Religión y cambios

Religión y nuevas síntesis culturales  

Bernardo Barranco V. 

 

La Jornada  

Para la jerarquía católica, el actual proceso electoral se distingue por el acotamiento reiterado de las instituciones del Estado para contener su impulso e incursión política, no obstante que ha reiterado que su actuación solamente busca fomentar la participación al sufragio para contener tanto la abstención como el voto nulo. Con insistencia, los obispos reivindican su libertad religiosa a participar socialmente del proceso; sin embargo, es notoria la apatía de una feligresía católica que no alcanza a valorar la dimensión política de su fe ni muestra entusiasmo por el llamado de los prelados a intervenir en los procesos electorales, ya que no tiene el mínimo interés en una participación social y política. 

Históricamente la relación entre la política, el poder y la religión ha sido espinosa y abrupta, y quizá hoy atraviesa por uno de los momentos más azarosos. Pareciera que tras la caída del Muro de Berlín se han venido desfondando los ímpetus mesiánicos y libertarios no sólo dentro de las ideologías políticas, sino de las propias religiones. Como señala Danièle Hervieu-Léger, la reconfiguración del campo religioso pasa más por apuestas de creencias terapéuticas, de corte intimista, emocional, individualista, sicoafectiva y hasta las evasivas como el caso de algunos pentecostalismos. 

Cuando algunos analistas refieren la “repolitización de lo religioso” indican, por una parte, la irrupción política de las instituciones religiosas en la política de las estructuras del Estado, incluyendo los partidos, para incidir en las políticas públicas, como una forma de preservar su misión. Por ejemplo, en el lobby que ejercita la Iglesia católica para neutralizar iniciativas como aborto, eutanasia, nuevas formas de pareja, etcétera, pueden observarse diferentes maneras de acción fundamentalista que se derivan de la exigencia religiosa hacia los creyentes, en los siguientes términos: el reconocimiento de Dios conlleva la relativización del poder político y de las leyes establecidas por el Estado; dichas leyes pueden ser juzgadas no sólo por su sentido legal, sino particularmente por su apego a los principios éticos que están inspirados en la religión. 

Por otra parte, después del 11 de septiembre, se agita en el ambiente cultural un predominio de sensibilidad religiosa fundamentalista; en una sociedad globalizada emergen las visiones tradicionalistas que trascienden políticamente en la arena social. Desde el evangelismo estadunidense hasta el integrismo islámico, budismo tamil, hinduistas ultranacionalistas, los “pequeños dragones” neconfusionistas, el judaísmo ultraconservador, etcétera. El regreso a los orígenes de manera acrítica, bajo la certeza de las fórmulas ancestrales consagradas; lecturas literalistas de los libros sagrados; beligerancia para cuestionar el actual orden establecido por las leyes de un mercado globalizado e internacional. 

En las sociedades modernas, México incluido, se ha venido generalizando un desencanto por lo político. Daniel Bell ya apuntaba que desde los años 50 las grandes ideologías tendían a correrse hacia el centro como reacción a la bipolaridad provocada por la guerra fría. Si en el siglo XIX se expanden con densidad las más sobresalientes y diversas ideologías, como el anarquismo, el socialismo, el liberalismo, el catolicismo, el marxismo, entre otras, en cambio, al inicio del siglo XXI, la política se percibe huérfana de referencias de los grandes andamiajes ideológicos. Se aprecia un eclipsamiento de las filosofías de la historia. Las diferencias de visión del mundo, de la democracia, de la economía y de la construcción social se mimetizan en las diferentes ofertas políticas “desidelogizadas”, que parecen haber sucumbido al pragmatismo de la oferta y la demanda de un voraz mercado global.

La religión y las Iglesias son sensibles a estas fluctuaciones culturales, no pueden estar al margen. La participación social y política de las Iglesias, así como de sus fieles, tienen como trasfondo la crisis cultural y la desactivación ideológica de la democracia. Las grandes instituciones religiosas, como la católica, han venido perdiendo el monopolio de la cosmovisión, compartiendo con la secularización un proceso de resquebrajamiento de su fortificación dogmática y de destradicionalización de la memoria colectiva. 

El laicismo, entendido como una ideología anticlerical excluyente, en un país como México, corre el riesgo de sacralizarse y erigirse como pauta de la moral pública, así como el definidor de los asuntos religiosos. Por ello, preferimos reivindicar la laicidad que respete el derecho a la experiencia espiritual de las personas y de las comunidades religiosas, y que al mismo tiempo cuestione la tentación de la religión hacia la política, es decir, la legitimación o deslegitimación mediante los usos y abusos del poder simbólico de Dios. 

 En ese sentido, el llamado a una mayor participación política de sus creyentes, se expresa en medio de una circunstancia cultural adversa. El teólogo vasco José María Mardones señaló en uno de sus últimos libros: “Después del 11/S se palpa la urgencia de una eticización de la globalización… un tipo de religiosidad crítico-política es urgente y necesaria en este contexto. Sin duda, una ética mundial de las religiones (H. Küng), la vinculación con las víctimas (J.B. Metz) y una teología político-económica (J. Moltman) tienen hoy razón de ser”. (Recuperar la justicia. Religión y política en una sociedad laica. Ed. Sal Terrae, Santander, 2005. p 59). 

El catolicismo y sus estructuras han subsistido a lo largo de la historia; sin embargo, hoy padecen un desmoronamiento de relación con la cultura actual. ¿Cuánto tiempo tardará en construir una nueva síntesis de fe y cultura? ¿Qué tanto de su tradición y de su identidad serán mudadas? 

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