Lengua sin fronteras

Lengua sin fronteras

Sergio Ramírez

Se celebra en Puerto Rico el séptimo Congreso Internacional de la Lengua, y al responder acerca de la utilidad de una convocatoria como esta, empiezo por decir que se trata de celebrar un idioma que hablan más de 400 millones de personas, dato que puede parecer un lugar común, pero del que no puedo prescindir.

El castellano, español, o castilla, como aún se dice en las lejanías rurales de Centroamérica, es la tercera lengua del mundo, tras el chino mandarín y el inglés, sin tomar en cuenta a aquellos que lo usan como segunda lengua, o lo hablan de manera insuficiente, con lo que este universo se abriría a 560 millones, según cálculos de los entendidos.

Los números pueden parecer superfluos, pero lo primero que explican es que, con semejante envergadura, no puede ser una lengua a la defensiva, en proceso de fragmentación, ya no digamos de extinción. Toda lengua es un organismo vivo, que disfruta o padece de buena o mala salud. En el caso del español se trata de una lengua agresiva, en permanente mutación y transformación, que avanza cubriendo distancias; y más que una lengua agresiva, o además de eso, o por eso, es una lengua invasiva.

Las lenguas tienen su propia dinámica. Tomemos el inglés, por ejemplo. Una hermosa lengua literaria en el ámbito contemporáneo, sin duda, y podemos comprobarlo sin necesidad de alejar nuestra mirada del Caribe insular donde se alzan las espléndidas voces de Derek Walcott y V. S. Naipaul. Ambos, junto a Saint-John Perse, Gabriel García Márquez y Miguel Ángel Asturias, completan nuestro santoral de premios Nobel del Caribe, si no es que incluimos también a William Faulkner, igualmente del Caribe, el espejo más revuelto de imaginaciones en América.

El inglés domina las torres de control de los aeropuertos, y ahora la comunicación digital. Y la cultura que produce tecnología es la que designa por ley natural sus instrumentos y procedimientos. Así, el español abre sus valvas para recibir esas palabras ajenas y volverlas propias.

De esa misma cultura anglosajona recibimos también la avalancha de términos que tienen que ver con el insaciable mercado, con las modas y los espectáculos, el comer y el vestir, la música de punta, la parafernalia del cine y la televisión, y demás artilugios enlatados, o descodificados, manufacturados en inglés.

Y es también una lengua invasiva, que afecta y modifica a la lengua española con una fuerza que no puede ser ignorada. La afecta y modifica, pero no la sustituye, ni menos la extingue. Es una lingua franca de los menesteres tecnológicos, de la terminología del mundo digital y del comercio, pero para tantos millones que hablamos español no lo es ni en la literatura, ni en la calle, ni en la intimidad de los hogares, aun entre los más de 50 millones que hay dentro de Estados Unidos, la segunda comunidad de hispanohablantes más grande después de México.

Al hablar de la calidad expansiva del español me refiero al fenómeno de las migraciones hacia Estados Unidos, motivadas sobre todo por razones de pobreza y marginación, o de violencia, y que tienen un carácter traumático en cuanto afectan el tejido social y familiar (basta citar a los países de Centroamérica), y crean una resistencia xenófoba que raya en la locura, si no recordemos el muro orwelliano, o soviético, que pretende levantar el señor Trump.

El español es una lengua que atraviesa fronteras bajo la necesidad. Es la necesidad la que somete a quienes emprenden el éxodo, expuestos a iniquidades, despojos, asaltos, secuestros, y a la muerte, por asfixia, hacinados dentro de vagones de carga o furgones, por sed e insolación en la travesía del desierto. O asesinados. La lengua es también un pasajero clandestino del tren de la muerte que va de Tierra Blanca a Sonora.

En ningún otro momento como ahora, el español ha estado sometido a tan amplios traspasos culturales, determinados por la globalización, y cada vez más es territorio de los jóvenes que dominan las cotas demográficas en proporciones nunca antes vistas, y que, además, son los que más emigran. Pero al atravesar la frontera en busca del sueño americano, ocurre un choque cultural, que es también un choque de lenguas, que nunca deja de ser creativo, y que termina en fusión.

¿Es el mismo español? Ya no. Pero no es cierto que a resultas de su encuentro con el inglés se haya corrompido o degradado. Términos que un día ofenden el oído, mezclas de vocablos, adopciones de palabras, neologismos, terminan entrando indefectiblemente en las páginas del diccionario, porque la lengua no expresa sino la vida. Marqueta por mercado, grosería por grocery, tuna por atún, soques por calcetines, sopa por jabón, carpeta por alfombra, un día reclamarán carta de legitimidad.

Surgirán más expresiones, más palabras híbridas o neologismos desconcertantes. Pero tampoco el español del Río de la Plata fue nunca ya el mismo después de mezclarse con el italiano, lengua de inmigrantes, ni, mucho antes, el español peninsular siguió siendo el mismo después de tantos siglos de mezclarse con el árabe.

El español de los conquistadores tuvo su primer encuentro con el taíno y después, al expandirse, entraría en tratos con tantas lenguas aborígenes más; y con las lenguas de los esclavos africanos, y el francés y el holandés y el inglés corsario en el Caribe, y cuando el lenguaje oral se trasladó al lenguaje escrito pasó a reflejarse en la lengua de los cronistas. El asombro de Oviedo frente a los frutos del trópico americano, y el de Bernal Díaz del Castillo frente a la Gran Tenochtitlán, se resuelve en frases que no ignoran ya las palabras americanas.

Esa lengua desde la que vengo, y hacia la que voy, en la que escribo, se halla en continuo movimiento y me lleva consigo de una a otra frontera, de uno a otro territorio, reales o verbales.

Una lengua que es capaz de ser siempre otra siendo siempre la misma.

San Juan de Puerto Rico, marzo 2016

sergioramirez.com

Los Rolling Stones, por cuarta vez en México

Los Rolling Stones, por cuarta vez en México

En medio del delirio de más de sesenta mil personas, cientos de ellas trepadas en los puentes aledaños, cunetas, camellones, árboles y arbotantes para de esa manera verlos gratis, los Rolling Stones culminaron su cuarta visita a México. Un paraíso musical, porque estos británicos están en el mejor momento de su carrera: tocan como dioses.

Un acorde brutal sale expulsado de la guitarra de Keith Richards, quien levanta el brazo al aire para guiar el efecto de la chispa divina que acaba de arrojar con su instrumento y el índice señala al cielo: fuegos de artificio truenan multicolores en la noche.

