El violonchelista Mstislav Rostropovich…

El violonchelista y director de orquesta Mstislav Rostropovich, llamado cariñosamente Slava o Rostro.

El gran disidente. Hasta hace pocos días solía decir:

 ”Abrazo el violonchelo, que me acompaña siempre, como si fuera una mujer hermosa. Lo primero que hago todos los días al levantarme es salir a la calle, contemplar, como si fuera la primera vez, el cielo, los árboles todo lo que Dios hace por nosotros. Si me cruzo con una mujer hermosa hago esfuerzos por no arrodillarme ante ella”.Numerología: nació el día 27 del mes tres del año 1927 y se fue ayer, día 27 del mes cuatro de 2007. Hace 30 días festejó su cumpleaños 80. Sus hazañas fueron incontables.

El repertorio del violonchelo le pertenece. Si hubiera de elegir solamente dos de sus innúmeras grabaciones, la respuesta es inmediata: Su versión del Concierto de Dvorak, con la Filarmónica de Londres en la batuta de otro músico entrañable: Carlo Maria Giulini. La otra: su versión en dvd de las Seis Suites para Violonchelo Solo de Bach, grabadas en la acústica estremecedora de una antigua iglesia francesa.

El primero de estos documentos del espíritu es una joya de la infancia de varias generaciones de melómanos. Prácticamente todas las grabaciones que hizo Rostro del Concierto del checo Dvorak tienen detalles de filatelista: su respiración en el momento del arqueo rebota en las bocinas, errores de dedo con la mano izquierda, toses del chelista, gemidos, guturaciones. Todas erizan la piel.

El segundo de estos tesoros para llevar a la isla desierta es una cátedra de humanismo. Antes de entonar en su hermoso violonchelo el aria inicial de la Primera Suite de Bach, que es uno de los pasajes más conmovedores y hermosos de toda la historia de la cultura de Occidente, el maestro Rostro dialoga con nosotros frente a la cámara y nos da sus puntos de vista y nos alumbra el camino con sus conocimientos acerca de estas partituras portentosas. El elemento central es la pasión.

Paradigma cultural

Rostropovich es una figura pivote en la historia cultural del mundo. Su imagen gigantesca proyecta una sombra en la derrota que sufrió la humanidad cuando una piara de ambiciosos se apoderó del proyecto de construir una sociedad mejor. Con Stalin al frente y como representante del dogmatismo imperante de las peores izquierdas, ese proyecto fracasó rotundamente y hoy el poder está en manos de los fascistas, de la derecha, del otro lado del péndulo.

Esto resulta pertinente en el paradigma que constituye la recia personalidad artística, humanística y política de Slava, convertido en emblema de la resistencia. Helo allí en los momentos clave: dando refugio a Alexander Solyenitzin, premio Nobel de literatura 1970 y autor de Archipiélago Gulag; tocando su violonchelo al pie del muro de Berlín antes de ser derrumbado, despojado de su nacionalidad y luego rechazando la oferta del Soviet supremo de devolvérsela, hasta que la acepta de manos de Mijail Gorbachov en su perestroika y luego Boris Yeltsin y desde entonces amamantado por los nuevos gobernantes de la debacle.

En México tenemos también un momento determinante de su historia: a finales de la década de los 70 visitó nuestro país como director de la Orquesta Sinfónica Nacional de Washington, emblemática del imperio.

Fue un concierto inolvidable, profundo, magistral, que culminó en el éxtasis con la Sinfonía Sexta de Chaikovski. Al final todos levitamos.

Frente a la salva de aplausos y ovaciones y vítores a todo pulmón, Rostro suelta tres piezas de regalo: las típicas danzas eslavas de Brahms.

Pero la última pieza de obsequio es una auténtica molotov: la marcha Barras y estrellas, del ultra Philip de Souza. El acabóse.

Desde las alturas del butaquerío del tercer piso, los boletos más baratos, se escuchan abucheos, gritos de desaprobación, silbidos, consignas: ”¡yanqui go home!”, le gritan mientras Rostro sonríe triunfante.

Los de primer piso, cual huestes panistas, intentan acallar el alboroto con modos modosos. A uno de los ricos se le escapó el sambenito de la época: ”¡cochinos comunistas!”

Fue como la puesta en vida again del episodio cuando la reina de Inglaterra condecoró a los Beatles y John Lennon gritó divertido desde el proscenio del teatro: ”los de los boletos baratos, allá arriba, aplaudan; los de los boletos caros, acá abajo, solamente hagan sonar sus joyas”.

Discípulo de Shostakovich

El emblema Rostropovich no sólo da cuerpo al más grande violonchelista de la historia después de Pablo Casals y arribita de Paul Tortelier, Janos Starker, Pierre Fournier y Leonard Rose.

También incorpora al líder de la disidencia, el genio arropador de genios. Alumno de su coterráneo Dimitri Shostakovich, quien padeció como nadie la estupidez y los ataques de los ultras lidereados por el tonto de José Stalin, Mstislav Rostropovich encabeza una generación de genios exiliados donde fungen el también recientemente desaparecido Alfred Schnittke y por poner sólo dos ejemplos macro, Sofia Gubaidulina y el más grande compositor vivo: Arvo Pärt.

Rostropovich, el gran disidente, ya hizo historia. Es uno de esos personajes con la capacidad de modificar el curso de los acontecimientos sociales. Hoy reposa en una dimensión distinta.

¡Salve, Slava!

Pablo Espinosa

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