En las palabras está la vida

En las palabras está la vida Cristina Pacheco (1941-2023)

Alejandro García Abreu

 

Los condenados de la tierra

“Contra los designios del Todopoderoso –parece que la oigo decir a Ella–, nadie puede oponerse, ni menos la voluntad pequeñita de un niño que viene al mundo sólo para morir y se va silencioso, o entre gemidos lastimeros, que se escuchan con el aliento contenido y resignación seca ya de lágrimas hasta que se transforman en el último resuello y al fin se confunden con el silencio.” El texto poético de Cristina Pacheco –colaboradora espléndida de esta casa editorial– dejó una oquedad en el corazón.

Luchó –cito a Frantz Fanon– por los desterrados, por “los condenados de la tierra”, por aquellos que viven en plena precariedad. Periodista extraordinaria, Cristina se fijó en “los de abajo” –según el título de Mariano Azuela– como nadie los describió previamente. Las palabras de dichas personas sólo fueron escritas por la autora de La Jornada.

Mar de Historias y Aquí nos tocó vivir

El periodista Jorge Vaquero Simancas recuerda que la escritora y conductora Cristina Romo Hernández –cuyo nombre de pluma fue Cristina Pacheco– murió a los ochenta y dos años. Fue un símbolo de la televisión pública de nuestro país en el Canal Once, espacio para su programa Aquí nos tocó vivir, que se emitió durante cuarenta y cinco años. Carlos Brito –director del canal– escribe: “Con un profundo dolor, quiero compartir la noticia del fallecimiento de nuestra querida Cristina Pacheco.” La cronista informó a principios de diciembre que dejaba sus proyectos en la televisión por “graves problemas de salud.” También se despidió de los lectores de nuestro diario.

El 3 de diciembre de este año, Cristina Pacheco anunció que, por su frágil estado de salud, suspendería “temporalmente” su serie Mar de Historias, publicada en La Jornada de manera ininterrumpida cada domingo durante treinta y cuatro años, como informa Ángel Vargas. Lo hizo con un breve mensaje a sus lectores, “así como a la comunidad que hace posible este diario, en el que agradecía su apoyo y constancia a lo largo de ese tiempo. ‘Ha sido maravilloso’, expresó, para luego desear a todos la mejor de las suertes.”

“Murió a las dos de la madrugada, tranquila, en su casa, rodeada de sus seres queridos”, dijo a este periódico su hija Laura Emilia, quien afirmó que su madre tuvo mucho éxito como periodista en medios impresos, radio y televisión. Laura Emilia exteriorizó que uno de los pendientes es reunir y publicar una antología de los cuentos de su madre y los relatos de Mar de Historias que “durante más de tres décadas aparecieron semanalmente en este diario. Esos textos son esenciales, porque cuentan la historia de nuestra ciudad y de quienes la habitamos, y nos dejan ver lo invisible, como ello lo logró, y eso es fantástico”, según Ángel Vargas y Reyes Martínez Torrijos. Su hija fue contundente: “[Fue] una mujer que superó todos los obstáculos que enfrentó desde que nació. Jamás falló en su trabajo, ni en La Jornada ni en Canal Once; siempre iba feliz, así estuviera enferma, como la última vez que fue a despedirse a su programa [a comienzos de diciembre de 2023], pues ya estaba en una situación de salud comprometida y, sin embargo, sintió que era indispensable despedirse.”

En la serie de narraciones, publicada en la contraportada de este periódico y bautizada así con el apoyo de su pareja –José Emilio Pacheco–, la escritora narró historias que “pretendía que sonaran reales, aunque, paradójicamente, muchas personas creen que las que escribo son reales y no; nada es real, son historias que salen de una serie de experiencias de vida, de recuerdos o lecturas”. La triste realidad siempre se encontró con la ficción en ese espacio literario.

Cristina Pacheco –continúa Vaquero Simancas– “se caracterizaba por un periodismo social que dio voz a aquellas personas en vecindades y calles de México que pocas veces tenían cabida en la televisión. Nació en […] San Felipe Torres Mochas, en el estado de Guanajuato, de donde decidió mudarse a la capital del país” para estudiar la carrera de Literatura Española en la Universidad Nacional Autónoma de México, “una formación que le sirvió para desarrollar su faceta como escritora. En 1960 comenzó a trabajar como periodista en los diarios El Popular y Novedades.” Cinco años después se casó con José Emilio Pacheco (Ciudad de México, 1939-2014), con quien tuvo dos hijas, Laura Emilia y Cecilia Pacheco.

