El poeta Víctor Toledo (Córdoba, Veracruz, 1957) publica su nuevo libro, titulado «Sonido de gardenias»

Poesía, la forma de mayor intensidad de una lengua

El poeta Víctor Toledo (Córdoba, Veracruz, 1957) publica su nuevo libro, titulado Sonido de gardenias, editado por la Universidad Autónoma de Puebla, en el que recupera la historia de la llegada a su tierra de esas flores, las gardenias, en manos de su abuelo.

También aborda la memoria, el paisaje, la infancia en el terruño. En esa ciudad, Córdoba, nacieron otros poetas como Rubén Bonifaz Nuño y Jorge Cuesta.

Este poemario está lleno de lugares, rincones, paisajes de la naturaleza terrena y de la naturaleza humana. A continuación, una entrevista con el poeta a propósito de esta novedad bibliográfica.

Pablo Espinosa
La Jornada

–Las gardenias tienen memoria y sonido. ¿A qué suena la memoria en un poema donde viven las gardenias?

–La Memoria (con mayúscula) y el sonido son el ser de Mnemosine (la madre de las musas, pareja de Zeus), el rayo, la luz: éstas fueron creadas para culminar la Creación, primero fue el sonido seguido de la imagen. El Leteo, Río del Olvido, es por el que cruzan los mortales, mientras el Río de la Memoria, Mnemosine, es el paso de los iniciados y poetas que recuerdan sus vidas pasadas para hacerse profetas, videntes, hablar con los muertos y los dioses, revivir el pretérito, adelantarse al futuro y vencer al tiempo. Así, leer es Recordar, nuestro pasado infinito, la estrofa es una apoteosis de la restructuración del tiempo. Por algo la lengua es de por sí un producto del pasado, la Diosa de la Memoria de la tribu, de la Memoria absoluta, de la poesía y el sonido es el aliento de la musa soplando, inspirando, respirando al oído que posee la memoria de poeta (la posesión del rapto de las ninfas). Por otra parte, las gardenias que tienen como origen el nombre del Jardín (Garden), el Paraíso, son el oído –aquí– de la espuma del tiempo que escuchan este sonido de la reminiscencia inmemorable, del recuerdo del origen sagrado y de la pureza luminosa, clarividente, de la infancia. Las gardenias son las rosas del mar que emanan el aroma de la memoria, el oído del perfume ancestral. A través del sonido regresamos al origen, a través del son alcanzamos lo más alto de nuestro destino. El símbolo de las gardenias es la pureza y su perfume es espiritual, son las naos legendarias que llegaron de la China. El hiato poético funde al espacio y al tiempo, esas dos sílabas terribles, en la permanencia y trascendencia.

El oído del poeta es el caracol marino revelando los enigmas, los arcanos, las gardenias su murmurante espuma, ahí habitan las sirenas y, más altas, junto a Apolo, las musas, hijas de la Memoria.

La Memoria del Paraíso

–La poesía tiene memoria y tiene sonido. ¿A qué suena una autobiografía en un poemario?

–En general cualquier poema es autobiográfico, directa o indirectamente, pero en el caso de Sonido de gardenias los poemas más autobiográficos se refieren al universo mágico, del mundo pagano zapoteco y cordobés; recordemos que pagano viene de pago, aldea, viñedo, bosque; por tanto devienen del alma de la fecunda, exuberante, naturaleza cordobesa. Además, estos poemas están signados por la sensibilidad sinestésica inherente a la infancia (desde donde se puede escuchar y vislumbrar al unísono, ubicuamente, el Paraíso o el Origen) que se va perdiendo conforme la sociedad y la educación van haciendo que en nuestro cerebro vaya ganado terreno lo racional y el límite. Así perdemos la sensibilidad de lo sagrado, de nuestra eternidad y, por tanto, de nuestra inocencia y felicidad, de nuestra plenitud humana en unidad con lo divino, cualidades que recupera la poesía, la puerta de regreso al Paraíso, de esta conciencia de nuestra alma inmortal y la divinidad órfica que trasciende las rencarnaciones, que son los sentidos verdaderos de nuestra existencia, esta Memoria que recobra la Conciencia del Esplendor.

