La Ciudad de Querétaro

La Ciudad de Querétaro 

El espíritu barroco floreció en la Nueva España con una intensidad extraordinaria. Querétaro participó plenamente en aquel barroquismo cultural. No es por casualidad que una de las máximas expresiones del arte barroco universal la constituyen los retablos «ultrabarrocos» de Santa Rosa y Santa Clara en Querétaro. Aquellos retablos son un reflejo fiel de la sociedad queretana de la última mitad del siglo XVIII. Si la Iglesia reservaba para sí el manejo de las ideas, el hombre, siempre inquieto, se encargaba de los detalles, concentrándose en los aspectos formales y elaborándolos, tanto en los campos de la filosofía y la teología como en la creación literaria y plástica. La virtud y la salvación del alma dependían de la aceptación del dogma. Los métodos medievales del verbalismo escolástico eran seguros. Los conocimientos basados en la observación y la experimentación eran peligrosos. El hombre barroco se refugiaba en el mundo de las palabras floridas, apantalladoras; de las formas caprichosas, raras y extravagantes; y de los espectáculos públicos surreales y deslumbrantes .

Querétaro en el siglo XVI

Cuando llegó Cortés con su banda de aventureros a la rica y sofisticada ciudad de Mexico Tenochtitlan, no había en el valle de Querétaro más que unas pobres rancherías de los chichimecas pames, rústicos cazadores y recolectores que habitaban las tierras del norte, más allá de los límites de la civilización mesoamericana. Anteriormente habían florecido culturas de filiación mesoamericana en la región; la manifestación arquitectónica más importante es el centro ceremonial de El Cerrito, que, por el volumen de su basamento, debe haber sido el núcleo monumental de un asentamiento de tamaño considerable. Las estructuras parecen haberse levantado en tiempos teotihuacanos tardíos (siglos V-VII), siendo reconstruidos en la primera parte del horizonte tolteca (hacia el siglo X) . Durante los siglos X-XII, hubo una contracción del límite septentrional de las culturas mesoamericanas hacia el sur. El valle de Querétaro quedó en manos de los chichimecas hasta el siglo XVI. Es dudoso que la zona de Querétaro haya caído bajo la dominación mexica, a pesar de las afirmaciones de varios historiadores.

 

Querétaro fue fundado por otomíes del valle del Mezquital (hoy en el estado de Hidalgo y parte del estado de México). Estos antiquísimos y mal entendidos habitantes del altiplano central participaron en todas las grandes culturas prehispánicas de la región. Fueron agricultores, plenamente integrados en la civilización mesoamericana. Al final de la época Prehispánica, la mayor parte de los otomíes rendían tributo al imperio mexica. Guerreros otomíes servían en los ejércitos imperiales.

 Después de que los españoles se apoderaron de los valles centrales en la década de los 1520, un grupo de otomíes de la provincia de Jilotepec, bajo el liderazgo del mercader Conni, se refugiaron en el Bajío, primero en la futura villa de San Miguel el Grande, después en el lugar llamado hoy La Cañada, al oriente de la ciudad de Querétaro. Conni había tenido lucrativas relaciones comerciales con los chichimecas de la región desde hacía algún tiempo. Los otomíes sembraron maíz, frijol y chile para su sustento y para dar a sus vecinos chichimecas. Así los encontró Hernán Pérez de Bocanegra, encomendero de Acámbaro. Viendo que vivían en plena autonomía, convenció a Conni, con regalos y palabras, que estos otomíes debían tributarle algo del fruto de sus labores agrícolas. Los chichimecas pensaron matar a Conni, por su amistad con el invasor blanco, pero este otomí sutil les hizo regalos y los tranquilizó. Pérez de Bocanegra trajo un fraile franciscano para bautizar a los otomíes y chichimecas del lugar. A Conni se le atribuye la fundación del pueblo; desgraciadamente los documentos más auténticos no especifican claramente el año .

Dos siglos después el cronista franciscano Beaumont analizó varios documentos antiguos y concluyó que «el más probable cómputo de su primitiva fundación con los bárbaros chichimecas» es el año de 1531. Muchos historiadores han tomado esta fecha como «oficial» desde entonces. Es probable que la integración del pueblo en el sistema novohispano, cuando llegó Pérez de Bocanegra, haya sido entre 1538 y 1542.

