Francisco ante el reto latinoamericano: Bernardo Barranco

Francisco ante el reto latinoamericano

Bernardo Barranco

El papa Francisco regresa de nuevo a su continente. Hoy inicia una gira en la que visita tres países, del 5 al 13 de julio, precisamente los más pobres de Sudamérica: Ecuador, Bolivia y Paraguay. Naciones de grandes contrastes, desigualdades y con fuertes raíces indígenas. Francisco estará 48 horas en cada uno, hará siete traslados aéreos, 22 alocuciones y un sinnúmero de reuniones en las que establecerá contacto con miles de personas con un intenso programa. Será su noveno viaje internacional, el tema global anunciado es: unificando la alegría de proclamar el Evangelio en las diversas realidades humanas.

En Ecuador hay un doble sentimiento. Por un lado una gran alegría y expectativa popular de ver, oír y tomar contacto con el admirado Francisco y, por otro, impera la tensión social y política. Tanto gobierno como oposición quieren aprovechar la visita del Papa para posicionar sus trincheras y querellas. Los sindicatos, en especial el poderoso Frente Unitario de Trabajadores, han multiplicado sus protestas tomando las calles; el presidente Correa denuncia un intento de desestabilizar y derrocar su gobierno; mientras la jerarquía llama a no politizar la visita, demanda una tregua estos días. Monseñor David de la Torre, vocero de la conferencia de obispos ecuatorianos, exclamó que el Papa no viene al país para consagrar ninguna ideología y régimen político, sino a anunciar a Jesucristo. Que no es el momento de manifestar ideas o proyectos políticos, ni de armar polémicas ni división.

Francisco está al tanto de las tensiones. Usará la experiencia diplomática milenaria de Roma para entrar con asertividad en contextos tirantes, como hizo en Brasil. Por otro lado, se dará tiempo de masticar hojas de coca en La Paz, Bolivia, a más de 4 mil metros sobre el nivel del mar. También visitará a uno de sus grandes amigos en Guayaquil, en Bolivia visitará una cárcel ciudad de alta peligrosidad y en Paraguay tendrá un particular encuentro con líderes de la comunidad gay.

El pontificado de Francisco ha cambiado la lógica de la presencia del Papa, más que una geopolítica eclesial prioriza la geopastoral. Ha elegido tres países relativamente marginales, son naciones de fuerte tradición católica que en las últimas décadas se han visto sometidas al crecimiento de nuevos movimientos evangélicos y en el caso de Bolivia del resurgimiento de religiones indígenas, como la aymara, movimiento cultural con fuerte respaldo del gobierno de Evo Morales. La tradición de la Iglesia ha tenido gran relevancia en la historia moderna de estos tres países, sin embargo, en los últimos 15 años disminuyó la relevancia de las instituciones eclesiásticas en el debate público. El objetivo de Francisco, será fortalecer a sus Iglesias frente a los cíclicos enfrentamientos de las jerarquías católicas de Ecuador contra Rafael Correa y de Bolivia con el indigenista Evo Morales. En Paraguay aún resuenan ecos del presidente obispo Fernando Lugo, quien se vio obligado a renunciar en medio de escándalos y un polémico juicio político ante reproches de la jerarquía católica.

El papa Francisco ha sido un pontífice que ha roto protocolos y que, a diferencia de sus antecesores, que dieron prioridad a la agenda moral de la Iglesia Católica, ha centrado su interés en la agenda social, que refiere la defensa de los pobres, los derechos humanos y la justicia social. Por ello su interés explícito en gente que se encuentra en la periferia de la vida moderna: los indígenas, pobres, migrantes, los campesinos sin tierra, mujeres, los ancianos excluidos y los jóvenes sin trabajo, vulnerables a crímenes como tráfico sexual. En una entrevista reciente en el centro televisivo vaticano, su secretario de Estado, Pietro Parolin, expuso el sentido de este viaje: América Latina es un continente en pleno cambio, aquí frente a estos nuevos escenarios, la Iglesia ha elegido el camino de conversión pastoral, ha elegido el camino del misionero, el compromiso misionero y, en este sentido, también puede convertirse en un paradigma para muchas otras partes del mundo. Y yo diría que este es el aporte y también vemos que en el magisterio del Papa: este magisterio que tiene sus raíces correctas de Aparecida y que se propone hoy a toda la Iglesia universal. En especial, se guarda gran expectativa a la presencia de Francisco en el segundo Encuentro Mundial de los Movimientos Populares en Santa Cruz, Bolivia, grupos cercanos al altermundismo contestatarios al elitismo de los cenáculos de Davos; al mismo tiempo, se recuerda el elocuente el mensaje final, del primer encuentro realizado en Roma en 2013.

