Borges: “soy un simple hombre de letras”

Borges: “soy un simple hombre de letras”

Entrevista

Patricia Marx y John Simon

 

Inició como poeta y ensayista, y sólo después de una grave enfermedad comenzó a escribir cuentos. ¿Qué forma de escritura aprecia más?

–Supongo que todas son formas parecidas. De hecho, no sé qué voy a escribir y de qué forma, ya sea un artículo periodístico, un ensayo, un poema en verso libre… Sólo lo sé cuando tengo en la cabeza la primera frase. A partir de esa primera frase se produce una especie de patrón que me lleva al ritmo exacto. Después, sigo adelante. Pero no hay ninguna diferencia esencial, al menos para mí, entre escribir en verso y escribir en prosa.

 

De modo que construye forma y contenido durante el proceso creativo…

–Así es. Cuando siento que estoy escribiendo algo, camino al silencio, trato de escuchar. Después algo se asoma. Hago lo que puedo para manipularlo, para manejarme a mí mismo. Entonces, cuando ese algo sucede, escribo. Trato de evitar la buena escritura, el oropel, ese tipo de cosas… creo que es un error. A veces sucede, otras veces no, todo está a merced del azar.

 

Esto es la inspiración…

–Inspiración… qué palabra tan ambiciosa…

 

¿Este proceso, por llamarlo así, es un hecho cotidiano, normal en su vida?

–No. Hay períodos de aridez en los que no pasa nada. Son momentos reales. Cuando pienso en mí mismo completamente exhausto, sin nada más que escribir, sé que algo está ocurriendo dentro de mí. A su debido tiempo, ese algo saldrá a la luz, y haré todo lo posible para atraparlo. Pero no hay nada místico en esto: casi todos los escritores hacen lo mismo, supongo.

 

Sin embargo, a diferencia de todos los demás escritores, usted no parece hacer distinciones entre la realidad y la ilusión.

–¿Cómo podría hacer distinciones? Quiero saber si somos reales o irreales. De esto han discutido los filósofos en los últimos tres mil años: no me corresponde a mí decidir. Decir que una “cosa” es “irreal”, resulta una contradicción en estos términos. Si puedo hablar o soñar con algo, bueno, eso es real. A menos que por “real” nos refiramos a otra cosa. No veo cómo pueden existir cosas irreales. Hamlet no es menos “real” que Lloyd George.

 

Usted siempre fue atraído por la literatura
fantástica…

–Sí, me fascina la literatura fantástica. Pero, de hecho, lo que llamamos fantástico es real, es un símbolo real. Si escribo una historia fantástica, escribo algo que representa mis emociones, mis pensamientos, que son reales, quizá más reales que la simple realidad circundante. Después de todo, las circunstancias pasan y los símbolos permanecen. Los símbolos son persistentes. Si escribo sobre una esquina en Buenos Aires, esa esquina, por lo que sé, podría desaparecer. Pero si escribo sobre laberintos, espejos, de la noche, del miedo, del mal, esas cosas son eternas, siempre están con nosotros. En cierto modo, un escritor de textos fantásticos escribe cosas mucho más reales que la mayoría de los periodistas. Cuando escribimos sobre lo fantástico, nos alejamos de nuestro tiempo para escribir sobre cosas eternas. Hacemos nuestro mejor esfuerzo para estar en la eternidad.

 

¿Siente alguna afinidad con Pirandello?

–Pirandello me gusta muchísimo. Me refiero a ese juego entre actores y espectadores. Sin embargo, creo que él no lo inventó. Ese juego lo ves en Cervantes: algunos personajes del Don Quijote se burlan del narrador. Ahí está el mismo juego.

 

En cambio, ¿qué piensa de E. T. A. Hoffmann y el romanticismo alemán? ¿No tiene algún vínculo con esos ambientes?

–Hice uso de todos mis medios para admirar a Hoffmann, saliendo siempre derrotado. Lo considero un irresponsable. Y, al mismo tiempo, no parece muy divertido. Por supuesto, Lewis Carroll también es irresponsable: pero él me atrae, mientras que Hoffmann no. Pero esto podría ser un error personal, una especie de herejía.

 

¿Qué entiende por irresponsabilidad
en
 Hoffmann?

–Acumulación de agonía. Recuerdo que cuando le preguntaron a Poe si su noción del horror provenía del romanticismo alemán, respondió: “El horror no pertenece a Alemania, sino al alma.” Supongo que su vida era lo suficientemente horrible como para no tener que buscar el horror en los libros.

 

Usted dijo que el propósito de su escritura es “aprovechar las posibilidades literarias de la filosofía, o de los sistemas filosóficos”.