 

Hay otra relación de la fundación de Querétaro, el de Nicolás de San Luis, cacique otomí y pariente político de Conni, quien tuvo un papel importante en la conquista y colonización de la región. Allí se encuentra la famosa leyenda de la lucha sin armas en el cerro de Sangremal y la milagrosa aparición del Apóstol Santiago; sin embargo los obvios anacronismos que contiene esta relación le quitan valor como fuente histórica fidedigna.

 

Llegaron números considerables de otomíes a Querétaro, así como algunos tarascos y nahuas. Conni mandó crear un sistema de acequias para aprovechar las aguas que salían de La Cañada. Repartió las tierras del valle, reservando grandes propiedades para sí mismo y su familia.

 Cuando se abrió el camino real a Zacatecas, hacia 1550, creció la importancia de Querétaro, por su ubicación estratégica entre la capital de la Nueva España y la zona minera al norte. Querétaro fue esencialmente un pueblo de indios en el siglo XVI; sin embargo, para 1586 el franciscano Ciudad Real reportó que había más de setenta vecinos españoles, dedicados a la ganadería y la agricultura .

 

Estalló la Guerra Chichimeca en 1550. Fue esencialmente una reacción de los nómadas ante la invasión de sus tierras, que resultó de la colonización intensiva del Bajío y las zonas mineras del norte. Este conflicto cruel duró hasta 1590 y aún después en algunos lugares, como la sierra Gorda. Los españoles se valieron, como había hecho Cortés, de aliados indígenas que pertenecían a diferentes grupos étnicos. Los otomíes tuvieron un papel clave en esta lucha y en la expansión de la civilización hispano-indígena hacia el norte. Los caciques indígenas recibieron importantes nombramientos y privilegios de los virreyes. Destacan entre estos conquistadores otomíes los tres capitanes generales: Nicolás de San Luis, Hernando de Tapia (Conni) y su hijo Diego de Tapia. Los dos últimos fueron gobernadores de Querétaro, que parece haber servido como una importante base de operaciones para los ejércitos indígenas. Querétaro quedaba en plena tierra de guerra. Durante la segunda mitad del siglo tuvo que sufrir los ataques de los hostiles nómadas. Finalmente los chichimecas fueron vencidos, no por la «guerra a fuego y a sangre», sino por una sutil mezcla de la fuerza de las armas y la diplomacia, con abundantes regalos de comida, ropa y otros bienes. Fueron congregados en pueblos, junto con indios civilizados del sur, y puestos bajo la tutela religiosa de los frailes. Así los españoles y sus aliados indígenas se adueñaron del Bajío y las zonas mineras del Norte .

 

La evangelización de la región empezó, como vimos, con el bautizo de los otomíes y chichimecas que vivían en La Cañada. Juan Sánchez de Alanís, quién llegó como «criado» de Pérez de Bocanegra, tuvo un papel importante en la conversión de los indígenas. Después Sánchez fue ordenado como sacerdote. Este español conocía el idioma otomí y alguna de las lenguas chichimecas. Conni hizo bautizar a todos los indios que llegaban a la creciente población; iba a misa cada día y castigaba a los indios que no asistían al rito los domingos y días festivos.

 Los franciscanos se encargaban de cristianizar y administrar los sacramentos a los habitantes del pueblo de Querétaro. Desconocemos la fecha precisa de la fundación del convento de Santiago. De la década de 1580-1590 hay menciones en los documentos de un conjunto conventual completo, de sólida mampostería, con un claustro amplio que permitía estudios de teología, artes y gramática. Se construyó durante el gobierno de Conni; por lo tanto debe de haberse terminado antes de 1571, año de su muerte.