La geopastoralidad del papa Francisco busca actualizar a la Iglesia ante cultura, identidades y tecnología de las sociedades contemporáneas. Las iniciativas reformadoras de Francisco parecen no ser acompañadas por su curia romana. ¿Hasta qué punto los episcopados locales pondrán en práctica las iniciativas de Francisco? ¿El papa Bergoglio animará a las iglesias locales a dar continuidad a las recomendaciones de la reunión de Aparecida en 2007? Francisco se presenta como promotor de cambios, pero desde arriba y enfrenta a la inercia de estructuras religiosas conservadoras. Actores reacios a cambiar, porque están instalados en una zona de confort y privilegio. Todo esto hace muy interesante la gira del Papa por estos tres países con sólida presencia católica, que durante las dictaduras militares de los años 70 las Iglesias locales alcanzaron un papel importante en la defensa de los derechos humanos, sin embargo, ahora viven bajo competencia y presión de los nuevos movimientos religiosos que se han expandido por el continente.

Irlanda: Fascinados por la escritura, han cultivado novelas, epopeyas, literatura de ficción Siempre han preferido el mito a la realidad

Irlanda:

Fascinados por la escritura, han cultivado novelas, epopeyas, literatura de ficción Siempre han preferido el mito a la realidad

Ánxela Romero-Astvaldsson

Parece probado que las islas, aún las mínimas, son recintos fértiles para la creación. Irlanda e Islandia, donde antes que los vikingos se asentaron monjes irlandeses, participan de idéntica prodigalidad, si bien la Isla Esmeralda es un caso paradigmático. Imposible soslayar que un recodo de apenas cinco millones de habitantes haya hecho tan excepcional aportación a la literatura mundial y en la mayoría de los géneros. La nómina es apabullante: Jonathan Swift, Bram Stoker, Oliver Goldsmith, María Edgeworth, James Joyce, Samuel Beckett, James Stephens, Frank O’Connor, Richard Sheridan, George Bernard Shaw, William Buttler Yeats, Lady Gregory, Lady Wilde, John Millington Synge, Oscar Wilde, Sean O’Casey, Brendan Behan, Arthur Conan Doyle, Thomas Moore, Patrick Kavanagh, Flann O’Brien, Eavan Boland, Seamus Heaney, sólo se mencionan a los más sobresalientes, entre ellos cuatro Premios Nobel de literatura, como bien se sabe: W.B. Yeats (1923), Bernard Shaw (1925), Samuel Beckett (1969) y Seamus Heaney (1995).

La fascinación por la escritura es absoluta en Irlanda, sin término medio. La apuntala una tradición casi ininterrumpida de dieciséis siglos, pues después de la griega y la latina es la más antigua de Europa. Joyce, de hecho, no fue pionero en adaptar la Odisea homérica en su obra magna; ya cerca de 1200 se había volcado a la lengua vernácula, el irlandés medio, en una versión en la que Ulises, hijo de Laertes, se convertía en Uilix Mac Leirtis.

