Hoy cumple 50 años de obispo Don Samuel

Alabad al Señor, todas las naciones,
aclamadlo, todos los pueblos.

Firme es su misericordia con nosotros,
su fidelidad dura por siempre.
Aleluya” (Salmo 117)

Con muestras de gran entusiasmo los indígenas de las diferentes regiones de la Diócesis de San Cristóbal de Las Casas y en una gran manifestación hoy culminan un año de festejos o jubilar al cumplirse este 25 de enero del 2010, los cincuenta años de episcopado del hombre que ha ayudado a la transformación de la Iglesia eb México y en l mundo admás de gran defensor de los derechos humanos: Don Samuel Ruiz García.

Todo el mundo organizado en asociaciones civiles se ha congratulado con él y ha sido multipremiado y reconocido en todo el orbe por su obra

A Don Samuel Ruiz García, nuestro J Tatik le deseamos Paz y Larga Vida y depués  la vida eterna

www.eloficiodehistoriar.com.mx

José Félix Zavala

Coordinador

Discurso en la Gan Sinagoga de Roma

Discurso del Papa Benedicto XVl en la Gran Sinagoga de Roma: 

“Grandes cosas ha hecho el Señor en su favor.

Sí, grandes cosas ha hecho por nosotros el Señor,

y estamos alegres” (Sal 126)

“¡Oh, qué bueno, qué dulce

habitar los hermanos todos juntos!” (Sal 133)

 

Señor Rabino Jefe de la Comunidad Judía de Roma,

Señor Presidente de la Unión de las Comunidades Judías de Italia,

Señor Presidente de la Comunidad Judía de Roma

Señores Rabinos,

Distinguidas Autoridades,

Queridos amigos y hermanos,

 

1. Al inicio del encuentro en el Templo Mayor de los Judíos de Roma, los Salmos que hemos escuchado nos sugieren la actitud espiritual más auténtica para vivir este particular y feliz momento de gracia: la alabanza al Señor, que ha hecho grandes cosas por nosotros, nos ha reunido aquí con su Hèsed, el amor misericordioso, y el agradecimiento por habernos dado el don de encontrarnos juntos para hacer más firmes los vínculos que nos unen y continuar recorriendo el camino de la reconciliación y de la fraternidad. Deseo expresarle ante todo viva gratitud a usted, Rabino Jefe, doctor Riccardo Di Segni, por la invitación que me ha dirigido y por las significativas palabras que me ha dirigido. Agradezco también a los Presidentes de la Unión de las Comunidades Judías de Italia, abogado Renzo Gattegna, y de la Comunidad Judía de Roma, señor Riccardo Pacifici, por las corteses expresiones que han querido dirigirme. Mi pensamiento va a las Autoridades y a todos los presentes y se extiende, de modo particular, a la comunidad judía romana y a cuantos han colaborado para hacer posible el momento de encuentro y de amistad que estamos viviendo.

 

Viniendo entre vosotros por primera vez como cristiano y como Papa, mi venerado Predecesor Juan Pablo II, hace casi veinticuatro años, quiso ofrecer una decidida contribución a la consolidación de las buenas relaciones entre nuestras comunidades, para superar toda incomprensión y prejuicio. Este visita mía se inserta en el camino trazado, para confirmarlo y reforzarlo. Con sentimientos de viva cordialidad me encuentro en medio de vosotros para manifestaros la estima y el afecto que el Obispo y la Iglesia de Roma, como también la entera Iglesia católica, nutren hacia esta comunidad y las comunidades judías dispersas por el mundo.

