CENTENARIO DE JUAN RULFO

CENTENARIO DE JUAN RULFO

Ruidosas formas de estar callado

La escritora mexicana Cristina Rivera Garza propone en su nuevo ensayo narrativo una lectura del creador de Pedro Páramo alejada de la ortodoxia

JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS

El País

Nacida en 1964 en Taumalipas, en la frontera de México con Estados Unidos, Cristina Rivera Garza dice que el norte no es un lugar sino una relación. También hay autores que son una relación, por ejemplo, Juan Rulfo, al que ha consagrado Había mucha neblina o humo o no sé qué (Literatura Random House), una mezcla de ensayo, narración y libro de viajes. La escritora pasó por Madrid para hablar de su particular lectura del autor de Pedro Páramo, uno de esos autores cuya obra, afirma, “no solo cruzan los géneros literarios sino que busca permanecer en el cruce”.

En silencio

“En Oaxaca me encontré con un alemán que conocía a Rulfo solo como fotógrafo. En la plática, de repente, se dio cuenta de que también escribió libros. Eso me dio que pensar. Si lo ves desde otra perspectiva, sus libros podrían ser el apéndice de sus fotografías y no al contrario. De la misma manera, podemos ver su trabajo como editor, sus incursiones en el cine, su trabajo como lector de obra antropológica como la continuación de una obra. Es decir, si nos movemos un poco de la idea de que lo literario es un mundo amurallado que se legitima y alimenta a sí mismo y vemos a Rulfo como un artista que utiliza distintos soportes, esa idea del escritor del no, del escritor que renuncia parece menos firme”.

“No creo que haya una relación directa del tipo: tal persona vive tales cosas y escribe tales otras. Los pasadizos son más complejos. Por eso insisto en que este es mi Rulfo, no el Rulfo que tiene que ser. Hay, sin embargo, una materialidad que me parece inexcusable: hablamos de cuerpos específicos en contextos específicos. Cuando uno no viene de una familia digamos relajada económicamente o no forma parte de las clases culturales dirigentes, como era el caso de Rulfo, tiene que ganarse la vida. Era huérfano, trabajó en una fábrica de llantas —la Goodrich-Euzkadi—, luego fue vendedor de la misma firma en el momento en que se estaban desarrollando las carreteras y la industria turística mexicana, más tarde hizo informes —con fotos— para la Comisión del Papaloapan, que construyó embalses pero desplazó poblaciones enteras, finalmente ingresó en el Instituto Nacional Indigenista… Cada uno de sus empleos trajo consigo dilemas bien importantes. Si vas por el país manejando —no como el dandi que va de vacaciones, sino como alguien que tiene que poner atención y entregar un reporte—, surgen dilemas personales que al final son los dilemas de una nación: lo que el progreso tiene de construcción pero también de destrucción”.

En femenino

“En México te hacen leer a Rulfo en la Secundaria, y esa lectura te golpea. Te dicen que Pedro Páramo habla de las relaciones machistas, del jerarca, del patriarca… Esa lectura es válida, pero también hay en la obra una presencia carnal muy fuerte de las mujeres, un deseo explícitamente enunciado: hay cuerpos menstruando, machos emasculados y relaciones de eso que ahora llamaríamos sexualidad alternativa, presencias que, de repente, dicen ‘llámame Dorotea o Dorotea’… Es un mundo complejo. Las lecturas con las que yo crecí son válidas, pero parciales. Rulfo sigue vivo y transformándose”.

 La escritor mexicana Cristina Rivera Garza, en Madrid.ampliar foto

La escritor mexicana Cristina Rivera Garza, en Madrid. ÁLVARO GARCÍA

En Macondo

“El padre Rentería se acordaría muchos años después de la noche en que la dureza de la cama lo tuvo despierto y después lo obligó a salir. Fue la noche en que murió Miguel Páramo” (Juan Rulfo, Pedro Páramo. Fragmento 39). “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. (Gabriel García Márquez, Cien años de soledad. Página 1). “Generalmente pensamos que la influencia entre escritores siempre es abstracta o se basa en que un personaje nos recuerda a otro. Reparamos menos en la cocina de la escritura, en algo bien pequeñito pero fundamental como un tiempo verbal. ¿En este caso es consciente? García Márquez dijo en muchas entrevistas que después de leer Pedro Páramo encontró nuevas maneras de enfrentar sus propios proyectos. Cuando escribimos hay muchas cosas que hacemos sin saber, pero un escritor debe tener un control sobre sus instrumentos. Y los tiempos verbales están entre esas cosas sobre las que uno no puede darse el lujo de decir: ‘Ah, salió así’. ¿Por qué? Porque si no funciona en la página 3, en la 50 vas a tener un lío insalvable”.

