Historia de Las Casas de Cuna en México

HISTORIA DE LA CASA CUNA

LOS PRIMEROS 224 AÑOS… Y LO QUE VENDRÁ

Pablo A. Croce

DE LA COLONIA A LA ORGANIZACIÓN NACIONAL

Para defender las Colonias Españolas del Atlántico Sur de las expediciones militares que Portugal, Francia y Gran Bretaña venían realizando, Carlos III crea en 1776 el Virreinato del Río de La Plata, abre el puerto de Buenos Aires a la navegación directa con España y envía a 9.000 soldados a la ciudad, apenas habitada por 28.000 personas.

La presencia de tantos hombres en tránsito, habrá producido un significativo aumento de embarazos no deseados, con el consecuente abandono de numerosos recién nacidos, según el Virrey Vértiz, expuestos por sus deslizadas madres a la caridad pública.

Una serie de infortunios sufridos por estos niños abandonados en las calles (ser comido por perros cimarrones y cerdos sueltos, atropellados por transeúntes y carruajes en la oscuridad nocturna, morir de frío, de inanición o ahogados en charcos), mueve al Síndico Procurador General Marcos José de Riglos, con el apoyo de diez testigos de primera autoridad,  entre otros el Regidor Ramos Mejía, el Capitán Pereyra Lucena, el ex alcalde Espinosa y Mujica, el ex Regidor Francisco de Escalada y el Defensor General de Pobres, Manuel Rodríguez de la Vega, a peticionar al Virrey Vértiz el 17/06/1779, la apertura de una Casa Cuna, que ampare y proteja a los infantes abandonados, pues entre las públicas necesidades, es una de las más urgentes que haya una Casa… (para)… los muchos niños que se exponen.

El verbo exponer y el sustantivo expósito, del latín ex-positum, literalmente: puesto afuera, repite la figura jurídica del Imperio Romano, que da poder al padre (pater potestas), de excluir de su hogar a cualquiera de sus integrantes, aún  abandonar en la vía pública a recién nacidos, sin la protección necesaria para asegurar su supervivencia, a merced de quienes quisieran recogerlos, pues eran considerados por ciertas circunstancias de su concepción, embarazo o nacimiento, social, física o místicamente inconvenientes para su familia de origen, o para alejarlos de destinos aún más funestos.

Numerosos mitos fundadores de diversas culturas, como Sargón, Gilgamesh, Ciro, Hércules, Paris, Edipo, Rómulo y Remo, y hasta Moisés, fueron recién nacidos abandonados por sus padres, criados por seres no biológicamente vinculados a ellos y que de adultos, protagonizaron hechos decisivos en la vida de sus comunidades.

La idea de que se funden hospitales en todos los pueblos de españoles e indios, donde sean curados los pobres enfermos y se ejercite la caridad cristiana,  está dispuesta en las Leyes de Indias en 1541; y como iniciativa privada ya figura en las Actas Capitulares del Cabildo de Córdoba, con la cuádruple misión de proteger al peregrino, asistir al enfermo, segregar al contagioso y cobijar al indigente, para servicio de Dios, amparo de los pobres y alivio de mi conciencia. En la América Hispana, los Hospitales fueron la tercera institución en aparecer, y la primera sin ambición de poder ni lucro, sólo precedidas por el gobierno y la Iglesia.

La orfandad médica era tan grande en los primeros tiempos de Buenos Aires, que el Cabildo dispuso en 1609, prohibirle salir de la ciudad a Gerónimo de Miranda, costeándole un salario entre los vecinos para sangrar, afeitar, echar ventosas y sacar muelas a quien lo necesitare.