 

2.La doctrina del Concilio Vaticano II ha representado para los católicos un punto firme al que referirse constantemente en la actitud y en las relaciones con el pueblo judío, marcando una nueva y significativa etapa. El acontecimiento conciliar ha dado un decisivo impulso al compromiso de recorrer un camino irrevocable de diálogo, de fraternidad y de amistad, camino que se ha profundizado y desarrollado en estos cuarenta años con pasos y gestos importantes y significativos, entre los cuales deseo mencionar nuevamente la histórica visita a este lugar de mi Venerable predecesor, el 13 de abril de 1986, los numerosos encuentros que él mantuvo con Personalidades judías, también durante los Viajes Apostólicos internacionales, la peregrinación jubilar a Tierra Santa en el año 2000, los documentos de la Santa Sede que, tras la Declaración Nostra Aetate, han ofrecido preciosas orientaciones para un desarrollo positivo en las relaciones entre católicos y judíos. También yo, en estos años de Pontificado, he querido mostrar mi cercanía y mi afecto hacia el pueblo de la Alianza. Conservo bien vivos en mi corazón todos los momentos de la peregrinación que tuve la alegría de realizar a Tierra Santa, en mayo del año pasado, como también los muchos encuentros con comunidades y organizaciones judías, en particular en las sinagogas de Colonia y de Nueva York.

 

Además, la Iglesia no ha dejado de deplorar las faltas de sus hijos e hijas, pidiendo perdón por todo aquello que ha podido favorecer de cualquier modo las heridas del antisemitismo y del antijudaísmo (cfr Comisión para las Relaciones Religiosas con el Judaísmo, Nosotros Recordamos: una reflexión sobre la Shoah, 16 marzo 1998). ¡Que estas heridas puedan ser curadas para siempre! Vuelve a la mente la sentida oración en el Muro del Templo, en Jerusalén, del Papa Juan Pablo II el 26 de marzo de 2000, que resuena verdadera y sincera en lo profundo de nuestro corazón. Dijo: “Dios de nuestros padres, tu has elegido a Abraham y a su descendencia para que tu Nombre sea llevado a los pueblos: nosotros estamos profundamente doloridos por el comportamiento de cuantos, a lo largo de la Historia, les han hecho sufrir, a esos que son tus hijos, y pidiéndote perdón, queremos comprometernos a vivir una fraternidad auténtica con el pueblo de la Alianza”.

 

3 El paso del tiempo nos permite reconocer en el siglo XX una época verdaderamente trágica para la humanidad: guerras sangrientas que han sembrado destrucción, muerte y dolor como nunca había sucedido antes; ideologías terribles que han tenido su raíz en la idolatría del hombre, de la raza, del Estado, y que han llevado una vea más al hermano a matar al hermano. El drama singular e impactante de la Shoah representa, en cualquier caso, el culmen de un camino de odio que nace cuando el hombre olvida a su Creador y se pone a sí mismo en el centro del universo. Como dije en la visita del 28 de mayor de 2006 al campo de concentración de Auschwitz, aún profundamente impresa en mi memoria, “los potentados del Tercer Reich querían aplastar al pueblo judío en su totalidad” y, en el fondo, “con el aniquilamiento de este pueblo, pretendían matar a aquel Dios que llamó a Abraham, que hablando sobre el Sinaí estableció los criterios orientativos de la humanidad que permanecen válidos eternamente” (Discurso en el campo de Auschwitz-Birkenau: Enseñanzas de Benedetto XVI, II, 1[2006], p. 727).

 

En este lugar, ¿cómo no recordar a los judíos romanos que fueron arrancados de sus casas, ante estos muros, y con horrendo tormento fueron asesinados en Auschwitz? ¿Cómo es posible olvidar sus rostros, sus nombres, sus lágrimas, la desesperación de hombres, mujeres y niños? El exterminio del pueblo de la Alianza de Moisés, primero anunciado y después sistemáticamente programado y realizado en la Europa bajo el dominio nazi, alcanzó aquel día trágicamente también a Roma. Por desgracia, muchos permanecieron indiferentes, pero muchos, también entre los católicos italianos, sostenidos por la fe y por la enseñanza cristiana, reaccionaron con valor, abriendo los brazos para socorrer a los judíos perseguidos y fugitivos, a menudo a riesgo de su propia vida, y merecen una gratitud perenne. También la Sede Apostólica llevo a cabo una acción de socorro, a menudo oculta y discreta.