El compromiso irlandés con la literatura queda muy de manifiesto en el hecho de que, en 1969, se aprobara una ley, aún vigente, que exime de impuestos a los derechos de autor, probablemente para agradecer el enraizamiento secular de sus escritores en la comunidad. No es casual que en la Declaración de Independencia de 1916, que precedió al fallido Alzamiento de Pascua, tres de los siete firmantes fueran poetas y gran parte de los voluntarios ejercieran actividades relacionadas con las letras. Ese halo romántico supuso un estímulo en la causa de la independencia para generaciones venideras. Tampoco es producto del azar que, en 1954, un grupo de escritores nacionales ideara, en homenaje al Leopold Bloom del Ulises, el célebre Bloomsday el 16 de junio, único día de 1904 en que transcurre la peripecia novelesca, que ha devenido en una entusiasta celebración popular en la que los dublineses pululan por la ciudad revisitando los escenarios de la novela y teatralizando sus fragmentos emblemáticos. El que algunos de los extasiados participantes admitan sin rubor no haber leído la novela de Joyce debido a su complejidad, no la invalida como parte reconocible de su identidad. A Joyce sus paisanos lo veneran incluso sin comprenderlo. La razón se las proporcionó el propio escritor: “Quiero ofrecer de Dublín un retrato tan cabal que la ciudad pudiera, en el caso de desaparecer de repente, reconstruirse por completo a partir de mi libro.” Más honesta suena la aspiración que le condujo a componer su singular odisea: “El trabajo que me impongo técnicamente, de escribir un libro desde dieciocho puntos de vista distintos y otros tantos estilos, todos ellos desconocidos o no descubiertos por mis colegas de profesión, más la naturaleza del argumento, bastarían para alterar el equilibrio mental de cualquiera.”

El propio Joyce llamó a Irlanda “isla de santos y sabios” en una conferencia en Trieste, en alusión a los tiempos remotos en que fue foco de santidad e inteligencia, y proyectaba su energía sobre el resto del continente. No exageraba: es nutrida la lista de irlandeses que, como peregrinos, ermitaños, maestros o sabios, propagaron su saber por el mundo, y su huella sigue perenne lo mismo en altares diseminados por su geografía, que en tradiciones y leyendas. Igualmente, su capital se cartografía sobre la palabra literaria; estatuas de los maestros e itinerarios literarios se diseminan por la ciudad; una hilera de placas los rememora frente a la catedral de San Patricio, patrón de Irlanda que llegó a la isla antes de que la cristiandad se desgajara en dos.

Con Irlanda en todas partes

El hecho de que los autores mayores vivieran y escribieran durante largos períodos fuera de Irlanda (Wilde, Yeats, Beckett y Joyce murieron en el extranjero), sobre todo en Inglaterra, dificultó la fijación del canon literario irlandés. De hecho, Swift, Goldsmith, Edgeworth, Wilde y Shaw fueron tradicionalmente considerados ingleses, y fue sólo a partir de la independencia parcial de Irlanda, en 1920-1922, cuando se les reclamó como irlandeses. Este fue un cambio que favoreció el empleo del término de literatura anglo-irlandesa, referida al cuerpo literario de escritura irlandesa producido en inglés, frente a la producida por los miembros de ascendencia protestante del siglo XVIII. El abandono físico no borró el eco de la temática irlandesa en sus obras: ésta surgió reformulada por la incorporación de las corrientes cosmopolitas europeas de las que se nutrieron los autores.

Elizabeth Bowen

La de Irlanda es una historia de colonización e independencia simultáneas, de hambrunas, emigración, resistencia, rebelión y guerra civil, factores que han delineado una literatura tironeada por tensiones que la signan como un espacio híbrido, enhebrado en torno a temas recurrentes, como la tierra, la religión, la identidad, la nacionalidad y los conflictos idiomáticos. La convivencia entre el gaélico y el inglés no siempre ha sido pacífica. Las obras más conocidas fuera de Irlanda son las escritas en inglés, pero las hay en gaélico y en lengua celta, y todas están arropadas por una sólida tradición oral que ha contribuido a diferenciar la literatura irlandesa en inglés de la literatura inglesa de otros países. Incluso la interacción entre ambas ha dado como resultado el hiberno-inglés, con una sintaxis y una musicalidad distintivas.

