Carta del Santo Padre a los participantes en la XXXVI Asamblea General del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM)

Carta del Santo Padre a los participantes en la XXXVI Asamblea General del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM)

9-12 mayo 2017, San Salvador

Publicamos a continuación la carta que el Santo Padre Francisco ha enviado a los participantes en la XXXVI Asamblea General del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM),  que tiene lugar del 9 al 12 de mayo en San Salvador y cuyo tema es: “Una Iglesia  pobre para los pobres”:

Carta  del Santo Padre

A mis hermanos Obispos reunidos en la Asamblea del CELAM

Queridos hermanos

                Quiero acercarme a Ustedes en estos días de Asamblea que tiene como música de fondo la celebración de los 300 años de Nuestra Señora Aparecida. Y, con Ustedes, me gustaría poder “visitar” ese Santuario. Una visita de hijos y de discípulos, visita de hermanos que como Moisés quieren descalzarse en esa tierra santa que sabe albergar el encuentro de Dios con Su pueblo. Así también quisiera que fuese nuestra “visita” a los pies de la Madre, para que Ella nos engendre en la esperanza y temple nuestros corazones de hijos. Sería como “volver a casa” para mirar, contemplar, pero especialmente para dejarnos mirar y encontrar por Aquel que nos amó primero.

                Hace 300 años un grupo de pescadores salió, como de costumbre, a tirar sus redes. Salieron a ganarse la vida y fueron sorprendidos por un hallazgo que les cambió los pasos: en sus rutinas son encontrados por una pequeña imagen toda recubierta de fango. Era Nuestra Señora de la Concepción, imagen que durante 15 años permaneció en la casa de uno de ellos, y allí los pescadores iban a rezar y Ella los ayudaba a crecer en la fe. Aún hoy, 300 años después, Nuestra Señora Aparecida nos hace crecer, nos sumerge en un camino discipular. Aparecida es toda ella una escuela de discipulado. Y, al respecto, quisiera señalar tres aspectos.

                El primero son los pescadores. No eran muchos, un grupito de hombres que cotidianamente salían a encarar el día y a enfrentar la incertidumbre que el río les deparaba. Hombres que vivían con la inseguridad de nunca saber cuál sería la “ganancia” del día; incertidumbre nada fácil de gestionar cuando se trata de llevar el alimento a casa y, sobre todo, cuando en esa casa hay niños que alimentar. Los pescadores son esos hombres que conocen de primera mano la ambivalencia que se da entre la generosidad del río y la agresividad de sus desbordes. Hombres acostumbrados a enfrentar inclemencias con la reciedumbre y cierta santa “tozudez” de quienes día a día no dejan -porque no pueden- de tirar las redes.

                Esta imagen nos acerca al centro de la vida de tantos hermanos nuestros. Veo rostros de personas que, desde muy temprano y hasta bien entrada la noche, salen a ganarse la vida. Y lo hacen con la inseguridad de no saber cuál será el resultado. Y lo que más duele es ver que -casi de ordinario- salen a enfrentar la inclemencia generada por uno de los pecados más graves que azota hoy a nuesto Continente: la corrupción. Esa corrupción que arrasa con vidas sumergiéndolas en la mas extrema pobreza. Corrupción que destruye poblaciones enteras sometiéndolas a la precariedad. Corrupción que, como un cáncer, va carcomiendo la vida cotidiana de nuestro pueblo. Y ahí están tantos hermanos nuestros que, de manera admirable, salen a pelear y a enfrentar los “desbordes” de muchos… de muchos que no necesitan salir.

                El segundo aspecto es la Madre. María conoce de primera mano la vida de sus hijos. En criollo me atrevo a decir: es madraza. Una madre que está atenta y acompaña la vida de los suyos. Va a donde no se la espera. En el relato de Aparecida la encontramos en medio del río rodeada de fango. Ahí espera a sus hijos, ahí está con sus hijos en medio de sus luchas y búsquedas. No tiene miedo de sumergirse con ellos en los avatares de la historia y, si es necesario, ensuciarse para renovar la esperanza. María aparece allí donde los pescadores tiran las redes, allí donde esos hombres intentan ganarse la vida. Ahí está Ella.

                Por último, el encuentro. Las redes no se llenaron de peces sino de una presencia que les llenó la vida y les dio la certeza de que en sus intentos, en sus luchas, no estaban solos. Era el encuentro de esos hombres con María. Luego de limpiarla y restaurarla la llevaron a una casa donde permaneció un buen tiempo. Ese hogar, esa casa, fue el lugar donde los pescadores de la región iban al encuentro de la Aparecida. Y esa presencia se hizo comunidad, Iglesia. Las redes no se llenaron de peces, se transformaron en comunidad.

                En Aparecida encontramos la dinámica del Pueblo creyente que se confiesa pecador y salvado, un pueblo recio y tozudo, consciente de que sus redes, su vida, está llena de una presencia que lo alienta a no perder la esperanza; una  presencia que se esconde en lo cotidiano del hogar y de las familias, en esos silenciosos espacios en los que el Espíritu Santo sigue apuntalando a nuestro  Continente. Todo esto nos presenta un hermoso icono que a nosotros, pastores, se nos invita a contemplar. Vinimos como hijos y como discípulos a escuchar y aprender qué es lo que hoy, 300 años después, este acontecimiento nos sigue diciendo.

                Aparecida (ya sea aquella aparición como hoy la experiencia de la Conferencia) no nos trae recetas sino claves, criterios, pequeñas grandes certezas para iluminar y, sobre todo, “encender” el deseo de quitarnos todo ropaje innecesario y volver a las raíces, a lo esencial, a la actitud que plantó la fe en los comienzos de la lglesia y después hizo de nuestro Continente la tierra de la esperanza. Aparecida tan solo quiere renovar nuestra esperanza en medio de tantas “inclemencias”.

                La primera invitación que este icono nos hace como pastores es aprender a mirar al Pueblo de Dios. Aprender a escucharlo y a conocerlo, a darle su importancia y lugar. No de manera conceptual u organizativa, nominal o funcional. Si bien es cierto que hoy en día hay una mayor participacion de fieles laicos, muchas veces los hemos limitado solo al compromiso intraeclesial sin un claro estímulo para que permeen, con la fuerza del Evangelio, los ambientes sociales, políticos, económicos, universitarios. Aprender a escuchar al Pueblo de Dios significa descalzarnos de nuestros prejuicios y racionalismos, de nuestros esquemas funcionalistas para conocer cómo el Espíritu actúa en el corazón de tantos hombres y mujeres que con gran reciedumbre no dejan de tirar las redes y pelean por hacer creíble el Evangelio, para conocer cómo el Espíritu sigue moviendo la fe de nuestra gente; esa fe que no sabe tanto de ganacias y de éxitos pastorales sino de firme esperanza. ¡Cuánto tenemos que aprender de la fe de nuestra gente! La fe de madres y abuelas que no tienen miedo a ensuciarse para sacar a sus hijos adelante. Saben que el mundo que les toca vivir está plagado de injusticias, por doquier ven y exprimentan la carencia y la fragilidad de una sociedad que se fragmenta cada día mas, donde la impunidad de la corrupción sigue cobrándose vidas y desestabilizando las ciudades.

                No solo lo saben… lo viven. Y ellas son el claro ejemplo de la segunda realidad que como pastores somos invitados a asumir: no tengamos miedo de ensuciarnos por nuestra gente. No tengamos miedo del fango de la historia, con tal de rescatar y renovar la esperanza. Solo pesca aquél que no tiene miedo de arriesgar y comprometerse por los suyos. Y esto no nace de la heroicidad o del carácter kamikaze de algunos, ni es una inspiración individual de alguien que se quiera inmolar. Toda la comunidad creyente es la que va en búsqueda de Su Señor, porque solo saliendo y dejando las seguridades (que tantas veces son “mundanas”) es como la lglesia se centra. Sólo dejando de ser autoreferencial  somos capaces de re-centrarnos en Aquél que es fuente de Vida y Plenitud. Para poder vivir con esperanza es crucial que nos re-centremos en Jesucristo, que ya habita en el centro de nuestra cultura y viene a nosotros siempre nuevo. Él es el centro. Esta certeza e invitación nos ayuda a nosotros, pastores, a centrarnos en Cristo y en su Pueblo. Ellos no son antagónicos. Contemplar a Cristo en su pueblo es aprender a descentranos de nosotros mismos, para centrarnos en el único Pastor. Re-centrarnos con Cristo en su Pueblo es tener el coraje de ir hacia las periferias del presente y del futuro confiados en la esperanza de que el Señor sigue presente y Su presencia será fuente de Vida abundante. De aquí vendrá la creatividad y la fuerza para llegar a donde se gestan los nuevos paradigmas que estan pautando la vida de nuestros países y poder alcanzar, con la Palabra de Jesús, los núcleos mas hondos del alma de las ciudades donde, cada día más, crece la experiencia de no sentirse ciudadanos sino mas bien «ciudadanos a medias» o «sobrantes urbanos» (Cfr. EG 74).

