Felipe Garrido, hombre de letras

Felipe Garrido, hombre de letras

Juan Domingo Argüelles

La Jornada semanal

“Protagonistas de la Literatura Mexicana” se llama el ciclo del inba mediante el cual se reconoce o celebra a los escritores más destacados de nuestras letras, especialmente a aquellos de los que se podría decir que han consumado su obra. Como es obvio, el nombre proviene del indispensable libro de Emmanuel Carballo, cuyo título es precisamente Protagonistas de la literatura mexicana, un libro que su autor publicó por vez primera en 1965 y cuya edición definitiva, corregida y am-pliada, vio la luz cuarenta años después.

Emmanuel Carballo entendía el concepto “prota-gonista” con la acepción que le dan María Moliner y el Diccionario de la Real Academia Española (drae): “Per-sona o cosa que en un suceso cualquiera desempeña la parte principal.” De ahí que “protagonizar” sea “desempeñar el papel más destacado en cualquier hecho”, aunque no debemos olvidar que, como todo el mundo sabe, el sustantivo “protagonismo”, cuyo recto sentido se aplica a la “condición de quien es protagonista”, tiene también un sesgo despectivo: en la acepción del drae, “afán de mostrarse como la persona más calificada y necesaria en determinada actividad, independientemente de que se posean o no méritos que lo justifiquen”.

Siendo así, tener “protagonismo” no siempre es un elogio, y casi siempre resulta un estigma. Ejemplo: “El protagonismo de fulano lo convierte en el tipo más desagradable.” Para Emmanuel Carballo, sus “protagonistas” lo son porque poseen méritos literarios. Quiere ello decir que son “protagónicos” y tienen “protagonismo” en el mejor sentido, no en el peor.

Alguna vez le pregunté a Emmanuel por qué en su libro no estaban ni José Revueltas ni Jaime Sabines ni Ru-bén Bonifaz Nuño y su respuesta, siempre directa, como todas las suyas, me dejó ver más sus diferencias que sus simpatías con estos autores que, a mi juicio, son tan protagonistas de la literatura mexicana como los veintitrés que agrupa en su libro, e incluso yo diría mucho más protagónicos que algunos de sus protagonistas.

Esto revela que los “protagonistas” o “principales” lo son según sea la valoración de quien los juzga. Son, en todo caso, “protagonistas” en su tiempo y no necesa-riamente en la historia de las letras mexicanas. ¿Quién diría hoy, en 2017, que Fernández McGregor, Artemio de Valle-Arizpe, Jiménez Rueda, Octavio g. Barreda y Ramón Rubín, por mencionar sólo cinco de los entrevistados por Emmanuel Carballo, son “protagonistas de la literatura mexicana”? Y, sin embargo, lo fueron. En su momento.

Pero para ser “protagonista de la literatura mexicana” parece indispensable ser “figura pública”, además de escritor principal. Figura pública como no lo es, por ejemplo, Gabriel Zaid, y como durante mucho tiempo no lo fue José Emilio Pacheco hasta que le cayó el enorme y merecido éxito internacional como una bendición y como una maldición.

Entre protagónicos y protagonistas

Es indudable que el concepto “protagonistas de la literatura mexicana” tiene sus escollos e inconvenientes y, en cuanto a su definición, se presta a equívocos. Si “protagonista” es quien desempeña el papel más destacado en cualquier hecho, es comprensible que los periodistas utilicen expresiones como la si-guiente: “Fulano y Mengano se hicieron de palabras y protagonizaron una riña.” En este ejemplo serían protagonistas de la violencia mexicana.

Por lo demás, se puede ser “protagonista de la literatura mexicana” por la trascendencia de la obra, sin necesariamente ser figura pública y, por ello, sin acceder a homenajes, como en el muy bien conocido caso de Zaid y el no menos emblemático de Vicente Leñero, ya fallecido. También se puede (y esto es frecuente) ser protagonista del medio literario (que no de la literatura), es decir, figura pública del ambiente literario, sin ser escritor principal o trascendente. Los hay también.

Aunque se preste a equívocos (de la pedagogía y la didáctica), para mí resulta claro que el ciclo de homenajes del inba está destinado a los “maestros de nuestras letras”, a los escritores consagrados de la literatura nacional, pues protagonistas de la literatura mexicana son también, en todo caso, los escritores jóvenes de México que descuellan, y vale decir, con anacronismo, que a sus treinta y tres años Ramón López Velarde no “calificaba” para el ciclo de los “protagonistas de las literatura mexicana”.

