¡Escúchenme empresarios y Fundaciones! Es muy urgente

A Los empresarios, Fundaciones y personas de buena voluntad les hago un llamado para que me epoyen económicamente para poder salvar la vida de mi hija Lucía que lleva ocho años con un Síndrome Metabólico y otro nerocardiogénico y los dos últimos años sin atender por falta de recursos e irresponsabilidad de las autoridades-.

Ha perdido, un oído el izquierdo, esta perdiendo la vista, la motricidad y sus síntomas se acercan a un paro cardiáco. Urge su colaboración

“Un nuevo mandamiento les doy: Que se amen unos a otros” Jn.13-34

Hago un urgente llamado a la comunidad católica y personas de buena voluntad, para que juntos salvemos la vida de mi hija Lucía, quién lleva padeciendo desde hace nueve años, tiene ahora 18 años:

SINDROME METABOLICO-QUISTE SUB ARACNOIDEO – HTA – SINCOPE NEUROCARDIOGENICO, OBESIDAD MORBIDA, DIABETES MELLITUS Y DEPRESION.

Que la ha conducido ya a la pérdida de un oído, esta a punto de perder la motricidad, la vista, tiene depresión por discriminación permanente y violenta, entre otros males.

El internamiento por 32 días, estudios, consultas por un grupo multi disciplinario de médicos y terapia nos cuesta 150 mil pesos aproximadamente y el pago debe ser por anticipado, de lo que estamos muy lejos de tener, es lo más económico, profesional y ético, que hemos encontrado y es en la República de Cuba y es por intermediación de la oficina del Centro Médico Cubano en México.

Urge enviarla a tratamiento a la brevedad posible, por lo que agradeceremos sus donativos a la cuenta de BANORTE 0644528984 a nombre de José Félix Zavala

Cualquier información y detalle lo brindamos de buena voluntad en el tel. 01 442 1 93 52 03

“El Río de La Cañada”

Nuestro monumento más emblemático en Querétaro “El Acueducto” se quedó sin agua requebrajándose, se juega con él como si nuestra ciudad fuera disneilandia y sus origenes tanto El Capulín como el río de La Caññada y el conducto del agua están en abandono total

J F Z

El Río de La Cañada,

los 42 ojos de agua del Capulín

y el Acueducto de Querétaro.

José Félix Zavala

1738 – 30 litros por segundo “Trazo del Marqués” (166 años)
1904 _ 60 litros por segundo “Trazo porfiriano” (42 años)
1946 _ 90 litros por segundo Gobierno de Agapito Pozo (15 años)
1949 _ Se tapa el caño del acueducto para evitar la contaminación del agua
1961 _ Se excava el primer pozo en La Alberca

Por el poniente las corrientes que bajan de La Machorra, de Palo Alto, de Calamanda, El Ahorcado, sumándose las que bajan del Pinal del Zamorano, pasando por Chichimequillas, Presa de Rayas, Atongo, Amazcala, La Griega, El Colorado, y Saldarriaga, forman el Río de La Cañada, que pasando por Querétaro, se incorpora al Río La Laja, afluente de la laguna de Chapala, que después con el nombre de Río Lerma desemboca en el Océano Pacífico.

Documento de testigos de vista señalan allá por el 11 de enero de 1572 que se dotó a cada uno de los habitantes de Querétaro de solares para construir sus casas y de acequias derivadas del Río de La cañada para el riego de sus huertos.

A principios del siglo XVlll, el sistema reticular de Querétaro, provocó que la peste cundiera en forma rápida en la población, que la ropa infectada se lavara en el río, contaminándolo, agregando que allí eran arrojados los rehechos químicos de los colorantes de los obrajes, de las tenerías y de las fábrica de tabaco, acabando con el agua potable en la ciudad.

Debido a esas circunstancias llegó a Querétaro del Regidor vitalicio de la ciudad de México, Obrero Mayor y Alcalde de La Alameda, Juan Antonio de Urrutia y Arana, Pérez de Ironiza y Echávarri, Guerrero y Dávila, Marqués de la Villa del Villar del Águila, miembro de la orden militar de Alcántara, con conocimientos de acueductos y arcadas de estilo romano en España, principalmente en las ciudades de Segovia, Mérida y Terragona, por haber intervenido en la conservación y funcionamiento del Acueducto de Chapultepec y de Los Arcos de Belem y de Los Remedios.

El Marqués concibió la construcción de los maravillosos Arcos de Querétaro, para salvar la hondonada de Carretas, , localizar un sitio elevado en el barrio de La Cruz, que asentara un tanque de distribución que hiciera llegar por gravedad el agua a la ciudad.

El manantial de agua del Capulín, con 42 ojos de agua, la Cantera y la mano de obra de los habitantes indígenas de La Cañada, esta obra hubiera sido imposible para Querétaro, urgido de agua potable.