El 14 de julio de 1779, exactamente 10 años antes de la Revolución Francesa, el Virrey Vértiz dispone la apertura de la Casa de Expósitos para que estos hijos ilegítimos puedan educarse en el Santo Temor de Dios y ser hombres útiles a la Sociedad, según fundamenta en carta al Rey. La Casa tenía como modelos la Inclusa de Madrid, fundada por Felipe IV en 1623 para cuidar a los menores abandonados en dicha ciudad y la de Lima, en 1590. Se asemejaba a las Casas de Expósitos de Méjico y Santiago de Chile, casi contemporáneas a la de Buenos Aires. Vértiz tenía experiencia directa en esta problemática por haber sido juez de menores.

La Junta de Temporalidades, creada para administrar localmente los bienes de los Jesuitas recientemente expulsados de América, la desaparecida Compañía, ofrece una parte de la luego conocida como Manzana de las Luces, que los Jesuitas habían comenzado a construir en 1622, la esquina parcialmente demolida en 1936 para abrir la Diagonal Sur, de San Carlos y San José (hoy Alsina y Perú) en ese momento Arsenal de Guerra, como edificio para la Casa Cuna, y el alquiler de nueve pequeñas propiedades frente a la Plaza Mayor, (casas redituantes)como presupuesto para su funcionamiento. De este primer edificio de la Casa quedan en pie dos salas que hoy se usan para el Mercado de las Luces, una galería de artesanías.

El 7 de agosto de 1779 Martín de Sarratea, su primer Director, en la hoja inicial del libro de ingresos, anota junto a la frase de subido paternalismo autoritario todo debe hacerse para el pueblo y nada por él, a la primera expósita admitida,  una negrita bautizada Feliciana Manuela. El origen de la Casa Cuna está así rodeado de apellidos de familias ilustres de la Ciudad, con vocación por el bien público, agrupados en la Hermandad de la Santa Caridad de Nuestro Señor Jesucristo, creada en 1727, en la Iglesia de San Miguel Arcángel,  bajo la advocación de Nuestra Señora de los Remedios, por Don Juan Guillermo Gutiérrez González Aragón, para dar cristiana sepultura a las víctimas desamparadas, de la epidemia que entonces se abatió sobre Buenos Aires, lo que provocó duros cuestionamientos de los párrocos dispuestos a inhumar sólo a quienes podían pagarlo y que ya en 1755 había propuesto la creación de una Casa Cuna en esta Ciudad. Estas familias, al comienzo del Siglo XIX serían decisivas para el nacimiento de la Nación Argentina. En la Iglesia de San Miguel se conserva aún hoy la imagen de Nuestra Señora de los Remedios a cuyos pies se reunía a rezar la Santa Hermandad.

No era fácil entonces conseguir recursos suficientes en la comunidad porteña, golpeada por las dificultades económicas producidas por la expulsión de los industriosos jesuitas y la declinación del Imperio Español. Vértiz echó mano por eso a toda su fértil imaginación. En 1781, con el aval del Rey, dispuso trasladar a la Casa de Expósitos a costa de no pequeños gastos, la imprenta que los Jesuitas habían hecho en la Misión de Loreto y que estaba abandonada en los sótanos del Colegio Montserrat de Córdoba desde la expulsión de la Compañía en 1767, dándosela en concesión a Silva Aguiar, para que la recaudación de su trabajo reforzase el magro presupuesto; pero con su tecnología primitiva y lo reducido de sus tiradas no pudo competir, ni en precio ni en calidad, con los impresos llegados de España. Recién al comienzo del siglo XIX, con la impresión de los sucesivos periódicos y piezas literarias producidas en Buenos Aires, la imprenta fue rentable. En ella se imprimieron hasta las esquelas que invitaban al Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810, los bandos y proclamas elaboradas a raíz de la Reconquista y Defensa de Buenos Aires frente a los ingleses, y las de los primeros Gobiernos Patrios.

Algunos trabajos religiosos se imprimieron en latín, pero los documentos propios de la administración virreinal y las publicaciones de información general y de política, que superaban las censuras virreinal y eclesiástica, se hacían en castellano, guaraní, aymará o quechua. Fue tanta la importancia política de esta imprenta que ingleses y portugueses, cuando dominan Montevideo, se apresuran a traer sus propias imprentas para contrarrestarla.

