MUERTE SIN FIN De José Gorostiza

 

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José Gorostiza (Villahermosa, Tabasco, 1901-Ciudad de México, 1973), es un escritor de obra breve; pero la calidad, en su caso, se da en proporción inversa a esa brevedad. Para él, la poesía fue un lento ejercicio, consistente en una depuración del lenguaje para asomarse a la esencia de las cosas a través de las palabras.

Muerte sin fin 

José Gorostiza 

Lleno de mí, sitiado en mi epidermispor un dios inasible que me ahoga,mentido acasopor su radiante atmósfera de lucesque oculta mi conciencia derramada,mis alas rotas en esquirlas de aire,mi torpe andar a tientas por el lodo;lleno de mí —ahíto— me descubroen la imagen atónita del agua,que tan sólo es un tumbo inmarcesible,un desplome de ángeles caídosa la delicia intacta de su peso,que nada tienesino la cara en blancohundida a medias, ya, como una risa agónica,en las tenues holandas de la nubey en los funestos cánticos del mar—más resabio de sal o albor de cúmuloque sola prisa de acosada espuma.No obstante —oh paradoja— constreñidapor el rigor del vaso que la aclara,el agua toma forma.  

En él se asienta, ahonda y edifica,cumple una edad amarga de silenciosy un reposo gentil de muerte niña,sonriente, que desfloraun más allá de pájarosen desbandada.En la red de cristal que la estrangula,allí, como en el agua de un espejo,se reconoce;atada allí, gota con gota,marchito el tropo de espuma en la garganta¡qué desnudez de agua tan intensa,qué agua tan agua,está en su orbe tornasol soñando,cantando ya una sed de hielo justo!¡Mas qué vaso —también— más providenteéste que así se hinchecomo una estrella en grano,que así, en heroica promisión, se enciendecomo un seno habitado por la dicha,y rinde así, puntual,una rotunda florde transparencia al agua,un ojo proyectil que cobra alturasy una ventana a gritos luminosossobre esa libertad enardecidaque se agobia de cándidas prisiones!   

¡Más que vaso —también— más providente!Tal vez esta oquedad que nos estrechaen islas de monólogos sin eco,aunque se llama Dios,no sea sino un vasoque nos amolda el alma perdidiza,pero que acaso el alma sólo advierteen una transparencia acumuladaque tiñe la noción de Él, de azul.El mismo Dios,en sus presencias tímidas,ha de gastar la tez azuly una clara inocencia imponderable,oculta al ojo, pero fresca al tacto,como este mar fantasma en que respiran—peces del aire altísimo—los hombres.   

¡Sí, es azul! ¡Tiene que ser azul!Un coagulado azul de lontananza,un circundante amor de la criatura,en donde el ojo de agua de su cuerpoque mana en lentas ondas de estaturaentre fiebres y llagas;en donde el río hostil de su conciencia¡agua fofa, mordiente, que se tira,ay, incapaz de cohesión al suelo!en donde el brusco andar de la criaturaamortigua su enojo,se redondeacomo una cifra generosa,se pone en pie, veraz, como una estatua.¿Qué puede ser —si no— si un vaso no?  

Un minuto quizá que se enardecehasta la incandescencia,que alarga el arrebato de su brasa,ay, tanto más hacia lo eterno mínimocuanto es más hondo el tiempo que lo colma.Un cóncavo minuto del espírituque una noche impensada,al azary en cualquier escenario irrelevantecon el vuelo del pájaro,estalla en él como un cohete heridoy en sonoras estrellas precipitasu desbandada pólvora de plumas.  

Mas en la médula de esta alegría,no ocurre nada, no;sólo un cándido sueño que recorrelas estaciones todas de su rutatan amorosamenteque no elude seguirla a sus infiernos,ay, y con qué miradas de atropina,tumefactas e inmóviles, escrutael curso de la luz, su instante fúlgido,en la piel de una gota de rocío;concibe el ojoy el intangible aceiteque nutre de esbeltez a la mirada;gobierna el crecimiento de las uñasy en la raíz de la palabra escondeel frondoso discurso de ancha copay el poema de diáfanas espigas.   