Seguirá tremebunda sucesión de explosiones que durará 127 minutos y quedará para toda la vida en la mente y el corazón de 120 mil personas que presenciaron esta nueva intervención mexicana.

¿Lo mejor de las dos noches mexicanas? Midnight Rambler, porque los Stones están en pleno dominio de sus facultades musicales. Finalmente aprendieron a tocar como sus ídolos: los grandes maestros negros del blues del Delta del Mississipi.

Las noches del lunes y del jueves ocurrieron rituales masivos con una música salvaje, primitiva, multiorgásmica. Durante más de dos horas nos mantuvieron arriba, arriba, arriba y más arriba cada vez. Todos cantando con ellos qué digo cantando, berreando: please to meet you / I hope you get my name… let´s spende the night together… paint it in black… I miss you…

¡Fuuuuummm! Una nueva explosión cimbra el piso que tiembla bajo los brincos lunáticos de la masa que suda, canta, grita, mueve la cabeza con frenesí, porque está sonando Gimme Shelter y esto es la locura.

¡Braaaamm! Vuelve a tremar la tierra, porque está sonando esa lasciva sucesión de acordes que conforma otro ritual: Honky Tonk Women y la masa vocifera aún más fuerte: its the jooonki tonk, jooonkitonk güimeeeen / guime guime guime / de jonki tonk blues.

Y la palabra blues resuena, vuela y sobrevuela las sesenta mil cabezas de vario linaje que conforman un manicomio de renovación, un templo de expiación y renacimiento, una orgía salvaje de sexo y rocanrol, que son lo mismo. Guime guime guime de jonki tonk blues.

Uno parecía ver en escena al mismísimo Muddy Waters, porque Mick Jagger ya aprendió a cantar como él, mientras Ronnie Wood y Keith Richards sueltan riffs endemoniados de profunda exquisitez musical con ojos cerrados. En éxtasis.

Esta nueva ejecución de Midnight Rambler quedará para la historia por varias razones, extrictamente musicales, entre ellas el suspense, el dominio de los tempi, el balance exacto de las masas sonoras.

En medio de la bruma, Mick Jagger asemeja una Pavlova sin tutú. Levanta los brazos cual Cisne Negro y la música se eleva con ellos. Los baja lentamente y a esa velocidad pasosa el tempo baja, el ritmo disminuye, la presión arterial se pone al mínimo y reina entonces el silencio.

¿Silencio en medio de un concierto de rock? Y sobre todo ¿silencio en medio de un concierto de los Rolling Stones?

Silencio. El esplendor del silencio. Y la quietud. Porque todo está quieto cuando Mick Jagger ha bajado los brazos pavlovianos hacia el suelo, Ronnie Wood quedó congelado, ojos cerrados, en medio de un acorde, Keith Richards también es víctima de un encantamiento y Charlie Watts se quedó con la baqueta a medio camino hacia el parche del tambor.

Y de repente, en una milésima de segundo, una nueva explosión ocupa el sitio del silencio: ¡Cataplúm! Suena Sympathy for the Devil y ya no hay ningún cuerdo en esta catedral convertida en manicomio. Sí, una catedral. El Foro Sol es un enorme descampado, un campamento al aire libre, sin techo ni cobijo. Pero la locura que ha poseído a estos sesenta mil mortales estupefactos y en alarido con esta música tremebunda, convierte el coso en catedral. La más pecaminosa, la más pútrida, sudada, vertida en todo tipo de fluidos corporales.

Porque hay que ver cómo Mick Jagger se despoja lentamente de su casaca roja a lo Mozart y la manera como desabotona su blusa roja-pasión de seda, y es como una hermosa dama en el momento sublime previo al amor.

Catedral de lo sublime: un coro de jovencitas y jovencitos entona la introducción de ensueño de una pieza que manifiesta El Malestar en la Cultura freudiano: You can´t always get what you want y el saxofonista Tim Ries hace embocadura en un corno francés y desafina pero eso qué, en una orgía como esta no cuenta el virtuosismo de la música de concierto sino el fragor y entonces Mick Jagger da la solución al malestar en la cultura con el verso: nunca podrás tener todo aquello con que sueñas, pero si porfías, hallarás a veces que obtendrás lo que necesitas.

Y la última pieza culmina el tema existencial, con una rola sartreana por antonomasia: I can´t get no satisfaction. Y a todos nos recorre un hormigueo, una corriente eléctrica que nace en la nuca y se esparce por toda la epidermis y los órganos que bullen y así quedaremos para siempre, porque hemos presenciado el mejor concierto de nuestra vida.

Culminó así la cuarta visita a México de Sus Satánicas Majestades, que están en el mejor momento musical de su carrera.

De aquí en adelante sus conciertos serán cada día mejores.

Porque ya lograron alcanzar la cima: son inmortales.

La mayoría de los pugilistas mexicanos despilfarran su dinero o son estafados

La mayoría de los pugilistas mexicanos despilfarran su dinero o son estafados

Chiquita González, el inusual éxito de un campeón abajo del cuadrilátero

El Carnicerito de Neza supo invertir sus ganancias y ahora vive de los negocios

A Víctor Rabanales le vendieron el Popo en 30 mil dólares

Zárate abrió una vinatería y solito me la acabé

Karla Torrijos

La Jornada

A un boxeador mexicano le vendieron el volcán Popocatépetl en 30 mil dólares; otro abrió una vinatería y yo solito me la acabé; uno más instaló un restaurante en Acapulco donde acostumbraba quemar billetes; otro compró coches que al final no supo ni a quién regaló.

Son historias de campeones mundiales que triunfaron arriba del cuadrilátero pero no supieron cómo invertir sus ganancias. Sin embargo, hay algunos que siguen saboreando las mieles del éxito, uno de ellos es Humberto La Chiquita González.

El carismático ex pugilista, quien acaba de cumplir 50 años el pasado viernes y mide 1.55 metros de estatura no despilfarró sus ganancias. Las invirtió y ahora vive de sus negocios: varias carnicerías y dos salones de fiestas. Además, pronto rentará uno de éstos para instalar un casino y este 2016 planea abrir un gimnasio.

–¿Cuál ha sido la clave para conseguir todo esto?

–Es muy simple: sólo hay que trabajar, no hay de otra. Cualquier actividad que uno realice hay que hacerla con dedicación, así los triunfos llegan solos.