–Córdoba, Veracruz. Cuénteme por favor la historia de las gardenias en su florear en Veracruz, en su origen, llegada y esplendor…

–Como menciona el libro, mi abuelo paterno, Joaquín Contreras, introdujo las gardenias a través de Fortín y Córdoba a Veracruz y a México (hay una foto en Fortín, que posee la primera esposa de mi abuelo que prueba esto); éstas se convirtieron en la flor simbólica regional, y aquel pueblo, como colonia cordobesa, fue llamado por Obregón Fortín de las Flores por esta causa; por cierto, mi abuela, su quinta esposa, se apellidaba Flores. Las gardenias las trajo de Andalucía, que a su vez las había importado de Asia, descubiertas por el gran botánico Alexander Garden, de ahí su nombre. Esto fue a finales del siglo XIX, prácticamente, la época que empezó el auge porfiriano ferrocarrilero en Córdoba y el conjunto arquitectónico más importante de esta ciudad, el boato deslumbrante de esa colonia ahora en ruinas, en plena derelicción. Las gardenias y el ferrocarril como una sola Memoria estaban unidos, en ese origen espléndido, la Memoria del Paraíso y el sonido de los trenes que anunciaban su llegada o partida a los paisajes maravillosos del sureste. Es por esto que Sonido de gardenias provoca muchos juegos de palabras, anfibologías, que no son simples juegos verbales, sino que hacen brotar la sinestesia de la luz profunda del Sentido: Son ido de gardenias, son nido de gardenias, son ido (de raptado, arrebatado por el son, el canto de las musas, el arrebato que hace del oído sinestésico-musical del poeta una rosa que canta con su perfume envolvente que es el aroma del Paraíso y de la tierra prometida, de la fertilidad y la felicidad: la victoria sobre la muerte).

“Cito un poema propio de un libro anterior: O ir al son ido // La Poesía es el caracol del sonido / Del son ido // En el Sonido está contenido / La revelación: la Imagen y el Mundo / En su nido // La flor es el caracol de la luz / La luz: la voz, la música, el silencio / Del sonido // En el Sonido anida la metáfora / La flor de la luz, aroma profundo del mar, / El Oído es el caracol del Son-ido // La Forma de la luz es el Sonido / El nido de la luz es el Sonido. // O-ir a son ido o dinos a ríO.

“Las gardenias, como en el poema del padre del surrealismo, Fata Morgana, del que tomé el epígrafe del libro cordobés, fueron los vertiginosos trenes de la deslumbrante luz que sonaban a recónditos paisajes.”

En entrevista con La Jornada, Víctor Toledo compartió que su abuelo paterno, Joaquín Contreras, trajo gardenias de Andalucía, que a su vez había importado de Asia, y las introdujo al país a través de Fortín y Córdoba a Veracruz y a México; ésta se convirtió en la flor simbólica regional, y aquel pueblo, como colonia cordobesa, fue llamado por Obregón Fortín de las Flores por esta causa.

–La poesía es nómada y tiene casa. Habita en las calles que ya cambiaron, que ya callaron. ¿Cuál es esa voz que vaga?

–En este caso, la poesía es el caracol del oído que carga su propia casa y todos los mares y océanos que nos entregan con su voz y canto los secretos más profundos o insondables del Ser, de la Creación. La poesía es ubicua, siendo una creación de Hermes, el dios de los límites, y el único con poder de pasar sin obstáculos de la tierra media humana al inframundo o a la mansión celeste de los dioses; es por esto que es el guía de Orfeo para que éste, hijo de Apolo (el Esplendor, el Resplandor), recupere a su esposa, su alma, Eurídice, del reino de la muerte, en un viaje catártico, que en la versión primigenia griega del mito termina con el triunfo de la luz sobre la oscuridad, de la vida sobre la muerte, del oído sobre el silencio: la nada, el vacío. Así es que verso significa el surco que se labra de ida y vuelta sobre el vacío, sobre el Viento, para sembrar el Ser, el Sentido, la vida, el amor. Como los ciclos de la naturaleza, la estructura del mito y de la poesía es cíclica, como el palíndromo de mi poema o del código genético, de la gramática que origina la existencia. Así la casa de la poesía es el Universo, la Unidad expresada y materializada por el Verso que da origen al mundo, nómada que fertiliza el desierto y lo vuelve un jardín de luz donde edifica el Palacio de joyas resplandecientes de Eros y Psique y sus puertas se abren a la divinidad.

