Larga vida al festival de la Cd. de México

 

Primer cuarto de siglo 

Pablo Espinosa 

 

La Jornada 

El Festival de México en el Centro Histórico llega a su primer cuarto de siglo con una definición venturosa: una oferta cultural que atiende a públicos diversos, con énfasis notable en el infantil y juvenil, una capacidad de riesgo y propuesta innovadora que han perdido otros festivales en México, un prestigio ganado a conciencia y sobre todo la contundencia del pulso contemporáneo latiendo desde el corazón de México. 

Para la historia queda, por ejemplo, la clausura de la emisión del año pasado: una multitud enfebrecida bailoteando, brincando, riendo, inundada de felicidad y de lluvia, y de una música volcánica y balcánica, la de Goran Bregovic y su Banda de Boda y Funeral. 

Era conmovedor observar esa masa conformada por jóvenes, aristócratas y hasta funcionarios, algo así como los famas, cronopios y esperanzas cortazarianos. 

Pareciera ir quedando atrás entonces la leyenda negra de este festival que nació como una fiesta de señoras ricas y la clase acomodada y culta, cuyo interés central era la cena, el socialito y no el concierto ni la danza ni el teatro ni lo que fuera. 

La oferta programática de este año ofrece y cumple la obligación que debiera cumplir el Estado mexicano y que solamente la Universidad Nacional Autónoma de México mantiene: dotar de nuevas propuestas, arriesgar, proponer, formar públicos.

En este renglón cabe a la perfección la visita del ensamble completo del maestrísimo Gavin Bryars, ese monstruo sagrado de la música alternativa, cuyo portento solamente es conocido hasta la fecha por iniciados. 

Y qué decir de los fabulosos maestros de Asian Dub Foundation, Balkan Beat Box, Mala Punica, Mike Patton y Nurse With Wound, entre las maravillas de las ya tradicionales y esperadas sesiones de Radar y Radical Mestizo. 

Ciencia, artes plásticas, buen teatro, un nuevo montaje de Don Giovanni, ese estudio magistral del alma femenina de un hombre que amó a las mujeres: Wolfangus Amadeus Muzartus, pero a diferencia de la apatía operópata (de acuerdo con la definición de Juan Ibáñez, quien por cierto es el autor de la mejor puesta en escena de Don Giovanni en México, operópatas son aquellos que escuchan ópera con las patas), ahora nuevamente se pondrá atención al hecho escénico y al musical al mismo tiempo. 

Larga vida al Festival de México en el Centro Histórico.

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