                Es cierto, no lo podemos negar: la realidad se nos presenta cada vez más complicada y desconcertante, pero se nos pide vivirla como discípulos del Maestro sin permitirnos ser observadores asépticos e imparciales, sino hombres y mujeres apasionados por el Reino, deseosos de impregnar las estructuras de la sociedad con la Vida y el Amor que hemos conocido. Y esto no como colonizadores o dominadores, sino compartiendo el buen olor de Cristo, y que sea ese olor el que siga transformando vidas.

                Vuelvo  a reiterarles, como hermano, lo que escribía en Evangelii  Gaudium (49): «Prefiero una lglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades. No quiero una lglesia preocupada por ser el centro y que termine clausurada en una maraña de obsesiones y  procedimientos. Si algo debe inquietarnos santamente y preocupar nuestra conciencia es que tantos hermanos nuestros vivan sin la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo, sin una comunidad de fe que los contenga, sin un horizonte de sentido y de vida. Más que el temor a equivocarnos espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: “¡Dadles vosotros de comer!” (Mc 6,37).

                Esto ayudará a revelar la dimensión misericordiosa de la maternidad de la Iglesia que, al ejemplo de Aparecida, está entre los “ríos y el fango de la historia” acompañando y alentando la esperanza para que cada persona, allí donde está, pueda sentirse en casa, puede sentirse hijo amado, buscado y esperado.

                Esta mirada, este diálogo con el Pueblo fiel de Dios, ofrece al pastor dos actitudes muy lindas a cultivar: coraje para anunciar el evangelio y aguante para sobrellevar las dificultades y los sinsabores que la misma predicación provoca. En la medida en que nos involucremos con la vida de nuestro pueblo fiel y sintamos el hondón de sus heridas, podremos mirar sin “filtros clericales” el rostro de Cristo, ir a su Evangelio para rezar, pensar, discernir y dejarnos transformar, desde Su rostro, en pastores de esperanza. Que María, Nuestra Señora Aparecida, nos siga llevando a su Hijo para que nuestros pueblos en Él, tengan vida… y en abundancia.

                Y, por favor, les pido que no se olviden de rezar por mí. Que Jesús los bendiga y la Virgen Santa los cuide. Fraternalmente.

                Vaticano, 8 de mayo de 2017

FRANCISCO

Les Luthiers, Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2017

Les Luthiers, Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2017

El grupo argentino de humor y música lleva medio siglo sobre los escenarios

CARLOS E. CUÉ

El País

Todo empezó con Laxatón, una cantata elaborada sobre el prospecto de un laxante. 50 años después, ese grupito de amigos que es Les Luthiers les han ganado el premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades a “algunos monstruitos como Martin Scorsese” dice Marcos Mundstock, tras saber, casi en la madrugada de Buenos Aires, que recibirán el galardón, para el que habían sido nominados varias veces, de entre 28 candidatos como el cineasta. El grupo lleva 50 años en los escenarios. “Quedamos nosotros y los Rolling Stones. Pero nosotros lo hicimos sin agregados químicos”, se ríen en las entrevistas, un lujo para cualquier periodista. Porque Les Luthiers no solo hacen reír a los demás. Ellos mismos se hacen mucha gracia. Viven creando chistes, que prueban después con el público y si no funcionan retiran rápidamente hasta perfeccionar un espectáculo que es una carcajada continua. Ventajas de llevar 50 años puliéndolo en el escenario. Se cumplen precisamente este 4 de septiembre. Y no paran.

Ahora mismo tienen una gira en Rosario con su show Gran Reserva, una antología. La semana que viene lo llevarán a Buenos Aires. Después, en septiembre, volverán de gira a España, como todos los años. “En realidad, la gente no se acuerda de los chistes viejos, se ríe de nuevo cada vez”, se sorprende Jorge Maronna, otro de los cinco fundadores. “A veces nosotros tampoco nos acordamos, tenemos una edad”, bromea. “Estamos felices con el premio, aturdidos. Nos llega en un momento ideal del grupo, estamos con muchas ganas y mucho público. Desde hace unos años hay muchos jóvenes en la platea, se ha renovado. Lo peor es que no esté Daniel con nosotros para celebrarlo”, dice mientras cambia el tono de voz.

Daniel es Rabinovich, Neneco, fallecido en 2015. Un golpe duro que el grupo consiguió superar. Él mismo les pidió que siguieran tras su muerte y lo han cumplido. Juntos después de 50 años. “Hicimos 17 años de terapia, bien argentinos, porque no nos queríamos separar. Todos los grupos rompen, nosotros logramos seguir. El psicoanálisis nos ayudó mucho. Ahora cumplimos las bodas de oro. Si llegamos a los 100 como sería, ¿bodas de plutonio radiactivo?”, bromea Carlos Núñez Cortés.

“UN REFERENTE DE LIBERTAD”

El jurado del premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades destacó ayer que Les Luthiers “es uno de los principales comunicadores de la cultura iberoamericana desde la creación artística y el humor”. Según recordó el presidente del jurado, Víctor García de la Concha, el grupo ha atraído a “cientos de miles de espectadores de todas las generaciones”, en España, Latinoamérica e incluso Estados Unidos e Israel, y con sus actuaciones se ha erigido en “un espejo crítico y en un referente de libertad en la sociedad contemporánea”.

Cuando empezaron, en 1965, con la cantata Laxatón, eran un grupo de estudiantes de medicina, química, derecho, ingeniería, que se divertían en un coro universitario. Ninguno podía imaginar que vivirían toda la vida de eso y serían estrellas mundiales. Ya entonces tocaban el Laxatón con instrumentos inventados por ellos. Pero no era más que una broma para divertir al público de un concurso de coros. Gustó tanto que empezaron a llevarla por los teatros. Y ya nunca pararon, ni siquiera cuando sufrieron la muerte de Gerardo Masana, el primer líder.

Todos hablan ahora de una trayectoria en pleno apogeo. “Yo tengo 70 años y me siento muy joven, esto no es un premio a unos viejos que terminaron su carrera, es un espaldarazo para seguir. No somos ancianitos viviendo del recuerdo”, cuenta Carlos López Puccio, el de los pelos blancos alocados. “Todo esto empezó casualmente, nunca pensamos que llegaríamos a tanto. Siempre crecimos más de lo que habríamos esperado. En el premio hay un reconocimiento a 50 años de carrera pero también al puente que tendemos en Hispanoamérica a través del español, lo usamos y le ponemos ingenio. También es un premio al humor aunque nosotros somos un híbrido, hacemos humor, música, teatro, mimo. Lo que me da un poco de vergüenza es haberle ganado a Scorsese. Yo si hubiera sido jurado le votaba a él”, remata.

Los cómicos, recién galardonados con el Princesa de Asturias, llevan desde los sesenta sobre los escenarios.

También tiene un recuerdo para Rabinovich. “Llevamos muchos años nominados, y Neneco tenía muchísimas ganas de que nos lo dieran. Es doloroso que no esté, se lo merecía. Pero estamos muy contentos. Ahora voy a pasearme por las calles con la frente bien alta diciendo yo recibí el Príncipe de Asturias y sigo trabajando. Todos tenemos nuestros ahorros, podríamos retirarnos, pero nos hace felices estar en el escenario. Damos alegría noble por un módico precio”.