 Los franciscanos, durante la primera etapa de la evangelización, fueron en realidad bastante radicales. Quisieron crear, en los pueblos de indios, comunidades cristianas utópicas modeladas en la Iglesia primitiva. Encontraban en la cultura indígena valores semejantes a los propios, alentando sus esperanzas de crear una nueva sociedad, libre de las enfermedades morales y la corrupción que contaminaban al Viejo Mundo. Esta corriente idealista perdió vigor en la última mitad del siglo XVI, por varios motivos: la oposición del clero secular, que poco a poco iba desplazando a los frailes; cambios en la política real hacia las colonias y la decadencia dentro de las órdenes mendicantes, junto con la pérdida del celo apostólico de los primeros años (18). No hay pruebas concretas que nos indiquen cuando se trazó el asentamiento hacia el lado oeste del cerro de Sangremal, eclipsando así a La Cañada como el centro de Querétaro. Posiblemente fue en la década de 1541-1550 (19). Las manzanas de la nueva población fueron trazadas por Juan Sánchez de Alanis «en forma de un juego de ajedrez (…) con muy grandes y espaciosas calles y puestas por muy bien concierto y orden», según la Relación geográfica de Querétaro, escrita en 1582 (20). Un análisis de la traza urbana, –más o menos intacta– de Querétaro, de forma reticular (21), revela que allí, como en la mayor parte de los asentamientos novohispanos, se aplicaron las teorías urbanísticas del renacimiento italiano (22). El convento de los frailes franciscanos, con su amplio atrio, quedaba al centro del pueblo, como era usual en los pueblos de indios. El diseño urbano de Querétaro es excepcional, sin embargo, en la relativa irregularidad de las calles atrás (al oriente) del convento y en el hecho de que la plaza quedaba a un lado del atrio conventual, en lugar de ubicarse sobre el eje longitudinal de la iglesia (23).La ciudad barroca de QuerétaroDe un pequeño pueblo de indios, Querétaro creció hasta convertirse en el siglo XVII en la tercera ciudad de la Nueva España, por el número de sus habitantes (24). Hay varias descripciones de Querétaro en los documentos de los siglos XVII y XVIII. A continuación citaré algunos de estos escritos. Pasear por las calles de Querétaro era una experiencia estética de primer orden, como fácilmente podemos percibir a través de las fuentes literarias que siguen. La primera de las descripciones seleccionadas fue redactada por el fraile franciscano Alonso de La Rea. Fue impresa en la ciudad de México en 1643 (25). A mediados del siglo XVII Querétaro estaba en pleno crecimiento. Llegaban muchos colonos desde las poblaciones hacia el sur. Probablemente tenía más de 5,000 habitantes en estos años, entre los indios (siempre una mayoría en el Querétaro barroco), los españoles, los negros y las personas de sangre mezclada (26).
 

  Está el pueblo de Querétaro treinta leguas de la ciudad de México, hacia el Poniente, situada en la falda de una pequeña cuesta, cuya población se divide mitad arriba y mitad abajo. El sitio es montuoso, pero tan fértil que puede competir con los mejores de Italia. Está todo cercado y rodeado de montes muy altos, y así su población, huertas y labores, vienen a estar en una rinconada, tan breve y tan corta que sólo su fertilidad puede sustentar tan numerosa población. Es de casi cuatrocientos vecinos españoles (sin la otra gente que es mucha) todos de caudal y porte, divididos en sus calles a lo político y popular. Sus casas muy complicadas así de lo material como de lo necesario: y así todas en general tienen agua de pie y las más, huertas y viñas con sus huertos y recreos que sin encarecimiento, pueden competir con los Ibleos (sic pro hibleos) y celebrados pensiles de Grecia y de Babilonia. Tiene seis conventos fundados: de N. P. San Francisco, de sus Descalzos, de Carmelitas y padres de la Compañía, el hospital que tienen los hermanos de Huastepec y el de las monjas de Santa Clara (…) Cada uno de estos conventos tienen cosas memorables así por los edificios como por la autoridad y que pedían mayor relación, pero remítola a otras plumas.

Treinta y siete años después de la impresión de las citadas palabras de La Rea, el brillante matemático, astrónomo, historiador, poeta y cosmógrafo don Carlos de Sigüenza y Góngora, publicó su famosa obra Glorias de Querétaro, para conmemorar el estreno de la iglesia de la Congregación de la Virgen de Guadalupe (27). Sigüenza, después de describir el contorno natural y los campos de cultivo en el valle queretano, se refiere a la orgullosa ciudad barroca (ya podemos hablar de Querétaro como ciudad, pues en 1656 el virrey concedió el título de «Muy Noble y Leal» ciudad de Querétaro después de una fuerte donación a las arcas reales. La confirmación del rey se dió hasta 1712, gracias a otra aportación pecuniaria del vecindario queretano) (28).
 

