La conversación de los libros

La conversación de los libros

Javier Aranda Luna

La Jornada

En estos días de muros e intolerancias, de violencia y penuria, la fiesta de la palabra que es la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara tiende puentes entre los diversos y esa trenza de muchas hebras nos permite saber que con el libro podremos decirnos y decir con el poeta León Felipe: ganarás la luz.

Los libros son nuestro disco duro, nuestra memoria ampliada, nuestra interfaz que nos une con lo que pensaron, imaginaron, descubrieron los mejores de nosotros.

En la actualidad, gracias a la Internet tenemos acceso a un universo de información cuyos límites ni siquiera imaginamos y en los que más se escribe y más se lee aunque se lea a trompicones y se escriba en prosa tartamuda.

Pero a pesar de esa accesibilidad digital casi infinita en materia de lectura, los puntos de encuentro como las ferias del libro siguen entusiasmando a miles de personas. Y tal vez gusten a tantos porque frente a la página digital, uniforme y perfecta, la impresión análoga, y con defectos de tinta, o encuadernación, humanicen a los libros. Ninguna página digital superará al crujir del papel al pasarlo con los dedos, ninguna pantalla alcanzará la textura del impreso ni su temperatura.

La asistencia de escritores y grupos musicales que participan en las ferias del libro también son parte de su poder concentrador.

En medio siglo sólo quedarán en el mundo 10 grandes universidades de educación superior según el doctor Sebastian Thrun de la Universidad de Stanford. Para él, el futuro de la educación será la creciente enseñanza gratuita en línea.

La mayor oferta de universidades en línea confirma lo anterior pero estoy seguro que, en medio siglo, los libros seguirán circulando entre nosotros en su presentación habitual. Por su resiliencia al maltrato y los accidentes y porque ningún adelanto tecnológico ha podido superarlos: su autonomía energética es insustituible y su diseño no ha sido superado por los famosos e-book.

Sin embargo sorprende un poco saber que esta feria, la más importante del mundo en lengua española, se encuentra en un país que no es precisamente una potencia en materia de lectura.

Pero no debería sorprendernos. Una cosa es fomentar la lectura y otra vender libros. Una cosa es comprar libros y otra leer. Algo similar ocurre con la comida: no todo el que adquiere comestibles se los come (con las tortillas completas que se tiran un día a la basura se podrían levantar dos torres latinoamericanas). Tampoco no todo lo que se encuentra en el mercado, aunque se coma, es buen alimento.

Como sea, frío y digital, tibio y áspero en ocasiones, el libro es uno de los objetos de referencia del hombre. Sea el libro de superación en turno o La divina comedia.

Hace 500 años la Reforma protestante inició la más grande cruzada en favor de la lectura a nivel masivo. No más la lectura fundamental del cristianismo sólo para unos cuantos. No más las interpretaciones de un grupo de obispos sobre un libro que se convirtió en la patria de muchos.

Y esa reforma cultural más que meramente religiosa no fue cualquier cosa: la lectura libre fomentó la crítica y abonó el germen de la democracia.

Una feria es un gran mercado pero también es una fiesta, un punto de encuentro para divertirse, para celebrar, para iniciar una conversación.

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