Pero aún más —porque en su cielo impíonada es tan cruel como este puro goce—somete sus imágenes al fuegode especiosas torturas que imagina—las infla de pasión,en la prisma del llanto las deshace,las ciega con el lustre de un barniz,las satura de odios purulentos,rencores zánganoscomo una mala costra,angustias secas como la sed del yeso.Pero aún más —porque, inmune a la mácula,tan perfecta crueldad no cede a límites—perfora la substancia de su gozocon rudos alfileres;piensa el tumor, la úlcera y el chancroque habrán de festonar la tez pulida,toma en su mano etérea a la criaturay la enjuta, la hincha o la demacra,como a un copo de cera sudorosa,y en un ilustre hallazgo de ironíala estrecha enternecidocon los brazos glaciales de la fiebre.  

Mas nada ocurre, no, sólo este sueñodesorbitadoque se mira a sí mismo en plena marcha;presume, pues, su término inminentey adereza en el actoel plan de su fatiga,su justa vacaciónsu domingo de gracia allá en el campo,al fresco albor de las camisas flojas.  

¡Qué trebolar mullido, qué parasol de nieblase regala en el ánimopara gustar la miel de sus vigilias!Pero el ritmo es su norma, el solo paso,la sola marcha en círculo, sin ojos;así, aun de su cansancio, extrae¡hop!largas cintas de cintas de sorpresasque en un constante perecer enérgico,en un morir absorto,arrasan sin cesar su bella fábricahasta que —hijo de su misma muerte,gestado en la aridez de sus escombros—siente que su fatiga se fatiga,se erige a descansar de su descansoy sueña que su sueño se repite,irresponsable, eterno,muerte sin fin de una obstinada muerte,sueño de garza anochecido a plomoque cambia sí de pie, mas no de sueño,que cambia sí la imagen,mas no la doncellez de su osadía¡oh inteligencia, soledad en llamas!que lo consume todo hasta el silencio,sí, como una semilla enamoradaque pudiera soñarse germinando,probar en el rencor de la moléculael salto de las ramas que aprisionay el gusto de su fruta prohibida,ay, sin hollar, semilla casta,sus propios impasibles tegumentos. 

¡Oh inteligencia, soledad en llamasque todo lo concibe sin crearlo!   

Finge el calor del lodo,su emoción de substancia adolorida,el iracundo amor que lo embellecey lo encumbra más allá de las alasa donde sólo el ritmode los luceros llora,mas no le infunde el soplo que lo pone en piey permanece recreándose a sí misma,única en Él, inmaculada, sola en Él,reticencia indecible,amoroso temor de la materia,angélico egoísmo que se escapacomo un grito de júbilo sobre la muerte—oh inteligencia, páramo de espejos!helada emanación de rosas pétreasen la cumbre de un tiempo paralítico;pulso sellado;como una red de arterias temblorosas,hermético sistema de eslabonesque apenas se apresura o se retardasegún la intensidad de su deleite;abstinencia angustiosaque presume el dolor y no lo crea,que escucha ya en la estepa de sus tímpanosretumbar el gemido del lenguajey no lo emite;que nada más absorbe las esenciasy se mantiene así, rencor sañudo,una, exquisita, con su dios estéril,sin alzar entre ambosla sorda pesadumbre de la carne,sin admitir en su unidad perfectael escarnio brutal de esa discordiaque nutren vida y muerte inconciliables,siguiéndose una a otracomo el día y la noche,una y otra acampadas en la célulacomo en un tardo tiempo de crepúsculo,ay, una nada más, estéril, agria,con Él, conmigo, con nosotros tres;como el vaso y el agua, sólo unaque reconcentra su silencio blancoen la orilla letal de la palabray en la inminencia misma de la sangre.¡ALELUYA, ALELUYA! 

