Nunca le hables mal a un actor

Nunca le hables mal a un actor

El director teatral Frank Hauser y su alumno Russell Reich resumen en 130 notas el intrincado proceso de subir una obra a un escenario

ANDRÉS FERNÁNDEZ RUBIO

El País

Nada menos que la cita de un famoso almirante abre las 130 lecciones desde la silla del director que componen el libro Notas de dirección, recién publicado por Alba en España en la colección dirigida por Luis Magrinyà dedicada a las artes escénicas: “Tenemos que aprender de los errores de los demás, no vivimos lo suficiente para cometerlos todos nosotros mismos” (Hyman G. Rickover, 1900-1986).

Y qué mejor territorio para incurrir en decenas de errores que el montaje de una obra de teatro. “Limítate a contar la historia”. “No unas siempre todos los puntos”. “No intentes complacer a todo el mundo”. “Si un actor te falta al respeto en público, mantén la calma”. “Todas las escenas son escenas de persecución”. En este manual para aprender a dirigir, Frank Hauser (Cardiff, 1922-Londres, 2007) “dejó para la posteridad una recopilación de su sabiduría depurada hasta la perfección”, según explica Russell Reich, que fue su alumno y ayudante, y que ha sido el artífice y coautor de estas observaciones que van a sacar no de uno sino de muchos apuros a directores tanto consagrados como noveles.

Porque Hauser se las sabía todas. Dirigió el prestigioso teatro Oxford Playhouse durante 17 años, de 1956 a 1973, y muchas de sus producciones saltaron a Londres y Nueva York. Su obituario en The Independent comenzaba: “Pocos directores de teatro han sido tan amados por los actores como Frank Hauser”. Entre los que trabajaron con él figuran Judi Dench, Richard Burton e Ian McKellen.

¿Alguien se imagina temblando a estos tres astros de la escena durante la preparación de un montaje? En el capítulo sobre el papel del director se lee: “Da por hecho que todo el mundo se halla en un estado permanente de terror catatónico. Esto te ayudará a alcanzar ese estado imposible de infinita paciencia y benevolencia que los actores y los demás esperan de ti”.

Por eso la empatía, la llaneza y, sobre todo, el genuino humor británico son las armas de Frank Hauser para el combate. Según contó el director teatral y biógrafo Alan Strachan, la palabra favorita de Hauser para dirigirse cariñosamente a los que le rodeaban era pussy (gatito o gatita), término con un doble sentido sexual (vulva); y de ahí que la gala de despedida, atestada de famosos de la escena, que le tributaron cuando dejó su teatro de Oxford se titulara Pussies Galore, es decir, Gatitos a gogó (y también referencia a Pussy Galore, el personaje femenino lésbico de la película James Bond contra Goldfinger).

La mitología del director totémico y pagado de sí mismo nada tiene que ver con el estilo de Frank Hauser (“Ten cuidado con el mayor vicio de los directores: enrollarse repitiendo el mismo argumento una y otra vez; hacer reír con tus anécdotas increíbles, e interminables; perder el tiempo”). El suyo es un estilo basado en la rectitud y la cortesía, en el que no cabe alzar la voz durante los ensayos (y ni siquiera la palabra “acción”). La nota 58 se titula ‘Empieza con buen pie’: “Da estas indicaciones para empezar una escena: ‘Preparados. Sube la luz. Luz’. Simulan la situación real y asustan mucho menos que el grito de ‘¡Acción!’, además de crear un ritual de ensayo que tranquiliza a todo el mundo”.

Todo delicadeza, el proceso para la escritura del libro, según cuenta Russell Reich, comenzó cuando un día, siendo él todavía alumno de Hauser, este le entregó en mano, “como en una ceremonia japonesa”, 12 páginas de notas que eran el resumen de su conocimiento teatral en pedagogía y dirección. “Cuando las leí”, añade Reich, “me parecieron útiles, bellas y poéticas, claras, directas y sin adornos, como un maravilloso vino. Esas notas formaban parte de un proceso de muchos años de cortar y cortar hasta llegar a lo esencial, con el espíritu de Pascal cuando dijo: ‘Y si le he escrito esta carta tan larga ha sido porque no he tenido tiempo de hacerla más corta”.

Como orgulloso coautor, Reich se siente especialmente satisfecho de haber sabido condensar la sabiduría de su maestro haciendo al mismo tiempo sus propias aportaciones, de manera que, dice, “muy poca gente sabrá qué notas escribió él y cuáles yo. Lo que nos propusimos fue encontrar una voz y un personaje para el libro”.

Frank Hauser no pudo disfrutar de ver el texto publicado, en 2003, ya enfermo de alzhéimer, ni de las alabanzas recibidas. Por ejemplo, del crítico teatral de The Wall Street Journal, Terry Teachout, que vio muchas de estas notas aplicables en el mundo de los negocios: “Identifica la pregunta crucial de la historia”, “Expresa el núcleo de la función en tan pocas palabras como te sea posible”, “La dirección se basa esencialmente en la selección de los actores”, “Convierte los momentos difíciles en descubrimientos”, “Nunca, nunca, les hables mal”.

Estos títulos podrían funcionar como aforismos, pero vienen arropados por reflexiones de una profundidad reveladora. A modo de resumen: “Lo mejor que puede hacer el actor es crear la menor cantidad de oportunidades para que el público deje de creer. Así que di a los actores que se relajen, que sean sencillos y que se atrevan a hacer menos. Aconséjales que vean a los grandes actores y que observen lo poco que hacen, lo poco que se esfuerzan, y luego que se fijen en las acciones minúsculas e importantes que eligen”.

Y, claro, ahí están los críticos para juzgarlo todo. El mejor consejo que Hauser y Reich le dan al director es un rotundo “No te agobies”. “No muere ningún niño de hambre por culpa de un mal ensayo, una mala función o una mala crítica. Ponle pasión, por supuesto, pero tienes que saber cuándo no tomarte demasiado en serio a ti mismo”. Y los críticos, qué mejor que el comentario burlesco del dramaturgo y guionista David Ives: “La verdad es que hay que compadecer a esas pobres criaturas que conocen todos los secretos de la escritura, la dirección, el diseño, la producción y la interpretación, y se ven atados a ese lamentable trabajo rutinario de escribir críticas. Por favor, ¿podría alguien echarles una mano?”.