{"id":9939,"date":"2013-06-21T12:48:42","date_gmt":"2013-06-21T18:48:42","guid":{"rendered":"https:\/\/eloficiodehistoriar.com.mx\/?p=9939"},"modified":"2013-06-21T12:48:42","modified_gmt":"2013-06-21T18:48:42","slug":"el-libro-que-usted-no-ha-leido","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eloficiodehistoriar.com.mx\/?p=9939","title":{"rendered":"El libro que usted no ha le\u00eddo"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: justify;\"><strong>El arte de no leer<\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Hermann Bellinghausen<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\n<p style=\"text-align: justify;\">Este comentario trata de los libros que uno no lee. De uno en particular, que usted probablemente no leer\u00e1, titulado <i>C\u00f3mo hablar de los libros que usted no ha le\u00eddo <\/i>(Bloombsbury, Nueva York, 2007; edici\u00f3n castellana en Anagrama, Madrid, 2008), del profesor de literatura en alguna Sorbona de Par\u00eds, Pierre Bayard. Usted supondr\u00e1 que al menos este rese\u00f1ista s\u00ed lo ley\u00f3 y con altruismo le est\u00e1 ahorrando hacerlo. Quiz\u00e1 se enga\u00f1a. Seg\u00fan el propio Bayard, hay muchas maneras de hablar, incluso doctamente, de libros que no se han le\u00eddo pero tanto se dice de ellos y tanto se les cita que la gente se siente c\u00f3moda y hasta apasionada discutiendo un libro ignoto, lo compara, desde\u00f1a o defiende.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Este comentarista bien pudo s\u00f3lo hojearlo, una de las t\u00e9cnicas que comenta el catedr\u00e1tico franc\u00e9s y usa a Paul Val\u00e9ry para demostrarlo, siendo que el poeta homenaje\u00f3 a Proust, Bergson y Anatole France sin haberlos le\u00eddo ni planear hacerlo en el futuro; pero qu\u00e9 encendido obituario el suyo para expresar admiraci\u00f3n por <i>La recherche<\/i>. Bastaba echar un vistazo al \u00edndice, por lo dem\u00e1s bastante expositivo, pues se trata de sumarios del contenido de cada cap\u00edtulo. Adem\u00e1s, el autor no es un pedante que aplaste al lector con su bagaje literario. Tal vez porque no tiene mucho de qu\u00e9 presumir. Sincero, candoroso, democr\u00e1tico, empieza por confesar que nunca ha le\u00eddo <i>Ulises<\/i>, de James Joyce, pero tiene una idea aceptablemente completa de la trama, el modo peculiar de la narraci\u00f3n, el flujo de la conciencia, el mon\u00f3logo de Molly Bloom y su lugar en la literatura universal, aunque s\u00f3lo conozca poco m\u00e1s que la portada, dando la raz\u00f3n a Flaubert en su <i>Diccionario de lugares comunes<\/i>: \u201cLibro: Cualquiera que sea, siempre demasiado largo.\u201d<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Lo que sigue son entretenidas revelaciones, reflexiones, interpretaciones, pasajes y comentarios sobre las m\u00e1s diversas e imaginativas formas de mendacidad y autoenga\u00f1o para hablar, escribir o dictar conferencias ante auditorios que podr\u00edan conocer mejor que uno el libro del cual uno est\u00e1 pontificando. Cuando no hilarante, es demoledor. Pone en duda buena parte de lo que los que \u201csaben\u201d dicen saber de los libros.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Es comprensible que para algunos rese\u00f1istas resulte ofensivo y lo divertido se le acabe pronto, y ponen a Bayard seriamente en su lugar: \u201cHay pocos libros m\u00e1s deplorables que este ensayo. Debajo de su astucia e iron\u00eda no se oculta otra cosa que un f\u00e1cil antiintelectualismo\u201d, escribi\u00f3 en <i>Letras Libres<\/i> el intelectual Rafael Lemus (noviembre de 2008). \u201cDisfrazada de irreverencia predomina la estupidez, un tosco elogio de la estupidez. Ninguna de las frases de este libro promueve la inteligencia; ninguna pretende crear un lector m\u00e1s inteligente. Por el contrario: se celebra la mera astucia, se enaltece al p\u00edcaro.\u201d Le reprocha no acusar deleite. En un comentario m\u00e1s entusiasta, la admirable escritora estadunidense Francine Prose encontraba ah\u00ed \u201cun himno a los placeres de leer\u201d.