En conclusión, el ciclo de Bellas Artes se dedica a los autores más destacados de nuestras letras que, además, acceden y consienten a este trato protagónico público. Su objetivo es celebrar y reconocer las obras literarias realizadas y las trayectorias literarias consumadas, más que los protagonismos al margen de esas obras.

En mi papel de antagonista o, mejor aún, de simple actor de reparto de la literatura mexicana, tenía la encomienda de acompañar y celebrar, en dicho ciclo, a mi admirado amigo y escritor Felipe Garrido, de quien soy lector desde sus inicios y con quien me une, además de la literatura, la especial pasión por la lectura y, sobre todo, la devoción, si pudiéramos decirlo así, por la promoción y el fomento de la lectura. El buen pretexto era su setenta y cinco aniversario.

Este festejo debió darse el 19 de septiembre de 2017, pero el sismo que estremeció ese día a Ciudad de México lo impidió. Otro homenaje parecido se frustró en Oaxaca, días antes, a consecuencia del sismo del 7 de septiembre de este mismo año. De modo que el protagonista fue el sismo en ambos casos.

Felipe Garrido, a sus setenta y cinco años, es un autor de una obra consumada, y señal de ello es que el año anterior fue galardonado con el Premio Nacional de Letras, un premio que se entrega no a los jóvenes, sino a los maduros y a los viejos por su dilatada y destacada trayectoria en la literatura. En efecto, Felipe Garrido es un maestro de nuestras letras: un “hombre de letras”, como se decía antiguamente. Cuentista, ensayista, prosista, traductor y promotor apasionado de las letras y de la lectura, tiene también una larga historia como editor.

Ha trabajado en las más diversas casas editoriales privadas, y en el sector público aportó su experiencia en la Secretaría de Educación Pública (sep), donde tuvo a su cargo la emblemática colección SepSetentas, y en el Fondo de Cultura Económica, donde impulsó otra colección no menos importante: la Biblioteca Joven, que coeditó con el Consejo Nacional de Recursos para la Atención de la Juventud, el llamado crea.

Durante varios años también estuvo al frente de los Libros del Rincón, de la sep, proyecto editorial muy significativo de promoción de la lectura entre maestros y alumnos de la educación básica. Igualmente llevó a cabo múltiples antologías para los libros gratuitos conmemorativos del Día Nacional del Libro, el 12 de noviembre de cada año. Ha vivido entre libros y para los libros, y ha sabido combinar sus talentos y destrezas al servicio de los lectores.

Setenta y cinco años, cuatro décadas y contando

Nació en Guadalajara, Jalisco, el 10 de septiembre de 1942. Su primer libro de narraciones, Con canto no aprendido (1978), lo publicó en 1978, al cual siguieron La urna y otras historias de amor (1984), Garabatos en el agua (1985), La musa y el garabato (1992), Historias de santos (1995), Del llano (1999), La primera enseñanza (2002) y Conjuros (2011), entre otros. En su género preferido, el de los textos breves, el del cuento ceñido, el de las prosas narrativas sintéticas y precisas, Felipe Garrido es un maestro.

Ha publicado también múltiples libros para niños y jóvenes, en los que combina su destreza literaria y su enorme pasión por la promoción y el fomento de la lectura. Desde Tajín y los siete truenos (1982) hasta El co-yote tonto (1996), Racataplán (1998) y Lección de piano (2002), que están entre mis favoritos. Ha hecho adaptaciones para niños y jóvenes, como las que realizó con el Quijote, que acercan la lectura a quienes les aterra ese libro desmesurado y maravilloso.

En el ensayo literario le debemos, entre otros títulos, Tierra con memoria y otros ensayos (1990) y Voces de la tierra: La lección de Juan Rulfo (2004). En la crónica de viaje, Viejo Continente (1973) es un ejemplo espléndido de observación y evocación lírica. No olvido su premiada y hermosa traducción de Quizás, un relato (1984), de Lilian Hellman, autora a quien yo descubrí por este libro, para luego leer Tiempo de canallas.

Maestro de las letras y de la edición, Felipe Garrido ha ejercido su magisterio no sólo en la literatura, sino también en la iniciación de la lectura de muchas generaciones, en la formación de escritores y editores, en los talleres de apreciación y mediante la reflexión crítica sobre la cultura escrita.

