciadamente los privilegios son pocos en la pr\u00e1ctica, cosas como no hacer m\u00e1s colas en bancos o en supermercados, tener derecho a un geriatra en Salud P\u00fablica (cuando hay Salud P\u00fablica y geriatras), y poco m\u00e1s.<\/p>\n<p>El resto es la cat\u00e1strofe de siempre, y no s\u00f3lo en Am\u00e9rica Latina. Durante algunos a\u00f1os ense\u00f1\u00e9 La vejez,de Simone de Beauvoir, un libro espl\u00e9ndido que denuncia el abandono a que son sometidos los viejos. \u201cDecir viejo y pobre es casi un pleonasmo\u201d, dec\u00eda Beauvoir, quien insist\u00eda en la hipocres\u00eda que rodeaba al tema, el discurso falsamente respetuoso y el real tratamiento dado a los viejos como a una escoria social de la que todo lo que se espera es la muerte (La vieillesse, 1970). A prop\u00f3sito, vaya una digresi\u00f3n y un tema de reflexi\u00f3n para el lector: \u00bfser\u00e1 impresi\u00f3n m\u00eda, que soy un ignaro en temas filos\u00f3ficos, o ser\u00e1 un hecho objetivo que, de la dupla Sartre-Beauvoir, es la segunda quien pas\u00f3 de un papel casi satelital a un plano central, y contin\u00faa siendo le\u00edda cuando ya pocos leen a Sartre?<\/p>\n<p>Volviendo a la vejez, acepto todos los argumentos de Beauvoir, pero me siento obligado a abrirle una ventana a la esperanza. Sin duda despu\u00e9s de los cincuenta o los sesenta a\u00f1os el cuerpo ya no \u201cresponde\u201d como en la juventud, y sin duda uno es m\u00e1s pobre y est\u00e1 m\u00e1s solo cuanto m\u00e1s viejo, pero confieso que me siento m\u00e1s leve, y hasta m\u00e1s libre hoy que durante la juventud. Despu\u00e9s de la equ\u00edvoca pero c\u00e9lebre \u201ccierta edad\u201d nadie nos exige nada, probablemente porque no esperan nada de nosotros. De los j\u00f3venes \u201cse espera\u201d que, en su trabajo, sean buenos profesionales, que sean buenos c\u00f3nyuges, si se casan, buenos padres, si tienen hijos, y hasta que sean buenos amantes, que tambi\u00e9n eso es exigido. Y no s\u00f3lo los otros esperan y exigen, nosotros tambi\u00e9n nos exigimos, justamente en el momento en que todav\u00eda no sabemos si iniciamos el buen camino, si era esa la ruta, si realmente obedecimos a nuestra vocaci\u00f3n, porque es durante el transcurso de la vida que esas cosas se verifican. <\/p>\n<p>Todo est\u00e1 para ser hecho en la juventud, tenemos que construir nuestra propia biograf\u00eda, y lo hacemos en la incertidumbre y la angustia, sin saber si el amor no podr\u00eda ser otro, si realmente estamos a la altura de lo que buscamos, y hasta si no ser\u00eda mejor recomenzar, como de hecho ocurre a veces. En la vejez, en cambio, les jeux sont faits, los dados est\u00e1n echados, se puede retocar o mejorar una biograf\u00eda, sin duda, pero lo fundamental ya fue hecho, uno ya conoce en gran medida el destino que nos toc\u00f3 o que construimos (eviten, quienes puedan, el viejo jansenismo), digamos que conocemos nuestros l\u00edmites, nuestras miserias y nuestras grandezas. El verbo \u201ccumplir\u201d, de \u201ccumplir a\u00f1os\u201d, viene del lat\u00edn complere, que es \u201cllenar\u201d, como quien llena los vac\u00edos, es decir, hacer lo que era preciso. Y considerando los tiempos y el pa\u00eds (o el continente, o el mundo) que nos tocaron, uno siente una especie de alivio de haber sobrevivido, de haber creado una obra est\u00e9tica y haber llevado una vida digna, a pesar de las condiciones tantas veces desfavorables, duras, las heridas de la historia.