Bertone en Querétaro por Julio Figueroa

 

Estado religioso…

¿democrático?  

Julio Figueroa  

    

Un acto de Estado religioso… en el Teatro de la República, el escenario histórico-político más significativo de Querétaro. Con cardenales, obispos y funcionarios políticos de primer nivel en el recinto público laico. Rectores universitarios (pocos), empresarios (pocos), curas y monjas (discretos), y, en fin, intelectuales católicos no vergonzantes (Rodrigo Guerra, Jaime Septién, Juan Carlos Moreno Romo, José Félix Zavala…; pienso que todavía son muchos más los académicos católicos vergonzantes que no se atreven a dar la cara ni a exponer sus ideas). 

     De la mano del Estado, la Iglesia Católica mexicana está en la calle, en la plaza pública, en el Teatro de la República. ¿Oremos? No, mi función de palabrero intelectual crítico cristiano no creyente y desvergonzado (pero atento y respetuoso) es cronicar y cuestionar. Levantar acta, dar fe de vida y extender una mirada crítica, fraterna y creativa.  

     ¿Qué es lo primero que llama la atención del recinto ya lleno hasta los topes y al inicio del acto denominado “La realización de la razón en el horizonte de la fe”? Que en el presídium hay once hombres de negro, es decir la clase religiosa católica está ocupando todo el estrado, y la clase política panista está en las butacas del público como simple espectadora. Es la primera vez que veo algo así en México: en un recinto histórico laico, los religiosos arriba y los políticos abajo. 

     Los jerarcas de la Iglesia Católica en Querétaro: cardenal Tarcisio Bertone, secretario de Estado del Vaticano; Carlos Aguiar Retes, presidente del episcopado mexicano; Christophe Pierre, nuncio apostólico en México; Mario de Gasperín, obispo de Querétaro; Arturo Simansky, arzobispo emérito de San Luis Potosí;  Alberto Suárez Inda, arzobispo de Morelia; José Martín Rábago, arzobispo de León; José Trinidad González Rodríguez, obispo auxiliar de Guadalajara; el obispo de Monterrey…  y Rodrigo Guerra López, director del Centro de Investigación Social Avanzada; y como presentador y maestro de la ceremonia política-cultural-religiosa, Jaime Septién Crespo.  

     Los católicos panistas no vergonzantes: Alfredo Botello, secretario de Gobierno; Guadalupe Murguía, secretaria de Educación; Manuel González Valle, alcalde de Querétaro; Armando Rivera, ex alcalde y suspirante a gobernador… ¿Y el Góber Ausente? Pues eso, ausente como siempre. Que salió ayer a Europa, en gira de trabajo. Ah. Seguramente grandes asuntos de Estado y de interés internacional, estatal y nacional reclaman su valiosa presencia en el viejo continente. Ah.    

     Luego vinieron los discursos. Breves. Amables. Respetuosos. Prudentes, muy prudentes. Atentos. Cuidadosos… Las palabras emitidas sabían que estaban volando y pisando sobre un suelo y un clima muy delicados: el del encuentro abierto entre la clase religiosa y la clase política. Sólo un discurso fue guerrero y uno conceptuoso. Los centrales. Dentro de los nuevos parámetros establecidos. Interesantes, muy interesantes. Hay que abrirlos y desmenuzarlos críticamente. 

     Don Mario de Gasperín, anfitrión de la casa, no muy su casa, dio la bienvenida al secretario de Estado del Vaticano, y no cargó las tintas. Además era su cumpleaños y todos le aplaudieron afectuosamente.

     Mario de Gasperín, obispo de Querétaro, al cardenal del Vaticano Tarcisio Bertone:

     –Lo escucharemos con atención. Sea usted bienvenido a esta Diócesis de Querétaro, su casa.  

     Carlos Aguiar Retes, presidente del episcopado mexicano, enseñó un colmillo así de grande en materia política, intelectual y religiosa. Habló suavemente sobre el resquebrajamiento cultural en este cambio de época. Un breve discurso bien leído y bien pausado.

     Carlos Aguiar, obispo de Texcoco:

     –Existe una ruptura entre Evangelio y cultura. Es el drama de nuestro tiempo. Por ello, es preciso evangelizar la cultura. Inculturar [palabra nueva que se escuchó varias veces] la predicación… Replantear y transmitir la fe católica. Hace falta una nueva evangelización. Animar desde el cristianismo la fe y la cultura. [Tal vez les falta un Ramón López Velarde del siglo XXI]. 