El originario de Ciudad Nezahualcóyotl, estado de México, se coronó tres veces campeón del mundo en la categoría de los minimoscas. Con récord de 43 victorias, 31 por nocaut, y sólo tres derrotas, ingresó en 2006 al Salón de la Fama del Boxeo Internacional con sede en Canastota, Nueva York.

Su primera bolsa millonaria

Fue el primer peleador de los pesos mínimos que ganó una bolsa millonaria. Ocurrió en su victoria del 12 de noviembre de 1994 en la Plaza de Toros México, en el cierre de la trilogía ante su acérrimo rival, el estadunidense Michael Carbajal.

Sin descuidar su carrera en el deporte de los puños, Beto, como le dicen sus allegados, también hizo prosperar el negocio de las carnicerías que le heredó su padre. Incluso su apodo surgió por uno de estos expendios, el cual llevaba el nombre de La Chiquita.

Desde pequeño aprendió el oficio de tablajero, actividad que le ha dejado más cicatrices en el cuerpo que mis adversarios, expresó orgulloso mientras mostraba múltiples marcas en sus manos.

La Chiquita ha sabido administrar sus dos salones de fiestas, ambos llamados Marbet, y próximamente incursionará en el mundo de los casinos, aunque de forma indirecta, pues aclaró que él no estará involucrado; sólo rentará uno de sus inmuebles para ese giro.

También está por hacer realidad uno de sus más grandes sueños: abrir un gimnasio. Es algo que he deseado desde hace varios años y siempre lo he postergado, pero ahora sí estoy decidido a hacerlo, quiero que en él se forjen muchos campeones mundiales, señaló en entrevista con La Jornada.

“Mucho de esto no hubiera sido posible sin el apoyo de su familia, sobre todo de su esposa, Margarita, quien siempre le puso los pies en la tierra y lo alejó de las malas compañías.

“También lo ayudó su ex mánager Rafael Cobra Mendoza. En general supo rodearse de amistades que lo llevaron por el camino del bien”, indicó el experimentado entrenador Ignacio Beristáin, quien algún tiempo fue su maestro.

Por su parte, Beto reconoció que su éxito también se lo debe a su padre, quien además de darle sabios consejos le enseñó a trabajar: Desde los cinco o seis años le ayudaba en el negocio, me decía cómo cortar la carne, cómo complacer a los marchantes y sólo sigo su ejemplo.

Como todo buen empresario, el también conocido como El Carnicerito de Neza sabe perfectamente que los negocios obtienen mayores ganancias cuando el propietario está al pendiente de ellos, por lo que es común encontrarlo en alguno de sus establecimientos atendiéndolos.

Aunque uno como boxeador haya conseguido una montaña de dinero, de todos modos se acaba, por eso hay que cuidarlo y hacerlo crecer. Mucha gente te ofrece invertir en diferentes negocios pero luego terminan estafándote. Hay que ser inteligentes para alejarse de esas personas, expresó.

González añadió que es frecuente que pase esto con los peleadores; con muchos se han encajado. Cuando triunfas te salen amigos de todos lados, se quieren aprovechar de ti y lamentablemente algunos caen, pero yo tuve la suerte de no hacerlo.

La anécdota que más recuerda tal vez sea la del ex campeón mundial Víctor Manuel Rabanales, a quien le vendieron el volcán Popocatépetl en 30 mil dólares y le hicieron creer que tenía una flotilla de taxis y un departamento en Texcoco, los cuales estaban a nombre de otra persona.

Ni él mismo sabe dónde quedaron todos los dólares –más de un millón– que ganó durante su carrera. Hoy sólo le quedan los recuerdos de aquellas épocas de gloria y un viejo cinturón verde del Consejo Mundial de Boxeo (CMB) que lo acompaña a todos lados.

Ya no los engañan tan fácil

Afortunadamente, apuntó La Chiquita, los actuales peleadores ya están más preparados, tienen mejor asesoría y es más difícil que los engañen.

Mencionó el caso del ex campeón mundial Juan Manuel Márquez, quien ha sabido cuidar su dinero y ahora se dedica a los bienes raíces.

También destacó al ex monarca del orbe Marco Antonio Barrera, quien además de ser comentarista de televisión, hace años abrió un gimnasio. Y no dejó de lado a su gran amigo Pipino Cuevas, quien también posee algunas carnicerías.

No obstante, lamentó que varios ídolos de antaño hayan perdido sus fortunas, ya sea por algún fraude o por no haber podido resistirse a las tentaciones que otorga la fama.

Uno de ellos es Carlos Cañas Zárate, quien admitió que ganó como unos 25 millones de pesos, pero todo se lo gastó “en novias, seudoamigos, tragos y pericazos. Una vez puse una vinatería y yo solito me la acabé”.

Otro es Rubén Púas Olivares, quien perdió todas sus ganancias por la vida disipada que llevó mientras fue boxeador, cuando organizaba fiestas que duraban varios días y compraba coches último modelo que no supo a quién se los regaló.

Ricardo Pajarito Moreno fue otro de los que se dejó deslumbrar por el dinero. Con sus ganancias se compró un Cadillac con tapones de oro, una residencia en el Pedregal de San Ángel y hasta un restaurante llamado La Flor de Acapulco, donde quemaba billetes de 100 pesos para encender sus cigarros. Además, todos los días usaba un traje distinto.

Chávez también perdió

La Chiquita también recordó el caso de su compadre Julio César Chávez, quien debido a sus adicciones perdió una gran parte de la fortuna que acumuló como boxeador, la cual se calcula en casi 90 millones de dólares.

“Desgraciadamente Julio cayó en algo que no fue bueno, pero gracias a Dios se levantó y está bien, echándole muchas ganas. Yo platicaba con él y lo aconsejaba, pero cada rato la regaba. Ahora ya comprende y dice ‘qué loco estaba’. Qué bueno que lo reconozca, me da mucho gusto que se haya recuperado”, afirmó González.

Ahora, JC, quien colgó los guantes en 2005, también es comentarista de televisión y tiene algunas gasolinerías en el norte del país. Además adaptó una de sus residencias para convertirla en clínica de rehabilitación para personas con problemas de adicciones.

Optimista, La Chiquita, confió en que aquellas historias de desgracia e infortunio queden en el pasado y que los actuales pugilistas “se pongan las pilas y no dejen de trabajar… que apliquen aquella famosa frase: ‘que se dediquen primero a lo que deja y luego a lo que apendeja’”.