Para compensar el escaso rédito de la imprenta se le agregaron recaudaciones de funciones teatrales a beneficio, en el Teatro de la Ranchería luego Coliseo de Comedias, especialmente de obras de autores locales, como Labardén, que así pudo estrenar su drama Siripo.

El esfuerzo de sostener la Casa de Expósitos, facilitó entonces la producción periodística, literaria y teatral de la Ciudad, con evidentes consecuencias en la formación cultural e ideológica y en la toma de conciencia, de la comunidad en la que crecía la idea de la Independencia.

Pero fue sólo gracias a las generosas donaciones que  Vértiz  continuó realizando aún viviendo en Montevideo, y a otros aportes que Casa Cuna tuvo una cierta estabilidad financiera en sus primeros años, pues ni José de Silva y Aguiar con la Imprenta ni Francisco Velarde con el Teatro, aportaron los recursos como se esperaba. Es de remarcar que el propio Rey de España dispone que si no es posible reunir con sus providencias y la venta de Bulas para poder comer carne en Cuaresma, 5.000 pesos anuales para la Casa Cuna de Buenos Aires, se completase la suma indicada, sacándosela del ramo de la guerra. Las autoridades españolas no dudaron de desplazar recursos militares, en momentos en que ingleses, portugueses, franceses e indios salvajes acechaban al Río de La Plata, para reforzar los de Casa Cuna, ya que el esfuerzo valía para que estos niños no se malogren en la tierna edad, según nota de 1783.

En 1784, ante el pedido de relevo de Sarratea y en víspera de su regreso definitivo a España, Vértiz, para asegurar la continuidad de su obra, entrega la dirección y gobierno de la Casa, a la Hermandad de la Santa Caridad, pero reservándole el superior gobierno de la Institución a la autoridad virreinal.

La Hermandad nombra administrador a Pedro Díaz de Vivar, quien dispone mudar la Casa a otro edificio, en Moreno y Balcarce, junto al Hospital de Mujeres y al fondo del Convento de San Francisco, predio que hoy ocupa el Museo Etnográfico, más discreto, para alejar de miradas inoportunas  al torno en que se abandonaba a los niños, conforme a lo que se estilaba en España,  inspirado en el del Papa Inocencio III, en el Siglo XII,  y  que repetía la sentencia de San Vicente de Paul colocada  en 1638 en la primer Casa de Expósitos de Francia, mi padre y mi madre me arrojan de sí, la piedad divina me recoge aquí.

El torno, era un mueble giratorio de madera compuesto por una tabla vertical, cuyos bordes superior e inferior estaban unidos como diámetros a sendos platos. El conjunto tapaba completamente un hueco hecho ex profeso en la pared externa. Cuando alguien depositaba sobre el plato inferior un bebe y hacía sonar la campanilla que acompañaba el artefacto, un operador desde adentro giraba el dispositivo y el bebé ingresaba a la casa, sin que quien lo dejaba y quien lo recibía, pudieran mirarse. El torno que todavía conserva la Casa de Ejercicios de la Avenida Independencia da idea de lo que era el de la Casa de Expósitos.

En 1786 ya hay 150 niños que crecen en la Casa de Expósitos, con el cuidado de amas de leche para los lactantes, y a su despecho amas de cría, para los mayorcitos, entusiasmando con sus logros a las familias patricias y  la Hermandad que se había hecho cargo de la Casa.

En 1788, en sus Instrucciones para Corregidores, Carlos IV, preocupado por una corrupción que por sus víctimas es más inadmisible, dispone que en las casas de expósitos no se extravíen sus caudales y rentas, sino que se apliquen a los niños que precisamente se críen en ellas.

