Un músico conocido como; Karajan

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Karajan tras la partitura del gesto 

Carlos Pineda   

Basado en una obra de teatro de Roland Harwood, autor del guión de The Pianist, de Polanski, István Szabó recreó en la película Taking Sides (Réquiem por un imperio) el otro juicio de Nüremberg, el que quiso inculpar a diversos artistas por su “colaboracionismo” con los nazis.  

Evoquemos aquellos cuadros finales de esta cinta de altos tonos poéticos: cansado, confundido, hostigado por los Aliados y su neurosis de postguerra, el director de la Orquesta Filarmónica de Berlín, Wilhelm Fürtwangler abandona, cabizbajo, el interrogatorio al que es sometido… en el momento justo en que desciende por las escalinatas de la mole burocrática semiderruida, una voz en off nos advierte que “el pequeño k ” sustituirá al maestro a su muerte, y así lo hizo.  

En 1954, año de la muerte de Fürtwangler, el “pequeño k ”, Herbert Von Karajan, ocupaba su lugar en el podio al frente de la Orquesta Filarmónica de Berlín, hasta que treinta y cinco años después, en Anif, Austria, su propia muerte lo separara del cargo.  

Heribert Ritter von Karajan nació hace cien años en Salzburgo y, muy pronto, a los veintiún años, debutaría dirigiendo Salomé, de Strauss, en el Festspielhaus de su ciudad natal. Siempre hábil y polémico, ingresa al Partido Nacional Socialista Alemán y dirige, por la Europa ocupada, el repertorio romántico que más tarde sería su escaparate hacia el reconocimiento del orbe.  

Pero esta relación con el nazismo no le fue del todo benéfica, ya que en consecuencia los rusos le impidieron dirigir la Orquesta Filarmónica de Viena, mientras interpretes del calado de Itzhak Perlman rechazaron tocar bajo su batuta.  

Aun el propio Hitler, en 1939, ordena a Winifred Wagner vetar de por vida a Karajan, quien jamás dirigirá en Bayreuth (sino hasta después de la muerte del dictador) por haberse equivocado al dirigir, sin partitura de por medio, Die Meistersinger von Nürenberg (Los maestros cantores de Nüremberg), de Richard Wagner.   

Al margen del rico anecdotario vital de Karajan, el estilo de conducción orquestal que impuso en la segunda mitad del siglo pasado, de relojería y limpieza exagerada del sonido, marcó el rumbo de la dirección de orquesta contemporánea.  

Supo conjugar la perfección técnica y un fuerte romanticismo contenido, con el hábil uso de los instrumentos mediáticos a su alcance. De ello resultó que el llamado “gran público” se acercara gozoso a la música clásica “ligera”, ya transformada en mero objeto de consumo, utilitaria gracias a la fina mercadotecnia de los grandes consorcios discográficos con los que tan bien supo negociar el director austríaco.   

Este fenómeno de bestsellerismo musical se debió tanto al hábil histrionismo de podio de Karajan, como a su capacidad de demiurgo en el uso de la batuta-palabra, a través de la cual ofrecía una “gramática” impecable de la interpretación; aunque también, hay que decirlo, por la elección de un repertorio de fácil digestión y soterrados alientos épicos, y su entendimiento práctico de las nuevas tecnologías útiles para mejorar el registro sonoro. Se cuenta en el corrillo de la música clásica que Karajan se obstinó en grabar en un sólo disco compacto la Novena Sinfonía, de Beethoven, y por ello estos soportes digitales aumentaron el límite establecido en aquel momento de sesenta minutos, para llegar hasta los setenta y cuatro.  

Mucho se ha criticado el conservadurismo de Karajan, véasele dirigiendo el Vals Triste, de Sibelius, o el Allegretto de la Séptima Sinfonía, de Beethoven, para dar cuenta del pulimento artesanal de sus movimientos, del dramatismo que de suyo tenía al cerrar los ojos en un aparente diálogo con la divinidad implícita en toda música.   

Para algunos esto es demasiada impostura; para otros, poesía de la interpretación. Al margen de estas polémicas de la personalidad, consideremos que Karajan era consciente de que ejecutar una obra implicaba pensar y manipular ese otro instrumento que es el cuerpo; entonces optó por dirigir con dos batutas, aquella encendida y apenas equilibrada sobre su mano, y su propio cuerpo: la batuta más expresiva, evidente y acaso efectiva, para permitir que se desarrollara de manera efectiva el drama interminable que mantiene la música con el ruido y los silencios.  

Karajan fue un aventajado residente del “proscenio” orquestal, junto a Leonard Bernstein y Ricardo Mutti, directores que a su manera buscaron en la acentuación de la performatividad el principio rector de la enunciación musical: lograr que los “caracteres” de la melodía se transfiguraran en un vocabulario de tonalidades y expresiones que el rostro (la facia), a modo de una partitura del gesto, pudiera “traducir” desde la intimidad del hecho sonoro puro.  

2001: A Space Odyssey, de Stanley Kubrick: el horizonte de la historia aún no contada se abre con las primeras notas del poema sinfónico Also sprach Zarathustra, de Richard Strauss, dirige, Karajan… Evoquemos ahora la escena final de Réquiem por un imperio.  

Un fragmento de cinta de época en blanco y negro nos permite ver cómo Fürtwangler cambia el pañuelo de la mano izquierda a la derecha, después de ser “saludado” por Hitler… se limpia, asqueado, la sangre homicida que sellaría el destino mundial. La ficción y la realidad cambiando de ropajes.  

Así, supongo, en su hora de muerte Karajan habrá pasado la batuta de una mano a la otra, para limpiarse los restos de sonido y poder entrar en la armonía más alta: la armonía del silencio, del polifónico vacío.  

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