Iza la flor su enseña,agua, en el prado.¡Oh, qué mercaderíade olor alado! 

¡Oh, qué mercaderíade tenue olor!¡cómo inflama los airescon su rubor! 

¡Qué anegado de gritosestá el jardín!«¡Yo, el heliotropo, yo!»«¿Yo? El jazmín.» 

Ay, pero el agua,ay, si no huele a nada. 

Tiene la noche un árbolcon frutos de ámbar;tiene una tez la tierra,ay, de esmeraldas. 

El tesón de la sangreanda de rojo;anda de añil el sueño;la dicha, de oro. 

Tiene el amor ferocesgalgos morados;pero también sus mieses,también sus pájaros. 

Ay, pero el agua,ay, si no luce a nada. 

Sabe a luz, a luz fría,sí, la manzana.¡Qué amanecida frutatan de mañana!¡Qué anochecido sabes,tú, sinsabor!¡cómo pica en la entrañatu picaflor! 

Sabe la muerte a tierra,la angustia a hiel.Este morir a gotasme sabe a miel. 

Ay, pero el agua,ay, si no sabe a nada. 

BAILE 

Pobrecilla del agua,ay, que no tiene nada,ay, amor, que se ahoga,ay, en un vaso de agua. 

En el rigor del vaso que la aclara,el agua toma forma—ciertamente.Trae una sed de siglos en los belfos,una sed fría, en punta, que ara caucesen el sueño moroso de la tierra,que perfora sus miembros florecidos,como una sangre cáustica,incendiándolos, ay, abriendo en ellosdesapacibles úlceras de insomnio.Más amor que sed; más que amor, idolatría,dispersión de criatura estupefactaante el fulgor que blande—germen del trueno olímpico— la formaen sus netos contornos fascinados.¡Idolatría, sí idolatría!Mas no le basta el ser un puro salmo,un ardoroso incienso de sonido;quiere, además, oírse.Ni le basta tener sólo reflejos—briznas de espumapara el ala de luz que en ella anida;quiere, además, un tálamo de sombra,un ojo,para mirar el ojo que la mira.En el lago, en la charca, en el estanque,en la entumida cuenca de la mano,se consuma este rito de eslabones,este enlace diabólicoque encadena el amor a su pecado.En el nítido rostro sin faccionesel agua, poseída,siente cuajar la máscara de espejosque el dibujo del vaso le procura.Ha encontrado, por fin,en su correr sonámbulo,una bella, puntual fisonomía.Ya puede estar de pie frente a las cosas.Ya es ella también, aunque por artede estas limpias metáforas cruzadas,un encendido vaso de figuras.El camino, la barda, los castaños,para durar el tiempo de una muertegratuita y prematura, pero bella,ingresan por su impulsoen el suplicio de la imagen propiay en medio del jardín, bajo las nubes,descarnada lección de poesía,instalan un infierno alucinante. 

Pero el vaso en sí mismo no se cumple.Imagen de una deserción nefasta¿qué esconde en su rigor inhabitado,sino esta triste claridad a ciegas,sino esta tentaleante lucidez?Tenedlo ahí, sobre la mesa, inútil.Epigrama de espuma que se espigaante un auditorio anestesiado,incisivo clamor que la sorderatenaz de los objetos amordaza,flor mineral que se abre para adentrohacia su propia luz,espejo ególatraque se absorbe a sí mismo contemplándose.Hay algo en él, no obstante, acaso un alma,el instinto augural de las arenas,una llaga tal vez que debe al fuego,en donde le atosiga su vacío.Desde este erial aspira a ser colmado.En el agua, en el vino, en el aceite,articula el guión de su deseo;se ablanda, se adelgaza;ya su sobrio dibujo se le nubla,ya embozado en el giro de un reflejo,en un llanto de luces se liquida. 