En México

“Al contrario de lo que pasa con otros autores igualmente relevantes, en México la opinión sobre Rulfo es casi unánime. No solo se trata de un autor muy leído sino también muy querido. Claro que hay dilemas y discusiones, pero hay una unanimidad acerca de su importancia, luego vendrán los énfasis en por qué es importante. Sus libros te permiten una relación más horizontal, más activa. Su alejamiento de la anécdota —o su uso apenas estratégico de la anécdota— incentiva una participación mucho más metiche de los lectores. Rulfo es nuestro gran experimentalista. Esa libertad hace que sea universal, no solo de México ni de una parte de México. Élmer Mendoza me decía hace poco que quien ha leído con más interés a Rulfo es cierta generación de autores norteños: por las características del lenguaje y del paisaje en el norte. Tal vez sea cierto. Y eso que en la lectura ortodoxa continuamente se está tratando de regresar a Rulfo a Jalisco. Sin quitar la relevancia que tiene Jalisco, Rulfo es más andariego, más migrante, más nómada. Conforme pasan los años entendemos más y más los caminos que abrió. Por supuesto es el gran escritor, la gran voz, pero, por serlo, nos permite abordarlo menos desde el altar y más como un escritor con el que seguir dialogando. En un curso en la Universidad de California, lo asigné como lectura para estudiantes que solo hablaban inglés. Una alumna dijo: ‘O sea, que este es el gótico mexicano’. Pensé: ‘Qué bien que lean a Rulfo desde otros lados’. Y sí, claro, Pedro Páramo también es una historia de exmuertos o de zombis o de no muertos. Estas lecturas que vienen de fuera, sin el peso de la doxa, nos enseñan a abrir ventanas nuevas de esta casa generosa que es Juan Rulfo”.

En llamas

Semanas después de su estancia en España, Cristina Rivera Garza vio cómo desde la Fundación Juan Rulfo se tachaba su libro de “difamatorio”. La escritora sostiene que su obra —“basada en archivos públicos a los que los lectores tienen acceso abierto”— es un trabajo “señalado por el afecto —lo que nos conmueve y lo que nos conmina y, sobre todo, lo que nos compete— de una lectora por la escritura de un autor de cabecera”.

Hablaba en silencio

A Juan Rulfo le tenían sin cuidado la avalancha de teorías que el mundo entero podría espetarle sobre sus dos libros

JORGE F. HERNÁNDEZ

Juan Rulfo vivía en una calle que hoy debería llevar su nombre, en aquel entonces bautizada en honor de un compositor y, luego, rebautizada para un Papa. El que escribía de murmullos y sombras en llanos interminables caminaba por la Ciudad de México de su casa al escritorio que ocupaba en las oficinas de un instituto indigenista y se le podía ver cruzar Revolución de ida y vuelta como si fuera metáfora. De vez en cuando, pasaba por la librería-cafetería El Juglar y allí se me concedió hablar con él una memorable tarde donde consta que hablaba bajito, con un arrastre salivoso y callado que parecía acompasar el peso de cada palabra.

Creo que no pocos suscribirán que era buen oyente de la sandez ajena con no pocos visos de parsimoniosa paciencia y que formulaba interrogaciones con un halo de sinceridad por saber del Otro, aunque tratándose de comentarios o preguntas sobre sus dos libros subrayaba que en realidad le tenían sin cuidado la avalancha de teorías que el mundo entero podría espetarle, considerando que habían pasado ya por lo menos tres décadas desde que había cuajado la perfección en una sola novela y el elevado palmarés de prosa concisa y contundente en un ramo de cuentos: y así era capaz de alargar una plática con preguntas prácticas y acotar una charla con breves anécdotas como ejemplos siempre en abono del oyente, cortesía de sobremesa y entrañables maneras.

En entrevistas ya congeladas en blanco y negro y recuerdos a todo color de sus raras apariciones públicas se puede confirmar que miente quien afirme que Rulfo era hosco, intolerante o intratable, pues negaría la presencia palpable de un escritor que soñaba en tinta y un hombre cuya literatura le permitía hablar en silencio.