Como diamante penetra la Tierra

“El poeta que logra alcanzar su propia voz es el gran poeta, ésta es única, pero al mismo tiempo es universal, la voz del origen, del Paraíso, de la Casa donde todos nos reconocemos, donde se despierta esa Memoria profunda, colectiva, de la estirpe, del Origen y, aunque seamos nómadas, por naturaleza y necesidad, llevamos siempre nuestra casa a cuestas, nuestro mar, nuestra alma y nuestra lengua, la esencia (del Ser) con nosotros. La voz de la poesía refleja la condición de eterno nómada del hombre, pero al mismo tiempo la Casa única –nunca abandonada– e intemporal del Ser.

Por otra parte la poesía, aunque pueda ser anfibológica, no es vaga, ni divaga, es la forma de mayor precisión e intensidad de una lengua, sólo que es tan consistente que, como un diamante penetrando las mayores profundidades de la Tierra, sus cortes eclosionan en múltiples brillos y significados sin perder su raíz y esencia de sentido: por el contrario, se hace más agudo y preciso su significado.

Visiones y leyendas

–El paisaje, la familia, la genealogía, el origen. ¿Qué otros manantiales alimentan el poemario Sonido de gardenias?

–El manantial profundo del mundo mágico, del misterio, de los arquetipos, los mitos y del inconsciente colectivo, todos los mitos son universales y forman una sola gran epopeya o novela que son la gran cosmovisión universal –que se opone al caos–, los caminos de palabras y letras para descifrar el gran secreto de la existencia que nos trajo a este mundo, esta puerta o portal nos conecta con el mundo superior del cual fuimos desterrados según el Zohar, el Libro del Resplandor, por ejemplo, o las mitologías de las grandes civilizaciones.

“Así, antes de llegar a la casa de Dios, o de los dioses, hay distintos escalones, el vehículo es la música: con sus escalas, sus peldaños: el metro de la poesía, sus acentos. Éstos nos llevan antes por el mundo de las sirenas (que hay que superar para no quedarnos varados y sólo se logra con el ingenio de Ulises, amarrándose al mástil de la nave de los argonautas que viajan al inframundo en busca del vellocino de oro, símbolo del sentido de la vida) y con el oído, la lira de Orfeo que supera en escalas y armonía al canto de las sirenas (‘las que encadenan, atan y desatan’, encantan con su canto). Como en el libro de Viendo visiones, de Seamus Heaney, el gran poeta irlandés, que relata las visiones y leyendas vividas en su niñez, yo crecí en una casa a espaldas del palacio francés art déco del Buentono viendo visiones, fantasmas, chaneques y diablillos; además, escuchando los relatos de quien había visto u oído a La Llorona y al Charro Negro, fantasma que prometía grandes fortunas donde se excavara en el lugar indicado, que habitaba en lo que era el sótano de mi casa, construida como un palacio palafito de cedro y bambú, por los ingenieros ingleses que fueron a trazar las vías del Huatusquito, el pequeño tren magnífico –he ahí la misma casa vaga que no es vaga, estacionada en el permanente movimiento de la Memoria colectiva– del clásico ya poema de Breton, para que las lluvias torrenciales que formaban verdaderos ríos caudalosos no se la llevaran, no la transportaran a otro espacio o tiempo terrenal, sino sólo al universo de la sinfonía del monzón intemporal y a la revelación como otra nave más, otro vehículo, de ese mundo maravilloso natural, feraz, mítico y edénico.”

Orquídeas

Todo villaverdino que se jactara de serlo
Tenía su colección de orquídeas
Tapizando del patio las paredes.
Todo cordobés que se jactara de Ser
Tenía un pozo de agua dulce
En medio de su jardín espeso
Donde un sinfín de plantas florecían
Una lengua más rica y perfumada.
… No hay agua más rica que la infancia.

Fragmento de uno de los poemas del libro Sonido de gardenias, de Víctor Toledo

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