 

La memoria de estos acontecimientos debe empujarnos a reforzar los vínculos que nos unen para que crezcan cada vez más la comprensión, el respeto y la acogida.

 

4. Nuestra cercanía y fraternidad espirituales encuentran en la Sagrada Biblia – en hebreo Sifre Qodesh o “Libros de Santidad” – el fundamento más sólido y perenne, en base al cual nos vemos constantemente puestos ante nuestras raíces comunes, a la historia y al rico patrimonio espiritual que compartimos. Es escrutando su propio misterio como la Iglesia, Pueblo de Dios de la Nueva Alianza, descubre su propio vínculo profundo con los judíos, elegidos por el Señor los primeros entre todos para acoger su palabra (cfr Catecismo de la Iglesia Católica, 839). “A diferencia de las demás religiones no cristianas, la fe judía ya es respuesta a la revelación de Dios en la Antigua Alianza. Es al pueblo judío al que le pertenecen “la adopción filial, la gloria, las alianzas, la legislación, el culto, las promesas, y los patriarcas; de ellos también procede Cristo según la carne” (Rm 9,4-5) porque “los dones y la vocación de Dios son irrevocables” (Rm 11,29)” (Ibid.).

 

5. Numerosas pueden ser las implicaciones que derivan se la herencia común tomada de la Ley y de los Profetas. Quisiera recordar algunas: ante todo, la solidaridad que liga a la Iglesia y al pueblo judío “a nivel de su misma identidad” espiritual, y que ofrece a los cristianos la oportunidad de promover “un renovado respeto por la interpretación judía del Antiguo Testamento” (cfr Pontificia Comisión Bíblica, El pueblo judío y sus Sagradas Escrituras en la Biblia cristiana, 2001, págs. 12 y 55); la centralidad del Decálogo como mensaje común ético de valor perenne para Israel, la Iglesia, los no creyentes y la humanidad entera; el compromiso por preparar o realizar el Reino del Altísimo en el “cuidado de la creación” confiada por Dios al hombre para que la cultive y la custodie responsablemente (cfr Gen 2,15).

 

6. En particular, el Decálogo, las “Diez Palabras” o Diez Mandamientos (Cf. Éxodo 20,1-17; Deuteronomio 5,1-21), que procede de la Torá de Moisés, constituye la antorcha de la ética, de la esperanza y del diálogo, al estrella polar de la fe y de la moral del pueblo de Dios, e ilumina y guía también el camino de los cristianos. Constituye un faro y una norma de vida en la justicia y en el amor, un “gran código” ético para toda la humanidad. Las “Diez Palabras” iluminan el bien y el mal, lo verdadero y lo falso, lo justo y lo injusto, según los criterios de la conciencia recta de toda persona. Jesús mismo lo ha repetido en varias ocasiones, subrayando que es necesario un compromiso concreto siguiendo el camino de los Mandamientos: “si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos” (Mateo 19,17). Desde esta perspectiva, hay varios campos de colaboración y testimonio. Quisiera recordar tres particularmente importantes para nuestro tiempo.

 

Las “Diez Palabras” piden reconocer al único Señor, superando la tentación de adoptar otros ídolos, de construirse becerros de oro. En nuestro mundo, muchos no conocen a Dios o consideran que es superfluo, que no tiene relevancia para la vida; se han fabricado, de este modo, otros dioses nuevos ante los que se inclina el hombre. Despertar en nuestra sociedad la apertura a la dimensión trascendente, dar testimonio del único Dios es un servicio precioso que judíos y cristianos pueden ofrecer juntos.

 

Las “Diez Palabras” piden respeto, protección de la vida, contra toda injusticia y abuso, reconociendo el valor de toda persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios. ¡Cuántas veces, en todas las partes de la tierra, cercanas o alejadas, siguen pisoteándose la dignidad, la libertad, los derechos del ser humano! Dar testimonio juntos del valor supremo de la vida contra todo egoísmo es ofrecer una importante contribución para un mundo en el que reine la justicia y la paz, el “shalom” deseado por los legisladores, los profetas y los sabios de Israel.