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Admitamos que la pieza participa de la tradici\u00f3n francesa en la que alg\u00fan <i>savant<\/i> alza la voz para elogiar en vituperio una materia que no es su fuerte (ya ven, Sartre furioso contra Baudelaire, s\u00f3lo demostrando lo poco que el fil\u00f3sofo entend\u00eda la poes\u00eda). Acaso Bayard no es un lector apasionado ni hedonista. Algo hay de calvinista en su regodeo. Con una breve nomenclatura en siglas, marca cada libro que cita indoctamente como \u201cdesconocido para m\u00ed\u201d, \u201chojeado\u201d, \u201che o\u00eddo hablar\u201d (\u201cbien o mal, mucho o poco\u201d). Guiado por pasajes de novelas digamos que populares (<i>El nombre de la rosa<\/i>, de Umberto Eco; <i>El tercer hombre<\/i>, de Graham Greene), o la pel\u00edcula <i>Groudhog Day<\/i>, de Harold Ramis (1993), va comentando textos que desconoce de Virgilio, Arist\u00f3teles u otros indispensables para cualquiera que lee, y se permite ilustrar la importancia que pueden alcanzar libros de los que s\u00f3lo se ha o\u00eddo hablar y qui\u00e9n sabe si existan.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">No es un alegato de denuncia. Al contrario. Con respeto, incluso admiraci\u00f3n, describe algunas formas de no leer. As\u00ed, un bibliotecario de <i>El hombre sin atributos<\/i>, de Robert Musil, cuida un acervo incalculable en valor e inmenso en n\u00famero. De esos libros que ama y cuida, que son su vida, no ha le\u00eddo ninguno. Como padre justo, los quiere por igual. Elabora y comparte cat\u00e1logos, los \u00fanicos vol\u00famenes que s\u00ed lee. Organiza, clasifica, numera tomos. Gracias a \u00e9l, cada uno posee su lugar.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><b>Para leer sin leer<\/b><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Hay formas de no leer que Bayard no trata, espero que deliberadamente. Con los buscadores de internet, Facebook y dem\u00e1s, estas formas se han multiplicado (algo que cualquier educador conoce bien como la herramienta de trampa favorita de los estudiantes para rese\u00f1ar en base al plagio, las generalidades y Wikipedia). O las pel\u00edculas \u201cdel libro\u201d. Nunca plane\u00e9 leer <i>El padrino<\/i>, de Mario Puzo, sin dudar que sea interesant\u00edsimo. Pero vi la pel\u00edcula, con el consuelo adicional de que es una Obra Maestra del cine de g\u00e1ngsters, con aires shakesperianos y estupendas actuaciones. Los ejemplos son miles. El gran John Houston bas\u00f3 su larga y desigual carrera en adaptar cuentos y novelas. Uno puede comparar las versiones cinematogr\u00e1ficas de <i>Los miserables<\/i>, <i>Ana Karenina<\/i>, <i>Cumbres borrascosas<\/i>, <i>Pedro P\u00e1ramo<\/i>, <i>Macbeth<\/i> o la <i>Il\u00edada<\/i>. Cu\u00e1ntas cintas vemos, comerciales o serias, de libros que nunca leeremos y qu\u00e9 bueno. O qu\u00e9 l\u00e1stima, seg\u00fan.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Los audiolibros son, supongo, una forma leg\u00edtima de no leer mientras manejas, cocinas o reparas una silla: un disco de fondo nos evita gastar la vista en las p\u00e1ginas de Paulo Coelho o cosas peores, pero tambi\u00e9n nos achica los cl\u00e1sicos. Por fortuna, los invidentes pueden constituirse en espl\u00e9ndidos lectores. Ahora, prejuicios aparte, \u00bfcu\u00e1nta gente que \u201cno lee\u201d de hecho devora vol\u00famenes y sagas que quienes decimos leer jam\u00e1s acometer\u00edamos? La industria trasnacional est\u00e1 poblada de tomos de quinientas o novecientas p\u00e1ginas que vuelan a la playa y habitan comedores y retretes, van de mano en mano, agotan ediciones, merecen secuelas y \u201cprecuelas\u201d que para los-que-s\u00ed-leemos son basura. El follet\u00f3n no ha muerto.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">La tecnolog\u00eda ha facilitado enormemente las posibilidades de no lectura. Si uno necesita o desea un determinado libro, de un clic lo baja y ya, con todo y sumario. Nada de trasladarse a la librer\u00eda o la biblioteca, o sustraerlo de casa de un conocido, ni siquiera ordenarlo en Amazon. Luego que para eso est\u00e1n las enciclopedias en l\u00ednea y sus millones de espejos que nos permiten en segundos acceder a sinopsis, rese\u00f1as y promocionales, de manera que el no libro suplanta al libro, y m\u00e1s que alterar su forma (cualquier lectura es v\u00e1lida), diluye el contacto con su contenido.