Si la cultura como aglutinante de la construcción nacional ha sido fundamental en la historia irlandesa, la novela, como género que mejor se aviene a la expresión de los cambios sociales y políticos, se establece sólidamente en el siglo XVIII. Aunque las epopeyas de la Irlanda celta se escribieron en prosa, la literatura de ficción propiamente dicha se inició con las obras del deán de la catedral de San Patricio, Jonathan Swift, entre cuyas obras más notables se cuenta la muy conocida Los viajes de Gulliver (1726), así como Una humilde proposición (para prevenir que los niños de los pobres de Irlanda sean una carga para sus padres o el país y para hacerlos útiles al público), panfleto de 1729 escrito en respuesta a la miseria que azotaba la isla, en el que proponía, con tono pedagógico, paliar el hambre vendiendo algunos de los numerosos hijos de las familias pobres a los terratenientes ingleses para su consumo alimenticio, por su alto valor nutritivo, entre otras bondades. La aparente humorada no fue comprendida por todos sus coetáneos que la tacharon de irreverente, sin saber que Swift estaba fundando una de las singularidades de los escritores irlandeses: el humor grotesco y la sátira como soportes de denuncia de las incongruencias sociales.

A mediados del siglo XIX, coincidiendo con la Gran Hambruna (1845-49), Irlanda revitalizó sus expresiones nacionalistas y alentó el renacimiento de la literatura irlandesa que fraguó en las últimas décadas del siglo. Destaca Maria Edgeworth, cuyos trabajos reflejaban las teorías educativas liberales derivadas de Jean Jacques Rousseau. La novela El castillo de Rackrent (1800) es un tratamiento irónico de la vida anglo-irlandesa en tiempos turbulentos políticamente, y resulta innovadora por el empleo del dialecto local y por situar a los católicos irlandeses en el centro narrativo. Se considera como la primera novela regional de las islas británicas, y tuvo reconocida influencia en Walter Scott, pionero escocés de la novela histórica. William Carleton basó El profeta negro (1847) en las hambrunas de 1817 y 1822; su publicación en plena Gran Hambruna le dio relevancia. George Moore es un autor clave en tanto antecedente de Beckett y Joyce, debido a la necesidad de abandonar su país; Moore vivió en París y fue uno de los primeros novelistas en emplear técnicas del realismo francés –Balzac, Flaubert y Zola, principalmente–, por lo que se le considera el primer novelista moderno. Pero el verdadero arquitecto del renacimiento de la literatura irlandesa fue sin duda Yeats, cuya carrera literaria, acompasada con el desarrollo del modernismo europeo de las décadas de los años veinte y treinta, ofrece como resultado un nuevo tipo de literatura irlandesa en inglés.

Afirmar que Joyce es el escritor irlandés más influyente y de mayor proyección, a pesar de que la mayoría de sus obras fueron escritas en el exilio, resulta una obviedad. Su personalidad ha coadyuvado a mantener la leyenda según la cual el modernismo se encumbra en la obra joyceana; estela a la que muchos no han sabido sobreponerse. En su debut literario, la colección de cuentos Dublineses (1914), ya se advierte el deseo de Joyce de alejarse de versiones idealizadas de su país, por lo que vertebra los relatos en torno a la parálisis y claustrofobia que percibía en la sociedad católica dublinesa. El mismo tono recorre Retrato de un artista adolescente (1916), en que el protagonista Stephen Dedalus emerge de un clima restrictivo en lo religioso. Pero, como bien se sabe, fue Ulises (1922) el texto que transformó la novela europea en tanto funda un nuevo estilo que fusionaba mito, historia y épica, además, claro está, de ser la novela de Dublín por antonomasia. Un Dublín vívido, sexualizado, bullicioso, traicionero, nostálgico, por cuya “sucesión de presentes” deambulan Stephen Dedalus y Leopold Bloom. Joyce ha sido durante décadas sinónimo de la más controvertida experimentación, y con más razón para aquellos que han sido incapaces de vadear los meandros del impenetrable Finnegans Wake (1939).