     (Estoy esperando los textos centrales que me prometieron para citarlos bien y discutirlos con rigor. El discurso guerrero del orador Rodrigo Guerra López y el discurso conceptuoso del afable Tarcisio Bertone. Gracias por su atención. Ah, ya tengo el discurso íntegro del cardenal Bertone. Gracias. Solicito expresamente el permiso del editor de Zenit para reproducirlo ampliamente. Gracias. Sólo me falta el del doctor en filosofía Guerra López. Lo seguiré esperando). 

     (La mejor fotografía del acto de ayer en la prensa local de hoy es sin duda la del Diario de Querétaro, de Gybsan Villagómez. En ella el cardenal Tarcisio Bertone lee atentamente su discurso y extiende la mano izquierda con los cinco dedos y la palma desnuda al frente, mientras que al fondo se ven claramente las letras de oro del recinto histórico: “Congreso Constituyente / 1916-1917 / Venustiano Carranza / Querétaro”. Y este pie de foto: “Desde la cuna de la Constitución, el Cardenal Tarsicio (sic) Bertone, el hombre más cercano al Papa, anunció una primavera de los laicos católicos.” Felicidades al Diario de Querétaro).  

      

Guerra López,

¿el filósofo guerrero?    

     Rodrigo Guerra López fue el guerrero filósofo intelectual católico no vergonzante y comprometido y conceptuoso. Apenas si exagero y digo todo esto en el mejor sentido. Acostumbrado a los escenarios y a gesticular. Lo he visto tres veces. El chaparrito cuadrado de lentes se eleva y se transforma. Es un orador nato, cultivado en las sagradas escrituras, ¿fundamentalista? No lo sé, pero ésta es una buena pregunta. El discurso de Guerra López fue interesante. No largo. Inteligente. Tomando el toro por los cuernos. ¿Qué dijo? 

     Rodrigo Guerra López, doctor en filosofía:

     Nos encontramos en el Teatro de la República, espacio en el que han tenido lugar importantes acontecimientos de nuestra historia nacional, entre los cuales, la promulgación de la Constitución hoy vigente, no es el menor.

     –Puede resultar extraño al observador desprevenido que un encuentro como este tenga lugar precisamente aquí. La expresión «observador desprevenido» la utilizo deliberadamente. «Desprevenido» es una palabra que indica «no preparado», «no advertido para algo». «Desprevenido» es aquel que queda como sorprendido en el momento en que acontece un hecho que rebasa las premisas desde las cuales está acostumbrado a pensar y a juzgar el mundo. 

     Este palabrero no es un palabrero desprevenido. Tan no es así que estuve en el acto y escribo con el texto en la mano. Yo celebro que la Iglesia Católica mexicana salga a la plaza pública. La plaza de todos. Y de toros (ja ja ja), por tanto, expuesta a todas las miradas y todas las cornadas.  

     –Tal vez todos somos un poco «observadores desprevenidos» debido a que en México, como en muchas otras partes del mundo, la modernidad ilustrada y sus productos más queridos –como nuestro peculiar liberalismo revolucionario– nos han acostumbrado a creer que el cristianismo no tiene cabida en la vida pública, que la fe no debe tener una expresividad histórica significativa en el presente, que seguir a Jesús es una experiencia de vida privada que habría que domesticar, superar o al menos someter a los límites que el poder en turno le asigne. La modernidad intentó por vías particularmente dolorosas hacer que el pueblo mexicano superara su estadio religioso para avanzar a un aparentemente más emancipado momento científico, democrático y laico. 

     ¿De qué modernidad estamos hablando? ¿Cuál es la modernidad que cuestiona el tradicionalista Rodrigo Guerra López? ¿Todavía le duele a la Iglesia el triunfo de los liberales revolucionarios del siglo XIX? ¿Sigue traumada ante el nombre innombrable de Benito Juárez? La modernidad es también una crítica y un encuentro nuevo con las más añejas tradiciones, puestas al día creativamente. Esto lo aprendí de Octavio Paz. Y la tradición no es un sillón ancho para echarse a dormir. 

     Dos modelos de cristianismo en crisis según Guerra:

     –El cristiano por sí mismo automarginado. Con una moral cristiana sin Cristo.

     –El cristiano militante ultraconservador e intolerante. Un cristiano ortodoxo sin creatividad cultural.  