Este manantial se conocerá como La Alberca, porque a su alrededor se construyó un alto muro que servía para contener al agua y desviarla hacia el poniente o hacia Querétaro atravesando las huertas por medio de un caño estrecho y hondo, construido con piedra bola y mezcla de cal viva tratada con baba de nopal, usual en la época y se le conoce como “Trazo del Marqués”.

Desde 1738 el trazo del acueducto operó satisfactoriamente, por 166 años, conduciendo 30 litros por segundo ala ciudad de Querétaro.

En el dictamen geológico del Ing. en minas, Juan de Dios Villarello, del 30 de diciembre de 1904, que para satisfacer la demanda de agua potable para Querétaro se instalara una compuerta en la parte norte de La Alberca y se realizó un nuevo trazo del acueducto, logrando llevar el doble del volumen de agua, o sea 60 litros por segundo, a esta obra se le conoce como “Trazo porfiriano del Acueducto”.

Debido a nuevas exigencias de la ciudad, siendo gobernador del estado Agapito Pozo Balbás, EN 1946 se levantó el peralte del caño 40 centímetros permitiendo incrementar el volumen de agua hacia Querétaro, en 90 litros por segundo.

Durante el gobierno de Octavio S Mondragón Guerra (1949-19559, se colocó un lomo de cemento arriba y a lo largo del Acueducto.

Durante el gobierno e Manuel González Cosío (1961-1967) se perforó el primer pozo en La Alberca, dando comienzo al desequilibrio ecológico, con la extracción de agua del subsuelo que ha continuado hasta la fecha en forma grave.

Al abatirse los mantos friáticos dejaron reverterse los excedentes de agua al Río de La Cañada y la desaparición de múltiples manantiales empleaos para diferentes usos.

Diego de Tapia, hijo de Conín, construyó El Molino Colorado, con la intención de construir tres molinos escalonados y de allí surgió lo que ahora conocemos como la población de “El Hércules” , obra que se comenzó en 1634 después de la muerte de éste, con la construcción de la llamada “Presa del Diablo”. Sobre el río de La cañada.

En 1838 Cayetano Rubio adquirió el Molino Colorado, con todos sus anexos: Tierras, manantial, presa, y los molinos de La Purísima y San Antonio.

El acuífero de Los Socavones que vertía más de 690 litros por segundo al río de La cañada, se le controló con la famosa “Data”, estrechamiento del río, para cuando llegaba fuerte el agua del Zamorano, poder controlar la rueda hidráulica que movía la maquinaria de 106 caballos de fuerza, ayudados con dos máquinas de vapor de 115 caballos de potencia.

“Saber leer y escribir”

Si no se está escribiendo,
no se está viviendo,
no se está respirando.

Bien detenida la mirada en la vida y en la obra de Ricardo Garibay, se divisa en un instante, “la fiera infancia” que de alguna forma es “la senda del perdedor”, y al mismo tiempo es la admiración del mexicano por la mujer, se nota su coqueteo con el cine, del que luego se burla, es la crónica del lujo y el hambre en el México que recrea, es su entrada tardía al camino de la literatura, siendo ésta, su liberación del infierno de la infecundidad.

Denostado por su personalidad y su comportamiento irreverente y pendenciero, murió haciendo lo único que siempre quiso:

Leer y Escribir

José Félix Zavala

“Cualquier idea, grande, chica, elemental o muy elaborada es veneno para la literatura. La literatura se hace con emociones, con intuiciones, con dolores, con felicidades o alegrías es muy difícil lograrla. La literatura es el pantano, es el vicio”.

Así pensaba y así vivió Ricardo Garibay, hijo predilecto de Tulancingo, Hidalgo, su ciudad natal, a la que regresó muchos años después, nada más porque le iban a poner su nombre a un callejón lodoso, a espaldas de un cine. Desde luego, rechazó el gesto y le indicó al gobernador que por lo menos se merecía una calle de cien metros “con un camelloncito”.

¿Por qué escribo?, se preguntaba Ricardo Garibay y se contestaba así mismo: “Es un hondo placer escribir. El que haya logrado el adjetivo imprescindible, la imagen exacta, la idea claramente expresada me creerá. También me creerá el que haya languidecido tras el poema o el que haya anhelado el mundo de la calle, despreocupado, placentero, mientras maldice su vocación y pelea consigo mismo”.

En una larga entrevista que sostuvo Ricardo Garibay con Javier Sicilia y Patricia Gutiérrez-Otero para la revista Ixtus en 1997, en la que el punto de partida fue la espiritualidad, ocurrió algo insólito al hablar sobre la nostalgia que sentía por no haber cumplido con el dogmatismo cristiano. El hombre de recio carácter lloró ante sus entrevistadores, se derrumbó el intelecto y la jactancia del gran escritor.

En la literatura de Garibay es casi impensable hablar de las mujeres sin un nexo con la divinidad, “es el lado secreto de la luna”, aseguraba. Creyente sin credo, su estilo de vida le costó una tremenda carga de culpas.