Vaquero Simancas afirma que en la década de los setenta Cristina colaboró con la revista Siempre! y trabajó en los periódicos El Sol de México El Día. “Como columnista hizo reportajes, crónicas y entrevistas en el diario La Jornada desde su fundación en 1984. Cinco años después comenzó un proyecto […] que duró hasta la actualidad, la sección dominical Mar de Historias, en la que Pacheco escribía memorias del día a día mexicano que ella recogía de la calle.” El 3 de diciembre de 2023 anunció, en su última entrega, el retiro por su “precario estado de salud.” El inicio de su texto –insiste el periodista– funcionó para “dar las gracias a las personas que la acompañaron desde 1989: ‘A mis lectores y amigos les quiero agradecer su apoyo y su constancia a lo largo de [más de treinta años] que me han brindado su atención.”

En 1980 dio inicio su programa Aquí nos tocó vivir, proyecto ambicioso emitido en Canal Once cada semana desde ese año hasta 2023. Ganó el Premio Nacional de Periodismo en 1985. En el mismo canal también desarrolló, desde 1997, el programa de entrevistas titulado Conversando con Cristina Pacheco.

También desarrolló “una gran faceta como escritora, con más de veinte títulos publicados, que le sirvieron para ganar el Premio Bellas Artes de Literatura Inés Arredondo en 2022”, recuerda Vaquero Simancas. El jurado dijo que se trataba de “una autora éticamente comprometida con dar voz a personas emblemáticas de todos los estratos sociales”.

El periodista escribe: “en 2012 ganó la primera edición del Premio Rosario Castellanos a la Trayectoria Cultural de la Mujer. El Consejo Nacional para la Cultura y las Artes valoró toda una vida dedicada a la comunicación: ‘Por su extraordinaria trayectoria en el periodismo, la literatura y la comunicación audiovisual, por su diálogo cultural vivo, mantenido a lo largo de varias décadas, dando voz con dignidad y respeto a personas de los más diversos ámbitos sociales’.”

Fue generosa. Vargas evoca la descripción de Pacheco sobre Mar de Historias: “Recuerdo aquella soledad y por eso, y para seguramente compartirla con alguien que en este momento lo esté sintiendo, escribo esas historias. No pretendo que tengan un cariz didáctico, eso sería muy difícil, pero si pueden enseñar algo a alguien, algo acerca de la vida de los demás y compartirla, me doy por satisfecha.”

Vida y escritura

“[Nunca dejé de escribir] ni en los momentos más trágicos de mi vida, porque en las palabras está la vida; creo absolutamente en eso.” Esta frase de Cristina Pacheco condensa su obra. “En las palabras está la vida”, repito, mientras exploro diversas entregas de su Mar de Historias. Vargas recuerda que la escritora y periodista dijo en una ocasión: “Cuando te digo que conozco la marginación [es] porque así crecí y viví, conozco también ese aspecto terrible de la pobreza que es el abandono, la soledad. Cuando uno está solo, cuando vive en esos lugares, a nadie importa, ¿no es cierto?, darte la mano, ni escucharte, ni verte, porque eres una persona incómoda y, de alguna manera, entre comillas, desagradable; eres una gente que está incomodando a los demás, que no pueden disfrutar de lo suyo porque está mal, porque no puedes estar acorde con el mundo, porque uno está irritado y furioso permanentemente.”

La irritación y la furia permearon su trabajo. También lo hizo la tristeza. En su columna dominical aseveró: “Desde la noche anterior nos sentábamos alrededor de la ofrenda con espacios vacíos en donde una flor, un juguete, una manta doblada, señalaban la presencia del niño muerto al minuto de nacido, sin tiempo suficiente para darle el nombre de algún santo patrono capaz de otorgarle protección o el que heredaban del bisabuelo herrero, el tío labriego o el hermanito muerto años o meses antes al que se deseaba sustituir.” La desolación fluye a través de su pluma.

Continúa: “Los niños, a quienes llamo hermanos, se iban en silencio, dejando los juguetes, las cazuelitas intactas y en algún rincón la ropita heredada de los otros niños mayores, también muertos, algunas marcadas por la huella de una lágrima, un ligero vómito que leíamos como una exclamación, una protesta contra la Muerte, ésa que entraba a su capricho en la casa para elegir una vida recién comenzada dejándonos un hueco apenas tolerable.” Y concluye su texto de la siguiente manera: “El juego, la risa, fueron y serán para siempre imposibles. Sea como fuere, sigo nombrándolos hermanos por el derecho que me da haber sido hija de los mismos padres y, aun sin conocerlos, amarlos tanto. […] Hoy quise recordar, despedir a mis hermanos muertos. Quién sabe si después, por obra de los años, los olvide…” Conoció la desolación, la intemperie emocional. Nunca olvidaremos a Cristina Pacheco.

Esta entrada fue publicada en Mundo.