     Guerra López dice rechazar estos dos modelos: los cristianos intimistas y los cristianos intolerantes, ambos en crisis. Pero no me queda muy clara cuál es la tercera vía que él sigue o propone. Habla del “encuentro con un gran amor, con un Misterio que salve; (que) sólo puede hacer una Persona, un acontecimiento, un rostro concreto que me interpele y que me acoja de manera irrestricta, incondicional, absoluta”. Habla, en fin, del encuentro con esa Presencia Misteriosa y de “la renovación de las relaciones entre fe y razón, entre cristianismo y cultura”.  

     ¿Cómo encontrar a Cristo? ¿Cómo encontró él a Cristo? ¿De veras la vida no es absurda y tiene un sentido? ¿Y cuál es ese sentido? ¿Y si Cristo existió pero no existe Dios? ¿Y si nunca encuentro a Cristo? ¿Y si yo no tengo la experiencia de Cristo? ¿De veras esa Presencia Misteriosa vence al mal y a la muerte? ¿Qué le diría el racionalista Sócrates al sofista Guerra López? ¿Qué piensa al respecto el cartesiano católico e hipercrítico de la modernidad y de la postmodernidad, el también doctor en filosofía Juan Carlos Moreno Romo? ¿Cómo es o cómo sería esa nueva cultura cristiana?  

     En suma, no me queda claro el tercer camino “del carácter personalista de la experiencia cristiana” de que habla el doctor Guerra. De cómo sería ese nuevo protagonismo cristiano, supongo que moderno, crítico y humanista. Como que dio un salto al vacío y no sé si cayó o se elevó. Como que dio respuestas a preguntas no formuladas y no planteó las preguntas fundamentales. 

     –Una cultura cristiana no nace por decreto… Una cultura cristiana nace de un movimiento, es decir, nace de una realidad viva que acompaña y que educa, de una comunidad de discipulado sostenida por la amistad y por el rigor al momento de pensar, al momento de dudar, de hacer preguntas y de encontrar respuestas.

     –Estimado Cardenal Bertone, en México y en América Latina esto está comenzando a volver a suceder…

     –México y América Latina son lugares de Esperanza y de Esperanza para la razón… 

     Aquí siento que el doctor estaba vendiendo un proyecto al Vaticano, ofreciendo una idea educativa y pidiendo presupuesto para su Centro de Investigación Social Avanzada. Lo cual me parece legítimo.  

     Al paso habló de la intolerancia de los tolerantes. Túyoélnosotros. Supongo. ¿Y el monólogo de los dialogantes, Rodrigo? Sí, tienes razón, “es preciso reaprender a hablar con atrevimiento”. Tal vez exageré, pero no demasiado, al llamar al filósofo Guerra un filósofo guerrero. (Va en archivo adjunto el discurso completo del doctor Rodrigo Guerra López). ¿Es un guerrero de las ideas libres o de las sagradas escrituras? 

     A más derechos democráticos de la Iglesia Católica en México, ¿más obligaciones y responsabilidades democráticas?    

Cardenal Bertone 

¿tradicional y libertario?   

     Tarcisio Bertone, nacido en 1934, es un hombre simpático, culto, inteligente, rápido de entendederas, bromista, intelectual, querible. Habló bien y largo. Leyó e improvisó. A veces se enredó un poco con su español, pero siempre salió adelante, y hacia el final quizá se hizo largo y cansó un poco. Me dio mucho gusto que citara a Gabriel Zaid. Y su mención es central.  

     Comenzó agradeciendo y reconociendo la importancia y la belleza del lugar donde estaba, para decir inmediatamente que había leído en un periódico mexicano (en realidad una revista, Proceso 1681: “La Iglesia ‘toma’ la cuna de la Constitución”), que él no venía a “tomar la cuna de la Constitución”: 

     –No es así, yo no vengo a “tomar” nada. En este lugar sagrado para la historia política del país, yo espero que mi presencia aquí sea constructora. No quedarnos en el laicismo del siglo XIX sino que éste progrese. Hacer un camino nuevo, con una voz libre y que progrese el laicismo mexicano. 

     Pienso que tal vez nuestro laicismo político mexicano sigue siendo muy decimonónico porque la Iglesia Católica mexicana sigue siendo muy colonial. Más atenta a los dictados de Roma que a la realidad nacional viva, contradictoria, cambiante y explosiva. Una Iglesia poco nacionalista y poco moderna. Es decir, en este punto no ha habido progreso de las dos partes.  