En 1794 logran por Real Cédula de Carlos IV que los asilados superando la supuesta ilegitimidad de su origen sean considerados por mi autoridad soberana como hombres buenos del Estado llano, dándoles la misma dignidad que a los reconocidos por sus padres,  que sean admitidos en colegios de pobres, sin diferencia alguna,  que no recibiesen castigos más severos en caso de transgredir leyes, pues estaban siendo correctamente educados, e incluso establece castigos para quienes los injuriasen por el hecho de haber sido expósitos teniéndolos por bastardos, espurios, incestuosos o adulterinos, aunque no les consten estas cualidades. En una sociedad de castas, donde las virtudes y defectos se suponían inherentes a las familias de origen y a las formas de nacer, es notable la preocupación del Rey, seguramente influido en todas estas disposiciones, por su ministro y valido D. Manuel Godoy.

En 1795, teniendo la Casa un presupuesto anual de pesos 7.890, ya le debía al Defensor de Pobres y Tesorero de la Casa, D. Manuel Rodríguez de la Vega, pesos 38.344 con 7 reales, por lo que este ilustre caballero resuelve perdonar esa deuda y dejar a la Casa toda su herencia. Lamentablemente el cuadro pintado en vida de D. Rodríguez de la Vega que lo representaba, brindándose a los Expósitos, rara muestra de la pintura porteña del siglo XVIII, a cuyo pie entonces se escribió que como especialísimo tutor de los huérfanos, con admirable caridad, los protegió en lo moral y material, obteniendo del Virrey Arredondo medidas eficaces para salvaguardar la vida de los huérfanos, desapareció de Casa Cuna en la década de 1980 o 90, dejándola sin uno de los más significativos soportes materiales de su memoria.

En 1796 Francisco de Necochea (padre del General Mariano Necochea), dona 12 becas para que los expósitos más destacados completen su formación en las artes y demás saberes, en España. Ese año, con la experiencia acumulada se dicta la Constitución de la Casa de Expósitos, basada en el Reglamento General para las Inclusas de Carlos IV, destinado a garantizar la salud y la educación de estos niños. Ese mismo año el Ministro del Rey, don Manuel Godoy, en sus Recomendaciones Complementarias  dispone que el amamantamiento de los expósitos no sea de menos de un año. En  Buenos Aires, la Hermandad de la Caridad ha advertido que, para lograr el desarrollo armónico de los expósitos, no sólo se necesitan los cuidados del cuerpo, sino también la educación de la mente y la adecuada inserción social. Con ese espíritu, es que se decidió que todo abandonado llevara dos nombres, sirviendo el segundo de apellido en su adultez en caso de no haber sido adoptado antes.

Desde 1801 y en forma discontinua, la Imprenta editó sucesivos periódicos: El Telégrafo Mercantil, Rural, Político-Económico e Histórico Geográfico del Río de La Plata, dirigido por Cabello y Mesa, El Semanario de Agricultura, Industria y Comercio, dirigido por Juan Hipólito Vieytes, El Correo de Comercio de Buenos Aires, dirigido por Manuel Belgrano. El nombre de los periódicos y las personalidades de sus directores muestran claramente la intención con que fueron publicados. Finalmente , ya en 1810, sale el diario más famoso impreso en la Casa y el más trascendente para difundir el ideario revolucionario, La Gazeta de Buenos Aires, que tenía como lema tiempos éstos de rara felicidad en que es lícito al hombre pensar lo que quiere y decir lo que piensa.