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Las consideraciones del pol\u00e9mico Bayard pasan por admitir que se dirige a un sector reducido para el cual leer libros, haberlo hecho, impacta en la imagen que los dem\u00e1s se hacen de uno y la idea que uno tiene de s\u00ed mismo: gente a la que le importan a lectura, la escritura, la traducci\u00f3n y la edici\u00f3n de este \u201cformato\u201d para comunicarse mediante palabras encuadernadas. Hoy los prestigios y referentes culturales presentan otras coordenadas, distintas formas de presentaci\u00f3n, asimilaci\u00f3n, reproducci\u00f3n y uso. La pantalla m\u00f3vil y la infinita progresi\u00f3n de datos, registros, im\u00e1genes y c\u00f3digos neo o postverbales llevan la no lectura a esferas que esta nota no pretende discutir.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Bayard recurre a Balzac ?a qui\u00e9n m\u00e1s? para ilustrar la realidad del mundo editorial, los comentaristas y dem\u00e1s magma del prestigio cultural (no s\u00f3lo literario). Rese\u00f1a <i>Las ilusiones perdidas<\/i> resaltando que los editores no necesariamente leen lo que publican o rechazan, sino que se gu\u00edan de opiniones ajenas que pueden hundir o enaltecer obras mediante recensiones por encargo cuyos autores las elaborar\u00e1n sin perder el tiempo en la lectura. Casos hay que hasta premios ganan y los entregan reyes, presidentes o funcionarios que pronuncian informados discursos escritos por alguien m\u00e1s.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Con Montaigne, el profesor de Sorbona se pregunta si los libros que le\u00edmos y olvidamos (la mayor\u00eda, ciertamente) podemos darlos por buenos. En alg\u00fan compartimento de nosotros alguna huella habr\u00e1n dejado, grande o no, formativa o desesperanzadora, bella o ingeniosa. Pero no los recordamos. Bayard es tambi\u00e9n psicoanalista; infiero que da por sentados el inconsciente, la memoria profunda, el olvido selectivo, la materia de los sue\u00f1os y el sentimiento de culpa por no hacer la tarea.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Est\u00e1n los autores que se los inventan (no menciona a Borges, pero s\u00ed a Soseki, el inquietante narrador japon\u00e9s). Con desparpajo final, el ensayo de Bayard nos conduce al refranero de Oscar Wilde y la certidumbre de que leer nos distrae de escribir nuestra autobiograf\u00eda: la \u201cantinomia\u201d entre leer y crear. En otro extremo estar\u00edan las deliciosas rese\u00f1as de libros inexistentes realizadas por Stanislaw Lem en <i>Provocaci\u00f3n<\/i> (Editorial Funambulista, Madrid, 2005) y <i>Vac\u00edo perfecto<\/i> (Impedimenta, Madrid, 2008) que en su virtualidad prodigan intensas maneras de leer y conocer: algo demasiado complicado para Bayard, si bien habla del libro \u201cinterno\u201d y el \u201cvirtual\u201d como la nuez de esa idea que nos hacemos de determinado libro, la que realmente importa.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Intelectualmente plebeyo pese a todo, Bayard expone los riesgos que implica esta actividad secreta y osada, y la com\u00fan hipocres\u00eda respecto a lo que verdaderamente se ha le\u00eddo. Estamos en una de las pocas zonas de la vida privada \u201cadem\u00e1s de las finanzas y el sexo ?dice? sobre las cuales es dif\u00edcil obtener informaci\u00f3n confiable\u201d.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Los creyentes que leen exclusivamente biblias, coranes o devocionarios tienen sus propias ideas al respecto; memorizan colectivamente, por \u00f3smosis, contenidos por los cuales, llegado el caso, morir\u00e1n, matar\u00e1n o quemar\u00e1n los libros infieles. Los censores hitlerianos y estalinistas, como el Santo Oficio, ser\u00edan entonces sacrificados lectores que salvaron al vulgo de contaminarse con las obras equivocadas.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Dejando de lado esa estupidez que considera la lectura una \u201cadicci\u00f3n\u201d, cabe concluir que los no lectores m\u00e1s flagrantes (plagiarios, demagogos, falsificadores) los encontramos entre quienes leen, escriben y dan importancia may\u00fascula a dichas actividades. Una paradoja interesante.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El arte de no leer Hermann Bellinghausen Este comentario trata de los libros que uno no lee. 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