Es también ensayista y promotor de la lectura, con quien me une la pasión de leer y la necesidad de buscar congéneres de lectura. Entre otras obras, en este tema que es obsesión compartida, ha publicado Cómo leer (mejor) en voz alta: Una guía para contagiar la afición a leer (1996), El buen lector se hace, no nace: Reflexiones sobre lectura y formación de lectores (1999), Para leerte mejor: Mecanismo de la lectura y de la formación de lectores capaces de escribir (2004, 2014) y La necesidad de entender: Ensayos sobre la literatura y la formación de lectores (2005).

No coincidimos siempre en nuestros conceptos, pero el punto central del interés mutuo lo constituyen el libro y la lectura, y en esto tenemos más coincidencias que diferencias. A pesar de las excepciones, y las decepciones, que nos contradicen, ambos creemos en el poder redentor de la lectura. Si no fuera por esto no tendríamos ninguna razón para desear que la lectura (y especialmente la lectura de buenos libros) sea una práctica habitual y placentera de todo el mundo.

Felipe Garrido, hombre de letras, conoce todos los procesos del libro y la lectura. Autor, editor, traductor, promotor, divulgador y maestro. Ha llegado a los setenta y cinco años respetado y apreciado en este mundo de las letras a veces tan intolerantemente hostil •

El hombre que fue Chesterton

El hombre que fue Chesterton

Un amplio catálogo de libros traza la veta polemista de un autor que siempre buscó que el lector pensara dos veces y se alejara de todo lugar común

FERNANDO SAVATER

El País

“Creo que es una verdad abstracta que cualquier literatura que represente nuestra vida como peligrosa y sorprendente es más verdadera que cualquier literatura que la represente como vaga y lánguida. Pues la vida es una lucha, y no una conversación” (G. K. Chesterton).

Uno de los empeños más evidentes de Chesterton (Londres, 1874-Beaconsfield, 1936) en casi todas las páginas que escribió es refutar la perspectiva moderna, pero de raíces clásicas, que describe el mundo con tintes lúgubres y pesimistas, un lugar donde incluso los goces sensuales y rebeldes están tocados por el ala negra de la desesperación. Para Chesterton la verdadera herejía moderna no es haber rechazado o ignorar a Dios sino rechazar o ignorar en qué consiste la alegría. No oculta su intención apologética, más bien blasona de ella hasta el punto que a veces su particular cruzada llega a hartar un poco incluso a quienes sentimos mayor simpatía por él. No es que predique con demasiado entusiasmo sino que su enorme entusiasmo sólo alcanza su cénit en el arrebato predicador. Pero no hay que confundir su actitud con una postura conformista que conjura los abismos de la existencia irreligiosa con abluciones de agua bendita. Al contrario, apuesta por la ortodoxia descartada en la era moderna pero desde una orilla trémula e incierta que tras un velo de humor resulta tan inquietante como el peor paganismo. No promete un futuro feliz para tranquilizarnos sino que precisamente nos inquieta por medio de él. Por decirlo con las mismas palabras con que describe la función de la buena poesía, “clama contra todos los mojigatos y progresistas desde las mismísimas profundidades y abismos del corazón destrozado del hombre, que la felicidad no es sólo una esperanza, sino en cierto extraño sentido un recuerdo y que somos reyes en el exilio”.

Cada línea, el escritor plantea una controversia. Leerle es participar en un torneo interminable

Es evidente que Chesterton es un escritor lleno de humor, a veces francamente cómico, que incluso diríamos que se pierde —o pierde el hilo de lo que está contando— por un buen chiste o una carambola verbal. Hasta cuando está hablando del tomismo medieval o del militarismo alemán puede ser sumamente divertido. Pero aun reconociendo esa infrecuente virtud, aunque lo leemos con una sonrisa perpetua en los labios y a veces con una abierta carcajada, también es cierto que al cabo de un rato de leerle nos sentimos más fatigados que si hubiéramos tenido entre manos el libro de un autor más aburrido. No trato de plantear una paradoja de apariencia chestertoniana y decir que los autores divertidos cansan antes que los aburridos: esta paradoja no es propia de G. K. Chesterton por la sencilla razón de que es falsa. Luego hablaremos de ello… Lo cierto es que hay una buena razón para que esa paradoja en general falsa sea en su caso verdadera. Y es que cada página, no cada página sino cada párrafo, no cada párrafo sino cada línea o línea y media de Chesterton plantea una polémica. Leerle es participar en un torneo interminable, en una batalla de esas que comienzan al alba y aún sigue entre mandobles y lanzadas cuando llega el crepúsculo. Al levantar con un suspiro la vista de la página que estamos leyendo, tenemos la imaginación llena de tópicos muertos, de evidencias destripadas, de creencias indiscutibles que han sido discutidas hasta que hemos dejado de creer en ellas y yacen yertas. Cada observación aparentemente inocente ha dado lugar a una refriega, cada certeza se ha disuelto en un pulso, cada perspectiva histórica vulgar ha sido arrastrada por las mulillas después de varias estocadas y el correspondiente descabello. El rato que leemos a G. K. Chesterton no estamos disfrutando del sillón en nuestro gabinete sino que hemos galopado en nuestro corcel de guerra por el campo de liza, que no en vano se llamó en tiempos “campo de la verdad”. No es extraño que de vez en cuando tengamos que descansar…