     Cardenal Bertone:

     El solemne marco que hoy nos acoge nos permite ahora, a un siglo de distancia, echar una mirada serena y desapasionada a la historia reciente de México —a veces dolorosa, mas siempre llena de vitalidad y de esperanza—, para reflexionar juntos acerca de la presencia de la Iglesia y de los católicos en la vida pública del país y de su papel en la configuración de la cultura mexicana, y alentar a todos aquellos que se esfuerzan decididamente en tender puentes entre la fe y la razón, en alentar el diálogo franco y cordial entre la fe y la ciencia, en entablar relaciones fluidas y fructíferas entre la fe y la cultura. 

     Sin duda que la Iglesia ha tenido y tiene una importante presencia en la vida pública y cultural de México. ¿Está en crisis esta presencia y esta cultura católicas? Gabriel Zaid en los años setenta del siglo pasado le dijo a un obispo holandés que sí, y que no podía “darle la menos esperanza” para que ésta renaciese:

     –En México, fuera de los vestigios de mejores épocas y de la cultura popular, se acabó la cultura católica. Se quedó al margen, en uno de los siglos más notables de la cultura mexicana: el siglo XX. ¿Cómo pudo ser? Todavía me lo pregunto.

     Y en otra parte el mismo Gabriel Zaid (“Nueva edición de López Velarde”, Leer poesía, 1999) dice:

     –El nacionalismo de López Velarde era el de la nación cristiana perseguida por la Revolución francesa en Europa, y por las leyes de Reforma en México. Un nacionalismo de estirpe romántica que afirma los valores locales y tradicionales (lo que hoy se llama identidad) frente a la imposición violenta del progreso externo. Tanto en Europa como en México, la cultura católica, destronada como cultura oficial, se repliega a la provincia, como un Arca de Noé de los valores auténticos, mientras pasa el diluvio. Hasta que la paloma vuelve bajo el liderazgo de León XIII, cuyo largo papado (1878-1903) transforma esa militancia defensiva en apertura al mundo moderno, bajo la consigna nova et vetera: unir lo nuevo con lo viejo. Esto produjo una efervescencia vanguardista en los medios católicos, de efectos muy notables en la creatividad social y cultural, a fines del siglo XIX y principios del XX, en Europa y en México.

     –Los católicos mexicanos de vanguardia crearon cajas populares y cooperativas, fundaron una multitud de periódicos locales, criticaron la dictadura y participaron en la Revolución mexicana.  

     Aquí está el punto central, a mi modo de ver, en que la modernidad se encuentra con la tradición en el propio ámbito religioso: la forma de unir lo nuevo con lo viejo. ¿La han encontrado, desarrollado y practicado los hombres de cultura, intelectuales y académicos de la Iglesia Católica en México? Sus discursos a veces parecen más antiguos que los del PRI.  

     Por supuesto el cardenal Bertone y el doctor Guerra no comparten enteramente el diagnóstico pesimista de Zaid. Y creen ver y tratan de dar una esperanza para el renacimiento cultural católico. Yo le creo más al escritor crítico, ensayista y poeta, quien por cierto este 24 de enero cumple 75 años, que al filósofo y al cardenal. 

     En seguida Bertone ponderó la importancia que la cultura tiene para la Iglesia:

     –La síntesis entre cultura y fe no es sólo una exigencia de la cultura, sino también de la fe… Una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida.

     Y pasó a definir su concepto de cultura:

     –Cultura es aquello que permite al hombre ser más hombre, crecer en su propia humanidad. La cultura no es un fin en sí misma, por cuanto noble y elevada, sino un medio para llegar al humanismo integral del bien de todo el hombre y de todos los hombres. Toda expresión cultural que no contribuye a la plena humanidad de la persona, no es auténticamente cultura.  

     A mí me gusta más la concepción de Ortega y Gasset, quien veía a la cultura como el conjunto de preguntas y respuestas que los individuos y los pueblos se van dando en el transcurso de su vida y de su historia. Preguntas y respuestas, cambian las preguntas y cambian las respuestas. Además, pienso, toda cultura es un proceso de acumulación y, tarde o temprano, una ruptura y una transformación. La tradición de la ruptura (Octavio Paz) y el encuentro y el combate entre lo nuevo y lo viejo, entre tradición y modernidad. En todo tiempo y lugar coexisten varias formas culturales en diálogo, mezcla, abrazo, rechazo y lucha.  

     ¿Admite la Iglesia Católica la diversidad, pluralidad, diálogo, lucha, abrazo, confrontación cultural? No, porque ve a la otra parte sólo en su forma negativa: “La lista es larga: sacrificios humanos, infibulación, discriminación y maltrato de la mujer, aborto, etc.” Curiosamente en esa larga lista y en ese etcétera se omiten las prácticas de la Santa Inquisición, en las que en nombre del Bien se exterminaba al Mal, representado en personas concretas: crímenes en nombre de Dios.  