El Seminario de Agricultura, Industria y Comercio de Vieytes, el de la famosa jabonería, publicado por la imprenta de la Casa de Niños Expósitos, muestra el interés de su Director no sólo por la industria y el comercio, sino también por la química y la salud. Entre 1802 y 1807, da consejos sobre crianza de los niños, algunos llenos de fantasía y otros con observaciones que casi 200 años después, asombran por lo agudas: si los amamanta una nodriza participará de los defectos de su carácter; las nodrizas deben privarse de alimentos con gusto muy vivo; destetar sin que (los lactantes) padezcan vigilias ni queden atormentados;  si el destete fue precoz dar alimentos medio masticados; polvo de ojos de cangrejo para desarreglos intestinales; como la naturaleza no habla en ellos, hay que examinar con atención sus llantos; los andadores los exponen a volverlos gibosos; en épocas en que se los inmovilizaba con fajas: si los niños gozaran de completa libertad desde que nacen, andarían más pronto; en tiempo de severa disciplina institucional, se aconseja para los internos de la Casa, para que los niños se desarrollen armónicamente, deben ejercitarse en juegos propios de la edad; los colores de los juguetes pueden ser peligrosos, cuando el niño los lleva a la boca, deben evitarse los pintados con plomo, minio, cobre, óxido de hierro, oripimente y cúrcuma.

A partir de 1810 el Gobierno Patrio toma progresiva injerencia en la Casa Cuna, disminuyendo las atribuciones de la Hermandad de la Caridad. El interés del Estado por la salud es tal, que la misma Asamblea de 1813 dispone que los niños sean bautizados con agua tibia, para evitar el mal de los siete días (tétano del recién nacido), que atribuían al frío del agua bautismal. Al retirarse el último administrador de la Casa, nombrado por la Hermandad, Don José Martínez de Hoz, recibe un reconocimiento de parte del severo inspector Elizalde, por su celo nada común.

En 1817 se hace cargo de la dirección, con el nombre de Padre de los Huérfanos, el canónigo Saturnino Segurola, Dr. en Ciencias de la Universidad San Felipe de Santiago de Chile, religioso preparado en el arte quirúrgico, conocido por haber introducido y administrado la vacuna antivariólica en el Río de La Plata, desde julio de 1805, por impulso del Virrey Sobremonte, sólo 6 años después de la comunicación original de Jenner, y por ser también, Director de la Biblioteca Nacional.

Desde el comienzo de su gestión, Segurola insiste en la importancia de contar con un profesional médico que asista los expósitos, una botica que los provea de las medicinas necesarias, y una sala especial para los expósitos enfermos. En 1817 se nombra médico de la Casa al Dr. Juan de Dios Madera, que como practicante se había destacado en el cuidado de los heridos durante las Invasiones Inglesas, como vecino firmó el petitorio para la constitución de la Primera Junta el 25 de Mayo, que en junio de 1810 fue el primer cirujano militar del Ejército Patrio, fundador de la Cátedra de Materia Médica y Terapéutica de la Escuela de Medicina, y que estaba trabajando para el Cabildo como médico de policía; y como boticario se nombra a Diego Gallardo. El Regidor Defensor General de Menores debía controlar el cumplimiento de las tareas de ambos. Es notable que en una época en que por falta de médicos, los barberos, sangradores y algebristas tenían gran prestigio, no hay registro que alguno de estos subprofesionales, hayan sido llamados a trabajar en la Casa de Expósitos.

En 18l8, Madera contra su voluntad es reemplazado por Cosme Argerich,  como aquél, ex-cirujano de los Ejércitos Patrios y futuro profesor del Departamento de Medicina de la Universidad de Buenos Aires. Madera apela al Cabildo, suscitando un lamentable conflicto que dura dos años, del que ninguno de los involucrados sale indemne. Posteriormente, Madera y  Argerich fueron miembros fundadores de la Academia Nacional de Medicina.

Cuando en 1820 el Gobierno Central entró en colapso y cada Provincia asumió su total autonomía, Buenos Aires, monopolizadora del tráfico marítimo y sin compromiso de solidaridad con el resto de la Nación, vio enriquecerse rápidamente a su clase privilegiada. Políticamente desarrolló una actividad secularizadora, limitando las injerencias sociales que las órdenes religiosas y las hermandades de laicos conservaban de las épocas coloniales.

