Salirse del guión: Por Arellano

ARROSTRAR LA SIMULACIÓN 

Uno de los males endémicos de la sociedad mexicana, y particularmente de su clase política, ha sido la incapacidad para desmontar la estructura del viejo régimen priista. Esta estructura penetró no sólo a las instituciones gubernamentales, sino a todos los ámbitos de convivencia dentro de la sociedad.  

Todas las organizaciones se hicieron a escala, o en contra, del viejo partido y su verticalidad aspiracionista. Una de las consecuencias más graves de este hecho es la total despolitización de los actores sociales, dado que se entiende que lo político, que hacer política es recurrir a acuerdos ocultos o a sumar voluntades simulando no hacerlo. Es decir, que lo político es siempre fuente de engaño.  

La evidente complacencia del PAN cuando llegó al poder, al encontrar todo un aparato presidencialista a su disposición, no oculta lo podrido y anacrónico del sistema. El PAN no sólo ha permitido que todo cambie para seguir igual, sino que ha profundizado en la práctica de la simulación, llevando agua a su molino en dos frentes muy cercanos a ellos: los negocios con dinero público (Mouriño, Garrido) y la cercanía con la iglesia católica (Fox, Calderón, Botello) que para hacerse patente pasa por vulnerar (no discutir, no modificar las reglas) las formas de un estado laico. En este entorno se han presentado para el país un escenario con más elementos en contra que a favor: las reformas petrolera y fiscal no son lo que se necesitaba (ni para los negocios coludidos con el poder, ni en un proyecto de asistencia social); la autodenominada guerra contra el narcotráfico se agudiza y presenta un costado cada vez más marcado de descomposición social (los arsenales que circulan libremente por todo el país; el caso ruinmente célebre de El pozolero del Teo; el carácter carismático del cartel La familia); el entorno económico y los propios errores internos golpean con furia la economía mexicana.   

Es en el marco de este último escenario donde los senadores convocaron a un foro de reflexión sobre la situación de la crisis económica en el país.  El 28 de enero tuvo lugar la intervención de la politóloga y académica Denise Dresser. No busco resumir aquí un discurso que es de todos conocido. Sólo destacaré un punto a mi juicio fundamental:  es claro que como para muchos otros, para Dresser el mayor problema alrededor de la forma heredada de hacer política con la que se maneja nuestra oligarquía es la simulación. El propio foro pasaba por ser un escenario donde se abría la discusión, pero donde no había necesariamente un punto de llegada, de carácter ejecutivo, que modificara o marcara un rumbo para el país en momentos de tensión social en crecimiento.  

Es decir, iban los ponentes (todos muy destacados) a dar clase a nuestros senadores (lo cual está perfecto) y luego, ya sin sus molestas miradas, los senadores discutían si valía la pena hacer algo, o seguir las propuestas (calificadas por todas las voces como insuficientes) de Felipe Calderón para hacer frente al vendaval económico. Y aunque todas las personalidades convocadas dijeron cosas muy relevantes y prestaron tanto su experiencia como sus ideas a establecer el mapa de la cuestión, el discurso de Dresser recordó, frente a los gesticuladores, que sin la llegada a propuestas concretas, además en la dirección correcta, este ejercicio no sería sino uno más entre los miles de acciones gestuales (pero vacías) que realiza nuestra clase política. Ahí está el germen maligno de la connivencia entre empresariado y clase política, política igual a gestos, a rituales, no a acciones y eventos que modifiquen el curso normal, esperado,  de las cosas (en la definición de Alain Badiou). Esta simulación, esta absurda gestualidad ha llevado a crear una técnica muy particular de lo escenográfico en la vida pública.  

La gestualidad es cumplida frente a todos, pero los acuerdos, la negociación y sus productos son ocultos, son conocimiento y garantía para unos cuantos. La clase política simula frente a todos, pero ya se sabe que los propósitos de eso simulado se llevan a cabo fuera de escena. Esta simulación es tan de carácter perverso que se piensa que la vida pública tiene estancos incomunicados: lo político no es llevadero con lo económico, lo social con lo productivo, lo cultural con lo financiero. Una cosa es producir riqueza y otra es distribuirla. Ahí está el compadrazgo necesario que refiere Dresser: los políticos son los encargados del ritual, pero el resto de la oligarquía son los de las decisiones y los beneficios. Como si la economía no fuera ámbito de lo político, como si la vida pública permitiera esa división del trabajo tan alienante como falsa. El recordatorio de la intricada relación entre economía y política abrió el abanico de la definición. Política legislativa, sí, pero no solamente. También práctica reglamentaria, también fiscal, también política comunitaria. Y de frente a la sociedad, representando a los que dicen representar y no al servicio de los poderes fácticos. Con nombre y apellido.  

Contraviniendo ese estado de cosas, la intervención de Denise Dresser fue un acto político, cuando de ella se esperaba un acto académico. No están separados, es la perversa lógica de la simulación la que piensa que acto político sólo es un mitin o una elección. Y además reclama la sujeción a esos parámetros de pensamiento; sino me creen revisen en el video del discurso el rostro de Manlio Fabio Beltrones. Incómodo, molesto, ajeno.  

 

La Dresser se salía de guión. No era para esto que la habían llamado. La importancia de esta intervención radica en el rasgado de una escenografía caduca que se tambalea, pero no termina de caer. Porque los obliga a tomar una postura frente al hecho. No podrán decir que no sabían lo que ya se les dijo en su casa, en su foro. No podrán hacer el discurso a un lado luego de corearlo con una standing ovation. Si ellos buscan olvidar, nosotros nos encargaremos de recordarles. 

Luis Alberto Arellano

(laertes76@hotmail.com)

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