Todos están muy impactados por el premio. “Esto es una vez en la vida, y este tardó mucho, 50 años, ahora podemos confesar que lo soñábamos. Sobre todo viniendo de España. Hace 50 años todos estudiábamos, teníamos proyectos. Les Luthiers fue desplazando todos los otros sueños y planes. Es nuestra vida. Estamos muy orgullosos, me parece maravilloso eleva al humor a esta categoría. Es un nutriente, algo necesario. Los humanos somos monos que ríen. Tenemos un premio que le dieron a Woody Allen y en Argentina a Quino, a Alfonsín, a Baremboin”, se emociona Carlos Núñez Cortés. Todos reivindican que hacen humor “con altura”, elegante, inteligente, nunca zafio, con el añadido de la música que tanto cuidan.

Les Luthiers ya son universales, pero no pueden ser más argentinos, un país que, como todos, aman y sufren. “Argentina es muy contradictoria. Nosotros hemos sido embajadores de la parte buena, que además de las catástrofes que todos conocen tiene estas puntas”, dice López Puccio. “Representamos una Argentina que es la de nuestros comienzos, en los 60, cuando era un país un poco más normal, con una universidad muy sólida en la que nos conocimos. Todo empezó literalmente como una broma. Solo queríamos divertir a los otros estudiantes. No parecía tener mucho futuro. Pero aquí estamos. Seguimos igual. No queremos cambiar el mundo, solo que la gente se divierta”, concluye Maronna. 50 años después, los teatros están más llenos que nunca con las nuevas generaciones que no quieren perderse a Les Luthiers.

CENTENARIO DE JUAN RULFO

CENTENARIO DE JUAN RULFO

Ruidosas formas de estar callado

La escritora mexicana Cristina Rivera Garza propone en su nuevo ensayo narrativo una lectura del creador de Pedro Páramo alejada de la ortodoxia

JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS

El País

Nacida en 1964 en Taumalipas, en la frontera de México con Estados Unidos, Cristina Rivera Garza dice que el norte no es un lugar sino una relación. También hay autores que son una relación, por ejemplo, Juan Rulfo, al que ha consagrado Había mucha neblina o humo o no sé qué (Literatura Random House), una mezcla de ensayo, narración y libro de viajes. La escritora pasó por Madrid para hablar de su particular lectura del autor de Pedro Páramo, uno de esos autores cuya obra, afirma, “no solo cruzan los géneros literarios sino que busca permanecer en el cruce”.

En silencio

“En Oaxaca me encontré con un alemán que conocía a Rulfo solo como fotógrafo. En la plática, de repente, se dio cuenta de que también escribió libros. Eso me dio que pensar. Si lo ves desde otra perspectiva, sus libros podrían ser el apéndice de sus fotografías y no al contrario. De la misma manera, podemos ver su trabajo como editor, sus incursiones en el cine, su trabajo como lector de obra antropológica como la continuación de una obra. Es decir, si nos movemos un poco de la idea de que lo literario es un mundo amurallado que se legitima y alimenta a sí mismo y vemos a Rulfo como un artista que utiliza distintos soportes, esa idea del escritor del no, del escritor que renuncia parece menos firme”.

“No creo que haya una relación directa del tipo: tal persona vive tales cosas y escribe tales otras. Los pasadizos son más complejos. Por eso insisto en que este es mi Rulfo, no el Rulfo que tiene que ser. Hay, sin embargo, una materialidad que me parece inexcusable: hablamos de cuerpos específicos en contextos específicos. Cuando uno no viene de una familia digamos relajada económicamente o no forma parte de las clases culturales dirigentes, como era el caso de Rulfo, tiene que ganarse la vida. Era huérfano, trabajó en una fábrica de llantas —la Goodrich-Euzkadi—, luego fue vendedor de la misma firma en el momento en que se estaban desarrollando las carreteras y la industria turística mexicana, más tarde hizo informes —con fotos— para la Comisión del Papaloapan, que construyó embalses pero desplazó poblaciones enteras, finalmente ingresó en el Instituto Nacional Indigenista… Cada uno de sus empleos trajo consigo dilemas bien importantes. Si vas por el país manejando —no como el dandi que va de vacaciones, sino como alguien que tiene que poner atención y entregar un reporte—, surgen dilemas personales que al final son los dilemas de una nación: lo que el progreso tiene de construcción pero también de destrucción”.

En femenino

“En México te hacen leer a Rulfo en la Secundaria, y esa lectura te golpea. Te dicen que Pedro Páramo habla de las relaciones machistas, del jerarca, del patriarca… Esa lectura es válida, pero también hay en la obra una presencia carnal muy fuerte de las mujeres, un deseo explícitamente enunciado: hay cuerpos menstruando, machos emasculados y relaciones de eso que ahora llamaríamos sexualidad alternativa, presencias que, de repente, dicen ‘llámame Dorotea o Dorotea’… Es un mundo complejo. Las lecturas con las que yo crecí son válidas, pero parciales. Rulfo sigue vivo y transformándose”.

 La escritor mexicana Cristina Rivera Garza, en Madrid.ampliar foto

La escritor mexicana Cristina Rivera Garza, en Madrid. ÁLVARO GARCÍA

En Macondo

“El padre Rentería se acordaría muchos años después de la noche en que la dureza de la cama lo tuvo despierto y después lo obligó a salir. Fue la noche en que murió Miguel Páramo” (Juan Rulfo, Pedro Páramo. Fragmento 39). “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. (Gabriel García Márquez, Cien años de soledad. Página 1). “Generalmente pensamos que la influencia entre escritores siempre es abstracta o se basa en que un personaje nos recuerda a otro. Reparamos menos en la cocina de la escritura, en algo bien pequeñito pero fundamental como un tiempo verbal. ¿En este caso es consciente? García Márquez dijo en muchas entrevistas que después de leer Pedro Páramo encontró nuevas maneras de enfrentar sus propios proyectos. Cuando escribimos hay muchas cosas que hacemos sin saber, pero un escritor debe tener un control sobre sus instrumentos. Y los tiempos verbales están entre esas cosas sobre las que uno no puede darse el lujo de decir: ‘Ah, salió así’. ¿Por qué? Porque si no funciona en la página 3, en la 50 vas a tener un lío insalvable”.

En México

“Al contrario de lo que pasa con otros autores igualmente relevantes, en México la opinión sobre Rulfo es casi unánime. No solo se trata de un autor muy leído sino también muy querido. Claro que hay dilemas y discusiones, pero hay una unanimidad acerca de su importancia, luego vendrán los énfasis en por qué es importante. Sus libros te permiten una relación más horizontal, más activa. Su alejamiento de la anécdota —o su uso apenas estratégico de la anécdota— incentiva una participación mucho más metiche de los lectores. Rulfo es nuestro gran experimentalista. Esa libertad hace que sea universal, no solo de México ni de una parte de México. Élmer Mendoza me decía hace poco que quien ha leído con más interés a Rulfo es cierta generación de autores norteños: por las características del lenguaje y del paisaje en el norte. Tal vez sea cierto. Y eso que en la lectura ortodoxa continuamente se está tratando de regresar a Rulfo a Jalisco. Sin quitar la relevancia que tiene Jalisco, Rulfo es más andariego, más migrante, más nómada. Conforme pasan los años entendemos más y más los caminos que abrió. Por supuesto es el gran escritor, la gran voz, pero, por serlo, nos permite abordarlo menos desde el altar y más como un escritor con el que seguir dialogando. En un curso en la Universidad de California, lo asigné como lectura para estudiantes que solo hablaban inglés. Una alumna dijo: ‘O sea, que este es el gótico mexicano’. Pensé: ‘Qué bien que lean a Rulfo desde otros lados’. Y sí, claro, Pedro Páramo también es una historia de exmuertos o de zombis o de no muertos. Estas lecturas que vienen de fuera, sin el peso de la doxa, nos enseñan a abrir ventanas nuevas de esta casa generosa que es Juan Rulfo”.

En llamas

Semanas después de su estancia en España, Cristina Rivera Garza vio cómo desde la Fundación Juan Rulfo se tachaba su libro de “difamatorio”. La escritora sostiene que su obra —“basada en archivos públicos a los que los lectores tienen acceso abierto”— es un trabajo “señalado por el afecto —lo que nos conmueve y lo que nos conmina y, sobre todo, lo que nos compete— de una lectora por la escritura de un autor de cabecera”.