Algunos nombres para el siglo XXI

En el siglo XXI, la literatura irlandesa explora nuevas inquietudes existenciales en formatos variados, pero se reconoce el enraizamiento con la tradición, pues en Irlanda siempre se han preferido los mitos a la realidad; entre realidad y leyenda, invariablemente gana la segunda.

Para aquellos que deseen aventurarse por los múltiples senderos de la narrativa irlandesa, he aquí algunos de los autores traducidos más sobresalientes. Elizabeth Bowen, cuyo texto autobiográfico se mueve entre la memoria, el amor y la sexualidad en Siete inviernos; Francis McCourt, hace la radiografía de la miseria en Las cenizas de Ángela; Liam O’Flaherty, que compone en El delator un thriller ambientado en los años de la lucha clandestina irlandesa tras la guerra civil; Joyce Cary, autor de una trilogía de la que se conoce en español La boca del caballo. Hasta su muerte en 1966, Flann O’Brien representa la innovación en el campo de la ficción. Destacan En nadar-dos- pájaros, narración de historias engarzadas de filiación cómica; El tercer policía, La boca pobre; Crónica de Dalkey. Dos cuentistas destacados son Sean O’Faolain –Locuras de una noche de verano– y la primera de sus cuatro novelas, Un nido para personas sencillas– y Frank O’Connor –Huéspedes de la nación, Manzanas de discordia, Jalea de manzanas silvestres. Ambos son nacionalistas comprometidos con el bando republicano que retratan el mundo irlandés con sentido crítico. O’Connor se centra en lo cotidiano, mientras que O’Faolain es más ácido en el tratamiento de las clases bajas o medias, y cáustico respecto al catolicismo irlandés. John McGahern tuvo problemas con la censura –La oscuridad le costó el exilio. De William Trevor, adscrito a un planteamiento realista, destaca La historia de Lucy Gault. Después de ellos, los más actuales y con éxito notable son: Colm Toibin, con una descarnada novela sobre las relaciones familiares y la homosexualidad, El faro de Bridgewater; y, en género negro, John Banville, entre sus últimas obras cabe mencionar Venganza y La rubia de ojos negros. Destaca una novela formidable: Nadan dos chicos, de Jamie O’Neill, ambientada durante los preparativos del levantamiento irlandés contra los ingleses y la primera guerra mundial, narra con recursos afines a Joyce, Wilde y O’Brien, la relación de dos adolescentes con su entorno, proporcionando una imagen vívida del carácter insular.

Falleció Gustavo Sainz, autor de los libros Gazapo y La princesa del Palacio de Hierro

A propósito de Gustavo Sainz

José Agustín

Gustavo Sainz (1940-2015), autor de los libros Gazapo y La princesa del Palacio de Hierro

