Seducción y distanciamiento en …

Muerte en Venecia: éxito con matices  

Juan Arturo Brennan 

 

La Jornada  

 Ensayo de Muerte en Venecia, en el teatro Julio CastilloFoto Guillermo Sologuren  

Si se complica mover la góndola, entonces que se mueva Venecia. Si se complica atracar el barco, entonces que el muelle se acerque a la nave. Que un elevador inmóvil suba y baje eficazmente a sus pasajeros. Que un sencillo y fugaz elemento decorativo haga las veces del Teatro La Fenice. 

Estos son sólo algunos de los numerosos aciertos teatrales de la actual puesta en escena de la ópera Muerte en Venecia, de Benjamin Britten, que bajo la dirección escénica de Jorge Ballina (autor también de la escenografía) se perfila como una bien resuelta y exitosa propuesta, debido principalmente al hecho de que acepta abiertamente su teatralidad. 

Uno de los méritos principales del trabajo de Ballina es la plena coherencia de su puesta en escena, que de principio a fin se percibe como una línea de conducta única, sin parches ni costuras, con cada parte bien integrada al todo. 

Hay en esta ópera una cantidad extravagante de cambios de escena y escenario, resueltos aquí con singular eficacia y fluidez por Ballina, quien ha asumido plenamente la presencia de la maquinaria escénica del teatro Julio Castillo, lo que le permite emplearla sin tapujos y sin falsas pretensiones de realismo, y además sin recurrir al oropel distractor de la tecnología visual que recientemente ha saboteado el resultado de producciones menos eficaces. 

En lo vocal, esta puesta de Muerte en Venecia está encabezada por el tenor Ted Schmitz en el papel protagónico del atribulado Gustav von Aschenbach. Su emisión vocal, pulida y correcta pero con cierta falta de proyección y solidez. En su caracterización faltó delinear con mayor enjundia el descenso de Aschenbach a su doble abismo, y el deterioro progresivo que le causan simultáneamente el cáncer de la pasión reprimida y la peste que le carcome el cuerpo. Los personajes secundarios, de fugaces apariciones como viñetas, cantados en general con corrección, aunque faltó una afinación más precisa en el contratenor que representa a Apolo. 

Uno de los retos principales en Muerte en Venecia es la correcta representación teatral de los numerosos papeles mudos que propone la trama, encabezados por Tadzio, el rubio efebo que le descompone a Aschenbach su rígido esquema moral de artista impoluto. El joven Ignacio Pereda ha logrado en este papel un muy interesante equilibrio entre la seducción y el distanciamiento, sin caer en manierismos inútiles.

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