Mas la forma en sí misma no se cumple.Desde su insigne trono faraónico,magnánima,deífica,constelada de epítetos esdrújulos,rige con hosca mano de diamante.Está orgullosa de su orondo imperio.¡En las augustas pituitarias de óniceno juega, acaso, el encendido aromacon que arde a sus pies la poesía?¡Ilusión, nada más gentil narcóticoque puebla de fantasmas los sentidos!Pues desde ahí donde el dolor emite¡oh turbio sol de podre!el esmerado brillo que lo embosca,ay, desde ahí, presume la materiaque apenas cuaja su dibujo estrictoy ya es un jardín de huellas fósiles,estruendoso fanal,rojo timbre de alarma en los crucerosque gobierna la ruta hacia otras formas.La rosa edad que esmalta su epidermis—senil recién nacida—envejece por dentro a grandes siglos.Trajo puesta la proa a lo amarillo.El aire se coagula entre sus poroscomo un sudor profusoque se anticipa a destilar en ellosuna esencia de rosas subterráneas.Los crudos garfios de su muerte suben,como musgo, por grietas inasibles,ay, la hostigan con tenues mordedurasy abren hueco por fin a aquel minuto—¡miradlo en la lenteja del reloj,neto, puntual, exacto,correrse un eslabón cada minuto!—cuando al soplo infantil de un parpadeo,la egregia masa de ademán ilustrepodrá caer de golpe hecha cenizas. 

No obstante —¿por qué no?— también en ellatiene un rincón el sueño,árido paraíso sin manzanadonde suele escaparse de su rostro,por el rostro marchito del espectroque engendra aletargada, su costilla.El vaso de agua es el momento justo.En su audaz evasión se transfigura,tuerce la órbita de su destinoy se arrastra en secreto hacia lo informe.La rapiña del tacto no se ceba—aquí, en el sueño inhóspito—sobre el templado nácar de su vientre,ni la flauta Don Juan que la requiebramusita su cachonda serenata.El sueño es cruel,ay, punza, roe, quema, sangra, duele.Tanto ignora infusiones como ungüentos.En los sordos martillos que la afligenla forma da en el gozo de la llagay el oscuro deleite del colapso.Temprana madre de esa muerte niñaque nutre en sus escombros paulatinos,anhela que se hundan sus cimientosbajo sus plantas, ay, entorpecidaspor una espesa lentitud de lodo;oye nacer el trueno del derrumbe;siente que su materia se derramaen un prurito de ácidas hormigas;que, ya sin peso, flotay en un claro silencio se deslíe.Por un aire de espejos inminentes¡oh impalpables derrotas del delirio!cruza entonces, a velas desgarradas,la airosa teoría de una nube. 

En la red de cristal que la estrangula,el agua toma forma,la bebe, sí, en el módulo del vaso,para que éste también se transfigurecon el temblor del agua estranguladaque sigue allí, sin voz, marcando el pulsoglacial de la corriente.Pero el vaso—a su vez—cede a la informe condición del aguaa fin de que —a su vez— la forma misma,la forma en sí, que está en el duro vasososteniendo el rencor de su durezay está en el agua de aguijada espumacomo presagio cierto de reposo,se pueda sustraer al vaso de agua;un instante, no más,no más que el mínimoperpetuo instante del quebranto,cuando la forma en sí, la pura forma,se abandona al designio de su muertey se deja arrastrar, nubes arriba,por ese atormentado remolinoen que los seres todos se replieganhacia el sopor primero,a construir el escenario de la nada.Las estrellas entonces ennegrecen.Han vuelto al dardo insomnea la noche perfecta de su aljaba. 