  Todo lo que no ocupan las labores es el sitio de la ciudad que promedia este río, siendo la parte inferior la comunidad de los indios, y la superior el lugar de los españoles, cuyo número distribuido por las vecindades y humeros llegará a quinientos, no comprendiendo los indios, negros, mulatos y mestizos, que son muchos. Las casas materiales, de que la población se compone, regularmente son de un terrado, pero lo que les falta de altura les sobra de capacidad y grandeza. No hay alguna, por pequeña que sea, que no tenga agua de pie o de la que brota en los pozos, o de la que se les comunica por atarjeas de cal y piedra en que se pasea por todas las calles de la ciudad (…), siguiéndose de esta conveniencia, y de la fertilidad del terruño, el que en todas haya deliciosos jardines y agradables abundantísimas huertas. No le excede México (que es ponderación más que grande) en poseer los matizados tesoros de Amalthea en cuantas flores, ya sean naturales de estos países, ya originarias de las alcuñas de Europa, son entretenimiento apacible de la vista, y regalo suavísimo del olfato. No se necesita de que de otras partes se le conduzcan frutas, porque en cualquiera huerta de la ciudad hallará el criollo chirimoyas, aguacates, zapotes blancos, plátanos, guayabas, garambullos, pitayas, ciruelas, tunas diferentísimas; y no echará de menos el gachupín sus celebrados y suspirados duraznos, granadas, membrillos, brevas, albérchigos, chabacanos, manzanas, peras, naranjas y limones de varias especies; de todas las cuales frutas, o las más de ellas se hacen conservas de tan sabroso punto, cuanta es la abundancia con que por todos estos reinos se distribuyen. No faltan las cañas dulces, melones, sandías y de todo género de hortalizas, sin exceptuar las escarolas, betorragas, el cardo y los espárragos, hay copia sobradísima de uvas de todos géneros, así en viñas dilatadas como en parras frondosas; y nada se echa menos, no sólo de lo preciso, sino aún de lo delicioso para conservación de la vida, sirviendo esto de medio eficaz para que insensiblemente pasase Querétaro de pueblo no muy grande a ser ciudad magnífica y numerosa (…) No es el menor lustre de la ciudad de Querétaro, la munificencia con que se emplea en el divino culto, omito el referirlo cuando son tan notorias sus fiestas anuales, sus procesiones penitentes, sus cofradías devotas, sus capellanías perpetuas y sus memorias piadosas. Siete eran las iglesias en que como siete columnas estribaba allí todo el empireo en que asiste la sabiduría del Padre. La primera, la parroquia del convento de Santiago de la Regular Observancia de N.P.S. Francisco, cuyo curato y beneficio es tan pingüe, que sustentando un número crecido de religiosos, sobra mucho al fin del trienio para la fábrica. El religiosísimo de San Buenaventura de la Cruz de los Milagros de la Recolección de la misma orden. El de San Antonio de Padua, de la descalcez seráfica. El de la Reforma de Nuestra Señora del Carmen. El Colegio de la Compañía de Jesús, donde se lee gramática. El hospital real de que cuidan los hermanos de San Hipólito. El convento real de Santa Clara de Jesús, en donde como en regalía suya nombra capellanías su majestad, que administran los religiosos de su hábito, y en donde como en un remedo del paraíso siguen al cordero divino ciento y veinte vírgenes, que como esposas queridas las adorna con la hermosa plenitud de las perfecciones. Decir la majestad de sus fábricas, portadas y torres, cimborrios, altares, sagrarios, relicarios, ornamentos, preseas, reliquias, riqueza, adorno, indulgencias, jubileos y gracias, fuera asunto muy lleno para cualquiera pluma que quisiera emplearse en prolija historia. Lo que yo aseguro es que, siendo México una de las ciudades que en todo el ámbito de la tierra poseen templos con igualdad suntuosos y perfectos, puede Querétaro correr al lado de México en tan sagrado estadio. A estas grandezas por todas partes cabales, dio heroico realce la nueva iglesia de presbíteros seculares, que en honra de María santísima en su advocación de Guadalupe de México, se perfeccionó y dedicó en estos días, con las circunstancias y majestuosa pompa que admiré presente y que remito a la posteridad en esta desaliñada narración de lo que fui testigo (29).

Una hermosa y barroquísima descripción de la ciudad se encuentra en un libro sobre las recién construidas obras hidráulicas de Querétaro y las fiestas dedicatorias, escrito por el padre jesuita Francisco Antonio Navarrete en 1738 e impreso el año siguiente (30). Seguía creciendo la ciudad en esos tiempos; según el estudio demográfico de Super, la población de Querétaro aumentó hasta más de 25,000 hacia mediados del siglo (31).
 