El Español Lengua o destierro

El Español Lengua o destierro

La Jornada Semanal

La lengua materna es la casa propia. Es el lugar seguro; ahí desde donde se nombra, interpela, se invoca, evoca y convoca el mundo y a la gente querida. Ahí donde se tiene cobijo, donde uno se mueve tranquilamente a sus anchas y a su gusto; donde están los muebles –los nuevos y los heredados de la abuela o una tía difunta– con sus esquinas, sus cajones, sus tarros de flores, sus fotos de toda una vida; ahí donde quedan guardados los primeros balbuceos, las risas y las lágrimas compartidas, las palabras primigenias –amor, fe, esperanza. Ahí donde cada objeto está en el lugar consabido, donde cada espacio es recorrido, habitado día a día, colmado de significados y memoria.

Sin embargo, sucede que muchos y muchas son expulsados a diario de sus propias casas; despojados de sus lenguas; desterrados y arrojados al total desamparo en mundos totalmente ajenos, lenguas ajenas, lenguas extrañas. La nada.

No se habla sólo de los migrantes que al cruzar la frontera norte han de enfrentarse al desierto y, luego, también, a las amenazas berreadas en inglés por el agente migratorio en turno; palabras que no entienden pero comprenden perfectamente porque son más parecidas a ladridos de perros que a cualquier dulce bienvenida. Tampoco se habla de los refugiados sirios que arriban a las costas mediterráneas entre mil cadáveres flotantes, hinchados de tanta muerte, con su palabra muda para siempre. Tampoco de los guineanos, nigerianos, senegaleses que en las noches cruzan el Estrecho de Gibraltar y llegando a territorio español escuchan voces de odio que gritan “fuera, negro”. No se habla ni siquiera de los judíos de antaño que, hostigados aquí y allá, una y otra vez, se reinventaron y reencontraron en el exilio, en el yiddish o en el sefardí.

Se habla fundamentalmente y sobre todo de lo que acontece aquí, ahora, en este país, cada vez que una persona náhuatl, zoque, rarámuri, maya, seri, chontal, tzotzil, tzeltal, purépecha, popoluca, tojolabal o de cualquier otra etnia indígena, deja su comunidad de origen y arriba por caminos de polvo a la ciudad, cualquier ciudad, grande o pequeña, de este ancho y maltrecho territorio nacional donde se vive bajo el mando lingüístico absoluto del idioma español.

Llegan y para sobrevivir han de morir: deben despojarse de sus atuendos –buena presentación, rezan los carteles en los comercios que buscan personal– y de sus idiomas respectivos –¿entiendes español? es la primera pregunta indagatoria, tuteando, si ven a alguien de rostro “demasiado indio” y semblante asustado.

Como Noemí, de diecisiete años, que desertó hace tiempo de la escuela y llegó a la urbe para trabajar en el servicio doméstico porque apenas podía decir buenos días en español y la familia a la que sirve sabe mucho de inglés (don’ t you?) y también de francés (liberté, fraternité, égalité, madame), pero nada de su lengua bonita, de ella, de Noemí, de su lengua serrana, su lengua mixe. Como Edith, chinanteca, de ahí donde hacen los huipiles de tres lienzos y largos listones de colores –exhibidos elegantemente en las vitrinas de los museos textiles–, que reprobó el examen de admisión a la universidad por no poder explicar en buen castellano sus conocimientos matemáticos ni –lo que en el fondo más le hubiera gustado– poder hablar de la herida todavía abierta en las tierras anegadas de sus abuelos que, en los años cincuenta, fueron desplazados por la presa Miguel Alemán que genera luz para medio país, pero no para su comunidad. O como don Luis, que para trabajar de albañil cambió su cargo por la carga, en una constructora de casas que jamás habitará. O como don Esteban que solo, solo con su mixteco, no tiene cómo defenderse ante la embestida del juez que lo condena en español por la ritual caza anual del venado. O como doña Bertha, enferma, abandonada en la sala de espera de un centro de salud cualquiera porque nadie, nadie, escucha, entiende, ni quiere saber de sus dolencias zapotecas.

Entonces, todos ellos, para poder estudiar, trabajar, sanar, defenderse; para poder ser mirados a los ojos, de frente, y seguir caminando camaleónicamente en una nación que de origen, que de entrada, que todavía, los rechaza y excluye, deberán hacer de lado su lengua materna, negarla y sustituirla como puedan por el español, para ellos la lengua del destierro y el desarraigo, más que de la integración.

Y de este modo, la lengua de uno, la lengua de una, la lengua propia, la lengua de Noemí, de Edith, de don Luis, de don Esteban y doña Bertha, se convierte en la lengua del susto, la vergüenza y el olvido. Y no queda más remedio que callarla, que ocultarla, que abandonarla y quedarse así, en la indefensión, sin casa propia, porque la casa del otro no es la casa propia, y la casa propia, aquella resguardada otrora por la lengua propia ya no está o, mejor dicho, quedó vacía, despojada de sus muebles, de sus tarros de flores, de sus estampas, supurando solamente un viejo olor rancio a naftalina.

Y así, nuestras ciudades crecen y se desarrollan y se edifican y se expanden y se yerguen orgullosas, pero en realidad no son más que cementerios de lenguas maternas indígenas, sacrificadas en nombre del progreso y del bien común, como si los sesenta y ocho idiomas prehispánicos originarios contabilizados en el país fueran bonitos, interesantes y dignos de preservarse nomás ahí arriba, en el cerro, entre laureles, pinos y becerros, pero no abajo, en las avenidas, en los parques, en los supermercados, en las escuelas, en los hospitales, en las ventanillas del Metro, en las secretarías… guaridas todas ellas de la supremacía excluyente del fino castellano… ¿Quién hablaba, por cierto, de instituciones sociales humillantes?, ¿y de ciudades hostiles? •

Desventuras de Elena Garro

Desventuras de Elena Garro

Vilma Fuentes

Escapar a las Elenas era más fácil prometérselo que cumplirlo. Había vivido la experiencia en la Ciudad de México a finales de los años 60 del siglo pasado, a partir de nuestro primer encuentro frente a la embajada de Bolivia, donde un puñado de personas protestábamos contra el encarcelamiento de Régis Debray. Desde ese mediodía, me convertí en una asidua visitante a su casa en Las Lomas, al lado de Juan de la Cabada, Juanito, como lo llamaba nuestra anfitriona.