Antes dije que una paradoja falsa o artificiosa no pertenece al género que cultivó Chesterton, cuya maestría en ese campo le envidian incluso quienes le detestan y sobre todo los que pretenden sin éxito imitarle. Borges señaló perspicazmente que una característica de Oscar Wilde que suelen menospreciar hasta los que más festejan sus boutades y trallazos de ingenio es que por lo común además tiene razón. Algo semejante puede decirse del estilo pugnaz de G. K. Chesterton: no busca sobre todo sorprender o desconcertar (aunque es evidente que no le disgusta conseguirlo) sino hacernos pensar dos veces y desde un ángulo menos trillado lo que suponemos obvio… porque vemos a otros aceptarlo como tal. Cuando polemiza con escritores de talento a los que sin duda admira (Chesterton tenía buen ojo literario y nunca desprecia a un autor por no compartir sus ideas) se nota especialmente este tipo de chocante esgrima. Elijo un ejemplo entre mil. Como tantos otros antes o después que él, critica en el gran Rudyard Kipling su adoración del militarismo. Pero se distancia crucialmente de los demás en su argumentación, de acuerdo con su línea paradójica: “El mal del militarismo no es que enseñe a ciertas personas a ser feroces y altaneras y excesivamente belicosas. El mal del militarismo es que enseña a la mayoría de los hombres a ser mansos y tímidos y excesivamente pacíficos. El soldado profesional gana más y más poder a medida que decae el coraje de una comunidad. (…) Los militares ganan el poder civil en la misma proporción en la que los civiles pierden las virtudes militares”. Más adelante señala que nuestra época ha logrado a la vez “el deterioro del hombre y la más increíble perfección de las armas”, lo que ya era cierto en aquellos días y lo es mucho más en los nuestros. El complemento ideal de la beata admiración de los uniformes y la fanfarronería es el repliegue pacifista. Incluso quienes más veneramos a Kipling tenemos que asumir que este sesgo inusual del reproche usual que se le suele hacer es diabólicamente certero…

Fue un convencido de que mejoramos nuestra humanidad al reflejarnos en lo divino

Podríamos aducir otros muchos casos en que Chesterton, cuando aparta la vista de los elfos y los gerifaltes de antaño, señala con penetración las grietas de la modernidad. A la fascinación del cine le opone que propicia errores irrefutables, sobre todo en materia histórica: cuando alguien escribe disparates en un libro siempre salen otros diez o doce escritores que señalan sus fallos, pero nadie hace otra película para enmendar las equivocaciones filmadas. Es más, los que ven películas no suelen leer además libros para conocer las mentiras de la pantalla, hasta tal punto —señala G. K. Chesterton— que la palabra “pantalla” cobra el extraño sentido de lo que encubre y disimu­la. ¿Qué hubiera dicho ante el actual imperio de la pantalla digital y sus embelecos? También la creciente idolatría de la naturaleza, que ya apuntaba en su tiempo en la aplicación del darwinismo a la moral y en el nuestro en la psicología evolutiva o la ecología, le mueve a reflexiones oportunas: “Basarse en la teoría evolutiva permite ser inhumano o absurdamente humano, pero no humano. Que tú y el tigre seáis lo mismo puede ser un motivo para ser amable con el tigre. O para ser tan cruel como él”. En cuanto a sus ideas políticas, la fundamental para él era la democracia y la entendía del mejor modo posible: “He ahí el primer principio de la democracia: que lo esencial en los hombres es lo que tienen en común y no lo que los separa”. Aún no se había puesto de moda lo de que la mayor riqueza humana es la diversidad y quincalla intelectual semejante…