Brillante fotógrafo, formidable escritor

La Universidad de México concentrará el grueso de los actos que reivindican la obra del autor tras superar un choque con la fundación que gestiona su legado

DAVID MARCIAL PÉREZ

JUAN RULFO

La universidad insignia de México, UNAM, concentrará el grueso de los actos de conmemoración del centenario de Juan Rulfo. Una semana —del 16 al 19 de mayo— de conferencias y presentaciones de libros que servirán además para sellar la reconciliación entre una pata de la universidad y la Fundación Juan Rulfo, albacea del legado del autor jaliciense, tras una polémica abierta un mes antes. El motivo de la controversia fue la programación en una feria universitaria de un ensayo de Cristina Rivera Garza sobre la figura de Rulfo, una obra que la fundación considera difamatoria, y que desencadenó la renuncia de su director a participar en la feria, así como la retirada de la cesión tanto de las fotos como del nombre de Rulfo para ilustrar el evento. Pasado el choque, que levantó una fuerte polvareda mediática en el país, finalmente habrá paz en la celebración de los 100 años del autor de Pedro Páramo.

 “Nuestra relación con la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México) sigue intacta. El eje fundamental es la cátedra extraordinaria Juan Rulfo que se creó en 2013 y que sirve como marco para la realización de encuentros como los del centenario”, señala Víctor Jiménez, director de la fundación. Las jornadas, con sede en distintas facultades, están organizadas en forma de tríptico diario: una mesa redonda, una presentación de un libro y una conferencia. Algunos títulos: Lo fantástico en algunos cuentos de ‘El llano en llamas’, Juan Rulfo y sus personajes: las víctimas de la espera o Confluencias entre Rulfo y García Márquez.

Con calado internacional, entre los ponentes destaca el catedrático español José Carlos González Boixo, que abordará el encaje del autor mexicano en el tablero del realismo mágico, o el japonés Fukumi Nihira, que diseccionará las analogías rufianas con Ryunosuke Akutagawa, autor de cuentos de principios de siglo centrado en los mitos del Japón feudal.

Rulfo subrayó la diferencia entre sus ficciones y estampas, pero ambas se contaminaron como parte de una misma forma de observar el mundo

La editorial hispanomexicana RM, titular de los derechos de Rulfo, prepara una edición especial con tirada limitada que reunirá las únicas tres obras del autor jaliciense: la novela Pedro Páramo, una recopilación de todos los cuentos que trasciende la edición clásica de El llano en llamas y El gallo de oro, una breve narración que fue concebida en origen como guion de cine. Aprovechando el centenario, se presentarán también este año toda una batería de publicaciones: una reedición actualizada de Noticias sobre Juan Rulfo, la biografía canónica del catedrático de la UNAM Alberto Vital; Ladridos, astros, agonías: Rilke y Broch en el lector Rulfo, un ensayo del director de la fundación; una edición bilingüe español/náhuatl de Pedro Páramo, y un estudio sobre la relación del autor mexicano con el mundo del cine a cargo del estadounidense Douglas J. Weatherford, que recogerá el guion adaptado que Carlos Fuentes y García Márquez elaboraron para El gallo de oro.

La otra gran faceta del célebre escritor, la fotografía, también tendrá un hueco. La retrospectiva El fotógrafo Juan Rulfo se inauguró en Puebla el pasado 9 de abril y sirvió de pistoletazo de salida para la celebración de la efeméride. La muestra, la primera gran retrospectiva que de manera más completa y sistemática se ha sumergido en su archivo visual de la mano de la agencia Canopia y la propia fundación, va acompañada de un riguroso catálogo y está previsto que aterrice también en la capital mexicana durante los próximos meses.

LEER COMALA

Autodidacta, las primeras fotos de Rulfo son de los años treinta, más de una década antes de publicar su primer relato. Aunque el propio autor subrayó la diferencia radical entre sus ficciones y sus estampas, ambas facetas se contaminaron como parte de una misma manera de observar el mundo. “En sus narraciones se aprecia que muchas de las descripciones del paisaje, las texturas o el comportamiento de la luz son de una persona con altos conocimientos de fotografía”, apunta Paulina Millán, historiadora del arte y especialista del ámbito visual del escritor.