Riqueza y secularización llevaron a Rivadavia,  ministro del Gobernador Martín Rodríguez, a disolver la Hermandad de la Santa Caridad y a organizar la Sociedad de Beneficencia, presidida por Mercedes Lasala de Riglos e integrada entre otras por Juana del Pino de Rivadavia, hija del ex Virrey y esposa del Ministro, María Rosario Azcuénaga, Bernardina C. de Viamonte, esposa del General y Mariquita Sánchez, dando espacio comunitario a las mujeres de clase alta, pues según su Decreto Fundacional la existencia social de las mujeres es aún demasiado vaga e incierta…siendo las damas la mitad más preciosa de la especie, con cualidades, ideas y sentimientos que no posee el hombre.  Esta Sociedad se hizo cargo de todas las Instituciones de Bien Público destinadas a mujeres y niños, que habían regenteado las Ordenes y Hermandades, incluida la Casa de Expósitos. Tal vez fue inspirada en la labor de la Junta de Damas, que Carlos IV organizó para que se hiciera cargo de la Inclusa de Madrid.

La Casa de Expósitos, nacida por iniciativa de las autoridades locales de Buenos Aires, los funcionarios del Cabildo, en el Siglo XVIII, ante el clamor de los vecinos, impulsadas por el esclarecido delegado de la monarquía absoluta que reinaba desde Madrid, el Virrey Vértiz, administrada casi desde su comienzo por una cofradía confesional no integrada al gobierno de la Iglesia (la Santa Hermandad), con varias e irregulares fuentes de financiamiento pasa a depender de una organización no gubernamental pero apoyada desde el flamante Estado Provincial, la Sociedad de Beneficencia.

La Sociedad y el Gobierno, por iniciativa de Juana del Pino de Rivadavia y de Miguel Belgrano, sobrino del General, dispusieron que el Director de la Casa  fuese Narciso Martínez, y su Médico Pedro Rojas. El Gobierno garantizó pagos mensuales a 250 amas para que cuidasen niños en sus casas, criándolos a leche completa, media leche y despecho, según correspondiera debiendo someterlos a examen médico mensual previo al pago de su salario. A partir de los 4 años se los da en guarda o como criados, o continúan con sus amas externas. Sólo los que no pueden ser colocados permanecen en la Casa de Expósitos; ya figuran en su plantel empleados que han sido expósitos, tradición que se mantuvo hasta 1990. Estas personas llegadas a la Casa como Expósitos y luego incorporadas como empleadas, siempre se distinguieron por su conmovedora dedicación sin límites a la Casa y a sus enfermitos.

En 1824, ya asumido el sostenimiento de la Casa Cuna por la Sociedad de Beneficencia, y disminuida la importancia de la Imprenta de los Niños Expósitos, por la presencia en Buenos Aires de otra más moderna, Rivadavia entrega la vieja imprenta al gobierno de Salta, donde sirvió para publicar la acción oficial y la cultura salteña. Se mantuvo funcionando, hasta que en octubre de 1867, sitiada Salta por las fuerzas de Felipe Varela, sus plomos fueron fundidos para hacer las balas que defendieron a la ciudad. La imprenta creada por los Jesuitas en 1701, que ayudó a sostener Casa Cuna en sus inicios y que difundió las ideas revolucionarias de Mayo, las noticias de la guerra de la Independencia y la primera literatura argentina, terminó sus días ayudando a derrotar la última montonera que interfería en la Unión Nacional.

Casa Cuna continuó con similares características, hasta que en 1838 el bloqueo anglo-francés colocó al Gobierno de Buenos Aires en una grave crisis financiera. El Gobernador Rosas, no teniendo fondos el erario, dejó entonces sin presupuesto público a todas las Instituciones dedicadas a la salud y a la educación, ordenando que Casa Cuna no admita nuevos expósitos y distribuyendo a los existentes entre las personas que tengan la caridad de recibirlos. Ante tal orden, Segurola presentó su renuncia indeclinable.

La mortalidad promedio de los Expósitos desde 1779 a 1838 se estima en un 40%.

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