 

Las “Diez Palabras” exigen conservar y promover la santidad de la familia, cuyo “sí” personal y recíproco, fiel y definitivo del hombre y de la mujer, abre el espacio al futuro, a la auténtica humanidad de cada uno, y se abre, al mismo tiempo, al don de una nueva vida. Testimoniar que la familia sigue siendo la célula esencial de la sociedad y el contextos básico en el que se aprenden y ejercen las virtudes humanas es un servicio precioso que hay que ofrecer a la construcción de un rostro más humano.

 

7. Como enseña Moisés en el Shemá (cf. Deuteronomio 6,5; Levítico 19,34), y Jesús afirma en el Evangelio (cf. Marcos 12, 19-31), todos los mandamientos se resumen en el amor de Dios y en la misericordia por el prójimo. Esta Regla compromete a judíos y cristianos a vivir, en nuestro tiempo, una generosidad especial con los pobres, las mujeres, los niños, los extranjeros, los enfermos, los débiles, los necesitados. En la tradición judía hay un admirable dicho de los Padres de Israel: “Dimón el Justo solía decir: El mundo se funda en tres cosas: la Torá, el culto y los actos de misericordia” (Aboth 1,2). Con el ejercicio de la justicia y la misericordia, judíos y cristianos están llamados a anunciar y a dar testimonio del Reino del Altísimo que viene, y por el que rezan y actúan cada día en la esperanza.

 

8. En esta dirección podemos dar pasos juntos, conscientes de las diferencias que se dan entre nosotros, pero también de que si logramos unir nuestros corazones y nuestras manos para responder a la llamada del Señor, su luz se hará más cercana para iluminar a todos los pueblos de la tierra. Los pasos dados en estos cuarenta años desde por el Comité Internacional Conjunto Católico-Judío y, en los años recientes, por la Comisión Mixta de la Santa Sede y del Gran Rabinato de Israel, son un signo de la voluntad común de continuar un diálogo abierto y sincero. Precisamente mañana la Comisión Mixta celebrará aquí, en Roma, su noveno encuentro sobre “La enseñanza católica y judía sobre la creación y el ambiente”. Deseamos a sus miembros un diálogo fecundo sobre un tema tan importante como actual.

 

9. Cristianos y judíos tienen buena parte de su patrimonio espiritual en común, rezan al mismo Señor, tienen las mismas raíces, pero con frecuencia se desconocen mutuamente. Nos corresponde a nosotros, respondiendo a la llamada del Señor, trabajar para que quede siempre abierto el espacio del diálogo, del respeto recíproco, del crecimiento en la amistad, del testimonio común ante los desafíos de nuestro tiempo, que nos invitan a colaborar por el bien de la humanidad en este mundo creado por Dios, el Omnipotente y Misericordioso.

 

10. Por último, dedico un saludo particular a nuestra ciudad de Roma, donde desde hace unos dos mil años viven, como dijo el Papa Juan Pablo II, la comunidad católica con su obispo y la comunidad judía con su rabino jefe; que esta convivencia pueda animarse con un creciente amor fraterno, que se exprese también en una cooperación cada vez más cercana para ofrecer una contribución eficaz en la solución de los problemas y de las dificultades que hay que afrontar.

 

Invoco del Señor el don precioso de la paz en todo el mundo, sobre todo en Tierra Santa. En mi peregrinación de mayo pasado, en Jerusalén, ante el Muro de las Lamentaciones, pedí a quien todo lo puede: “envía tu paz a Tierra Santa, a Oriente Medio, a toda la familia humana; mueve los corazones de todos los que invocan tu nombre para que caminen humildemente por la senda de la justicia y de la compasión” (Oración en el Muro de las Lamentaciones de Jerusalén , 12 de mayor 2009).

 

Nuevamente elevo a él la acción de gracias y de alabanza por este encuentro, pidiendo que refuerce nuestra fraternidad y haga más firme nuestro entendimiento.