Hablaba en silencio

A Juan Rulfo le tenían sin cuidado la avalancha de teorías que el mundo entero podría espetarle sobre sus dos libros

JORGE F. HERNÁNDEZ

Juan Rulfo vivía en una calle que hoy debería llevar su nombre, en aquel entonces bautizada en honor de un compositor y, luego, rebautizada para un Papa. El que escribía de murmullos y sombras en llanos interminables caminaba por la Ciudad de México de su casa al escritorio que ocupaba en las oficinas de un instituto indigenista y se le podía ver cruzar Revolución de ida y vuelta como si fuera metáfora. De vez en cuando, pasaba por la librería-cafetería El Juglar y allí se me concedió hablar con él una memorable tarde donde consta que hablaba bajito, con un arrastre salivoso y callado que parecía acompasar el peso de cada palabra.

Creo que no pocos suscribirán que era buen oyente de la sandez ajena con no pocos visos de parsimoniosa paciencia y que formulaba interrogaciones con un halo de sinceridad por saber del Otro, aunque tratándose de comentarios o preguntas sobre sus dos libros subrayaba que en realidad le tenían sin cuidado la avalancha de teorías que el mundo entero podría espetarle, considerando que habían pasado ya por lo menos tres décadas desde que había cuajado la perfección en una sola novela y el elevado palmarés de prosa concisa y contundente en un ramo de cuentos: y así era capaz de alargar una plática con preguntas prácticas y acotar una charla con breves anécdotas como ejemplos siempre en abono del oyente, cortesía de sobremesa y entrañables maneras.

En entrevistas ya congeladas en blanco y negro y recuerdos a todo color de sus raras apariciones públicas se puede confirmar que miente quien afirme que Rulfo era hosco, intolerante o intratable, pues negaría la presencia palpable de un escritor que soñaba en tinta y un hombre cuya literatura le permitía hablar en silencio.

Brillante fotógrafo, formidable escritor

La Universidad de México concentrará el grueso de los actos que reivindican la obra del autor tras superar un choque con la fundación que gestiona su legado

DAVID MARCIAL PÉREZ

JUAN RULFO

La universidad insignia de México, UNAM, concentrará el grueso de los actos de conmemoración del centenario de Juan Rulfo. Una semana —del 16 al 19 de mayo— de conferencias y presentaciones de libros que servirán además para sellar la reconciliación entre una pata de la universidad y la Fundación Juan Rulfo, albacea del legado del autor jaliciense, tras una polémica abierta un mes antes. El motivo de la controversia fue la programación en una feria universitaria de un ensayo de Cristina Rivera Garza sobre la figura de Rulfo, una obra que la fundación considera difamatoria, y que desencadenó la renuncia de su director a participar en la feria, así como la retirada de la cesión tanto de las fotos como del nombre de Rulfo para ilustrar el evento. Pasado el choque, que levantó una fuerte polvareda mediática en el país, finalmente habrá paz en la celebración de los 100 años del autor de Pedro Páramo.

 “Nuestra relación con la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México) sigue intacta. El eje fundamental es la cátedra extraordinaria Juan Rulfo que se creó en 2013 y que sirve como marco para la realización de encuentros como los del centenario”, señala Víctor Jiménez, director de la fundación. Las jornadas, con sede en distintas facultades, están organizadas en forma de tríptico diario: una mesa redonda, una presentación de un libro y una conferencia. Algunos títulos: Lo fantástico en algunos cuentos de ‘El llano en llamas’, Juan Rulfo y sus personajes: las víctimas de la espera o Confluencias entre Rulfo y García Márquez.

Con calado internacional, entre los ponentes destaca el catedrático español José Carlos González Boixo, que abordará el encaje del autor mexicano en el tablero del realismo mágico, o el japonés Fukumi Nihira, que diseccionará las analogías rufianas con Ryunosuke Akutagawa, autor de cuentos de principios de siglo centrado en los mitos del Japón feudal.

Rulfo subrayó la diferencia entre sus ficciones y estampas, pero ambas se contaminaron como parte de una misma forma de observar el mundo

La editorial hispanomexicana RM, titular de los derechos de Rulfo, prepara una edición especial con tirada limitada que reunirá las únicas tres obras del autor jaliciense: la novela Pedro Páramo, una recopilación de todos los cuentos que trasciende la edición clásica de El llano en llamas y El gallo de oro, una breve narración que fue concebida en origen como guion de cine. Aprovechando el centenario, se presentarán también este año toda una batería de publicaciones: una reedición actualizada de Noticias sobre Juan Rulfo, la biografía canónica del catedrático de la UNAM Alberto Vital; Ladridos, astros, agonías: Rilke y Broch en el lector Rulfo, un ensayo del director de la fundación; una edición bilingüe español/náhuatl de Pedro Páramo, y un estudio sobre la relación del autor mexicano con el mundo del cine a cargo del estadounidense Douglas J. Weatherford, que recogerá el guion adaptado que Carlos Fuentes y García Márquez elaboraron para El gallo de oro.

La otra gran faceta del célebre escritor, la fotografía, también tendrá un hueco. La retrospectiva El fotógrafo Juan Rulfo se inauguró en Puebla el pasado 9 de abril y sirvió de pistoletazo de salida para la celebración de la efeméride. La muestra, la primera gran retrospectiva que de manera más completa y sistemática se ha sumergido en su archivo visual de la mano de la agencia Canopia y la propia fundación, va acompañada de un riguroso catálogo y está previsto que aterrice también en la capital mexicana durante los próximos meses.

LEER COMALA

Autodidacta, las primeras fotos de Rulfo son de los años treinta, más de una década antes de publicar su primer relato. Aunque el propio autor subrayó la diferencia radical entre sus ficciones y sus estampas, ambas facetas se contaminaron como parte de una misma manera de observar el mundo. “En sus narraciones se aprecia que muchas de las descripciones del paisaje, las texturas o el comportamiento de la luz son de una persona con altos conocimientos de fotografía”, apunta Paulina Millán, historiadora del arte y especialista del ámbito visual del escritor.

La muestra incluye 150 fotografías, las revistas donde publicó muchas de ellas, catálogos de otras exposiciones, sus incursiones en el cine y hasta recortes de fotografías de autores a los que admiraba, como Alfred Stieglitz o Paul Strand. Paisaje, arquitectura y vida rural son los tres ejes de su trabajo con la cámara. “Son composiciones muy clásicas, nada forzadas, muy pensadas”, añade Millán. “Podía pasarse horas sentado esperando el momento”.

Con menor acento académico, la feria de la polémica reunió en abril a destacados escritores mexicanos para debatir el legado de Rulfo: Antonio Ortuño, Emiliano Monge o Guadalupe Nettel, actual integrante además del equipo de Difusión Cultural de la universidad que programó el evento. También acudieron a la cita dos de los hijos del escritor, que quisieron cerrar las desavenencias abiertas con el ensayo ficcionado Había mucha neblina o humo o no que sé: “Es una obra ambigua. Toma una serie de elementos con cierta libertad creativa que son realmente banales y que buscan crear una imagen disminuida de mi padre. La familia y la Fundación actuaron en descuerdo a una obra que se considera que denigraba. Pero no hay ninguna enemistad. Por eso estamos aquí, para demostrar que no hay diferencia alguna, ni familiar, ni con la Fundación, ni contra la UNAM. Lo importante es nuestro padre y su obra”.

El rey maya que se escondió en un clóset

El rey maya que se escondió en un clóset

EL PAÍS visita el rodaje de ‘Museo’, protagonizada por Gael García Bernal, sobre el robo al Museo de Antropología de México en 1985

LUIS PABLO BEAUREGARD

El País

México

México amaneció con una terrible noticia la Navidad de 1985. El Museo de Antropología, uno de sus símbolos culturales, fue robado en Nochebuena. Pocos recuerdan el suceso porque la memoria de los mexicanos aquel año estaba aún sepultada bajo los escombros del terrible terremoto ocurrido tres meses atrás. Pero el hecho escandalizó a la sociedad y al mundo de la cultura. El escritor Salvador Elizondo dedicó al saqueo una larga entrada en su diario personal después de que los reporteros del diario Unomásuno lo llamaran para hacerle preguntas. “Les dije que es un caso típico de Sherlock Holmes”. Y fue más allá. Se atrevió a pensar en un cuento basado en esta historia. Comenzaba así: “It was a bleak Christmas morning when…No: it was the night before Christmas in Patrimonio Cultural”.