Falleció, hace ocho años, el 3 de mayo de 1999, a los setenta y seis años, vencido por el cáncer, pero haciendo hasta el último momento lo que siempre quiso: leer y escribir.

Y aunque un poco tarde, se han venido sucediendo poco a poco las cosas que se le negaron en vida: los homenajes, los reconocimientos, los estudios académicos, las antologías y las recopilaciones.

“Un hombre ama a una mujer. La mujer lo despide. El hombre se queda sin la más bella razón de existir, que era esa mujer. Nada podrá devolverle el sentido de la vida. Eso es desesperación”.
Rubén Bonifaz Nuño, amigo y compañero de Ricardo Garibay en la preparatoria, señaló que era necesario “el reconocimiento público a Garibay, como escritor” yo lo oí después de su muerte, cuando un funcionario de La Secretaría de Educación lo puso al mismo nivel de Octavio Paz y Jaime Sabines.

Ricardo Garibay era con mucho, más sabio y opulento que Jaime Sabines como escritor, y sin embargo, durante mucho tiempo trataron de considerarlo como si no fuera nadie.
¿Por qué? Por su manera de ser, por sus ganas de estar continuamente en violencia contra el mundo. Simplemente, si podían premiar a otro en vez de él, lo premiaban.
Era una manera de no hacerle caso. No había nada expreso contra él, más que el silencio”. Pero Ricardo Garibay contestó así cuando se le preguntó al respecto: “A mí no me ningunean, yo soy el que los ninguneo a ellos.”

Sin embargo, todo eso y el recuerdo de sus desplantes y su soberbia, con el tiempo, darán paso a la permanencia de su obra.

Polígrafo consumado, se abismó en todos los géneros (quizá sólo le faltó incursionar a fondo en la poesía) y todos dominó: novela, cuento, crónica, ensayo, memorias, artículo periodístico, semblanza, comentario, viñeta, retrato, reportaje, guión cinematográfico, teatro…

“Nada es tan fascinante como contar lo que hace un ser humano en la vida, en cualquier día. Si hay lucidez literaria, ahí estará todo, todos los secretos de la existencia estarán ahí”.

Manuel Gutiérrez Oropeza afirmó: “Por la rotundez con que aborda el género, porque sabe convertir lo cotidiano en extraordinario, los cuentos de Ricardo Garibay deberán ocupar un sitio de memoria en una sociedad con mejores lectores.”

El hidalguense publicó casi sesenta libros y lamentablemente, como bien lo apuntó Emmanuel Carballo, lo eclipsó la gloria de sus condiscípulos en el Centro Mexicano de Escritores en 1952-53, Juan José Arreola y Juan Rulfo, autores “más bien estreñidos”, en sus palabras.
Al principio los tres subían como la espuma, uno tras otro, se sucedían cuentos de cada uno de ellos, a cuál más valioso. Así fue hasta que en 1955 Garibay se detiene.

La obra de Ricardo Garibay es paradójica, controvertida y desigual, como su propia personalidad.
En el largo estante que ocupan sus libros, al lado de obras eminentemente alimenticias, como algunas recopilaciones de sus artículos periodísticos y reportajes hechos por encargo de algún funcionario, se encuentran novelas y cuentos fundamentales de la literatura mexicana: Beber un Cáliz, La casa que arde de noche, Triste domingo, Fiera infancia y otros años, Par de Reyes…
En los 10 volúmenes que conforman las Obras Reunidas de Ricardo Garibay, el autor comparte sus propias visiones y sentires acerca de la literatura y la vocación del escritor, experiencias a las que asistió no como quien tiene una revelación sino a través de una poderosa necesidad, acaso una necedad, que él mismo expresaba de la siguiente manera:

“El oficio hay que practicarlo una vez y otra vez, y otra vez, y todos los días, y no tener más afán que esa necesidad de seguir escribiendo”.

Nunca, nadie, en la historia de la literatura mexicana, escribió tanto y tan bien como él, y a pesar de ello nunca una obra fue tan ninguneada por la cultura oficial, los suplementos culturales, las revistas literarias y los estudios académicos como la suya.

A los jóvenes escritores recomendaba: “Ser sumamente humildes frente a su oficio y sumamente soberbios frente a los demás, no arrodillarse jamás ante nadie, ser verdaderamente un lépero ante la autoridad y un perro con la cola entre las piernas ante el propio afán de escribir; nada más.”

Dice Vicente Leñero: “El de Tulancingo Hidalgo nunca llegó a ser lo que quería y debió ser por derecho propio: un escritor reconocido arrolladoramente, premiado y aplaudido por un público unánime, en punta de los que conforman su generación y de los que vinieron después y no alcanzaron a forjar un estilo tan propio, una prosa de cadencias tan bravas, un amor tan perfecto al oleaje feliz de las palabras.”

Al citar un pasaje de una novela de Bukowski, Ricardo Garibay le concede el reconocimiento de “una abismación literaria que es erotismo de limpia especie”.