 

Alabad al Señor, todas las naciones,
aclamadlo, todos los pueblos.

Firme es su misericordia con nosotros,
su fidelidad dura por siempre.
Aleluya” (Salmo 117)

 

La pintura y la Revolución

Lo que me interesa es la vida: Luis Filcer

Frente a La gran batalla.

Foto. Alberto Herrera.

Diario de Querétaro

Margarita Ladrón de Guevara

En 1878, el joven holandés Vicent Van Gogh intentaba ganarse la vida como pastor protestante. Vivía en El Borinage, en Bélgica, junto a las minas de carbón que se caracterizaban por sus condiciones inhumanas; Vincent anheló pintar a esos mineros y la pobreza de sus ropas, comida y hogar. Antes, en 1800, Francisco de Goya había pintado las atrocidades de la guerra entre Francia y España, retratando cómo hombres ricos y pobres se igualan en la muerte. De este dramatismo plástico se nutrió Luis Filcer desde los 17 años, cuando de la biografía de Van Gogh recibió un rayo de inspiración para inmortalizar, lapiz y papel en mano, a los cargadores, fruteros y pepenadores que observaba mientras trabajaba junto a su padre vendiendo suéteres en el mercado de La Lagunilla, en la ciudad de México, en los años 40 del siglo pasado. Y cinco años después, cuando tuvo un cuadro de Goya en frente, decidió para siempre que lo que quería era pintar.

Así es la historia que con emoción cuenta Luis Filcer, prolífico pintor mexicano que inauguró “La revolución mexicana bajo la mirada de Luis Filcer” el jueves en el Museo de Arte y que marca el inicio en dicho recinto, de los festejos por el centenario del inicio de la Revolución mexicana, y el bicentenario del inicio de la guerra independentista.

Luis Filcer nació en Ucrania en 1927 de familia judía, pero a los 6 meses de edad su familia emigró a México por lo que sus principales estudios los realizó en la capital del país, después de cursar un año en la Academia de San Carlos, continuó preparándose 3 años bajo la dirección del pintor español José Bardasano.

Más adelante obtuvo becas para estudiar en París y Roma, y durante 20 años vivió en Holanda. Tiempo después, al regresar a México se hizo notable por su plástica expresionista (o pos-expresionista según algunos críticos).

La impresión de Filcer por la injusticia en la que México sobrevive, la pobreza y la enorme desigualdad que imperan igualmente como lo hacían en 1910 o 1910, lo obligan a retratar el drama humano de las guerras. “Pinto todo lo que vivo más mis fantasías y demonios; soy expresionista y lo que me emociona, lo pinto”. Después de leer Anhelo de vivir, biografía de Vincent van Gogh y observar la pobreza en el mercado, decidió viajar a Guanajuato y ser parted e los mineros; bajó a la mina de Catas y ahí pudo dibujar los rostros y la difícil situación de los trabajadores de la mina. Compró un terreno para ser parte de ellos y poderlos retratar, pero lo hicieron sentir ajeno y se marchó.

Filcer obtuvo una beca para estudiar en París. Tenía 23 años cuando vio por primera vez un Francisco de Goya y eso le cambió la vida “Cuando lo vi quise seguir sus pasos”. De ahí viajó a Ámsterdam a ver el museo Vincent Van Gogh “mi corazón latió mucho, fue algo excepcional porque vi la vida de Van Gogh en su pintura, entonces él dirigió mi camino”.