Chesterton fue un decidido humanista pero convencido de que mejoramos nuestra humanidad al reflejarnos en lo divino. En una vida no excesivamente larga pero muy fecunda escribió narraciones, poemas, piezas teatrales, ensayos y artículos. También unas estupendas biografías, que nada tienen que ver con el puntillismo académico que levanta sesudo inventario de la frecuencia de los alivios intestinales de los personajes estudiados y miserias parecidas. En las suyas, de escritores, santos o artistas, Chesterton realiza a mano alzada un retrato del alma de su biografiado, es decir de aquello que le hizo único y que justifica nuestro interés por su vida. También su memorable autobiografía sigue el mismo criterio. En España tenemos la suerte de contar desde hace décadas con múltiples ediciones de la mayor parte de la obra de G. K. Chesterton. Acantilado ha editado varias, entre ellas últimamente un volumen de Ensayos escogidos seleccionados por W. H. Auden que recomiendo a quienes quieran conocer esta faceta del autor, distinta a su habilidad como articulista. Y Renacimiento se lleva la palma, con un amplio catálogo que incluye todos los géneros: su publicación más reciente reúne lo mejor que escribió G. K. Chesterton para celebrar la Navidad, una fiesta religiosa y popular, con abundante tradición gastronómica y llena de ilusiones mágicas, que se celebra en familia y disfrutan (¡o disfrutaban!) sobre todos los niños…En una palabra, hecha para gustar al gigante feliz.

Entre Sor Juana y una Moleskine

Entre Sor Juana y una Moleskine

Inundación cartálida, la revista del Claustro reúne textos, firmas y temas que ayudan a poner sobre la mesa una reflexión sobre las dos grandes revoluciones sociales del siglo XX

JORGE F. HERNÁNDEZ

El País

Carmen Beatriz López Portillo Romano lleva una ejemplar trayectoria al timón de la Universidad Claustro de Sor Juana y hace un año, en la pasada Fil, su eficiente equipo de colaboradores lanzaron la revista Inundación Castálida, que ahora cumplió su primer aniversario con un número dedicado al Centenario de la Revolución Rusa. Bellamente impresa y diseñada, la revista del Claustro hace eco de su título en la afortunada reunión de textos, firmas y temas que ayudan a poner sobre la mesa la reflexión que quizá nos haga mejores a todos: ¿qué fue de las dos grandes revoluciones sociales con las que amaneció el siglo XX? ¿A dónde fue a dar la Revolución Mexicana y en dónde quedó la Rusa? Inundación Castálida inicia la conversación con un luminoso texto de Trotsky sobre Stalin, un bello mural de prosa en crónica del inmenso Juan Villoro y una valiosa declaración sobre Stalin como “Rey del Photoshop” escrita por el admirable Paco Ignacio Taibo. Para cerrar con broche de oro la celebración de la revista (cuya totalidad de artículos no me cabe aplaudir aquí por nombre y título) habló con su sonrisa Elena Poniatowska y Fernando Rivera Calderón cantó nada menos que SorJuanga, éxito instantáneo donde se funden en una sola nota la monja barroca con el bardo de Juárez: castálida inundación, nada más y nada menos.

Por la mañana, María Luisa Capella y Juan Carlos Chirinos se encargaron de celebrar en el pabellón luminoso de Madrid, a la Villa del Oso y del Madroño como Ciudad abierta, con la evocación de los versos y la permanencia de la sombra del gran Tomás Segovia en las calles y cafés, en las páginas y en las personas que jamás lo olvidaremos o bien, los enloquecidos personajes venezolanos que han deambulado por Madrid en prosa imaginativa que platica como escribe el gran Chirinos, que de vez en cuando visita el Zoo de Madrid para hablar con los osos que le son paisanos, incluyendo los del madroño.

Para cerrar el día, Moleskine celebró a lo largo de la semana el milagro de reunir a medio centenar de escritores, dibujantes, ilustradores, diseñadores y poetas entre las páginas de una hermosa libreta, de esas con liga y bolsita al final. El experimento se filmó en video y circulará como libro de arte, con los dibujos y párrafos instantáneos, la escritura automática, la ilustración al vuelo, las palabras que salen de su reposo precisamente convocadas por la Bella Moleskine, capaz de hacer bailar a los dibujantes y de provocar suspiros entre los escritores por la belleza de sus variedades, por las hojas como páramos intactos de nieve o cuadrículas como andamiajes para todas las anotaciones y ocurrencias que han de convertirse en cuentos, crónicas, novelas o dibujos, diarios e íntimas imágenes a lápiz, acuarelas o colores de los personajes y proyectos que nos inundan la imaginación y nos nutren la memoria con todo eso que se llama ilusión… o esperanza.