     Sigue el cardenal Bertone:

     –La cultura se sitúa en el orden del ser y no del tener. El hombre vale más por lo que es que por lo que tiene. El hombre, y de modo análogo los pueblos y las naciones, valen más por el conjunto de sus valores morales y espirituales que por los índices de crecimiento económico e industrial, que a menudo dependen directamente de los primeros. 

     Bien. ¿Alguien se imagina a Jesucristo y sus doce apóstoles viviendo en Ciudad del Vaticano? ¿A la Madre Teresa (quien dio todo hasta sangrarle el alma) viviendo como viven una gran mayoría de los obispos y cardenales, los representantes de Dios en la tierra?  

     Finalmente, en su concepción de cultura, Bertone la define como el “primado del ser sobre el obrar… en el principio existía la Palabra, existía el Logos…”. En suma, la cultura de la palabra contra la cultura de la praxis. Pero no de cualquier palabra: “Ante todo, esta cultura de la palabra se nutre de la Sagrada Escritura”. ¿Y la poesía, la novela, el teatro, el ensayo político, la filosofía, la música, la pintura, la arquitectura, la danza, el cine? Toda la modernidad parece quedar fuera de esta tradición católica. ¿No es esa su crisis actual?  

     ¿En el principio fue la acción o el verbo?     Bertone:

     –Hay que contemplar el mundo, antes de pretender transformarlo.

     –La visión cristiana de la realidad es una apuesta por un mundo de sentido frente al absurdo de un devenir irracional guiado por las solas fuerzas materiales.

     –En esta alternativa entre razón e irracionalidad, el cristianismo se presenta, por tanto, como la cultura de la palabra y la religión del logos, abriendo al hombre un camino nuevo.

     –Palabra, comunión, verdad, amor: conceptos fundamentales para una cultura cristiana, para una paideia, que es el ideal en que los griegos cifraban el pleno desarrollo del hombre y que Roma tradujo como humanitas.

     Sí pero no: falta la mirada crítica de los griegos y de la modernidad, la duda sobre sí mismos, la duda de las propias palabras, la duda de las sagradas escrituras. Y el examen de conciencia de la fe cristiana.  

     De las cuatro partes que componen el discurso del cardenal, la segunda la dedica a “la síntesis barroca de América”. Dejo a los historiadores el análisis crítico y el desciframiento de la enredada mezcla de teología, historia y mitología en torno a la extraordinaria e inverosímil creación cultural popular de la Guadalupana, que por cierto la Iglesia Católica se tardó mucho tiempo en reconocer y hoy, naturalmente, enarbola y usufructúa por todos lados. Al paso: ¿cuánto dinero ingresa a la Basílica de Guadalupe por concepto de limosnas, donaciones y diezmos, y cómo se usa? Sin duda la Guadalupana es una parte fundamental de la identidad nacional mexicana. Pero no es el único elemento, por importante que éste sea. También lo son: el idioma, el territorio, la comida, el tequila, la cerveza, el pulque, la música, los charros, las pirámides y todas las piezas prehispánicas, la literatura, la pintura, los murales de Orozco, Rivera y Siqueiros, Tamayo y Toledo y Cuevas, las adelitas, las madres soleteras y jefas de familia, el 10 de mayo, Pedro Infante, Cantinflas, Tin-Tan, el box, las luchas, el futbol, el cine, la fotografía, la caricatura, Octavio Paz, Sabines, Pellicer, Vasconcelos, Revueltas, Poniatowska, DD… En fin, Carlos Monsiváis, José Emilio Pacheco y Gabriel Zaid podrían decirnos mucho más al respecto. Hay un libro fundamental que aquí tengo a la mano y que sólo he podido leer la mitad y que ha sido muy poco atendido, salvo por Adolfo Castañón, quien me lo descubrió: me refiero al importante libro de Carlos Monsiváis, Imágenes de la tradición viva, FCE-Landucci-UNAM, 2006, 672 pp. 

     Sigamos con Bertone, quien en su tercera parte señala un gran divorcio entre la cultura popular y la cultura de las minorías dirigentes:

     –Es paradójica la escisión entre la cultura ilustrada de las élites, que viven mirando a Europa o Norteamérica, y la cultura barroca del pueblo.

