De fiesta en Los Altos chiapanecos

Cinexcusas

Luis Tovar

La Jornada Semanal

De fiesta en Los Altos chiapanecos

En la zona conocida como Los Altos de Chiapas se ubica el municipio de Chenalhó, de cuya existencia nada, o casi, se sabía antes del levantamiento armado neozapatista de 1994; sobre todo, a nivel nacional e internacional se habló de este rincón chiapaneco debido a que, tres años después del surgimiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, a finales de 1997, en la pequeña localidad de Acteal fueron masacrados cuarenta y cinco habitantes, todos tzotziles, un crimen que hasta la fecha sigue pendiente de ser aclarado suficientemente.

Alrededor de dos décadas más tarde, las heridas colectivas aún abiertas manifestaban su dolor, entre otras formas, en la paulatina, creciente y lamentable desunión y hasta pugna entre los pobladores del municipio entero, y que en la cabecera de San Pedro Chenhaló se hizo patente en el repudio popular a la presidenta municipal de aquel entonces, una política verdequesquecologista de nombre Rosa Pérez Pérez, en cuyo accidentado período de gobierno, de acuerdo con la opinión general de quienes según ella gobernaba, las fiestas tradicionales dejaron de celebrarse a consecuencia de tanta inestabilidad política y social, así como a el nulo auspicio municipal y la inexistencia de unas condiciones adecuadas para que dichas fiestas pudieran realizarse sin riesgos.

Muy poco de lo antedicho es mencionado en K’in Tajimoltic, cortometraje documental producido y dirigido por Óscar León Ramírez en 2020, pero resulta utilísimo para comprender con la necesaria amplitud el fenómeno del que la película deja registro: la recuperación de una fiesta de juegos –esa sería la traducción al español del título–, un carnaval que año tras año, salvo la mencionada interrupción, se ha celebrado en torno al día de San Sebastián, claro está, en virtud del sincretismo religioso y cultural que caracteriza prácticamente a todas las festividades de importancia idoisincrásica en todo el territorio nacional y que, en Chiapas, cobra una relevancia particular.

Así pues, de lo que K’in Tajimoltic habla, en la propia voz de sus protagonistas, es de cómo una de sus tradiciones más caras fue recuperada apenas hace un par de años. Son los pasioneros –que serían el equivalente de los mayordomos en otras regiones, y en ambos casos los responsables de que la fiesta se lleve a buen término–, así como hombres y mujeres, viejos y jóvenes que desempeñan distintos roles en esta tradición, quienes refieren de qué se trata; qué cosa se hace y quién se encarga de hacerla; qué se come y se bebe pero, sobre todo, los chenalhenses explican por qué para ellos ha sido fundamental recuperar, y proponerse no volver a perder, lo que con toda conciencia por su parte es un factor de cohesión social, en cuya ausencia el bienestar colectivo es difícil, cuando no francamente inaccesible. Asimismo tienen bien claro que la interrupción y puesta en riesgo de la permanencia a futuro de su tradición, se debió a la nociva intervención de entes políticos ajenos.

En armonía feliz con su cometido fímico, las imágenes y los sonidos de K’in Tajimoltic son una verdadera fiesta: es poco lo que se explica y más lo que se intuye al ver –y así está bien, para que la película no caiga en didactismos rutinarios tipo National Geographic–, entre muchos otros, el momento en que dos guajolotes son decapitados, para luego usar sus cuerpos en un ritual muy peculiar, ya místico, ya juguetón, o la presencia múltiple de los toritos, fuegoartificiales o no, que animan unas callejeadas que duran días o, en fin, eso que los anglocolonizados sólo saben llamar body paint y que, para la cultura tzetzal, son parte de sus costumbres ancestrales.

A propósito de los mencionados anglointervenidos, es imposible no pensar cuánto bien les haría ver y, si el seso les da, hablar de un filme como K’in Tajimoltic, que con sus pocos minutos de pietaje tiene más miga que dos o tres gringadas de las que ahora nadie deja de perorar, como cada año, por culpa de Oscarito.

 

Esta entrada fue publicada en Mundo.