 

Pero esa historia nunca se escribió. Algunos periodistas afirman que Gabriel García Márquez se dijo tan escandalizado por el acto que el coraje le arrancó la promesa de escribir sobre el robo. Tampoco sucedió. Tomó más de 30 años para que un grupo de cineastas decidiera convertir este magistral golpe delictivo en una obra de ficción. Fue Manuel Alcalá, de padre periodista, el que comenzó a investigar qué fue lo que llevó a Carlos Perches Treviño y a Ramón Sardina García, dos fósiles de la escuela de veterinaria de la Universidad Nacional, a planear durante seis meses la mejor forma de profanar el templo creado por el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez para extraer 143 piezas de la sala maya. “Es una reflexión sobre la cultura en México: cómo la guardamos, cómo la consumimos y cómo la apreciamos”, menciona el guionista.

UN REPARTO INTERNACIONAL

La película fue rodada, además de Satélite y la Ciudad de México, en Acapulco, Guerrero y en Palenque, Chiapas, adonde los ladrones fueron dirigidos por el fetiche de las piezas. La cinta también cuenta con las actuaciones del chileno Alfredo Castro (Desde Allá, El club), las mexicanas Ilse Salas (Cantinflas, Güeros) y Lisa Owen (Desiertos mares, Los insólitos peces gato), además del británico Simon Rusell Beale (Marilyn, Into the Woods). La argentina Leticia Bredice (Nueve reinas, Plata quemada) encarna a una vedette inspirada en Princesa Yamal. La producción cree que la cinta será vista en México en 2018.

Alcalá tardó una década en convertir su investigación en un guión cinematográfico. En el proceso conoció a Alonso Ruizpalacios, el director que sorprendió a la crítica mexicana y extranjera con su ópera prima, Güeros. Ambos tomaron lo que necesitaron de Perches y Sardina para crear a dos personajes de ficción interpretados por Gael García Bernal y Leonardo Ortizgris. “No nos interesaba hacer un documental, por lo que hicimos una historia en la que tomamos muchas libertades con lo que ocurrió”, explica el director a EL PAÍS en uno de los últimos días de rodaje en los Estudios Churubusco de la Ciudad de México.

A un lado de la mesa donde Ruizpalacios habla con la prensa se alza una carpa blanca. En el interior hay una veintena de niños vestidos con suéteres verdes y pantalones grises, los colores de los uniformes de las escuelas públicas en los años ochenta. Los extras infantiles de la cinta comparten mesa con los hombres disfrazados de guardias del museo, la autoridad que fue ridiculizada la noche del 24 de diciembre de 1985 cuando dos estudiantes se colaron por los ductos de aire hasta los tesoros mayas.

Un poco más allá, dos maestros trabajan sobre una enorme placa de unicel de dos metros de largo por uno de alto. “Ya ve que en México están volviendo a hacer grandes producciones, entonces hay que darle la apariencia más profesional posible”, dice Gabriel mientras talla glifos sobre lo que será la lápida del rey maya Pakal en un material que tardará un millar de años en degradarse, más de lo que ha pasado desde el fin de la civilización maya.

Una de las cosas que más sorprenden en el rodaje de Museo es el diseño de producción a cargo de Sandra Cabriada. El Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) impidió que las cámaras entraran a las salas del museo, por lo que la producción a cargo de Alberto Muffelmann y Gerardo Gatica las recreó dentro de los Estudios Churubusco. El domingo de la visita al rodaje la sala maya estaba montada con seis piezas monumentales, entre ellas el tablero del templo de la cruz, un chac mool y dinteles y estelas extraídas de Yaxchilan. La piedra del fuego nuevo estaba arrumbada en una esquina embalada en celofán a la espera de ser retratada por la película de 35 mm. Las vitrinas del museo estaban vacías, lo que indicaba que Perches y Sardina ya se habían llevado el botín.

Más de 70 artesanos, algunos de ellos restauradores oficiales del museo, fabricaron todas y cada una de las piezas robadas. Las de barro, por ejemplo, fueron hechas desde cero con materiales de Oaxaca, pintadas y después maltratadas para mostrar el paso de cientos de años. Los collares de oro y con piedras preciosas fueron fabricados a mano, incluido el mayor tesoro extraído: la máscara mortuoria de jade de Pakal descubierta por el arqueólogo Alberto Ruz en 1952. Las piezas están tan bien fabricadas y guardan tanto parecido con las originales que están registradas ante el INAH. La producción no descarta que tras el estreno las piezas formen parte de una exposición itinerante por todo México.

Ruizpalacios considera que su segunda película tiene guiños al cine “de otra época”. Según él, su cinta toma prestado de El tesoro de la Sierra Madre y de Walkabout, la pequeña joya australiana en la que dos hermanos conviven con aborígenes en las llanuras australianas. Tras el robo, Perches y Sardina guardan parte del botín en su casa de Satélite, un suburbio de la Ciudad de México construido en los años 50 en medio del sueño modernizador de los gobernantes mexicanos.

Los asaltantes emprenden un delirante viaje que tiene como destino los bajos mundos del puerto de Acapulco y que cuenta como personajes secundarios a vedettes y traficantes ingleses de armas. “La Princesa Yamal llenó mucho de los huecos que tenía la historia”, dice Manuel, que entrevistó a la artista en el puerto de Guerrero. La película se convierte entonces en una road movie sobre dos jóvenes suburbanos sin rumbo. “Es el tema de la juventud extraviada, de dos estudiantes que hicieron una travesura que les salió muy cara”, dice Ruizpalacios.

Gael García aparece frente a la prensa por unos minutos mientras preparan la toma en lo que es una de las salas del museo. El actor mexicano, ganador de un Globo de Oro, dice que preparó su personaje leyendo Crimen y castigo. La novela de Dostoyevski le hizo reflexionar “si la enfermedad criminal es anterior al delito o viene después de este”. La película, sin embargo, también le hizo pensar sobre el “gandallismo” que predomina en México, “la impunidad y la desolación ideológica que se vivió en el país en la década de los ochenta”. Pero por más que preparó para encarnar al personaje nunca pudo resolver una pregunta: ¿Qué llevó a Carlos Perches a hacer lo que hizo? “No se sabe qué los motivó. No se supo nunca”, responde.

Ni el director, ni el guionista pudieron dar respuesta a esa cuestión. La realidad los dotó, sin embargo, de un gran desenlace. Perches fue detenido en Satélite cuatro años después del golpe que dejó sin tesoros mayas a todo un país. Salio de la cárcel y hoy está muerto. Y de Ramón Sardina no hay pista, permanece prófugo a 31 años del robo. “Sigo con la esperanza de dar con él”, dice Manuel Alcalá. La policía encontró en 1989 las invaluables piezas del rey Pakal. Estaban escondidas en un clóset dentro de una maleta de lona. Un final así no se le hubiera ocurrido a Salvador Elizondo. O en su caso, a Arthur Conan Doyle.

Alma Delia Fuentes, olvidada hasta en su muerte

Alma Delia Fuentes, olvidada hasta en su muerte
POR PALOMA BOVES D’HARCOURT

 

CIUDAD DE MÉXICO (proceso.com.mx).- La ruta de la fuente legal extraída del hilo engarzado en la aguja que fue hilvanando su muerte confirma que Alma Delia Susana Fuentes González falleció el domingo 2 de abril de 2017.

Una copia certificada de su acta de defunción refiere que el deceso ocurrió por la noche, a las 22:10 horas, y ubica como morada de su último suspiro el número 4800 de la Calzada de Tlalpan y Av. San Fernando, colonia Sección XVI, esquina que alberga las instalaciones del Hospital General Doctor Manuel Gea González.

Frente al desconcierto de inicio que provocó la ausencia de mensajes familiares, de deudos desconsolados, de esquelas significantes, de cirios y flores blancas bordando los rincones de un afligido velatorio, un escueto documento oficial desentraña apenas fracciones del misterio y la confusión que privó durante el pregón de su fenecimiento. Deshilvana exiguamente la incertidumbre sobre el ajetreo de fechas y desvela un sitio, algún horario, ciertos lapsos, circunstancias.

El impasible expediente mortuorio refiere el estado civil y la edad de Alma Delia: divorciada, de 80 años. Y en un parpadeo surrealista más, le espeta hasta en la muerte su condición de olvidada. Omiso a su innegable profesión de actriz, el documento le atribuye solamente la ocupación de ama de casa.