El escritor falleció el viernes 26 de junio en Indiana

En la primera mitad de los años 60 Vicente Leñero ganó el premio Biblioteca Breve con Los albañiles, y en muchos sentidos preludió lo que vendría en 1965: la publicación, casi simultánea, de dos libros antitéticos pero complementarios, revolucionarios y fundacionales de la novela en México: Gazapo, de Gustavo Sainz, y Farabeuf o La crónica de un instante, de Salvador Elizondo, ambas editadas por la Serie del Volador de Joaquín Mortiz. Hasta donde sé (pero si la riego ahí está el plumil corrector de Sainz), aunque Gazapo se publicó en ese año en realidad había sido terminada antes; se llamaba Conejo extraordinario, pero ese nombre se cayó cuando apareció Corre, Conejo, de John Updike, y entonces Saint-Sainz salió con el raro y afortunado título Gazapo, conejo joven, pero también taimado, embustero; en todo caso el joven de la barbita llevó su agazapada novela a Joaquín Mortiz, donde la aceptaron. Pero en aquella época, más que ahora, los editores solían tomarse todo el tiempo del mundo y los libros aparecían a los dos, tres o cuatro años de la contratación. Así ocurrió con Gazapo y Farabeuf, por lo que, al menos una vez, si no es que más, Gustavo sensatamente aprovechó esa lentitud caprichosa para hacer cambios y correcciones, y así lo que apareció en 1965 ya no fue el manuscrito original. Yo mismo tengo una de las versiones de Conejo extraordinario, con collages de Gustavo en la portada. La dedicatoria, típica de Sainz Fiction, es de letra muy limpia que abre veredas de rumbos sinuosos a lo largo de la página y puede continuar en las siguientes. La novela de Sainz tuvo un éxito instantáneo. Hasta la fecha tiene muy buenas ventas. Pero entonces era algo distinto en todos sentidos. La portada con la foto de la conejita difuminada por una pantalla abría el mundo adolescente, durísimo, muchas veces cruel. Un túnel oscuro y larguísimo que se hace fácil por la vitalidad e inconsciencia que a esa edad se derrama, y por los amigos, apoyo decisivo en el proceso de crecimiento de Menelao: salir desdramatizadamente de la casa, o más bien hacinado departamento, del padre, un taxista desdibujado, donde se quedan las tías, una evangélica y otra católica, la abuela senil y las espiadas a la linda Gisela al bañarse. Menelao se va a vivir al departamento polvoriento de su mamá, que nunca aparece pero que le debe a medio mundo, el escenario fonqui de la seducción sin prisas de Gisela, historia de amor y eje de la novela. Como sublíneas están los intentos de seducción de Vulvo a Nácar, una chava que nadie ve y sólo existe a través de lo que él cuenta; y la relación, mucho menos desarrollada, de Mauricio y Bikina. Qué nombrecito. Esto subraya la importancia del amor en el proceso de crecimiento e independencia, pues la pareja ahora proporciona el apoyo emocional que daban los padres, además de que erotiza toda la novela a través de los accidentes de la conquista de Vulvo y de la paciencia amorosa de Menelao, quien quisiera eternizar cada instante. A Vulvo le encantaría cogerse a Nácar lo más pronto posible, pero Menelao no tiene ninguna prisa en poseer a Gisela. Mauricio, por su parte, no se anda con cuentos eróticos y se acuesta con Bikina cada vez que puede. Lo que ocurre siempre es muy relativo. A veces, rashomonianamente, es una versión que después alguien cuenta de otra manera; o se trata de grabaciones o diarios hechos por Menelao, Gisela o alguno de los metiches personajes; si no, se trata de una narración de cuarta o quíntuple generación, pues alguien cuenta lo que contó otro a quien se lo transmitió uno que lo oyó de un testigo presencial pero distraído y lejano de los acontecimientos. Las cosas ocurrieron así o quizá no. Quizá ni siquiera tuvieron lugar, puras fantasías muy elaboradas. El tiempo entonces se desarticula, va y vuelve, se repite, pierde linealidad, tiende a lo circular, concéntrico, al eterno retorno, y difumina los bordes de la realidad y la ficción. Esta relatividad crea el espacio mítico, el no-tiempo, el del rito de iniciación que se repite inexorable, consciente o no, de hecho casi siempre inconscientemente, en todo joven de esa edad en cualquier parte del mundo y de cualquier época. Además de la estructura no-lineal y de la relatividad de lo narrado, el lenguaje es gran protagonista. Gus Sainete es experto en el habla coloquial, precisamente porque no la evade sino que la maneja con precisión y la vuelve intensa materia