<\/p>\n<p>Sin duda hay matices, bastante delicados, en las distintas sociedades. En Brasil, un hombre de sesenta a\u00f1os es un anciano; en otras regiones latinoamericanas, por ejemplo en mi Uruguay natal, es s\u00f3lo \u201cun se\u00f1or de cierta edad\u201d, y resulta casi ofensivo o\u00edr que nos llamen \u201cviejos\u201d. Un ejemplo min\u00fasculo: hace ya varios a\u00f1os que en Brasil me dan el asiento en el \u00f3mnibus y nunca vi que lo hicieran de mala voluntad. Es una imposici\u00f3n, s\u00ed, pero social, la sociedad lo exige. En Uruguay no puedo siquiera evaluar buenas o malas voluntades, porque simplemente nunca me ofrecieron el asiento. Las pir\u00e1mides etarias, tan caras a los soci\u00f3logos, explican esos matices. Por lo dem\u00e1s, mencionar\u00e9 otro de esos \u201cdetalles\u201d (en el que no me hubiera fijado si una amiga de mi edad no me lo hubiera hecho notar): ser viejo es una cosa, ser vieja es otra. Tanto en Uruguay como en M\u00e9xico o en Brasil se le concede a un viejo alguna dignidad, algo que ocurre con menos frecuencia y m\u00e1s precariamente en el caso de las mujeres. Un viejo o una vieja son (pueden ser) modos denigrantes de llamar a alguien, pero el segundo modo esconde otra antig\u00fca discriminaci\u00f3n, de g\u00e9nero, ya no s\u00f3lo de edad. Y esa discriminaci\u00f3n de g\u00e9nero reaparece, claro, en el universo gay. Ser un homosexual viejo es mucho m\u00e1s \u201cimperdonable\u201d que ser un homosexual joven. El segundo es un muchacho, o una muchacha, que puede llegar a cambiar sus comportamientos, cosas de juventud que la vida se encargar\u00e1 de arreglar. Ya en el primer caso, el del viejo, o la vieja, se trata de una persona inapelablemente viciosa. Son ficciones que la sociedad trata de imponernos, relatos que nos son endilgados y que, de viejos, vemos venir, de lejos, oh s\u00ed.<\/p>\n<p>Hace un mes, o mes y medio, en San Pablo, iba distra\u00eddo en el \u00f3mnibus, de pie. Cerca de m\u00ed estaba sentado un muchacho de unos veintitr\u00e9s, veinticinco a\u00f1os, muy bello. Era imposible no mirarlo. Lo contemplaba por una mezcla de aburrimiento y admiraci\u00f3n. Me cuid\u00e9 de que no sintiera mi mirada como insistente, pero confieso que me entreten\u00eda, y me agradaba, claro, ver tanta belleza. Descuido fatal de este anciano. El muchacho se dio cuenta de mi mirada \u2013\u00bfser\u00eda l\u00e1nguida\u2013 y no dud\u00f3 en ofrecerme el asiento, como si entendiera que a mi edad yo estaba cansado y que mi mirada implicaba una exigencia social que se apresur\u00f3 a cumplir. <\/p>\n<p>Huelga decir que esa vez no acept\u00e9 el asiento. Le dije, desde\u00f1oso, que no se molestara, y me puse en el lado opuesto del corredor. <\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La ley de la vejez Alfredo Fressia Cumpl\u00ed sesenta a\u00f1os, y en Brasil, por ley, pas\u00e9 a ser idoso, es decir, \u201cpersona de la tercera edad\u201d, o m\u00e1s simplemente, viejo. La tal ley de la vejez (Estatuto do idoso) reglamenta una disposici\u00f3n constitucional de 1989 que da algunos privilegios a los ancianos (sic). 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