Porque en el lento instante del quebranto,cuando los seres todos se replieganhacia el sopor primeroy en la pira arrogante de la formase abrasan, consumidos por su muerte—¡ay, ojos, dedos, labios,etéreas llamas del atroz incendio!—el hombre ahoga con sus manos mismas,en un negro sabor de tierra amarga,los himnos claros y los roncos trenoscon que cantaba la belleza,entre tambores de gangoso idiomay esbeltos címbalos que dan al airesus golondrinas de latón agudo;ay, los trenos e himnos que loabanla rosa marineraque consuma el periplo del jardíncon sus velas henchidas de fragancia;y el malsano crepúsculo de herrumbre,amapola del aire laceradoque se pincha en las púas de un gorjeo;y la febril estrella, lis de calosfrío,punto sobre las íesde las tinieblas;y el rojo cáliz del pezón macizo,sola flor de granadoen la cima angustiosa del deseo,y la mandrágora del sueño amigoque crece en los escombros cotidianos—ay, todo el esplendor de la bellezay el bello amor que la concierta todaen un orbe de imanes arrobados. 

Porque el tambor rotundoy las ricas bengalas que los címbalostremolan en la altura de los cantos,se anegan, ay, en un sabor de tierra amarga,cuando el hombre descubre en sus silenciosque su hermoso lenguaje se le agosta,se le quema —confuso— en la garganta,exhausto de sentido;ay, su aéreo lenguaje de colores,que así se jacta del matiz estrictoen el humo aterrado de sus sienaso en el sol de sus tibios bermellones;él, que discurre en la ansiedad del labiocomo una lenta rosa enamorada;él, que cincela sus celos de palomay modula sus látigos feroces;que salta en sus caídascon un ruidoso síncope de espumas;que prolonga el insomnio de su brasaen las mustias cenizas del oído;que oscuramente reptae hinca enfurecido la palabrade hiel, la tuerta frase de ponzoña;él que labra el amor del sacrificioen columnas de ritmos espirales,sí, todo él, lenguaje audaz del hombre,se le ahoga —confuso— en la gargantay de su gracia original no quedasino el horror de un pozo desecadoque sostiene su mueca de agonía.Porque el hombre descubre en sus silenciosque su hermoso lenguaje se le agostaen el minuto mismo del quebranto,cuando los peces todosque en cautelosas órbitas discurrencomo estrellas de escamas, diminutas,por la entumida noche submarina,cuando los peces todosy el ulises salmón de los regresosy el delfín apolíneo, pez de dioses,deshacen su camino hacia las algas;cuando el tigre que huellala castidad del musgocon secretas pisadas de resortey el bóreas de los ciervos presurososy el cordero Luis XV, gemebundo,y el león babilónicoque añora el alabastro de los frisos—¡flores de sangre, eternas,en el racimo inmemorial de las especies!—cuando todos inician el regresoa sus mudos letargos vegetales;cuando la aguda alondra se deslíeen el agua del alba,mientras las aves todasy el solitario búho que meditacon su antifaz de fósforo en la sombra,la golondrina de escritura hebreay el pequeño gorrión, hambre en la nieve,mientras todas las aves se disipanen la noche enroscada del reptil;cuando todo —por fin— lo que anda o reptay todo lo que vuela o nada, todo,se encoge en un crujir de mariposas,regresa a sus orígenesy al origen fatal de sus orígenes,hasta que su eco mismo se reinstalaen el primer silencio tenebroso. 

Porque los bellos seres que transitanpor el sopor añoso de la tierra—¡tragos de sangre, libres,en la pantalla de su sueño impuro!—todos se dan a un frenesí de muerte,ay, cuando el sauceacumula su llantopara urdir la substancia de un delirioen que —¡tú! ¡yo! ¡nosotros!— de repente,a fuerza de atar nombres destemplados,ay, no le queda sino el tronco prieto,desnudo de oración ante su estrella;cuando con él, desnudos, se sonrojanel álamo temblón de encanecida barbay el eucalipto rumoroso,témpano de follajey tornillo sin fin de la estaturaque se pierde en las nubes, persiguiéndose;y también el cerezo y el duraznoen su loca efusión de adolescentesy la angustia espantosa de la ceibay todo cuanto nace de raíces,desde el heroico roble hasta la impúberamenta de boca helada;cuando las plantas de sumisas plantasretiran el ramaje presuntuoso,se esconden en sus ásperas raícesy en la acerba raíz de sus raícesy presas de un absurdo crecimientose desarrollan hacia la semilla,hasta quedar inmóviles¡oh cementerios de talladas rosas!en los duros jardines de la piedra. 