Durante su estancia en París, viajaba a las capitales europeas donde hubiera museos que ver y alimentarse: Londres, Madrid, Ámsterdam, etc. En Paris, pintaba a la gente que caminada por la calle, en su academia en Montparnasse durante seis horas dibujaba modelos que posaban por minutos con el fin de aprender a hacer rápidos estudios y memorizar el cuerpo humano hasta dominarlo. Pero Filcer caminaba por los puentes del río Sena y pintaba a los clochard, los limosneros de Paris para que ellos fueran sus modelos. “Fue una experiencia muy viva, pero la academia no me sirvió de nada” afirma, así que emprendió el viaje a Italia, con su amigo el artista Juvenal Sansó (1929); “decidimos irnos a Roma, pero sucedió exactamente lo mismo con ese profesor, que era un perfecto imbécil: yo pintaba gente de la calle, obreros y él miraba el cuadro y me decía ¿porqué no pinta gente bohemia?”. En esa academia estuvo sólo un mes, se salió y fue a donde realmente aprendió: a los museos de Roma y Florencia.

Inspirado por los grandes maestros, se dirigió a la gente del pueblo para pintarla “también pinté aristócratas, que es gente igual que todo el mundo pero con mejor ropa”, sostiene.

Su tema siempre ha sido la justicia y la injusticia. Se declara ferviente admirador de Van Gogh, Goya y José Clemente Orozco, de quien afirma: “él es el máximo artista mexicano”. Contradice a Diego Rivera al afirmar que “él decía que un artista no debe tener influencias de nadie, pero yo siempre digo: ¿y los pintores del renacimiento? Ellos imitaban a los clásicos griegos… yo estoy influido por Goya, pero no lo copio porque yo pinto lo que vivo, a mi manera”.

Dentro de las series que ha pintado en su vida, se encuentra sobre la matanza de estudiantes en 1968, los casinos en Las Vegas, las estaciones de metro, etc. Su tema, insiste, es lo humano. Y a manera de homenaje a Goya ofrecerá próximamente una exposición de más de 200 obras en el Museo del Obispado, en Monterrey.

La serie que exhibe en el Museo de Arte tiene que ver con las emociones del artista respecto de la revolución “me gusta pintar sobre la justicia o injusticia y la Revolución ha sido una injusticia tremenda hacia los pobres, cuando se supone que sería al revés, entonces vi la oportunidad de poder fantasear sobre la revolución, yo la vivo por dentro por los contrastes tan tremendos que había entre los campesinos y los ricos con Porfirio Díaz, y deduje que la revolución no sirvió de nada, solo para que hubiera miles de muertos, porque los pobres son más pobres y los ricos más ricos que antes”.

¿Cuál es el papel del artista en un año como este?

“Desgraciadamente los artistas se han desviado hacia lo abstracto y me parece que esa es una postura cómoda, no hay compromiso más que con ellos mismos y dizque intelectual pero no dicen nada de lo que sucede realmente, no hay opinión de lo que viven, y yo sí tengo una opinión, porque me interesa el ser humano. Los conflictos que veo, los pinto. Me interesa lo que le sucede al hombre actual con sus contrastes económicos, filosóficos, económicos, psicológicos o sociales y eso pinto. Los artistas deberían hacer ver esta realidad”.

¿Qué esperas del espectador?

“Espero no que haya influencias sino que observen, es decir, mucha gente se ciega en tradiciones, no abre su mente a lo que está pasando. Por ejemplo, la religión ciega mucho, así que con mis pequeñas críticas quiero abrir a la mente de la gente que vea lo que está sucediendo. Así, dialogo con el público porque el arte es para el artista mismo al exponer su pintura a través del color y la forma, pero también para el público. Y siempre debe haber una reflexión frente a un cuadro, porque mi diálogo va directamente de la pintura a la conciencia de la persona”.

La exposición de Filcer estará hasta el 21 de febrero. Mientras, él continuará preparando su exposición homenaje a Goya, la cual, afirma que es la máxima en su vida “porque ahí va todo lo que he vivido… hacer un homenaje a Goya es como a mi propia vida porque esos cuadros son lo máximo que he pintado” y finaliza “A mi edad no se todavía lo que voy a hacer, porque he pintado tantos temas sobre la vida, que no se en qué va a seguir mi mente…”

Las mujeres y la independencia

Mujeres… Las heroínas anónimas de 1810

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Diario de Querétaro

María Concepción Lambarri

La Independencia de México, el período de nuestra historia que abarca desde las primeras conspiraciones y el inicio del levantamiento armado la madrugada del 16 de septiembre de 1810 con el “Grito de Dolores” hasta la consumación de la Independencia, en 1821, con la entrada del ejército Trigarante a la Ciudad de México, es una etapa de muchos cambios políticos y sociales en el que también las mujeres tuvieron una amplia participación, y a partir del cual su inserción en la vida pública empieza a incrementarse.