Elena Garro irradiaba un encanto cautivante. Quienes cruzaban por su órbita eran atraídos y devorados, a la manera de los astros que aproximan las estrellas muertas, en cuya vida acabada se vuelven agujeros negros. Pero Elena, en esa época, no tenía nada de muerta. Al contrario, respiraba la vida por todos sus poros. Como exhalaba su imaginación, víctima ella misma de sus criaturas y delirios.

Me acerqué a ella, creía, de manera voluntaria, decidida a observar la vida de la gran escritora que representaba para mí Elena Garro. Me encontré, sin quererlo, con un ser fascinante, un personaje novelesco: la protagonista de un libro de aventuras. En realidad, creo ahora, me vi atrapada por una fuerza gravitacional que ella emanaba.

Nos veíamos a diario. Tuvieron que irse del país en un autoexilio para que dejase de verlas. Era 1968. De alguna manera, viví su huida: los muchachos que ayudaron a las Elenas a salir de México venían por las noches a nuestro departamento para relatarnos, paso a paso, la escapatoria de las Elenas. A escondidas. Nunca entendí de quién se ocultaban en ese clandestinaje organizado a petición suya por nuestros amigos para protegerlas, pues yo no lograba ver quién o quiénes las perseguían.

No pasó mucho tiempo sin encontrarnos. Ya en París, durante una exposición de José Luis Cuevas en una galería de la rue de Seine, me vi sitiada entre dos rostros que se pegaban al mío: ¿Te acuerdas de mí?, Tenemos tantas cosas que contarte… ¿Cómo reconocerlas cuando no conseguía ver más que un trozo de piel frente a mis ojos, tan cerca sus caras de la mía? Tampoco lograba comprender lo que decían: hablaban al mismo tiempo, una a gritos, la otra en un murmullo, el sonido de sus voces se encimaban en mis oídos. Sus voces, sí, yo las conocía. Eran ellas: las Elenas. De momento, brinqué de gusto, las abracé, me dejé envolver en sus brazos y volví a caer bajo el embrujo de su canto de sirenas. Nos vimos semana tras semana durante su estancia en París.

Me telefoneaban a cualquier hora, sin importarles que tuviera la cabeza cubierta de champú o fuesen las tres de la madrugada: ¿cómo decirles que estaba ocupada o que dormía cuando Elenita me decía que su madre tenía la cabeza metida en el horno e iba a abrir el gas? ¿O que Elena ya tenía la cuerda alrededor del cuello y amenazaba con ahorcarse colgada de una viga?

Una mañana rebasaron los límites: Helena Paz me avisó que su madre había logrado suicidarse. Me pidió que pasara a la embajada a ver a un primo suyo y pedirle dinero para el entierro. Cuando llegué a casa de las Elenas, encontré una Elenita eufórica. Me arrancó los billetes de la mano gritando: ¡Milagro, milagro! La Virgen del Pilar me escuchó y mamá resucitó.

Y yo que casi había jurado al primo que Elena Garro había fallecido, si acaso no juré, con toda mi buena fe en las Elenas, que había tocado el cadáver. A pesar mío, era cómplice de la… estratagema. Me juré no volver a verlas y, una semana después, cenábamos juntas en un restaurante chino.

Elena hizo señas: debíamos observar a las dos meseras asiáticas.

–Son menores de edad. Las explotan –dictaminó Elena Garro.

Me vi envuelta en su delirio: era necesario salvarlas de la trata de blancas, sacarlas de la esclavitud. Dicho y hecho, Elena armó un escándalo, exigió la liberación de las chicas. El dueño no logró entender de qué hablábamos. El escándalo aumentó.

Terminamos en el comisariado, donde se nos fue toda la noche. Juan Soriano, cuando supo la aventura, comentó riéndose: Esa es mi Elena.

vilmafuentes22@gmail.com

Publica Siglo XXI El cazador de historias, libro del escritor y periodista uruguayo

Publica Siglo XXI El cazador de historias, libro del escritor y periodista uruguayo

Salen del cajón todos los textos inéditos de Eduardo Galeano

Ese trabajo fue preparado por él de 2012 a 2014, señala Carlos E. Díaz

Muestra a un autor que estaba muy incómodo con el mundo actual, el cual le parecía enloquecido y trastornado, dice a La Jornada su editor en Argentina

Trabajar en su casa fue una experiencia fantástica

Mónica Mateos-Vega

 La Jornada

Con la publicación, la próxima semana, del libro El cazador de historias, no queda ya ningún inédito del escritor y periodista uruguayo Eduardo Galeano (Montevideo, 1940-2015) guardado en el cajón.

Ese trabajo fue preparado por el propio escritor entre 2012 y 2014; sin embargo, su editorial de toda la vida, Siglo XXI, decidió retrasar su aparición en librerías debido a la enfermedad de Galeano, quien falleció el 13 de abril de 2015.

El núcleo de la obra es Molinos de tiempo y muestra a un autor que estaba muy incómodo con el mundo actual, el cual le parecía enloquecido y trastornado, explica en entrevista con La Jornada Carlos E. Díaz (Buenos Aires, 1974), editor de Galeano en Argentina.

“Uno de los ejes de El cazador de historias –añade– tiene que ver con mostrar y denunciar, pero no para indignarse. Se trata de una denuncia que abre los ojos, que obliga a mirar aquello que se tiene delante. Son reflexiones sobre la vida loca que llevamos, que habla de cómo nos castigamos, los horarios que tenemos, la intensidad, la hipercomunicación, el tráfico, esas cosas que están destruyendo al planeta, temas que obsesionaban a Eduardo.

Pero no están en clave de angustia ni son para leerlas y cortarse las venas o entrar en depresión; él registra las situaciones para hacer pensar o reír, pues tiene un manejo muy fino de la ironía, lo cual hace posible leer acerca de esas situaciones sin ponerse furioso.

Reflexiones sobre la muerte

Siguen tres secciones “que son totalmente atípicas de la obra de Galeano: eso es lo más llamativo. Eduardo jamás fue autorreferencial, odiaba hablar de sí mismo y cuando lo hacía era para tomarse el pelo o ridicularizarse.

“Pero aquí están Los cuentos cuentan historias, relatos que se generaron a partir de sus libros o sus cuentos, cosas alucinantes que le pasaron a él o a otras personas con base en sus historias. Sigue el apartado Prontuario, con relatos autobiográficos, de gran belleza, donde narra desde sus primeros viajes iniciáticos que hizo por América Latina, por ejemplo a Bolivia, hasta su relación con el escritor Juan Carlos Onetti o anécdotas de sus años en la escuela primaria.

