Elizabeth Bishop (1911–1979) figura destacada de la poesía en habla inglesa a mediados del siglo XX

Un lenguaje nuevo y extrañamente vivo

Entrevista con Elizabeth Bishop

Alexandra Johnson

 

¿Por qué escribe poesía? ¿Qué hay en ello, como género, que la atrae sobre otras formas de escritura?

–Bueno, ¿quién puede saberlo realmente? Comencé cuando era muy pequeña, a los ocho años. De niña permanecía muy aislada y quizá la poesía era mi forma de familiarizarme con lo que veía a mi alrededor. Probablemente muchas cosas contribuyeron a ello. Por ejemplo, mi abuela de Nueva Escocia era una gran cantante de alabanzas. Crecí con esos sonidos y, de hecho, todavía tengo cientos de ellos flotando alrededor de mi cabeza. Mi tía, como tantos victorianos, pertenecía al club de poesía del pueblo y me recitaba bastantes poetas destacados: Longfellow, Browning, Tennyson. Así que, obviamente, memoricé muchos poemas y pronto se convirtieron en una parte inconsciente de mí.

La poesía siempre me ha parecido la forma más natural de decir lo que siento. Nunca pretendí “ser” poeta, como creo que se propone la gente actualmente. Nunca quise pensar en ninguna etiqueta. Es mucho más importante seguir escribiendo poesía que pensar en uno mismo como un poeta cuyo trabajo consiste en escribir poesía todo el tiempo. ¿Qué hacen esas personas durante esos largos períodos infértiles? La poesía debe ser lo más inconsciente posible.

 

Para usted ¿un poema comienza con un sonido, una imagen o una idea?

–Es distinto en cada poema. Algunos poemas comienzan como un conjunto de palabras que no se sabe muy bien a qué corresponden, pero se acumulan con el paso del tiempo y se convierten en líneas, y entonces ves surgir algún patrón. A veces una idea me persigue durante mucho tiempo, aunque los poemas que inician como ideas son mucho más difíciles de escribir. Es más fácil cuando surgen con un conjunto de palabras que suenan bien y no tienen mucho sentido, pero que acaban revelando su propósito. De nuevo, la cualidad inconsciente es muy importante. No hay que preguntarle a un poema qué quiere decir, hay que permitir que te lo diga.

 

¿Cuánto tiempo permanece un poema en su cabeza antes de plasmarlo en papel?

–De diez minutos a cuarenta años. Una de las pocas buenas cualidades que creo tener como poeta es la paciencia. Tengo una paciencia infinita. A veces creo que debería enfadarme conmigo misma por estar dispuesta a esperar veinte años a que un poema esté concluido, aunque no creo que un buen poeta pueda permitirse tener prisa.

 

Una cosa que me encanta de su poesía es su capacidad para transformar lo ordinario en extraordinario, para hacernos mirar una y otra vez lo familiar. ¿Es un efecto consciente de su parte?

–No intento hacer nada concreto en mi poesía, salvo complacerme a mí misma. El mayor desafío, para mí, es tratar de expresar pensamientos difíciles a través de un lenguaje sencillo. Valoro la claridad y la sencillez. Me gusta presentar ideas complejas o misteriosas de la forma más sencilla posible. Es una disciplina que muchos poetas no consideran tan importante como yo. La complejidad, creo, a menudo oscurece el pensamiento desordenado o al verso que se enmascara como poesía. Si la poesía no es rigurosa, probablemente el ojo que observó o la mente que tradujo la experiencia carecían de cierta disciplina.

 

Uno siente que no está observando un objeto por primera ocasión, sino volviendo a él una y otra vez para captar su “otredad”. ¿Quisiera decirnos algo al respecto?

–Soy muy objetual. Los críticos han escrito a menudo que escribo más sobre cosas que sobre personas. Esto no es consciente de mi parte. Sólo intento ver las cosas con otros ojos. Una cierta curiosidad por el mundo que nos rodea es una de las cosas más importantes de la vida. Está detrás de casi toda la poesía. Soy muy aficionada a la pintura y eso puede explicar parte de mi interés por observar las cosas de manera atenta. Mis tías dibujaban y pintaban a la acuarela y esto pudo haber influido sutilmente en mí. De hecho, a menudo desearía haber nacido pintora en lugar de escritora.

¿Qué fuentes la alimentan?

–Inspiración es una palabra muy curiosa. Cuando vivía en Brasil, tenía un estudio en la ladera de una montaña que daba a una cascada y a un pequeño estanque que había abajo. Alrededor había una mata de bambú. Cuando venían visitantes, muchos de los cuales nunca habían leído ni una sola línea de lo que yo había escrito, señalaban el bambú y decían: “¡Así que de aquí obtienes la inspiración!” En algún momento pensé en colgar un cartel en el bambú que dijera: “Inspiración”. Esa cosa misteriosa que llamamos inspiración no es tan fácil de precisar. Pero eso es lo extraño y maravilloso de escribir poesía: nunca puedes predecir dónde, cuándo o incluso por qué algo te mueve a escribir un poema. A eso me refería cuando dije que un poema tiene muchas formas. Un poema puede estar inspirado en cualquier cosa que ocurrió hace veinte años, pero hasta que no lo escribo puede que no me haya dado cuenta de que en ese entonces me conmovió mucho. Me parece que hay que confiar en que el ojo y la mente están registrando constantemente, y hay que tener la paciencia necesaria para que revelen lo que han atendido…

 

Sus poemas emplean numerosas imágenes de mapas y geografía. ¿Podía decirnos por qué?

–Bueno, la familia de mi madre vagaba mucho y les encantaba ese extraño mundo de los viajes. El poema inicial de mi primer libro se suscitó cuando estaba sentada en el suelo, una Nochevieja en Greenwich Village, después de graduarme en la universidad. Estaba mirando un mapa. El poema se escribió solo. La gente dirá que corresponde a alguna parte de mí de la que entonces no era consciente. Puede que sea cierto.

 

Geography III, en parte, se ocupa de la búsqueda y definición del hogar. ¿Escribir poesía es su forma de encontrar o tener ese hogar?

–Resulta curioso que muchos de esos poemas los escribí cuando decidí irme de Brasil, donde viví mucho tiempo. Esto puede haber contribuido a esa sensación. Nunca me sentí especialmente sin hogar, pero tampoco me sentí particularmente en casa. Creo que esto describe muy bien la percepción de hogar de un poeta. Lo lleva dentro…

 

Usted se ha resistido a casi todas las tentaciones a las que ceden hoy tanto los buenos como los malos poetas, como la poesía confesional u oscuramente estructurada. ¿Siempre tuvo una verdadera noción de su voz poética?

–No, este tratamiento me preocupaba mucho y me sigue preocupando. En mi primer libro, me inquietaba que ninguno de los poemas coincidiera, que no hubiera un tono discernible. Experimenté lo mismo para todo lo que hice. Pero, al parecer, se trata de una voz coherente. Estoy agradecida y asombrada de oírla.

 

Sin embargo, en casi todos los poemas se oye la voz apacible y firme de Elizabeth Bishop. ¿Ocurre esto de forma natural?

–Bueno, no me siento tranquila, ¡pero es reconfortante oírlo! Nunca pienso en ningún tono cuando escribo. Simplemente surge, supongo…

 

Una última pregunta: ¿Qué cualidad debería tener todo poema?

–Conmoción. El tema y el lenguaje que lo transmite deben asombrar. Debe perturbarlo ver algo nuevo y extrañamente vivo.

 

Traducción de Roberto Bernal.

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