Algunas de las mujeres que se recuerdan en esta colaboración, quizá no tuvieron una participación tan destacada con la insurgencia como doña Josefa Ortiz de Domínguez o como doña Leona Vicario que dedicaron su fortuna y su vida a la causa de la Independencia de 1810 en nuestro país. Si embargo al hablar de las mujeres que participaron en este importante movimiento, trascendieron más por el espíritu de sacrificio y por sus sorpresivas acciones valerosas que por su importante participación como abnegadas y fieles esposas, hermanas, hijas o madres valientes que animaron, aconsejaron y muchas de ellas perdieron su vida y la de sus hijos o que fueron víctimas anónimas en la lucha de la Independencia.

En este trabajo, se rescatan a varías de esas mujeres y se puede aportar el nombre de ellas por conocerlo por el parentesco que tuvieron con insurgentes destacados y en muchos casos sólo se describen los hechos en los que ellas participaron.

María Ricarda Rosales, sobrina de Víctor Rosales e hija de Fulgencio Rosales quien fuera dueño de un obraje en la ciudad de León, Guanajuato, herido en Aculco, fue fusilado y colgado al realizar el rescate de las banderas del Cuerpo de Tres Villas y la de las Milicias de México. María Ricarda fue hecha prisionera en octubre de 1814 en la batalla del Maguey cuando cuidaba y protegía a su pequeño sobrino. Fue trasladada a la ciudad de México, y recluida en las cárceles de la Inquisición, se fugó de ellas, gracias a la ayuda de Leona Vicario.

Andrea González, esposa de José Güemes apodado el “anglo-americano”. Como hecho curioso se le reconoce a José el haber sido bautizado ya siendo un joven por el capellán de Minería Rafael Gil de León quien más adelante sería cura de Querétaro. Güemes vivió como la mayoría de los mexicanos, en la mayor de las pobrezas, participó en once batallas en contra de la tiranía de los españoles; fue un personaje al que se le recuerda por su indisciplina y crueldad. Al ser asesinado, su mujer quedó en el mayor de los desamparos, y como “un acto piadoso” el Virrey ordenó que se contratara a Andrea para que trabajara en las insalubres fábricas de tabacos propiedad del gobierno, donde ahí murió sola y en el abandono.

La esposa del célebre José María Liceaga, cuyo nombre de soltera me fue imposible ubicar, proveniente de una antigua y distinguida familia de Guanajuato. José María Liceaga fue propietario de la próspera Hacienda de La Laja, ubicada cerca de la ciudad de Léon, Gto., Liceaga, perteneció al Regimiento de Dragones de México.

Liceaga abrazó la causa de la Independencia con el Grado de Capitán después de una reconocida participación con los insurgentes, uno de los hechos menos conocidos, fue cuando tuvo que huir a unas pequeñas islas del lago de Yuriria, ahora conocidas como las Islas Liceaga. Agustín de Iturbide perteneciente a las tropas realistas, las atacó el 31 de octubre de 1812, en donde los 200 insurgentes que las defendían sucumbieron; algunos alcanzados por una bala, otros ahogados. A Liceaga lo salvó el haber salido antes.

A la señora Liceaga, a la muerte de su marido en 1818, se le hizo prisionera acusándola de traición y trasladada a la cárcel de Silao, Gto., por el comandante realista Pedro Ruíz de Otaño. Los bienes de esta dama fueron confiscados.