“Y la sección final: Quise, quiero, quisiera, que es muy dura, pues son sus reflexiones sobre la muerte, aquellas que nunca te decía. Eduardo jamás contaba que estaba mal o si le dolía algo, nada. Odiaba hablar de las enfermedades, a lo sumo maldecía a los médicos.

Aquí hay un puñado de textos, algunos muy tiernos, otros conmovedores o desgarradores, sobre la muerte. Es muy interesante conocer qué pensaba, en un momento tan difícil como saber que se acerca el final, un tipo tan curtido como Eduardo, quien pasó situaciones tan difíciles y tan hermosas al mismo tiempo, porque fue una persona muy feliz.

El editor comenta que Galeano se involucraba siempre con pasión en la hechura de sus libros; “era muy detallista, hacía las viñetas, la diagramación, decidía si iba con recuadro o sólo el texto en la página en blanco; se metía en todo, con gusto.

“Hoy esa forma de ser también es atípica, que un autor abra las puertas de su casa, que invite a su editor a leer, a discutir, pero él era una persona muy segura de sí misma. No tenía ningún complejo, le podías decir que alguna historia quizá no cerraba del todo, o que había que cambiar el remate, se le podía comentar lo que se quisiera.

“Claro, las decisiones finales eran de él, pero le encantaba escuchar opiniones, lo valoraba mucho. Trabajamos en su casa durante todo el verano de 2014, fue una experiencia fantástica y Galeano decidió hasta la ilustración de la tapa, que es el monstruo de Buenos Aires, una imagen de 1714 del botánico y explorador francés Louis Feuillée, que encontró en un viaje a París.

“Al morir, Eduardo se encontraba trabajando en otro proyecto, tenía unas 30 historias. Al revisarlas vimos que había sintonía total entre ese material inconcluso y El cazador de historias, por lo que decidimos sumarlas a este último.”

La experiencia de fraguar un libro de la mano de Galeano hizo conocer a Díaz “un mundo que está desapareciendo. Un mundo de ideas, cultural, de idiosincrasias que están en crisis. Más allá de la relación personal, que fue hermosísima, hubo una relación muy estrecha con la editorial Siglo XXI. Toda su obra la publicó con nosotros, confiando ciegamente, incluso en los peores momentos de principios de los años 80 del siglo pasado. No se guiaba por criterios comerciales. Es un estilo que hoy no es fácil encontrar: él valoraba más las relaciones humanas.

Hay personas que tienen una imagen pública maravillosa, pero en la intimidad uno ve sus miserias o el divismo, o lo mala gente que se puede llegar a ser. Eduardo estaba muy lejos de eso, en la intimidad era tan bueno como lo veías en público; el trato con el equipo de la editorial, con las personas que se le acercaban cuando estaba en un restaurante, era de una gran generosidad.

El editor adelanta que se reimprimirán algunos de los primeros libros de Galeano, “pero eso lo haremos con calma, sin ningún apuro. Con la publicación de El cazador de historias el público tendrá a su disposición la totalidad de su obra, ya no hay nada guardado”.

El libro será presentado el sábado 23 abril a las 18 horas en el Centro Cultural Universitario (Insurgentes Sur 3000, Ciudad Universitaria), en la Fiesta del Libro y la Rosa que organiza la Universidad Nacional Autónoma de México con motivo del Día del Libro. Participarán Juan Villoro, Liliana Weinberg y Alfredo López Austin, una de las personas a las que está dedicado el libro.

Cervantes Quijote camina: 400 años

Cervantes Quijote camina: 400 años

José Cueli

El Quijote es olvido que actúa y elabora el dolor síquico en otro espacio. Magia demoniaca-cervantina inscrita en espacios inestables, abiertos, indecibles en discurso que (el otro) se convierte en indispensable. Espacio imaginario que se da donde el narcisismo uno indiferenciado se vacía y el deseo (dulcineo) aparece como constructor de espacios. Discernimiento hechicería cervantina renovada en otro contrato temporal espacial. Soledad desdoblada orientada hacia el uno, que hace de ella otro.

Quijotesca búsqueda desesperada de espacio síquico, sin centralidad ni fijeza. Representación de fantasías, sueños, delirios, imágenes ancestrales. Renacimiento cotidiano, horas, minutos, segundos del deseo encuentro y ruptura de la sexualidad objeto del deseo que no cumple en su totalidad expectativas. Imaginación que une pueblo a pueblo de Toboso en el horizonte espacio solo sueño, de cuyo nombre no quiero acordarme signo confuso que el dolor por la ruptura reclama.

Deseo que requiere de la representación imagen de la espera, esperanza idealizadora, que nunca concuerda con el encuentro en sí mismo. Idealización de la mujer que integra la imposibilidad de lo eterno de la pareja. Espera que sólo se da en ese espacio nuevo atemporalizado, juego de enlaces y articulaciones de signos en movimiento que varían significados en que muere y nace el deseo, donde nadie canta pero se canta, donde nadie ha nacido porque nadie puede nacer, pero nace y donde nadie puede morir porque no ha nacido y vive.

Deseo negro, sonido negro, espacio negro cervantino verbalizado en el Quijote. Articulación de lo fragmentado, dividido, inacabable en el enlace integrado, opuesto a la desintegración, muerte. Vacío de no ser más que uno, identidad síquica perdida, melancólica, insoportable, no representable.

Cervantes Quijote extranjero en un mundo terrorífico, delirante. Espacio de poder omnipotente. Deseo de reinventar el sexo volando al compás de música polivalente, infinita, inacabable, creación interior, plena, reflexiva, dueña de pérdidas y duelos. Rencuentro de su madre dulcinea fuente de excitación inimaginable: piel suave, roce tierno, hueco que apenas formado se funde y articula al calor del abrazo y el contacto con el pecho terciopelo, pezón nirvana, sentimiento oceánico. Nueva ruptura y búsqueda desesperada de ella, en mí. Omnipotencia garante suprema contra la aburrición, máscara de la melancolía.

