“Los Sanjuaneros”

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“Los Sanjuaneros”   

Ningún santuario de México a excepción del Tepeyac recibe tantos peregrinos y manifestaciones de agradecimiento como el de San Juan de los Lagos en los Altos de Jalisco.  

Se puede decir que todo el pueblo es un anexo del templo, ya que todo está en función de él.

San Juan es una ciudad de unos 40,000 habitantes sostenidos por la Virgen patrona.  

La población dispone de una fuerte capacidad hotelera desde los de varias estrellas hasta los no estrellados. Una capacidad alimentaria y restaurantera para atender simultáneamente a miles de comensales.

La industria del agradecimiento: velas, exvotos, tierrita de San Juan, fotografías, cuadros de la Virgen, novenas y folletos ocupan las aceras inmediatas a la catedral basílica.  

Es difícil ver las fachadas de las casas de esta población alteña, porque las mantas de los comercios ambulantes que se han sumado ya a los numerosísimos comercios establecidos, forman un gran toldo colectivo.

En San Juan todo se vende, es el aparador regional de los deshilados de Encarnación, de los tejidos de Aguascalientes, los bordados alteños, las artesanías de madera de Teocaltiche, la cerámica de Tonalá, el cuero de León, la cajeta de Celaya, etc.  

Esto no es raro si la fiesta de San Juan fue el origen de la feria de San Marcos en Aguascalientes y durante todo el periodo virreinal, el supermercado de México. Ahí se realizaban las más cuantiosas ventas caballares y ganaderas.

Estas conmemoraciones de la Virgen de San Juan para el 2 de Febrero, con el atractivo comercial y su gran concurrencia, desembocarán en una de las fiestas más ruidosas que tanto atraían en aquel tiempo en que la diversión era tan escasa (Siglo XVI).

Las larguísimas procesiones a San Juan con insignias en amarillo y negro surcan todos los caminos y veredas y en oposición a la caridad feudal que albergaba a los peregrinos españoles, los nuestros cierran los zaguanes al grito de “vienen los Sanjuaneros”.  

Esto no es rechazo u oposición a la peregrinación tan compartida por la devoción lugareña, sino la prevención ante el embate de los rateros, que como referencia a este roedor, se llevan en pequeños hurtos los enseres del distraído, aprovechando el anonimato multitudinario.

Las procesiones implican una organización previa y una jerarquía en la conducción.  

Las columnas de peregrinos pueden extenderse por kilómetros y van siendo motivadas por oficiales identificados por brazaletes y distintivos, que emiten órdenes y coordinan oraciones, cantos, ritmo del avance y descansos.

Al frente va el estandarte de la parroquia o grupo peregrinante con los listones amarillo y negro. Una peregrinación puede durar varias semanas, según el lugar de origen.  

Es frecuente que al frente de ellas asista un capellán que celebra misa durante el peregrinaje.

Otros viandantes son aquellos peregrinos que hacen el recorrido con dos espinosas pencas de nopal como escapulario sobre el dorso desnudo.  

Otros van de rodillas con el auxilio de parientes que extienden cobijas a su paso; el sacrificio se externa en mil formas, habiendo la creencia popular de que quien interrumpe el compromiso de su manda, se convierte en piedra.

San Juan de los Lagos por fin aparece como escondido en un agujero en el lomerío de los Altos.  

La impresionante basílica-catedral de magnífica sillería de cantera, reta la altura con sus elevadas torres. Nadie que no conozca la región puede imaginarse la altura de estas iglesias jaliscienses.  

Está rodeada del amontonamiento que sugieren las casas en el vaivén del suelo. La traza logra una cuadrícula apurada sobre el abrupto terreno.

En 1542, recién superada la rebelión del Mixtón que estuvo a punto de acabar con las conquistas castellanas, se fundó, en este sitio llamado Mezquititlán o lugar de mezquites, la región de San Juan Bautista que a partir de 1633 fue poblada por habitantes de Santa María de los Lagos, por lo que éstos le llamaron San Juan de los Lagos.

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