La muestra incluye 150 fotografías, las revistas donde publicó muchas de ellas, catálogos de otras exposiciones, sus incursiones en el cine y hasta recortes de fotografías de autores a los que admiraba, como Alfred Stieglitz o Paul Strand. Paisaje, arquitectura y vida rural son los tres ejes de su trabajo con la cámara. “Son composiciones muy clásicas, nada forzadas, muy pensadas”, añade Millán. “Podía pasarse horas sentado esperando el momento”.

Con menor acento académico, la feria de la polémica reunió en abril a destacados escritores mexicanos para debatir el legado de Rulfo: Antonio Ortuño, Emiliano Monge o Guadalupe Nettel, actual integrante además del equipo de Difusión Cultural de la universidad que programó el evento. También acudieron a la cita dos de los hijos del escritor, que quisieron cerrar las desavenencias abiertas con el ensayo ficcionado Había mucha neblina o humo o no que sé: “Es una obra ambigua. Toma una serie de elementos con cierta libertad creativa que son realmente banales y que buscan crear una imagen disminuida de mi padre. La familia y la Fundación actuaron en descuerdo a una obra que se considera que denigraba. Pero no hay ninguna enemistad. Por eso estamos aquí, para demostrar que no hay diferencia alguna, ni familiar, ni con la Fundación, ni contra la UNAM. Lo importante es nuestro padre y su obra”.

El rey maya que se escondió en un clóset

El rey maya que se escondió en un clóset

EL PAÍS visita el rodaje de ‘Museo’, protagonizada por Gael García Bernal, sobre el robo al Museo de Antropología de México en 1985

LUIS PABLO BEAUREGARD

El País

México

México amaneció con una terrible noticia la Navidad de 1985. El Museo de Antropología, uno de sus símbolos culturales, fue robado en Nochebuena. Pocos recuerdan el suceso porque la memoria de los mexicanos aquel año estaba aún sepultada bajo los escombros del terrible terremoto ocurrido tres meses atrás. Pero el hecho escandalizó a la sociedad y al mundo de la cultura. El escritor Salvador Elizondo dedicó al saqueo una larga entrada en su diario personal después de que los reporteros del diario Unomásuno lo llamaran para hacerle preguntas. “Les dije que es un caso típico de Sherlock Holmes”. Y fue más allá. Se atrevió a pensar en un cuento basado en esta historia. Comenzaba así: “It was a bleak Christmas morning when…No: it was the night before Christmas in Patrimonio Cultural”.

 

Pero esa historia nunca se escribió. Algunos periodistas afirman que Gabriel García Márquez se dijo tan escandalizado por el acto que el coraje le arrancó la promesa de escribir sobre el robo. Tampoco sucedió. Tomó más de 30 años para que un grupo de cineastas decidiera convertir este magistral golpe delictivo en una obra de ficción. Fue Manuel Alcalá, de padre periodista, el que comenzó a investigar qué fue lo que llevó a Carlos Perches Treviño y a Ramón Sardina García, dos fósiles de la escuela de veterinaria de la Universidad Nacional, a planear durante seis meses la mejor forma de profanar el templo creado por el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez para extraer 143 piezas de la sala maya. “Es una reflexión sobre la cultura en México: cómo la guardamos, cómo la consumimos y cómo la apreciamos”, menciona el guionista.

UN REPARTO INTERNACIONAL

La película fue rodada, además de Satélite y la Ciudad de México, en Acapulco, Guerrero y en Palenque, Chiapas, adonde los ladrones fueron dirigidos por el fetiche de las piezas. La cinta también cuenta con las actuaciones del chileno Alfredo Castro (Desde Allá, El club), las mexicanas Ilse Salas (Cantinflas, Güeros) y Lisa Owen (Desiertos mares, Los insólitos peces gato), además del británico Simon Rusell Beale (Marilyn, Into the Woods). La argentina Leticia Bredice (Nueve reinas, Plata quemada) encarna a una vedette inspirada en Princesa Yamal. La producción cree que la cinta será vista en México en 2018.

Alcalá tardó una década en convertir su investigación en un guión cinematográfico. En el proceso conoció a Alonso Ruizpalacios, el director que sorprendió a la crítica mexicana y extranjera con su ópera prima, Güeros. Ambos tomaron lo que necesitaron de Perches y Sardina para crear a dos personajes de ficción interpretados por Gael García Bernal y Leonardo Ortizgris. “No nos interesaba hacer un documental, por lo que hicimos una historia en la que tomamos muchas libertades con lo que ocurrió”, explica el director a EL PAÍS en uno de los últimos días de rodaje en los Estudios Churubusco de la Ciudad de México.