Roger Bartra, profeta en la FIL

Roger Bartra, profeta en la FIL

La Feria del Libro del Guadalajara homenajea al autor de ‘La jaula de la melancolía’, un ensayo clave para entender la identidad mexicana moderna

JACOBO GARCÍA

Guadalajara, Jal. México

El País

En la Feria del Libro de Guadalajara se homenajea cada día a un escritor pero pocas veces es posible hacerlo en el mismo lugar y a la misma hora a cinco a la vez: el filósofo, el periodista, el antropólogo y hasta el neurólogo Roger Bartra (Ciudad de México, 1942).

Con motivo de sus 75 años de vida y a 30 de la publicación de La jaula de la melancolía, el Fondo de Cultura Económica homenajeó a una de las mentes más clarividentes del país, profesor en varias universidades de México y Estados Unidos y autor de una decena de obras, entre ellas uno de los libros que mejor ha retratado la identidad local: La Jaula de la melancolía (1987) una reflexión sobre el alma mexicana que disecciona con un bisturí hasta encontrar en el fondo de la misma un extraño anfibio: el ajolote.

“Bartra es una mezcla de teórico marxista con veleidades críticas, politólogo e historiador de las mentalidades”, lo definió durante su homenaje el académico José María Espinosa, quien trabajó con Bartra en los años noventa cuando era jefe del suplemento cultural del periódico La Jornada. “Bartra está muy distanciado del intelectual que mira de forma aséptica”, dijo al recordar que a lo largo de tantas décadas de trabajo “no ha sucumbido a la tentación de convertirse en intelectual a sueldo de un partido”.

Para Espinosa, en sus libros “Bartra deja que los mitos hablen a través de sus síntomas, pero sin abandonar su condición de mito. En el siglo XIX hubo muchos libros sobre la caza de ballenas pero solo un Moby Dick” ejemplificó en referencia a otras de sus dos grandes obras: El salvaje en el espejo y El salvaje artificial. “El salvaje de Bartra es también el arponero malayo cubierto de tatuajes que va tras la ballena. El tatuaje es un símbolo de salvajismo que concentra sofisticación, pero en Bartra el salvaje moderno cae en la melancolía” detalló.

No ha sucumbido a la tentación de convertirse en intelectual a sueldo de un partido

Su traductor, Nick Caistor, recordó el día que descubrió a Bartra gracias a su libro Las redes imaginarias del poder político (1996). “Me impresionó por la nitidez de la prosa, la claridad del pensamiento y la originalidad en la búsqueda de respuestas a un mundo que cambia de manera vertiginosa” recordó.

“Su estilo empieza con una constatación bastante simple, pero después elabora el significado de la idea y va anotando las objeciones para envolverlas en un pensamiento crítico”, resumió el inglés, quien actualmente traduce su ensayo El salvaje artificial (1997) dedicada a Julia Pastrana, una original mujer conocida como la mujer mono.

Según Caistor, “Bartra es capaz de mantener profundas conversaciones con los maestros de Oxford y Cambridge” y lo definió como una combinación de tres elementos: el volcán Popocatépetl, el ajolote y la desdichada Julia Pastrana-. “Así que cuando vean el rostro afable de este hombre sepan que hay dentro de él un mundo de monstruos e ideas peligrosas” ironizó.

Llegado el momento de las conclusiones Bartra tomó la palabra y comenzó con un guiño de modestia tan cercano a su personalidad. “Voy a hablarles y me perdonarán que el tema sea yo mismo”, dijo ante las risas de los asistentes.

“He ejercido la arqueología, la antropología, el periodismo, la economía, la historia y una variante de la neurología” dijo sobre su prolífica carrera. “¿Y cuál es el hilo conductor entre todos estos oficios?, la coexistencia en una sola estructura de fenómenos diferentes y opuestos conformando una única estructura” se respondió. “He trabajado la identidad como un híbrido compuesto de esferas muy diferentes” y ejemplificó su carrera “como una puerta que abre el muro que separa el infierno científico y la belleza o la verdad científica contra el mundo artístico”.

“Nací en México y soy hijo de catalanes que huyeron del fascismo. Tengo una dimensión latina y otra europea y esto es un problema y una bendición que tal vez explique los estigmas que arrastro en mi obra”, se definió.