El acta del registro civil de la ciudad de México puntualiza como fecha y hora de la defunción de Alma Delia Susana Fuentes González el 2 de abril, a las 10 y 10 de la noche. Alude como sitio del deceso el número 4800 de la Calzada de Tlalpan, domicilio del hospital público Gea González y asienta como causas de su muerte, un par de enfermedades de origen infeccioso.

Sepsis sin especificar (sic) y osteomielitis no especificada (sic) apunta el comprobante oficial de defunción que certifica el médico Eduardo Wilfrido Goicoechea Turcott, jefe de residentes de medicina interna del recinto hospitalario en el que la actriz terminó sus días.

La sepsis ocurre cuando el cuerpo presenta una abrumadora respuesta inmunitaria a una infección bacteriana, mientras que la osteomielitis se relaciona con una infección ósea ocasionada por bacterias u otros gérmenes.

Antes de su partida sin regreso de aquella mansión de Lomas Hipódromo que sucumbió carcomida por el abandono y la ruina, una serie de desafortunados incidentes, de los que Proceso dio cuenta en cuatro entregas entre 2015 y 2017, transitaban por los corredores de la muerte que Alma Delia llevaba metida ya en los huesos.

El azaroso destino de Meche, su entrañable personaje alegórico que la siguió de la pantalla a la realidad, zurció finamente las señales premonitorias de la desventura.

Una herida sin atender, permanentemente abierta, entre el tobillo y el talón de la pierna derecha –oculta siempre bajo el mismo par de mallas sucias y roídas que daban la impresión de incrustarse en su piel–, luxaciones y torceduras constantes que llegaron a dejarla inmóvil por varios días, pero sobre todo una caída que sobrevino el 15 de septiembre pasado y que la dejó tendida en el piso por varias horas, marcaron el detonante definitivo de su ocaso.

Indigencia, inmundicia, mala alimentación, descuido, miseria, abandono y soledad inmisericorde abonaron también a enlazar las hebras que fueron sobrehilando su infortunio hasta convertirla en cenizas, a pocos meses de alcanzar los 80 años de edad.

La actriz fue cremada el 3 de abril, en el panteón civil de San Nicolás Tolentino, en la avenida San Lorenzo, Paraje San Juan de Iztapalapa. Despojada de ceremonias y rituales luctuosos, de deudos abatidos y dolientes, sus cenizas fueron entregadas ese mismo día en punto de la 13:00 horas. En sombrío y solitario instante las recibió su hija mayor, Alma Delia Susana Azcárraga Fuentes, según refiere el registro del cementerio.

Una noche antes, después de emanar su último aliento en el hospital público Gea González, el cuerpo de la intérprete fue trasladado al modesto Velatorio Tlalpan, ubicado en la calle Fray Pedro de Gante, desde donde partió hacia la delegación Iztapalapa.

La agencia funeraria realizó los preparativos pertinentes y uno de sus empleados, Abel Xavier Santillán Díaz, fungió como declarante ante el registro civil de la ciudad de México. Aparentemente por esa causa, en el acta de defunción de Alma Delia Fuentes aparecen en blanco los rubros destinados a incluir el nombre de los padres a los que tantas veces evocó durante nuestras asiduas charlas.

Eduviges González y Carlos Fuentes recorrieron muchas tardes los caminos infinitos de la memoria de la actriz, pero fueron relegados de su último documento, aquel que confirma el final de su existencia.

El lunes 3 de abril, los restos de Alma Delia llegaron muy temprano a los hornos crematorios de San Nicolás Tolentino, espacio de innumerables quejas de vecinos de Iztapalapa que urgen a su impostergable remodelación. En el transcurrir de las horas ardió la leña, la soledad y la imagen recurrente del arrabal de Los olvidados. Pilas de basura, despojos de animales, tumbas derruidas y ultrajadas rebosantes de huesos que merodean perros famélicos, reconstruyen el escenario donde Alma Delia y Meche se funden y trastocan en una misma metáfora.

La vida y la muerte de la actriz confeccionadas al límite, trazan un desconcertante guión de sarcástica fatalidad. Entre La Meche buñueliana y su intérprete existe apenas un delgado cordón que trastoca destino inexorable, ensueño, imaginación y realidad.

Ni en la decadencia de su vida ni en la penumbra mortuoria aparecieron sus hijos Julio Carlos, Bertha Eugenia Aurora o Ana Rosa Azcárraga Fuentes. Tampoco sus nietos. Sobre su legado cinematográfico y las condiciones en las que la actriz sobrevivió durante los últimos y apesadumbrados años, han mantenido un hermético silencio.

Igual de impenetrable se mantiene su hija mayor, Alma Delia Susana Azcárraga Fuentes, y el esposo de ésta, con quien la intérprete sostuvo una relación azarosa.

Desde aquella noche del pasado 9 de noviembre en que su hija homónima y el yerno se la llevaron en ambulancia de su mansión de Naucalpan, carcomida por la ruina, el aciago itinerario de Alma Delia fue del Hospital General Doctor Gea González al Velatorio Tlalpan y como última y definitiva parada de su trayecto, a los hornos crematorios del panteón civil San Nicolás en Iztapalapa.

Una vez fuera de su casa de Lomas Hipódromo, a la que se aferró estoicamente, el domicilio de Alma Delia emigró del estado de México al Callejón del Prado, barrio de San Francisco en la delegación Magdalena Contreras, según consigna el acta de defunción de la actriz, cuyo legado asciende a más de 50 películas.

La seña de la intrincada callejuela que aparece como su última dirección alberga una casa resguardada detrás un portón negro que, por irónica fatalidad, se sitúa a unos pasos del panteón de San Francisco.

El fragoso destino de Alma Delia devuelve al presente la sabiduría profética de Octavio Paz, mostrada en Cannes en 1951, cuando promovió afanosamente entre el jurado y la intelectualidad europea la película del genio aragonés. El poeta explicó entonces que los personajes de Los olvidados hablan de “un mundo cerrado sobre sí mismo, donde todos los actos son circulares y todos los pasos nos hacen volver a nuestro punto de partida. Nadie puede salir de allí, ni de sí mismo, sino por la calle larga de la muerte”.

Así fue. A sesenta y seis años de la exhibición de la película en el legendario festival de la Costa Azul francesa, al que acudió Alma Delia, la fatalidad se cumplió. Entreveradas, actriz y personaje, alcanzaron las señales del azar. La actriz salió de la ruinosa mansión de Naucalpan en la que habitó su propia indigencia, para nunca volver.

Veintinueve días después de su deceso, quienes regresaron por unas horas a la desolada y sórdida casa de Alma Delia fueron su yerno y su hija mayor, indolentes y cómplices deudos de aquel crudo y lacerante destino.

De criada a descubrir el universo, y otras pioneras de la astronomía

De criada a descubrir el universo, y otras pioneras de la astronomía

Carmen Ordóñez

El País

La ciencia fue coto reservado a los hombres hasta fines del XIX, cuando un proyecto astronómico internacional abrió las puertas al trabajo femenino.

Fueron apenas un centenar de pioneras, pero su contribución engrandeció nuestro conocimiento del cosmos.

HACÍA UN AÑO que había emigrado desde su Escocia natal a Boston, EE UU, cuando su marido la abandonó. Era 1880 y, recién embarazada, Williamina Fleming contaba 23 años.

Dadas las circunstancias, la joven se vio en la obligación de solicitar trabajo como sirvienta en casa de Edward C. Pickering, director del Observatorio Astronómico de Harvard. Ante el escaso interés y profesionalidad de sus ayudantes, que contrastaba con el buen hacer de su criada, el hombre no tardó en decidirse a instruirla y contratarla para llevar a cabo los cálculos del laboratorio. Aquella chica se convirtió así en la primera calculadora de un proyecto científico y en la primera integrante de lo que después se conocería como el harén de Pickering, apelativo despectivo con el que se denominó al grupo de mujeres que el científico acabaría contratando. Hoy, el cráter lunar Fleming lleva este nombre, compartiendo el honor con el del descubridor de la penicilina, en memoria de Williamina.