A un lado de la mesa donde Ruizpalacios habla con la prensa se alza una carpa blanca. En el interior hay una veintena de niños vestidos con suéteres verdes y pantalones grises, los colores de los uniformes de las escuelas públicas en los años ochenta. Los extras infantiles de la cinta comparten mesa con los hombres disfrazados de guardias del museo, la autoridad que fue ridiculizada la noche del 24 de diciembre de 1985 cuando dos estudiantes se colaron por los ductos de aire hasta los tesoros mayas.

Un poco más allá, dos maestros trabajan sobre una enorme placa de unicel de dos metros de largo por uno de alto. “Ya ve que en México están volviendo a hacer grandes producciones, entonces hay que darle la apariencia más profesional posible”, dice Gabriel mientras talla glifos sobre lo que será la lápida del rey maya Pakal en un material que tardará un millar de años en degradarse, más de lo que ha pasado desde el fin de la civilización maya.

Una de las cosas que más sorprenden en el rodaje de Museo es el diseño de producción a cargo de Sandra Cabriada. El Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) impidió que las cámaras entraran a las salas del museo, por lo que la producción a cargo de Alberto Muffelmann y Gerardo Gatica las recreó dentro de los Estudios Churubusco. El domingo de la visita al rodaje la sala maya estaba montada con seis piezas monumentales, entre ellas el tablero del templo de la cruz, un chac mool y dinteles y estelas extraídas de Yaxchilan. La piedra del fuego nuevo estaba arrumbada en una esquina embalada en celofán a la espera de ser retratada por la película de 35 mm. Las vitrinas del museo estaban vacías, lo que indicaba que Perches y Sardina ya se habían llevado el botín.

Más de 70 artesanos, algunos de ellos restauradores oficiales del museo, fabricaron todas y cada una de las piezas robadas. Las de barro, por ejemplo, fueron hechas desde cero con materiales de Oaxaca, pintadas y después maltratadas para mostrar el paso de cientos de años. Los collares de oro y con piedras preciosas fueron fabricados a mano, incluido el mayor tesoro extraído: la máscara mortuoria de jade de Pakal descubierta por el arqueólogo Alberto Ruz en 1952. Las piezas están tan bien fabricadas y guardan tanto parecido con las originales que están registradas ante el INAH. La producción no descarta que tras el estreno las piezas formen parte de una exposición itinerante por todo México.

Ruizpalacios considera que su segunda película tiene guiños al cine “de otra época”. Según él, su cinta toma prestado de El tesoro de la Sierra Madre y de Walkabout, la pequeña joya australiana en la que dos hermanos conviven con aborígenes en las llanuras australianas. Tras el robo, Perches y Sardina guardan parte del botín en su casa de Satélite, un suburbio de la Ciudad de México construido en los años 50 en medio del sueño modernizador de los gobernantes mexicanos.

Los asaltantes emprenden un delirante viaje que tiene como destino los bajos mundos del puerto de Acapulco y que cuenta como personajes secundarios a vedettes y traficantes ingleses de armas. “La Princesa Yamal llenó mucho de los huecos que tenía la historia”, dice Manuel, que entrevistó a la artista en el puerto de Guerrero. La película se convierte entonces en una road movie sobre dos jóvenes suburbanos sin rumbo. “Es el tema de la juventud extraviada, de dos estudiantes que hicieron una travesura que les salió muy cara”, dice Ruizpalacios.

Gael García aparece frente a la prensa por unos minutos mientras preparan la toma en lo que es una de las salas del museo. El actor mexicano, ganador de un Globo de Oro, dice que preparó su personaje leyendo Crimen y castigo. La novela de Dostoyevski le hizo reflexionar “si la enfermedad criminal es anterior al delito o viene después de este”. La película, sin embargo, también le hizo pensar sobre el “gandallismo” que predomina en México, “la impunidad y la desolación ideológica que se vivió en el país en la década de los ochenta”. Pero por más que preparó para encarnar al personaje nunca pudo resolver una pregunta: ¿Qué llevó a Carlos Perches a hacer lo que hizo? “No se sabe qué los motivó. No se supo nunca”, responde.