–Muchos piensan en mí –y estoy agradecido, que quede claro– como en un filósofo, un místico. La verdad es que aunque encuentro lo real bastante desconcertante –y paradójico–, no me considero un filósofo. Algunos creen que practico la cábala o que estoy comprometido con el idealismo y el solipsismo, porque escribo sobre ello en mis libros. De hecho, yo sólo estaba tratando de averiguar qué podía hacer con estos temas. Sentí una cierta afinidad, es obvio. Pero estoy demasiado confundido para comprender quién soy y dónde pertenezco, si por lo menos soy un idealista. Soy un simple hombre de letras.

–¿Tiene una religión personal?

–No, pero espero tener una. Por supuesto, puedo creer en Dios, en el sentido que le otorgó Matthew Arnold: algo que produce en nosotros la idea de la rectitud. Pero supongo que se trata de un pensamiento oscuro. En cuanto a un dios personal, bueno, no me gusta pensar en Dios como una persona, a pesar de que amo a muchas personas y asumo que yo mismo soy una persona. Pero no creo que me interese un dios que se ocupa de lo que estoy haciendo. Prefiero pensar en Dios como un aventurero –en los términos en que los pensaba H. G. Wells– o en algo que está dentro de nosotros para un propósito desconocido. No creo que pueda creer en el Día del Juicio, en las recompensas y los castigos, en el cielo y el infierno. Creo que soy totalmente indigno del cielo y del infierno, pero también de la inmortalidad. Si hay vida después de la muerte, no me gustaría saber nada de Borges y de sus experiencias en este mundo.

Quizá en una reencarnación no le desagradaría ser un lector de Borges…

–Bueno, espero un mejor futuro literario…

 

Cuénteme algo de Rainer Maria Rilke.

–Tengo la sensación de que está sobrevalorado. Lo considero un poeta notable, conozco de memoria algunos de sus poemas. Pero no estoy muy interesado en él. Si tengo que hablar de escritores de la lengua alemana, hay uno que me fascina. Creo que pasé parte de mi vida leyéndolo y releyéndolo, en alemán e inglés. Ese escritor es Arthur Schopenhauer. Creo que si tuviera que elegir un filósofo, lo elegiría a él. De lo contrario, volvería a Berkeley y a Hume. Verá, soy anticuado.

 

¿Existe alguno entre los escritores contemporáneos que la atraiga?

–Si debo hablar de “contemporáneos”, hablaría de Platón, de sir Thomas Browne, de Spinoza, de Thomas de Quincey, de Ralph Waldo Emerson y de Schopenhauer… y después de Angelo Silesio y de Flaubert. Estos me interesan, y no hago más que repetir lo que, con razón, dijo Ezra Pound acerca de que “todo el arte es contemporáneo”. No veo por qué un hombre que vive en mi misma época debería ser más importante para mí que un hombre que murió hace muchos siglos atrás. Creo que la palabra “moderno” no significa nada, como la palabra “contemporáneo”.

 

En su trabajo casi nunca aparece el sexo.
¿Por qué?

–Quizá porque pienso demasiado en ello. Cuando escribo, trato de alejarme de los sentimientos personales. Supongo que es por eso. Otra razón podría ser que es un tema sobre el que se ha escrito mucho, demasiado, sobre el que no tengo mucho que decir. Por supuesto, otros argumentos también han sido, por así decirlo, agotados: la soledad, la identidad… Sin embargo, de alguna manera, creo que puedo hacer frente con mayor claridad al tiempo, a la identidad, la soledad, en comparación con lo que William Blake definía como “tejer a través de los sueños un conflicto sexual y lamentarse en la red de la vida”. Me pregunto si entrelazo a través de los sueños mi conflicto sexual. Creo que no. Mi trabajo es tejer sueños. Creo que puedo elegir el material de la tela.

 

En una entrevista bromeó sobre los treinta y siete ejemplares que se vendieron de su primer libro. Por lo menos, dijo, podía imaginar a esas treinta y siete personas…

–Bueno, si vendes miles de ejemplares es como si no vendieras ninguno. El infinito y el cero se unen. Pero treinta y siete personas… son rostros, eventos, simpatías, antipatías, parientes… Por eso agradezco el día en que vendí treinta y siete ejemplares. Pero creo que exageré: debieron ser veintiuno, quizá diecisiete…

 

¿Le interesa llegar a un público vasto?

–Me preocupa llegar a una sola persona. Y esa persona podría ser yo mismo. Creo que es bueno para un escritor no ser famoso. Si un escritor es famoso, corre el riesgo de complacer a las multitudes, de coquetear con la celebridad. Pero en mi país se escribe para media docena de amigos y para sí mismos. Eso es todo. Esto mejora la calidad de la escritura. Si escribiera para miles de personas, escribiría para complacerlas.

 

Nota y traducción de Roberto Bernal.

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