El 2018 revive las novelas políticas de Luis Spota

El 2018 revive las novelas políticas de Luis Spota

El fallecido escritor superventas, distanciado de los intelectuales, vive un segundo aire con la reedición de ‘La costumbre del poder’

Guadalajara,Jal. México

ElPaís

Luis Spota describe en el arranque de su novela Palabras mayores el momento en el que Aurelio Gómez Anda, un presidente ficticio de México, da a Víctor Ávila Puig, su ministro de Industria y Desarrollo, el permiso —que en esos labios suena más a una orden— de buscar la presidencia. Spota describe una escena que todo aficionado a la política en México ha imaginado en su mente, siguiendo la tradición de la sucesión impuesta por el PRI. La secuencia descrita por el autor hace más de 40 años suena tan vigente que el lector podría pensar que ocurrió recientemente en los despachos de Los Pinos de cara a las elecciones de 2018.

Y no es equivocado. Los comicios presidenciales del próximo verano han dado nueva vida a la obra cumbre de Spota, La costumbre del poder, compuesta por las seis novelas políticas que fueron publicadas en un lustro: Retrato hablado (1975), Palabras mayores (1975), Sobre la marcha (1976), El primer día (1977), El rostro del sueño (1979) y La víspera del trueno (1980). Esta obra inicia con la creación de una poderosa oligarquía, el Grupo Olid. Las novelas consecuentes acompañan a un ministro en su búsqueda por el poder de un país ficticio, pero que suena familiar a todo lector. La saga concluye con el desastroso Gobierno de un presidente que había despertado grandes esperanzas y que perdió el rumbo en medio de la adulación extrema y el servilismo de una burocracia ambiciosa e inútil.

Desde el más humilde conductor de autobuses hasta el presidente de la República integran mi nómina de lectores

LUIS SPOTA, EN 1981

El artífice del regreso literario de Luis Spota, fallecido en 1985, es el poeta Jaime Labastida, director de la editorial Siglo XXI. El editor coincidió con un hombre durante un vuelo hace algunos meses. “Se dedicaba al análisis político y daba clases a algunos políticos”, cuenta Labastida, hermano del candidato presidencial del PRI que perdió la presidencia en el año 2000. Este consultor le comentó que las novelas políticas de Spota estaban entre las lecturas que dejaba a sus clientes. “Ya no las encuentro… ya no están en las librerías de viejo ni en cartelera”, le dijo al editor. Esto sorprendió a Labastida.

Spota había sido un superventas en los años 70 y 80. “Desde el más humilde conductor de autobuses hasta el presidente de la República integran mi nómina de lectores”, dijo Spota a manera de presentación en noviembre de 1981 en Madrid. Con Casi el paraíso, que será llevada al cine por Gaz Alazraki próximamente, superó el millón de ejemplares vendidos. Sus obras políticas también fueron muy vendidas a pesar de que su estilo fue calificado por críticos literarios como Emmanuel Carballo de “chapucero” y “de lenguaje burdo”.

No obstante, Palabras mayores alcanzó 21 reediciones en 1978 y otros libros de la serie habían rozado también las 20 reediciones. En 1979, Juan Rulfo dijo a este periódico en una entrevista lo complejo que era vivir de la ficción en México. “Fuera de dos o tres escritores, como Luis Spota o algún otro, viven de la literatura, nosotros tenemos que vivir de algún trabajo”, dijo quien hoy es considerado un titán de las letras mexicanas, mientras que Spota ha caído casi en el olvido.

El comentario del analista político llamó la atención a Labastida. El poeta buscó días después a Elda Peralta, la segunda esposa del escritor, para preguntar sobre los derechos de las novelas. “Era insólito que estuvieran libres”, dijo Labastida. Una nueva lectura a La costumbre del poder revela su vigencia. “Es de una enorme actualidad”, agrega el editor desde la FIL, donde ha presentado la colección. “Spota no hizo ninguna concesión. No tuvo piedad al retratar a los poderosos a pesar de haber sido amigo personal de los presidentes de la República”.

A pesar de su negativo retrato de la política, la imagen de Spota quedó manchada precisamente por su cercanía con el poder. A lo largo de una fructífera carrera que produjo más de una veintena de novelas y más de 60 guiones, Spota siempre tuvo una tirante relación con los intelectuales, a los que consideraba oportunistas, neuróticos y flojos. Un punto de quiebre sucedió en 1972 cuando publicó La Plaza, una novela basada en el movimiento estudiantil y la matanza de Tlatelolco del 2 de octubre de 1968. Spota pensó una estructura coral incluyendo fragmentos de otros periodistas y escritores como Carlos Monsiváis, Elena Poniatowska, Luis González de Alba y María Luisa Mendoza.