Hasta entonces, salvo contadas excepciones –la de Hipatia de Alejandría, en la Antigüedad tardía, o la de Fátima de Madrid, en la Edad Media, ambas hijas de célebres astrónomos–, la ciencia era un territorio inaccesible para la mujer sola, que únicamente podía transitarlo de la mano de un varón, ya fuera su padre, hermano o esposo. La irrupción de las mujeres en el ámbito científico se produjo con carácter general a finales del siglo XIX, concretamente en el campo de la astronomía. Su expansión se dio gracias a la Carte du Ciel, una iniciativa impulsada por el Observatorio de París y considerada como el primer gran proyecto científico de carácter internacional. Su objetivo consistía en elaborar una cartografía celeste que, con el concurso de 18 observatorios repartidos por el globo, pretendía localizar y medir millones de estrellas. La ingente cantidad de operaciones matemáticas que había que desarrollar abrumaron a los astrónomos titulares, por lo que optaron por buscar una mano de obra eficaz y barata. En Oxford encomendaron la tarea a jóvenes recién graduados, quienes cobraban menos aún que las mujeres. Pero en la Universidad de Harvard, Pickering abrió la puerta al empleo femenino, una práctica que acabó extendiéndose a otros observatorios en Francia, Reino Unido e Italia.

Los catálogos de la entonces incipiente astrofotografía, que generaba enormes cantidades de datos que había que interpretar, abrieron un área importante para la incorporación de las mujeres al trabajo de los observatorios. Pero dado el paternalismo de la época, no fue fácil reivindicar su talento. Cuando, con el transcurso del tiempo, ellas se involucraron en la investigación científica de mayor calado, sus artículos y proyectos siempre aparecían firmados por su mentor o, en el mejor de los casos, su nombre aparecía en segundo lugar.

AUNQUE EN VIDA SOLO OSTENTÓ EL TÍTULO DE AYUDANTE, EL TRABAJO DE HENRIETTA LEAVITT FUE PROPUESTO PARA EL NOBEL DESPUÉS DE SU MUERTE

Algunas de las calculadoras ingresaron en el proyecto de Pickering a través de un vínculo familiar o de amistad con algún científico; otras, simplemente, se ofrecieron voluntarias inicialmente para poder cobrar luego un salario de 25 centavos de dólar por hora (la mitad de lo que hubiera cobrado un hombre), durante 6 días a la semana y 7 horas al día. El mal llamado harén llegó a reunir a más de 80 mujeres en un contexto, el de Harvard, donde se pensaba que “un cuerpo femenino solo puede manejar un número limitado de tareas simultáneamente, dado que las chicas que gastan mucha energía en su desarrollo mental durante la pubertad terminarán por experimentar desarreglos en su sistema reproductivo”, como aseguraba Edward H. Clarke, profesor de medicina de esa universidad, en su obra de 1873 Sex in Education (el sexo en la educación).

En Francia, y siempre bajo el paraguas de la Carte du Ciel, se crearon en París, Burdeos y Toulouse los llamados Gabinetes de las Damas. Los trabajos ligados al proyecto evidenciaban una división de género, donde la percepción masculina y patriarcal de la actividad científica asignaba a las mujeres las tareas subalternas que supuestamente se correspondían con aptitudes femeninas: los astrónomos implicados asociaban la precisión a una atención reverente y confundían la disciplina con la paciencia. En la práctica, la actividad del Gabinete de las Damas era rutinaria hasta lo exasperante, sin dejar lugar a la iniciativa personal. El manejo de los grandes instrumentos de observación estaba reservado a los hombres, cuyo papel incluía la planificación de las tareas de las calculadoras. Ellas eran las encargadas de medir las placas fotográficas para situar correctamente los asterismos (conjuntos de estrellas que aparentemente recrean figuras o formas) y de reducir estas medidas de posición de las estrellas en los negativos a un sistema de coordenadas coherente. También fueron ellas mismas quienes se encargaron de formar a las recién llegadas. La mayoría procedía de familias burguesas y habían sido empujadas al mundo laboral por reveses de la fortuna.

En los dominios del cóndor

En los dominios del cóndor

Un ave fascinante, un paisaje sobrecogedor, el espectacular valle del Colca, y la liviandad de la altitud en los Andes peruanos

DAVID VILLANUEVA

El País

Imaginad un valle de dimensiones interplanetarias, un escenario verniano con siglos de historia escondida, un avituallamiento en el camino que te recuerda que la idea del viaje nunca fue la instantánea o el destino final. Tanto desde La Paz, Puno (Titicaca) y Cuzco como, lo más frecuente, desde Arequipa, podemos contratar una excursión por carretera, almorzar, cenar, pernoctar con calidad por tan solo 50 dólares y seguir nuestro itinerario. Nosotros partimos desde la ciudad de Arequipa y viajamos con esos residuos adolescentes que no nos abandonan hacia un dominio de aves casi prehistóricas, volcanes, en los confines de la Tierra. Salimos.

Arequipa podría ser Las Vegas en mitad del desierto, pero el buen gusto se impone. Sin dejar de visitar el monasterio de Santa Catalina, joya arquitectónica que merecería una trama de Vargas Llosa —Arequipa es su ciudad natal—, nos subimos al coche para dejar a un lado los imponentes Misti, Chachani y Pichu Pichu, los tres volcanes nevados de 6.000 metros que protegen la ciudad, y nos adentramos en el altiplano central de Perú. Vamos a subir desde los 2.300 hasta los 5.000 metros: bolsita de hoja de coca o mate en el desayuno, indispensable.

 En los dominios del cóndor

JAVIER BELLOSO

Pasarán cuatro horas antes de llegar a la morada del cóndor, el camino sube y serpentea rodeando paisajes progresivos, la altura y la latitud ecuatorial diseñan el singular decorado. Empieza el desierto árido, pedregoso e inundado de cactus del viejo Oeste, canteras bíblicas de piedra arequipeña, hasta alcanzar la reserva nacional Salinas y Aguada Blanca, paraje de pampa, tierra de guanacos y vicuñas —una de las lanas más apreciadas—, con singulares formaciones de piedra erosionada dignas de la Capadocia. Luego, por fin algo de verde, las lagunas y bofedales con los primeros rebaños de ovejas, alpacas y llamas, todas juntas y en armonía dando lecciones de integración, hay que ser lanudo para soportar la dañina radiación solar, la más alta del planeta. Sin protector solar (bloqueador) eres un pollo asado en menos de una hora.

Seguimos ascendiendo hasta que llegamos al mirador de los Andes, a 4.910 metros de altura, el punto más alto de nuestro periplo: panorámica lunar, viento helado. Si puedes respirar, has ganado. Fumarse un cigarrillo puede ser un acto heroico. Legiones de apachetas, torretas de piedra que levantan los viajeros como una ofrenda al camino, se pierden hasta la línea del horizonte. Nada se mueve, solo las miméticas vizcachas (roedor andino de gran tamaño y cola larga) te recuerdan que no estás delante de un cuadro.

Descendemos sin prisa al pueblo de Chivay, posible base de nuestra excursión, que se encuentra tan al fondo del valle que uno cree haber perdido cualquier referencia de la dimensión, algo así como Gulliver pero en la isla de los gigantes. Sí, es el valle del Colca, con sus infinitas laderas aterrazadas… Y su cañón, una inmensa raja en la tierra ¿Otro mundo en las profundidades? Sí.

Estamos en el paraíso de escaladores, ciclistas, amantes del trekking, despistados, de aquí y de allí. En la parte alta del valle, el cañón tiene una caída de 1.500 metros, se impone la Cruz del Cóndor, un mirador que reta al vacío y donde, ahora sí, se puede apreciar el vuelo del cóndor: no sale de su cañón, macho y hembra sobrevuelan su nido, vigilan a su siempre escasa camada en una tradición que ayuda a conservar a esta especie legendaria. Sin las corrientes de aire que orillan las paredes del valle este animal no levantaría el vuelo, demasiado pesado para disfrutar del planeo por la tundra, una de las aves de mayor envergadura en sus alas (unos tres metros) y que llega a vivir 75 años en cautividad.

Poderoso Sabancaya

Además de Chivay, vale la pena visitar alguno de los 14 pueblos del valle: Maca, su iglesia; Yanque, sus aguas termales, bañarse en agua hirviendo mientras llueve; Coporaque, sentarse a ver los volcanes, vigías de todo, parecen dinosaurios de piedra pero siguen escupiendo fuego; el poderoso Sabancaya, esculpe su cetro de ceniza cada poco, y en ocasiones alcanza todo el valle, que despierta cubierto por su escarcha, como inundado de octavillas con un viejo decreto olvidado de la naturaleza.

