“A Juan Gabriel le debo hasta la comida que como”

“A Juan Gabriel le debo hasta la comida que como”

Ciudad de México homenajea al gran ídolo popular en el primer aniversario de su muerte

DAVID MARCIAL PÉREZ

El País

Era una feria del chile en un pueblito del Estado de México y cuando salió a cantar los parroquianos agarraron lo primero que tenían a mano: chiles en vinagre. Los arrojaron sobre su traje azul turquesa, aullaron, le llamaron puto, joto, puñal. Era 1998 y Juan Gabriel llevaba ya dos décadas arrasando en la canción mexicana y levantando a su alrededor un estado de excepción en la homofobia. Pero subido a aquel escenario no estaba Juan Gabriel, sino Javier Lavat, un imitador de Juan Gabriel.

“Cuando vi la serie de su vida y supe que a él también le tiraron botellas en sus primeros conciertos me sentí aún más identificado”, decía este lunes, justo un año después de la muerte del último gran ídolo popular mexicano. “Yo a Juan Gabriel le debo hasta la comida que como y las medicinas de mamá, que es diabética”, continúa Lavat, que para el aniversario ha elegido un traje rojo con lentejuelas y rosas bordadas en el pecho y en la espalda. “A mi Juan Gabriel me salvó la vida”.

 44 años y 26 de sosias juagabrielero, Lavat cuenta que Tres claveles y un rosal fue su epifanía. “Yo era casi un niño y mi primer novio acababa de morir. Entonces escuché aquella canción por la radio”:

Las puertas del panteón, se abrieron de par en par,

Sepultaron a mi amor, jure, no volver a amar

Hasta la tumba llegue, donde hoy descansa en paz

Y en su tumba le deje, tres claveles y una rosa

“Lloré todo lo que no había llorado, saqué todo lo que tenía dentro. Tuve muchos problemas sobre todo con mi padre, que al principio no aceptaba mi homosexualidad, pero decidí dejar la universidad y dedicarme como oficio a ser imitador de Divo de Juárez”. Hace unos meses Lavat fue nombrado el rey de la comunidad gay de Ecatepec, la dura barriada del Estado de México donde nació. Al terminar la ceremonia, se quitó la corona y se la puso a su padre. “Porque él ha sido el que ha sufrido el bullying. Yo no, yo fui feliz, a mí no mi afectaban los insultos, y eso también me lo enseñó Juan Gabriel”.

En la plaza de Garibaldi, en el corazón mariachi de la ciudad, subido a un pedestal hay una estatua de bronce del artista, y a su alrededor revolotean y cantan sus canciones imitadores, seguidores y curiosos. Mario López, psicólogo, 36 años, explica su interpretación sobre el insólito fenómeno juanga. “Contribuyó a la educación sentimental de los mexicanos. Sus canciones apelan al sentimiento, que es lo que conecta y genera identidad. Además, él como figura es un símbolo que sintetiza muy bien nuestras contradicciones. Es el niño pobre que consigue fama y éxito. Es el charro, esa cosa supermachista, pero a la vez es homosexual”.

Almibarando con sensibilidad pop la tradición ranchera, atravesó clases, géneros y razas. “Juan Gabriel –escribió Carlos Monsivais en la crónica del primer concierto en Bellas Artes, su asalto al sacro recinto de la alta cultura mexicana– es la vindicación literal de lo expulsado del canon televisivo o de lo jamás incluible: los nacos y los traileros y las secretarias románticas y las amas de casa sin casa que aguardan y los “raritos” y los adolescentes de las barriadas. Y ese gusto atravesó la marginalidad, domesticó a los celos modernistas y a la homofobia”.

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