Ni el director, ni el guionista pudieron dar respuesta a esa cuestión. La realidad los dotó, sin embargo, de un gran desenlace. Perches fue detenido en Satélite cuatro años después del golpe que dejó sin tesoros mayas a todo un país. Salio de la cárcel y hoy está muerto. Y de Ramón Sardina no hay pista, permanece prófugo a 31 años del robo. “Sigo con la esperanza de dar con él”, dice Manuel Alcalá. La policía encontró en 1989 las invaluables piezas del rey Pakal. Estaban escondidas en un clóset dentro de una maleta de lona. Un final así no se le hubiera ocurrido a Salvador Elizondo. O en su caso, a Arthur Conan Doyle.

Alma Delia Fuentes, olvidada hasta en su muerte

Alma Delia Fuentes, olvidada hasta en su muerte
POR PALOMA BOVES D’HARCOURT

 

CIUDAD DE MÉXICO (proceso.com.mx).- La ruta de la fuente legal extraída del hilo engarzado en la aguja que fue hilvanando su muerte confirma que Alma Delia Susana Fuentes González falleció el domingo 2 de abril de 2017.

Una copia certificada de su acta de defunción refiere que el deceso ocurrió por la noche, a las 22:10 horas, y ubica como morada de su último suspiro el número 4800 de la Calzada de Tlalpan y Av. San Fernando, colonia Sección XVI, esquina que alberga las instalaciones del Hospital General Doctor Manuel Gea González.

Frente al desconcierto de inicio que provocó la ausencia de mensajes familiares, de deudos desconsolados, de esquelas significantes, de cirios y flores blancas bordando los rincones de un afligido velatorio, un escueto documento oficial desentraña apenas fracciones del misterio y la confusión que privó durante el pregón de su fenecimiento. Deshilvana exiguamente la incertidumbre sobre el ajetreo de fechas y desvela un sitio, algún horario, ciertos lapsos, circunstancias.

El impasible expediente mortuorio refiere el estado civil y la edad de Alma Delia: divorciada, de 80 años. Y en un parpadeo surrealista más, le espeta hasta en la muerte su condición de olvidada. Omiso a su innegable profesión de actriz, el documento le atribuye solamente la ocupación de ama de casa.

El acta del registro civil de la ciudad de México puntualiza como fecha y hora de la defunción de Alma Delia Susana Fuentes González el 2 de abril, a las 10 y 10 de la noche. Alude como sitio del deceso el número 4800 de la Calzada de Tlalpan, domicilio del hospital público Gea González y asienta como causas de su muerte, un par de enfermedades de origen infeccioso.

Sepsis sin especificar (sic) y osteomielitis no especificada (sic) apunta el comprobante oficial de defunción que certifica el médico Eduardo Wilfrido Goicoechea Turcott, jefe de residentes de medicina interna del recinto hospitalario en el que la actriz terminó sus días.

La sepsis ocurre cuando el cuerpo presenta una abrumadora respuesta inmunitaria a una infección bacteriana, mientras que la osteomielitis se relaciona con una infección ósea ocasionada por bacterias u otros gérmenes.

Antes de su partida sin regreso de aquella mansión de Lomas Hipódromo que sucumbió carcomida por el abandono y la ruina, una serie de desafortunados incidentes, de los que Proceso dio cuenta en cuatro entregas entre 2015 y 2017, transitaban por los corredores de la muerte que Alma Delia llevaba metida ya en los huesos.

El azaroso destino de Meche, su entrañable personaje alegórico que la siguió de la pantalla a la realidad, zurció finamente las señales premonitorias de la desventura.

Una herida sin atender, permanentemente abierta, entre el tobillo y el talón de la pierna derecha –oculta siempre bajo el mismo par de mallas sucias y roídas que daban la impresión de incrustarse en su piel–, luxaciones y torceduras constantes que llegaron a dejarla inmóvil por varios días, pero sobre todo una caída que sobrevino el 15 de septiembre pasado y que la dejó tendida en el piso por varias horas, marcaron el detonante definitivo de su ocaso.

Indigencia, inmundicia, mala alimentación, descuido, miseria, abandono y soledad inmisericorde abonaron también a enlazar las hebras que fueron sobrehilando su infortunio hasta convertirla en cenizas, a pocos meses de alcanzar los 80 años de edad.

La actriz fue cremada el 3 de abril, en el panteón civil de San Nicolás Tolentino, en la avenida San Lorenzo, Paraje San Juan de Iztapalapa. Despojada de ceremonias y rituales luctuosos, de deudos abatidos y dolientes, sus cenizas fueron entregadas ese mismo día en punto de la 13:00 horas. En sombrío y solitario instante las recibió su hija mayor, Alma Delia Susana Azcárraga Fuentes, según refiere el registro del cementerio.