El resultado no gustó a los autores porque les parecía que restaba responsabilidad al Gobierno de Gustavo Díaz Ordaz. “Contiene un juicio crítico tanto del Gobierno mexicano como del movimiento estudiantil, fraguado el 23 de julio de 1968 y que resultó manipulado desde diversos frentes por los comunistas y por la CIA”, explicó el propio Spota en la presentación del libro en España. Lo que el autor presentó entonces en Madrid fue la reescritura de la obra. Los autores iniciales retiraron sus fragmentos cuando vieron la primera edición.

El retorno de La costumbre del poder también permite ver a Spota bajo una nueva luz. La politóloga Soledad Loaeza explicó en un ensayo en Nexos el éxito editorial que Spota tuvo entre la clase media mexicana de los años setenta. La académica considera que los libros eran un “sustituto de explicación” en una época donde la información política era escasa y estaba completamente controlada por el Gobierno. Los tiempos han cambiado mucho. Las generaciones más jóvenes tendrán que formarse una idea propia de la literatura de Luis Spota en un mundo en el que diariamente ven las miserias de la política.

La conversación de los libros

La conversación de los libros

Javier Aranda Luna

La Jornada

En estos días de muros e intolerancias, de violencia y penuria, la fiesta de la palabra que es la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara tiende puentes entre los diversos y esa trenza de muchas hebras nos permite saber que con el libro podremos decirnos y decir con el poeta León Felipe: ganarás la luz.

Los libros son nuestro disco duro, nuestra memoria ampliada, nuestra interfaz que nos une con lo que pensaron, imaginaron, descubrieron los mejores de nosotros.

En la actualidad, gracias a la Internet tenemos acceso a un universo de información cuyos límites ni siquiera imaginamos y en los que más se escribe y más se lee aunque se lea a trompicones y se escriba en prosa tartamuda.

Pero a pesar de esa accesibilidad digital casi infinita en materia de lectura, los puntos de encuentro como las ferias del libro siguen entusiasmando a miles de personas. Y tal vez gusten a tantos porque frente a la página digital, uniforme y perfecta, la impresión análoga, y con defectos de tinta, o encuadernación, humanicen a los libros. Ninguna página digital superará al crujir del papel al pasarlo con los dedos, ninguna pantalla alcanzará la textura del impreso ni su temperatura.

La asistencia de escritores y grupos musicales que participan en las ferias del libro también son parte de su poder concentrador.

En medio siglo sólo quedarán en el mundo 10 grandes universidades de educación superior según el doctor Sebastian Thrun de la Universidad de Stanford. Para él, el futuro de la educación será la creciente enseñanza gratuita en línea.

La mayor oferta de universidades en línea confirma lo anterior pero estoy seguro que, en medio siglo, los libros seguirán circulando entre nosotros en su presentación habitual. Por su resiliencia al maltrato y los accidentes y porque ningún adelanto tecnológico ha podido superarlos: su autonomía energética es insustituible y su diseño no ha sido superado por los famosos e-book.

Sin embargo sorprende un poco saber que esta feria, la más importante del mundo en lengua española, se encuentra en un país que no es precisamente una potencia en materia de lectura.

Pero no debería sorprendernos. Una cosa es fomentar la lectura y otra vender libros. Una cosa es comprar libros y otra leer. Algo similar ocurre con la comida: no todo el que adquiere comestibles se los come (con las tortillas completas que se tiran un día a la basura se podrían levantar dos torres latinoamericanas). Tampoco no todo lo que se encuentra en el mercado, aunque se coma, es buen alimento.

Como sea, frío y digital, tibio y áspero en ocasiones, el libro es uno de los objetos de referencia del hombre. Sea el libro de superación en turno o La divina comedia.

Hace 500 años la Reforma protestante inició la más grande cruzada en favor de la lectura a nivel masivo. No más la lectura fundamental del cristianismo sólo para unos cuantos. No más las interpretaciones de un grupo de obispos sobre un libro que se convirtió en la patria de muchos.

Y esa reforma cultural más que meramente religiosa no fue cualquier cosa: la lectura libre fomentó la crítica y abonó el germen de la democracia.

Una feria es un gran mercado pero también es una fiesta, un punto de encuentro para divertirse, para celebrar, para iniciar una conversación.