Porque desde el anciano roble heroicohasta la impúberamenta de boca helada,ay, todo cuanto nace de raícesestablece sus tallos paralíticosen los duros jardines de la piedra,cuando el rubí de angélicos melindresy el diamante iracundoque fulmina a la luz con un reflejo,más el ario zafir de ojos azulesy la geórgica esmeralda que se anegaen el abrilde su robusta clorofila,una a una, las piedras delirantes,con sus lindas hermanas cenicientas,turquesa, lapislázuli, alabastro,pero también el oro prisioneroy la plata de lengua fidedigna,ingenuo ruiseñor de los metalesque se ahoga en el agua de su canto;cuando las piedras finasy los metales exquisitos, todos,regresan a sus nidos subterráneospor las rutas candentes de la llama,ay, ciegos de su lustre,ay, ciegos de su ojo,que el ojo mismo,como un siniestro pájaro de humo,en su aterida combustión se arranca. 

Porque raro metal o piedra rara,así como la roca escueta, lisa,que figura castilloscon sólo naipes de aridez y escarcha,y así la arena de arrugados pechosy el humus maternal de entraña tibia,ay, todo se consumecon un mohíno crepitar de gozo,cuando la forma en sí, la forma pura,se entrega a la delicia de su muertey en su sed de agotarla a grandes lucesapura en una llamael aceite ritual de los sentidos,que sin labios, sin dedos, sin retinas,sí paso a paso, muerte a muerte, locos,se acogen a sus túmidas matrices,mientras unos a otros se devoranal animal, la plantaa la planta, la piedraa la piedra, el fuegoal fuego, el maral mar, la nubea la nube, el solhasta que todo este fecundo ríode enamorado semen que conjuga,inaccesible al tedio,el suntuoso caudal de su apetito,no desemboca en sus entrañas mismas,en el acre silencio de sus fuentes,entre un fulgor de soles emboscados,en donde nada es ni nada está,donde el sueño no duele,donde nada ni nadie, nunca, está muriendoy solo ya, sobre las grandes aguas,flota el Espíritu de Dios que gimecon un llanto más llanto aún que el llanto,como si herido —¡ay, Él también!— por un cabellopor el ojo en almendra de esa muerteque emana de su boca,hubiese al fin ahogado su palabra sangrienta. 

¡ALELUYA, ALELUYA! 

¡Tan-tan! ¿Quién es? Es el Diablo,es una espesa fatiga,un ansia de trasponerestas lindes enemigas,este morir incesante,tenaz, esta muerte viva,¡oh Dios! que te está matandoen tus hechuras estrictas,en las rosas y en las piedras,en las estrellas ariscasy en la carne que se gastacomo una hoguera encendida,por el canto, por el sueño,por el color de la vista. 

¡Tan-tan! ¿Quién es? Es el Diablo,ay, una ciega alegría,un hambre de consumirel aire que se respira,la boca, el ojo, la mano;estas pungentes cosquillasde disfrutarnos enterosen sólo un golpe de risa,ay, esta muerte insultante,procaz, que nos asesinaa distancia, desde el gustoque tomamos en morirla,por una taza de té,por una apenas caricia. 

¡Tan-tan! ¿Quién es? Es el Diablo,es una muerte de hormigasincansables, que pululan¡oh Dios! sobre tus astillas,que acaso te han muerto allá,siglos de edades arriba,sin advertirlo nosotros,migajas, borra, cenizasde ti, que sigues presentecomo una estrella mentidapor su sola luz, por unaluz sin estrella, vacía,que llega al mundo escondiendosu catástrofe infinita. 

BAILE 

Desde mis ojos insomnesmi muerte me está acechando,me acecha, sí, me enamoracon su ojo lánguido. 

¡Anda putilla del rubor helado,anda, vámonos al diablo!

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