  Es la muy noble y leal ciudad de Santiago de Querétaro, entre todas las ciudades que pueblan este continente septentrional, si no la más poblada por la templanza de su cielo y distribución admirable de sus aguas, la más florida; porque la arboleda, que en forma de media luna la rodea, la hace tan amena y vistosa, que los cinco sentidos tienen su especial deleite al gozar de su amenidad y hermosura. El paladar se recrea con el gusto de tantas diferencias de frutas, sin dar sentencia a favor de ninguna, porque todas son exquisitas (…) El olfato tiene su especial recreo en la vegetable república de las flores; porque siendo tan varias y tan hermosas, se mantienen ya unas, y ya otras, todo el año; sin que lo erizado del invierno pueda marchitar ni el encendido color de las rosas ni la candidez de las azucenas, dándoles humo de narices con su olor suave al diciembre rígido y al helado enero. Los pintados pajarillos (ramilletes volantes) divierten con su canto continuamente los oídos; porque como cada casa es una maceta de flores, cada jardín una primavera, y cada huerta un Paraíso, toda la ciudad es una jaula, en que sin más cuidado que abrir los oídos, se percibe con deleite aquella música, que por componerse de avecillas inocentes, no puede menos el corazón, que elevarse y apetecer la celestial música que es divina, porque sigue los armónicos y soberanos puntos del Cruzado. El tacto tiene su singular delicia en las frutas, tan hermosas y varias que toca, y en las matizadas y suaves flores que manosea. Pero el sentido que más percibe la amenidad y hermosura de Querétaro (sin duda por más noble) es el de la vista (…) Este hermoso país visto desde la Loma, causa tanto agrado a los ojos, que faltan colores a la retórica para pintar con propiedad lo que tan amena ciudad encierra dentro de tan florido círculo para el recreo; porque al registrar una ciudad, que al compás de los edificios descuellan los árboles que la matizan, imprime en la fantasía una tan agradable, aunque opuesta armonía de pareceres, que al ver sólo la mitad de los templos, los chapiteles de las torres y las azoteas de las casas empinarse sobre los árboles y las flores, imagina la fantasía, que lo enmarañado y tupido de la arboleda es un ondeado mar de verdes esmeraldas que mantiene sobre su en-ojada espalda una grande flota de navíos, que aunque parece están en calma por haber dado fondo los blancos edificios, tal vez imagina que navegan, cuando el viento al mover las copas de los árboles, engaña la vista para que presuma que son las olas, que azota el aire, dándoles a los navíos de cal y canto un engañoso y aparente movimiento.

La descripción de Villaseñor y Sánchez salió de la imprenta siete años después del libro del jesuita Navarrete, en 1746. Villaseñor, citando registros parroquiales, nos informa que había entonces 2,805 familias de indígenas otomíes en la ciudad de Querétaro, así como 3,004 familias de españoles, mestizos y mulatos. Este autor multiplica el total de familias por ocho para obtener una población total de 46,472 individuos. En un estudio moderno, John C. Super utiliza un factor de conversión más realista de 4.6, el cual nos daría una población de aproximadamente 26,721 habitantes para la ciudad (32).
 

  La capital, que es Querétaro, es la más hermosa, grande y opulenta ciudad que tiene el arzobispado de México, así por los muchos templos de suntuosa fábrica que le adornan, orden de sus calles y plazas, perfectos edificios de casas, crecido número de familias de españoles y demás calidades, estado eclesiástico y secular, como su buen temperamento, abundancia y amenidad. Hállase situada esta ciudad a la falda de una loma, que hoy se nombra el cerro de la Santa Cruz, extendiéndose la mayor parte de su población de Oriente, dista de la capital México cuarenta y dos leguas, elevándose el polo septentrional en veinte y un grados, treinta minutos. Situado, pues, su hermoso plantel, y supuesto que la mayor parte de su población es de Oriente a Poniente, se abriga de Norte a Sur con un cerro que la defiende, y desde donde principia su célebre cañada, cuyo delicioso país, frondosas campiñas y divertibles huertas causan recreación a la vista, fertilizadas de las aguas de un caudaloso río, e introducidas por conductos secretos, reducidas a doce surcos, que corren por la acequia madre; y de este beneficio gozan más de dos mil casas y en ellas otras tantas huertas y jardines abundantes de varias especies de flores y frutos así regionales como de Castilla (…) De las tres plazas que tiene la ciudad salen todas las calles en que se dilata, cruzadas a los cuatro vientos principales, que la hacen hermosamente repartida y fácil el giro de su vecindario; su mayor largueza corre de Oriente a Poniente y de Sur a Norte su anchura (33).