literaria. La narración, cool, contenida, es rica en detalles; de todo se narra lo indispensable, pero con una veracidad llena de sabor. Abundan los cortes abruptos, las elipsis y la ambigüedad; pero cuando es necesario, Sanx-Sainz se detiene y se toma todo el tiempo del mundo. Además, los nombres son muy divertidos, como Tricardio, Madhastra, Mochatea o Menelao-Menelado-Melenas– Melameas-Melachupas–Melancétera. Y Bikina. O Vulvo, nombre increíble, de alguna forma transgresor y retador, como Sarro en Obsesivos días circulares. Sarro. Carajo. Son parte de los detalles que enriquecen, como la riqueza de albures, muchos buenísimos, Medallas el Hojalatero, ¿sabes remar? pues vete remando a la chingada, el Pelón me preguntó que cuándo vas a darle sus Ovaciones y su mascada, ¿sabes remar? pues remámame los huevos, huele a pedo, no, a cosaco; sí, yo soy el que entierra la vela, es más largo que un entierro, entierro de ciegos Sainzano es rey. Todo esto crea la credibilidad, naturalidad y autenticidad del relato, cuya estructuración y las infinitas versiones matizan continuamente; parece algo sencillo pero no lo es para nada. A esa capacidad e inventiva de ordenar con precisión los materiales, se añade un estilo que fusiona economía y contención, fluidez y amenidad, rigor y soltura. Sainz no es copista o taquígrafo de lo real; al contrario, transmuta el habla oral en una inteligente y provocativa expresión literaria. La escritura, limpia, económica, pulcramente vigilada, busca y obtiene el lenguaje justo, y así a la vez da humor, ironía y diversión en grande. Gazapo encuentra un raro equilibrio entre lo real y lo imaginario. Es compleja, elaborada, artística, y a la vez natural, auténtica, disfrutable. Con el tiempo, esta novela, como pilón o bonus track, ahora reconstruye una época, la ciudad de México de fines de los cincuenta y principios de los sesenta; los paseos por gran parte de la capital crean una atmósfera de eternización del momento, como en Farabeuf pero de una manera muy distinta; por eso el libro termina diciendo: De esa época conservo algunas fotografías. Además, Gazapo fue parte del raro fenómeno de una narración de la juventud desde la juventud misma, con la correspondiente autenticidad, cambios de temas, lenguaje, tono, situaciones y de la concepción de la literatura misma. Como La tumba (1964) y De perfil (1966), o Pasto verde (1968) y El rey criollo (1970), de Parménides García Saldaña, Gazapo fue una novela generacional que expandió el núcleo de lectores en beneficio de la cultura en México. Sainz Friction, bastante consciente de lo que hacía, planteaba sus puntos de vista firme o incluso belicosamente. Desacralizó a la cultura, la actualizó y la hizo más ágil e inteligente. Conocía el medio y sabía cómo darle empujoncitos a su novela, así es que nunca rehuyó ninguna forma de promoción o de publicitación al margen de los mecanismos del Establishment. Todo eso convirtió a Gazapo en un fenómeno especial, muy importante en el inicio de la nueva sensibilidad. En 1968 la juventud tuvo tal peso en la vida nacional que Revueltas abjuró el dogma del proletariado como vanguardia de la revolución. Esa vez, al igual que en Francia, Checoeslovaquia o Estados Unidos, los estudiantes fueron la descubierta de una creciente satisfacción universal y de un llamado a la humanización. Como decía Fereydoun Hoveyda, las cuarentenas son críticas, puntos decisivos, pero en sus cuarenta años Gazapo sigue entera, viva, tierna y divertida, desafiante y cordial, estimulante y vía de reflexión; se ubica y documenta los tiempos del desarrollismo, el sueño mexicano de en la paz todo es posible, el de De esa época conservo algunas fotografías. Pero sigue siendo esencial el tema del paso de un joven que se separa del núcleo familiar para vivir por sí mismo, frecuentemente con la ayuda del amor; es lo eterno, arquetípico, clásico, aunque Menelao no parece tener relación simbólica con el de Homero. Gazapo, además de recrear y fijar con énfasis el tiempo, reinventa el mito del ritual de iniciación a la madurez desde dentro, en medio de su condición sagrada y su cotidianeidad, lúdica y dionisiacamente como en Eleusis, con humor, ingenio, inteligencia, malicia y pequeños toques de perversidad. Y mexicanidad. En Gazapo el tema del fin de la adolescencia es impecable, natural, divertido, veraz y eficaz. No dudo que esta novela seguirá vigente durante mucho tiempo. Es un auténtico clásico de la literatura mexicana.