El paisaje sería de una aridez similar a la de las películas del Oeste estadounidense; sin embargo, el cañón del Colca es un verde oasis porque alberga un sistema de irrigación que es una de las principales maravillas ecológicas de la ingeniería prehispánica. Los collaguas perfeccionaron y sofisticaron estas andenerías —que dan el nombre a la cordillera de los Andes— despreciando la ley de la gravedad. Son tierras que no necesitan agricultores “sino héroes”, como indicó José María Arguedas, el autor de Los ríos profundos.

Cuando más tarde los incas fundan Cuzco, lo harán inspirados por estas terrazas, a 3.400 metros de altura, lo más cerca del sol, pero sin alejarse de la tierra que alimenta, apenas por debajo del límite para la producción del cereal.

 

David Villanueva es músico y editor del sello literario Demipage.

Miguel Ángel Bastenier, la leyenda del tiempo

Miguel Ángel Bastenier, la leyenda del tiempo

Una Redacción sin gente como las que él representa, y que aquí quedan citadas, es un mundo roto que sólo tiene el consuelo de rendirles memoria y amor, ininterrumpido recuerdo

JUAN CRUZ

Madrid

Era veloz, ocurrente, analítico, excéntrico, cumplidor, estrafalario, conversador, introvertido, lenguaraz, exacto. Es cierto que empezaba a escribir un editorial y, cuando ya lo tenía mediado, le preguntaba al director de qué iba, si a favor o en contra. Tenía saberes muy dispares; aunque no era un deportista, era sabio en ciclismo y en tenis, y al fútbol no le daba bola, le parecía vulgar.

Era un lector fuera de serie; iba por las mesas, hasta los últimos días recientes en que acudió a su trabajo en EL PAÍS, y seleccionaba con desdén algunos libros. “No pasarán a la historia”. Y luego se llevaba uno, generalmente de Historia.

Sabía de cine más que nadie, y de la historia del siglo XX. Desdeñaba los nacionalismos como una lacra, y se sabía todos los trucos del oficio con el que vivió hasta el final

El periodismo fue su pasión; lo abrazó al tiempo que abrazó los crucigramas de La Vanguardia. Sus 2.000 estudiantes eran para él el mayor premio de su vida; como cuenta Bernardo Marín, que fue su alumno también, se supo de memoria los nombres y apellidos de todos aquellos chicos, en Madrid y en Cartagena de Indias, hasta que llegaron al número mil. Su memoria extraordinaria no aceptaba ya más nombres propios.

Daba la impresión, hablando con él, que desdeñaba lo menor, lo que no era extraordinario, en la historia intelectual o literaria, o periodística, pero era solo fachada: todo lo humano le interesaba.

Era, aparentemente, un hombre atado a su vanidad, a la que tenía derecho; pero le decías que bajara la ceja y entonces se reía de sí mismo, y de los verdaderamente vanidosos.

Sabía de cine más que nadie, y de la historia del siglo XX. Desdeñaba los nacionalismos como una lacra, y se sabía todos los trucos del oficio con el que vivió hasta el final.

Bastenier, maestro de la ironía

Si se contaran las anécdotas de Bastenier (las de su existencia como imposible gastrónomo, las que protagonizó en las redacciones, como cuando llamaba a medianoche para reprochar a un jefe de sección que no pusiera bien las comas en una cuña, las de sus pasiones deportivas) abonarías la idea que se tiene de los periodistas excéntricos.

Pero él era, sobre todo, un periodista de la buena escuela, como el también desaparecido Joaquín Prieto: como sabía más que nadie, nos hacía comprobar con conocimiento de causa, y era tan exigente con los errores como maestro para reprenderlos.

Nunca lo vi llegar tarde al trabajo, ni irse porque fuera la hora: en eso también era un periodista antiguo instalado en la época en que ya los periodistas caíamos en la tentación de venir al periódico como si este fuera una oficina.

Venía hasta cuando no tenía que venir: en los últimos años, como Feliciano Fidalgo, como Prieto, como Jesús de la Serna, como, a su manera, Manuel Vázquez Montalbán, sentía la obligación de estar en EL PAÍS, o cerca de EL PAÍS, como si estuviera dotado de la intuición, que a veces es melancolía, de que un periodista no puede dejar jamás de estar disponible.

Hablé con él en taxis, en almuerzos estrafalarios, hablé con él en la Redacción, y me enfadé con él, y lo quise, cuando se sentía abandonado o no requerido, cuando luchaba por tener una línea más o una reseña, y le suplicaba a la vida que le diera tiempo para ser periodista para siempre y siempre, y le acompañé en estos últimos tiempos en que el hombre sabe su destino que es, como decía Pablo Neruda, el de amar y despedirse.

Su destino era despedirse habiendo amado, entre otras cosas sagradas, este oficio extraordinario en el que él entra ya en el tiempo de la leyenda. Una Redacción sin gente como las que él representa, y que aquí quedan citadas, es un mundo roto que solo tiene el consuelo de rendirles memoria y amor, ininterrumpido recuerdo.

Querer a Bastenier es querer el oficio.

El 1 de mayo es el Día Mundial de Trabajo

El 1 de mayo es el Día Mundial de Trabajo

La fiesta de San José Obrero, patrono de los trabajadores y padre adoptivo de nuestro Señor Jesucristo.

En la siguiente lista se presentan 8 datos que quizá no conozca acerca de San José:

(ACI).-

1) No hay palabras suyas en las Sagradas Escrituras

¡Él protegió a la Inmaculada Madre de Dios y ayudó a criar al Señor del Universo! Sin embargo, no hay ninguna cita de él en los Evangelios. Más bien, fue un silencioso y humilde servidor de Dios que desempeñó su rol cabalmente.

2) Fue muy poco mencionado en el Nuevo Testamento

San José se menciona en Mateo, Lucas, una vez en Juan (alguien llama a Jesús “el hijo de José”) y eso es todo. Él no es mencionado en Marcos o en el resto del Nuevo Testamento.

3) Su salida de la historia de los Evangelios no es explicada en la Biblia

Es una figura importante en los relatos de la Natividad del Señor en Mateo y Lucas, y es incluido en los pasajes que relatan el momento en que Jesús se perdió a los 12 años y fue encontrado en el templo. Pero eso es lo último que oímos de él.

María aparece varias veces durante el ministerio de Jesús, pero José se fue sin dejar rastro. Entonces, ¿qué le pasó? Varias tradiciones explican esta diferencia diciendo que José murió alrededor del cumpleaños número 20 de Jesús.

4) ¿Viudo y anciano?

La Escritura no nos dice la edad de San José cuando se casó con María o sobre su vida anterior. Sin embargo, por mucho tiempo se le representó como un hombre de edad avanzada, aparentemente basándose en un texto del llamado protoevangelio de Santiago, un evangelio apócrifo del que se desprende que San José habría estado casado anteriormente, tuvo hijos de ese matrimonio y quedó viudo.

Según esa tradición San José sabía que María había hecho voto de virginidad y fue elegido para casarse con ella para protegerla, en parte porque era viejo y no estaría interesado en tener una nueva familia. Esta idea fue rebatida a lo largo de la historia por grandes santos como San Agustín.

5) Su veneración se remonta al menos al siglo IX

Uno de los primeros títulos que utilizaron para honrarlo fue “nutritor Domini”, que significa “guardián del Señor”.

6) Tiene dos celebraciones

La solemnidad de San José es el 19 de marzo y la fiesta de San José obrero (Día Internacional del trabajo) es el 1 de mayo. También está incluido en la Fiesta de la Sagrada Familia (30 de diciembre) y sin duda forma parte de la historia de la Navidad.

7) Tiene múltiples “patronazgos”

Es el patrón de la Iglesia Universal, la buena muerte, las familias, los padres, las mujeres embarazadas, viajeros, inmigrantes, artesanos, ingenieros y trabajadores. Es también el patrón de las Américas, Canadá, China, Croacia, México, Corea, Austria, Bélgica, Perú, Filipinas y Vietnam.

8) La ‘Josefología’

Entre las subdisciplinas de la teología, son conocidas la cristología y mariología. Pero, ¿sabías que también existe la Josefología?

San José ha sido una figura de interés teológico durante siglos. Sin embargo, a partir del siglo XX algunas personas empezaron a recoger opiniones de la Iglesia acerca de él y lo convirtieron en una subdisciplina.

En la década de 1950, se abrieron tres centros dedicados al estudio de San José: en España, Italia y Canadá.