Ella en el fondo y forma. El fondo en el papel del elemento intuitivo y la forma en el del racional. Dos idiomas intraducibles: vehículo en que lo intuido imaginario en ese espacio síquico, se puede concretar en lenguaje revelador de lo inconsciente. Sentimiento negro oscuro de la nada, intuición sexual fuera del tiempo sólo telepatía –breve levedad del ser a lo Milan Kundera– posibilidad de renacer al sufrir el dolor y la pérdida. Nuevas telepatías y espacios imaginarios, basados en la carencia de ella que es el mismo Quijote. Intuición de lo ingobernable situado fuera del tiempo y el espacio externo.

Lenguaje interno único de la espera, ojos brillando como luces invisibles de primavera. Tiempos y espacios síquicos que abren caminos y tornan a Cervantes Quijote, caminante que penetra, sin saber cómo ni por dónde, mientras el deseo camina, la carne se calienta aparece y desaparece en fusión en ella misma, fascinada en la propia imagen, con pánico a la escritura interna abre caminos que diferencia, corta, identifica y es base de la sicología cervantina, sicología del otro y anulación de la sicología individual (¿existe?).

“El inquilino del hielo”

“El inquilino del hielo”

“Rompe el mito de la tradición y de las buenas maneras y vuela

siéntete meteorito o astro o simple avión de papel y

cuando estés en el aire

ingrávido

esparce la semilla de tu nombre sobre los yermos campos del silencio”.

Autoridades y maestros se niegan a hacer el esfuerzo para recibirlos, lamentan

Niños con autismo son víctimas frecuentes de bullying: expertos

Si se explica a compañeros la condición de un menor, lo acogen y dejan de burlarse, confirman estudios

Tabaquismo, consumo de alcohol en el embarazo y contaminación ambiental, elementos de riesgo

Carolina Gómez Mena

La Jornada

Aunque cada vez existe mayor conocimiento sobre el autismo y se han roto paradigmas respecto a este problema, aún prevalece la discriminación y segregación hacia los niños que lo presentan, muchos de ellos son víctimas de bullying, coincidieron expertos en el tema.

Lilia Albores Gallo, jefa de investigación en epidemiología genética clínica y comunitaria del Hospital siquiátrico infantil doctor Juan N. Navarro de la Secretaría de Salud (Ssa), señaló que es lamentable que los menores que presentan esta condición del espectro autista sufran bullying, lo cual está muy reportado; así como la discriminación que se hace en escuelas, lo vemos con frecuencia. A veces las escuelas no quieren hacer el esfuerzo (para recibir a estos infantes). Hay que sensibilizar a los maestros y a los alumnos. Estudios confirman que si se explica a los compañeros la situación del niño, lo acogen y dejan de burlarse.

Marta Soler, coordinadora de la clínica de autismo Elvira Murga, del Centro Integral de Salud Mental (Cisame), dijo que se debe promover el derecho al respeto de estos infantes, pues así se contribuye a mejorar las condiciones de vida de los niños y adultos que viven con autismo, y condenó el bullying hacia este sector.

En el Día Mundial de Concientización sobre el Autismo, que se conmemora cada 2 de abril, las especialistas coincidieron en la importancia de proporcionar atención temprana a estos niños. Al respecto, Virginia González Torres, secretaria técnica del Consejo Nacional de Salud Mental de la Ssa, indicó que en la clínica de autismo le apostamos mucho a la intervención temprana, si es posible, antes de los dos años, así se tiene 50 por ciento de mayor probabilidad para que tengan importances avances, según el nivel de autismo que tengan.

Soler subrayó que estamos intentando que haya una detección cada vez más temprana, para lo cual se dan cursos a maestros”, a quienes se enseña a identificar a los niños con el padecimiento y canalizarlos. Este año se proyecta dar pláticas a pediatras y a directores de guarderías, para que, de ser el caso, puedan detectar estos casos. Remarcó que cuanto antes se identifica y se comienza la terapia, se contribuye a un mejor desarrollo, avanzan notablemente.

Albores Gallo comentó que en el desarrollo de esta condición inciden factores genéticos y ambientales. Se sabe que los genes intervienen, pero también la edad paterna (a partir de los 35 años) y el tabaquismo materno durante la gestación son elementos de riesgo para el autismo, al igual que la exposición a la contaminación, tanto durante la etapa prenatal como en la posnatal, y la ingesta de bebidas alcohólicas por parte de la madre, sobre todo en el primer trimestre del embarazo.

Luego de señalar que sólo 25 por ciento de los autistas presentan discapacidad intelectual, indicó que la prevalencia de autismo en el país es similar a la mundial, de uno por ciento. Un estudio publicado hace un mes refiere que en México se ubica en 0.89.

Ana María Olvera, mamá de Santiago, de tres años y medio de edad, señaló que conseguir ayuda fue muy dificil, pues existe mucha ignorancia e indolencia en las instituciones públicas y privadas, así como entre el personal médico respecto al autismo. Narró que tuvo muchas negativas en su peregrinar para lograr atención para su hijo, hasta que fue canalizada a clínica del autismo del Cisame. Allí obtuvo el diagnóstico (autismo con sintomatología moderada) y el tratamiento. Apuntó que cuando Santiago inició su terapia, en enero, sólo empleaba 10 palabras y ahora usa alrededor de 60.

En México, y en el resto del mundo, la prevalencia del autismo es cercana al uno por ciento. Es complejo, porque pertenece a los trastornos del neurodesarrollo y se caracteriza por alteraciones en la comunicación desde etapas tempranas.

Los niños se ven impedidos para establecer un contacto con el exterior, explicó Jacqueline Cortés Morelos, investigadora con especialidad en Siquiatría de la Facultad de Medicina de la UNAM.

No existe un factor que lo precipite, es multifactorial y tiene un alto índice de heredabilidad; todos los trastornos del espectro autista tienen esta condición muy alta, casi de 100 por ciento, dijo en ocasión del Día Mundial de Concienciación sobre el Autismo, que se conmemora hoy, 2 de abril.

“Viven en su propio mundo, entonces, al crecer adquieren pocas herramientas de neurodesarrollo, que son habituales para los demás infantes. Pueden llegar a carecer de comunicación verbal, y no verbal; no ofrecen respuestas a señales; tienen movimientos repetitivos (manerismos): se mecen, aletean o acarician su cabello”, describió la académica.

Además, se les dificulta expresar sus emociones, ser empáticos, receptivos o tener conductas enfocadas a la supervivencia. Por ejemplo, golpean la mesa, el plato, el garrafón de agua para solicitar alimento o saciar su sed. Si tienen cambios en su ambiente, tienden a agitarse porque todo se les hace extraño; en consecuencia, tienen conductas desadaptativas que expresan con llanto, gritos o agresiones.