Rafaela López Aguado de Rayón. Madre de los destacados hermanos Rayón, dio a la causa insurgente a sus cinco hijos, y no dudó, cuando se encontró con la dura decisión de escoger entre la vida de uno de ellos y la sumisión de los demás. Francisco, uno de sus hijos le pidió que aconsejara a sus hermanos a dejar la causa insurgente para salvar sus vidas; y ella llena de dolor y entereza se negó a hacer indicaciones a sus otros cuatro hijos. Tuvo que sufrir la pérdida de su hijo Francisco cuando este fue fusilado en Ixtlahuaca.

También recordamos aquellas valerosas mujeres que ayudaron al tipógrafo José Rabelo y dos cajistas a salir de la ciudad de México ocultándolos en su carruaje, y cruzando las filas enemigas escondidos entre las faldas de ellas para poder reunirse con el doctor José María Cos, eclesiástico de gran fama entre los insurgentes. De esta manera el Dr. Cos pudo imprimir su famoso semanario “El Ilustrador Americano”

María Manuela Taboada, esposa de Mariano Abasolo, el más joven y controvertido insurgente. Capitán del Regimiento de la Reina y amigo de Ignacio Allende. Rico propietario de importantes y prósperas haciendas en Guanajuato como: Rincón, Espejo, San José de las Palmas entre otras. Abasolo se casó con María Manuela, heredera de una gran fortuna. “Bienes de los que no disfrutó pero que le sirvieron para salvarlo de la muerte”. Abasolo se unió al ejército insurgente pese a las súplicas de su joven esposa. Cuando él estaba luchando al lado de Ignacio Allende, María Manuela tuvo que huir de Dolores, para ir en busca de su marido, cuando su casa fue atacada y saqueada por las tropas realistas. A partir de ese momento María Manuela no se separó de su esposo y lo acompañó a través del desierto de Chihuahua, cuando cayeron prisioneros los principales jefes insurgentes. Abasolo fue juzgado por un Consejo de Guerra, que lo sentenció a prisión perpetua fuera de México a cambio de entregar sus bienes a los realistas.

Manuela se regresó a Dolores para reunir el dinero que se les había solicitado por parte del Consejo a cambio de no fusilar a Mariano, para más tarde acompañarlo en el destierro durante cuatro años hasta la muerte de él en 1816. Manuela regresó a México a vivir en su casa de Dolores y educar a su hijo Rafael Abasolo.

Guadalupe Rangel esposa de Albino García, originario del Valle de Santiago, Gto., este trabajaba como caporal y vaquero en un rancho de Guanajuato antes de 1810. Se cuenta que uno de los principales jefes realistas García Conde tratándolo de atrapar lo siguió hasta Valle donde se encontró con las fuerzas de Albino García que lo derrotaron, a pesar que García Conde logró llegar hasta la plaza del pueblo. Días después, los jefes realistas, entraron nuevamente a Valle, sin encontrar al guerrillero, que en ese momento se batía con el jefe realista Guizanotequi, al que por cierto le causó bastantes pérdidas entre su tropa.

En abril, Albino atacó un convoy que estaba en Salamanca y que llevaba el parque y las municiones a las tropas realistas, a pesar de que lo defendían jefes como García Conde e Iturbide, los insurgentes ayudados por mujeres empezaron a disparar a los realistas haciéndolos retroceder y apoderándose del convoy.

Se dice, no hay datos seguros que Guadalupe Rangel, esposa de Albino García montada a caballo y con el sable en la mano, tomaba parte en los combates, animando a los soldados insurgentes con su ejemplo. Fue hecha prisionera y llevada a Guadalajara en 1812.

Para concluir esta breve reseña podemos reconocer que estas señoras vivieron en una época muy diferente a la que vivimos las mujeres en la actualidad, y en esto consiste la gran diferencia de los tiempos. En su época era muy difícil el acceso a la educación porque se consideraba que no era necesario por su calidad de mujer.

La mujer fuerte, la compañera solidaria no sólo de un hombre sino de un ideal, se rebeló, ante la sociedad, ante sus principios y no se adormeció en la comodidad de su condición de ser mujer.