     ¿Este mismo divorcio no existe entre la élite de la Iglesia? Bertone así lo reconoce e intenta dar dos explicaciones al respecto:

     –En primer lugar, habría que mencionar la persecución sufrida por la Iglesia en México. La Iglesia fue deliberantemente expulsada de los ámbitos públicos de creación de alta cultura, especialmente de la Universidad y del foro político. Liberales y revolucionarios aplicaron con éxito una estrategia de aislamiento, especialmente en el área de la educación. Este proceso, como sabemos, fue particularmente violento en el siglo XX, en el que se desencadenó una sangrienta represión contra la Iglesia.

     Es el párrafo más político y más polémico del secretario del Papa. Su mención de la compleja Guerra Cristera de los años veinte del siglo pasado. Y en seguida trata de suavizar agregando más elementos:

     –Sin embargo, sería equivocado atribuir toda la culpa a elementos externos, y a la existencia de tramas de poder, ciertamente activas y poderosas, que persiguen eliminar la presencia de la Iglesia en la vida pública.

     –Es necesario constatar también que los esfuerzos católicos para la producción de la cultura han tenido, en general, un éxito mermado. Han faltado en ocasiones la creatividad necesaria para dar vida a nuevas propuestas culturales. Mientras que Europa y América conocieron a finales del siglo XIX y principios del XX una explosión de creatividad en todos los órdenes, con notables reflejos de la vida cultural mexicana, los católicos no supieron integrarse adecuadamente en las vanguardias, ocupados como estaban en la defensa de su propia identidad…

     Y termina coincidiendo con Zaid:

     –La resultante de todos estos factores es que, mientras que en el pasado de la Iglesia tuvo un papel destacado en la vida cultural de México, como en el resto de la cultura del Nuevo Mundo, con un florecimiento en los siglos XVI-XVII, en la pasada centuria, una de las más brillantes en la cultura mexicana, al Iglesia y los católicos apenas tuvieron incidencia en ella.

     ¿Cómo va a resurgir la cultura católica? ¿Qué propone Bertone? Algo fundamental:

     –Que los católicos y no católicos acepten escuchar las razones del otro. Con Habermas, la “disposición al aprendizaje mutuo”. 

     Por último, concluye el cardenal, ante las decepciones del Estado y del mercado, que han ido “ocupando con eficacia el ámbito de las instituciones y de la vida pública, pero sin ofrecer al hombre el sentido profundo de su existencia, urge la evangelización de la cultura en México… Mientras no iluminemos con el Evangelio el alma de la cultura, no podemos esperar la transformación tan anhelada de nuestros pueblos.”      Sólo olvida el hombre de fe que la institución de la Iglesia también ha sufrido un incesante desgaste y que cada vez parece ser más la gente que mantiene sus creencias religiosas pero separadas de las instituciones eclesiásticas y aceptando ciertos valores modernos: por ejemplo, el uso de los anticonceptivos y las nuevas relaciones de convivencia. “¿Cómo dar a luz una nueva cultura cristiana en este comienzo del tercer milenio”, con una Iglesia también desgastada como el Estado y el mercado, y tal vez separada de una parte importante de la sociedad? Es la pregunta que no se hace Tarcisio Bertone.

     Si hay que evangelizar la cultura, igualmente habría que modernizar y liberar la enseñanza evangélica. ¿No es acaso lo que hicieron Nikos Kazantzakis y La última tentación de Cristo, Tolstói y sus relatos cristianos y Vicente Leñero y El Evangelio de Lucas Gavilán? ¿Pero caben los cristianos hipercríticos dentro del aparato rígido de la institución de la Iglesia? ¿Se encontrarán algún día la tradición y la modernidad en el examen crítico de conciencia de los jerarcas de la Iglesia? Sin renunciar a sus dogmas, ¿cabe la tradición libertaria en la Iglesia Católica más bien autoritaria?     

     Yo me quedo con el último aliento del cardenal Bertone:

    

 –No todo esta perdido. No hay tiempo para el desaliento. Nada ganamos con dejarnos vencer por la inercia o la rutina. No podemos cruzarnos de brazos pensando que cualquier esfuerzo en el terreno cultural es fatiga inútil o empresa imposible.

     –Hay que remar mar adentro y echar las redes en nombre de Jesucristo.  

     Así sea. Yo también me siento un humilde trabajador de la cultura de la palabra, pero no de Jesucristo. Lo siento. ¿Quién escribe cuando escribe el palabrero rodante? 

Qro. Qro., jueves 22-I-2009. 

juliofime@hotmail.com

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