Identificación

Aunque el autismo puro es un trastorno que no se cura, existen métodos de adaptación y aminoramiento, como psicoterapias y medicamentos que pueden lograr mejor calidad de vida, sobre todo en lo social y en lo afectivo, indicó Cortés Morelos.

“Se puede detectar a partir de la etapa de lactante, cuando el niño ya tiene ciertas conductas sociales, como la denominada ‘sonrisa social’, o cuando el bebé ríe con otras personas o juega. Incluso alrededor de los ocho meses tienen algo que nosotros conocemos como “jerga” y hablan sin decir palabras; todavía no pueden frasear, pero balbucean constantemente. Los autistas no lo hacen, no entablan una interacción”, apuntó.

Las alteraciones en la comunicación son las principales características de quienes padecen ese trastorno. “Los padres o la figura de apego lo identificarán de inmediato como algo anormal. Lo ideal entonces es que se acuda con un especialista en psiquiatría infantil (paidopsiquiatra), que se responsabilice del diagnóstico y el tratamiento.

No obstante, será la inclinación afectiva la que facultará la adaptación de una persona con autismo, como lo externó el escritor español Miguel Ángel Lladó Ribas, padre de un hijo con autismo, en su libro “El Inquilino del Hielo”.

Alfredo López Austin, maestro en jefe

Alfredo López Austin, maestro en jefe

Hermann Bellinghausen

Nadie como él para descifrar los mitos de los antiguos mexicanos, su pensamiento y su probable realidad cotidiana. Paciente y generoso, reparte su lucidez con erudición y escritura privilegiada. Lector aventajado de Bernardino de Sahagún y sus informantes, de Francisco Hernández y los cronistas de la Conquista, habitante espiritual de los códices prehispánicos, siempre ha estado de lado de los pueblos vivos. Lee y escribe ese pasado indígena que permanece tenaz como nada en México, el auténtico profundo que conceptualizó Guillermo Bonfil. La aventura intelectual de López Austin se cuenta entre las más emocionantes del México contemporáneo, siendo su obra cardinal Cuerpo humano e ideología. Las concepciones de los antiguos nahuas (UNAM, 1980). Perseguidor del Mito y sus consecuencias, a partir de que explicó la cosmovisión del concepto físico que tenían los nahuas de sí mismos, afianzó el pulso que gobierna su amplia producción intachable. Esa que arranca en 1961 y lo hace prófugo de la abogacía: La constitución real de México Tenochtitlan. Habría de ubicarse en una academia específica, la historia, pero tendió vasos comunicantes con la antropología, la sociología y la arqueología.

Ante un maestro que nunca nos abandona, sus lectores tenemos derecho a ponernos personales. Yo andaba en mis trece cuando pedí como regalo de Navidad un libro llamado La literatura de los guaraníes, con mitos y relatos en versión de León Codogan, edición y revelador prólogo de Alfredo López Austin. Corría 1966. Hace 50 años que me acompaña la impresión causada por dicho libro, publicado un año antes por Joaquín Mortiz en su colección El Legado de la América Indígena que, dirigida por el precursor de López Austin, Miguel León-Portilla, divulgaba esa suerte de lecturas. Sólo le ganan en mi antigüedad de lector Verne, Stevenson, Salgari, Twain & Co. Entonces entendí lo que significa el jaguar y su afición por la carne humana una vez que la ha probado. Confirmando la vigencia de los mitos, López Austin publica en 2015 Los mitos y sus tiempos con el peruano Luis Millones.

Por azares consecutivos se atravesarían en mi camino Cuerpo humano e ideología y Una vieja historia de la mierda, del mismo autor que editó Textos de medicina náhuatl en 1973; cuando aquel año entré a la Facultad de Medicina lo llevaba en el morral. No deja de resultar sugerente que el delicioso (es la palabra) librillo sobre la mierda, ilustrado por Francisco Toledo en su gustada vena escatológica (1988) sea producto digestivo de Cuerpo humano e ideología. De las sobras del cuerpo a la mierda como obra de arte.

Para entonces Alfredo ya está instalado en la persecución de los mitos. Del mito de todos los mitos, a partir del inevitable tlacuache, marsupial padre y señor de la fantasía mexicana. Y poco después El conejo en la cara de la luna (1994), colección de ensayos brillantes, modernos, accesibles, muy bien escritos, que aparecieron originalmente en una publicación de Japón (en japonés) y en Ojarasca desde cuando se llamaba México Indígena, dentro de la columna que mantuvo de 1990 a 1992 con el nombre de Mitologías. Sigue siendo una lectura que nadie con esqueleto merece perderse; hoy es muy accesible pues se acaba de incluir en la colección Bolsillo Era (2016).

Con el rigor de su cacería del relato, López Austin estimula la imaginación de los escritores indígenas desde el fin de siglo. Parecido efecto han tenido su maestro León-Portilla y su discípula Elisa Ramírez Castañeda. No se quedó en la ruta iniciada por Frazer en La rama dorada. Ante todo, sistematiza sin reposo un empático desciframiento de la mentalidad (alma) mexicana-mesoamericana tal como la encontraron los conquistadores al momento de destrozarla. ¿Qué tan lejos había llegado aquella civilización? El daño invasor afectó las fuentes históricas y la cadena de transmisión de los conocimientos.

Historia es la pasión de López Austin. Véanse Tamoanchan y Tlalocan (1994) y su indispensable El pasado indígena (1996) escrito al alimón con su hijo Leonardo López Luján, arqueólogo estrella de la nueva generación (pero así quién no: imagine el lector tener como padres a Alfredo López Austin y Martha Luján, colaboradora del arqueólogo mayista Alberto Ruz; un trabuco familiar dedicado a entender y documentar qué chingados pasaba aquí antes de la anexión colonial a Europa).

López Austin es una de las más dichosas creaturas que ha dado la Universidad Nacional; batea en la liga de los Vasconcelos, Barros Sierra, Caso, Bonifaz Nuño, González Casanova, Villoro. La legitimidad de su opus se cimienta en su compromiso con los indígenas de carne y hueso. Consejero de los zapatistas y de los pueblos originarios que participaron en los Diálogos de San Andrés (1995-1996), en 1999 fue capaz de comprender la huelga del fin del mundo en la UNAM, la primera que no venía de las clases medias. Pocos maestros supieron respetar aquella desesperación juvenil.