Una noche antes, después de emanar su último aliento en el hospital público Gea González, el cuerpo de la intérprete fue trasladado al modesto Velatorio Tlalpan, ubicado en la calle Fray Pedro de Gante, desde donde partió hacia la delegación Iztapalapa.

La agencia funeraria realizó los preparativos pertinentes y uno de sus empleados, Abel Xavier Santillán Díaz, fungió como declarante ante el registro civil de la ciudad de México. Aparentemente por esa causa, en el acta de defunción de Alma Delia Fuentes aparecen en blanco los rubros destinados a incluir el nombre de los padres a los que tantas veces evocó durante nuestras asiduas charlas.

Eduviges González y Carlos Fuentes recorrieron muchas tardes los caminos infinitos de la memoria de la actriz, pero fueron relegados de su último documento, aquel que confirma el final de su existencia.

El lunes 3 de abril, los restos de Alma Delia llegaron muy temprano a los hornos crematorios de San Nicolás Tolentino, espacio de innumerables quejas de vecinos de Iztapalapa que urgen a su impostergable remodelación. En el transcurrir de las horas ardió la leña, la soledad y la imagen recurrente del arrabal de Los olvidados. Pilas de basura, despojos de animales, tumbas derruidas y ultrajadas rebosantes de huesos que merodean perros famélicos, reconstruyen el escenario donde Alma Delia y Meche se funden y trastocan en una misma metáfora.

La vida y la muerte de la actriz confeccionadas al límite, trazan un desconcertante guión de sarcástica fatalidad. Entre La Meche buñueliana y su intérprete existe apenas un delgado cordón que trastoca destino inexorable, ensueño, imaginación y realidad.

Ni en la decadencia de su vida ni en la penumbra mortuoria aparecieron sus hijos Julio Carlos, Bertha Eugenia Aurora o Ana Rosa Azcárraga Fuentes. Tampoco sus nietos. Sobre su legado cinematográfico y las condiciones en las que la actriz sobrevivió durante los últimos y apesadumbrados años, han mantenido un hermético silencio.

Igual de impenetrable se mantiene su hija mayor, Alma Delia Susana Azcárraga Fuentes, y el esposo de ésta, con quien la intérprete sostuvo una relación azarosa.

Desde aquella noche del pasado 9 de noviembre en que su hija homónima y el yerno se la llevaron en ambulancia de su mansión de Naucalpan, carcomida por la ruina, el aciago itinerario de Alma Delia fue del Hospital General Doctor Gea González al Velatorio Tlalpan y como última y definitiva parada de su trayecto, a los hornos crematorios del panteón civil San Nicolás en Iztapalapa.

Una vez fuera de su casa de Lomas Hipódromo, a la que se aferró estoicamente, el domicilio de Alma Delia emigró del estado de México al Callejón del Prado, barrio de San Francisco en la delegación Magdalena Contreras, según consigna el acta de defunción de la actriz, cuyo legado asciende a más de 50 películas.

La seña de la intrincada callejuela que aparece como su última dirección alberga una casa resguardada detrás un portón negro que, por irónica fatalidad, se sitúa a unos pasos del panteón de San Francisco.

El fragoso destino de Alma Delia devuelve al presente la sabiduría profética de Octavio Paz, mostrada en Cannes en 1951, cuando promovió afanosamente entre el jurado y la intelectualidad europea la película del genio aragonés. El poeta explicó entonces que los personajes de Los olvidados hablan de “un mundo cerrado sobre sí mismo, donde todos los actos son circulares y todos los pasos nos hacen volver a nuestro punto de partida. Nadie puede salir de allí, ni de sí mismo, sino por la calle larga de la muerte”.

Así fue. A sesenta y seis años de la exhibición de la película en el legendario festival de la Costa Azul francesa, al que acudió Alma Delia, la fatalidad se cumplió. Entreveradas, actriz y personaje, alcanzaron las señales del azar. La actriz salió de la ruinosa mansión de Naucalpan en la que habitó su propia indigencia, para nunca volver.

Veintinueve días después de su deceso, quienes regresaron por unas horas a la desolada y sórdida casa de Alma Delia fueron su yerno y su hija mayor, indolentes y cómplices deudos de aquel crudo y lacerante destino.