En la primavera de 1764 el franciscano español Francisco de Ajofrín pasó un mes en Querétaro. Como los demás visitantes escritores, quedó impresionado por esta ciudad encantadora:
 

  Es Querétaro hermosa, grande, opulenta y amena ciudad del arzobispado de México, y última, por ese rumbo, de su jurisdicción. Hállese situada a la falda de una loma que se nombra de Santa Cruz, donde está fundado el colegio de Padres Crucíferos. Dista de México 46 leguas. Se halla en 21 grados y 30 minutos de latitud. Su población se extiende de oriente a poniente más que de norte a sur, y la desigualdad del terreno en declive, por el rumbo dicho no permite que sus calles sean perfectamente niveladas. A la banda del norte está defendido de un cerro muy elevado, y en su profundidad hay un valle extendido y capaz, que llaman La Cañada, fertilísima y deliciosa por sus muchas huertas y natural amenidad. Por lo profundo de La Cañada corre un caudaloso y cristalino río, cuyas aguas, divididas en acequias, riegan y fertilizan la parte baja de la ciudad, quedando la superior sin este beneficio; aunque tiene el equivalente, y aún mejorado, por la bondad de sus aguas, con el acueducto y magnífica fábrica del puente que a sus expensas labró poco ha el marqués del Villar del Aguila, don Julio Antonio de Urrutia y Arana, de tanta elevación, que siendo el colegio de Padres Crucíferos lo más alta de la ciudad, como ya queda insinuado, la cogen los padres en los claustros altos y en sus propias celdas sin bajar las escaleras; cosa rara y que no he visto en ningún otro convento (…) (34).

La última descripción que citaré aquí fue redactada por Antonio de Ulloa, comandante de la última de las flotas de Indias (35). Estuvo en Querétaro en 1777. Un censo del mismo año indica que había más de 25,581 habitantes en la ciudad (36). Otras cifras del último cuarto del siglo XVIII varían entre 36,000 y 47,000. Zelaa supone que había más de 50,000 en la ciudad en la primera década del siglo XIX (37). Ulloa nos dejó su impresión de la ciudad, la cual resulta muy útil para reconstruir la vida de Querétaro hacia el final de la época Barroca.

  Es la situación de esta ciudad, según se ha dicho, al pie de una cuesta y a la parte del sureste de una espaciosa llanura. Su capacidad es bien grande: las calles, derechas y anchas; las casas, en la mayor parte, bajas, bien fabricadas, algunas tienen un alto, son desahogadas en sus viviendas y por arriba están cubiertas de azoteas, sin verse tejado en declive: cuyo uso es general en las poblaciones del reino, conociéndose en ello haber tomado los primeros fundadores el médodo (sic) de Andalucía. Los barrandales son de hierro, que en aquellas partes es costoso. La calle del Comercio, que es una de las principales por estar contigua a la Plaza Mayor, se hermosea con el crecido número de tiendas que hay en ella, abastecidas abundantemente de toda suerte de mercancías de Europa. Muchas de las casas gozan de la comodidad de fuentes, por haber abundancia de aguas corrientes, que se conducen a la ciudad sobre una arquería de 62 arcos, cuyos claros son como de 18 varas y la elevación de los más altos 20. Es obra moderna, hecha de piedra de un color rojo, siendo de ésta los más de los edificios. Hay además varias fuentes públicas para la comodidad del vecindario. Tiene dos plazas grandes: la principal en figura cuadrada, en cuyo medio la adorna una hermosa fuente; la otra hace frente al convento de San Francisco. Las casas de cabildo son representación, fabricadas modernamente. Sin embargo de la capacidad de esta ciudad sólo tiene una parroquia y ésta es la iglesia de San Francisco por haberle servido antes a los religiosos de este orden. Hállese ya secularizada y tiene tres ayudas de parroquias. A más del convento de San Francisco hay de Santo Domingo, de la Merced, de San Diego, recoletos de San Francisco misioneros; y de monjas, Santa Clara, capuchinas, carmelitas y beaterio de Santa Rosa: Éste es, así mismo, colegio para la enseñanza de niñas y hay crecido número de colegiales que se crían con la mejor instrucción. Las iglesias de estos conventos son hermosas, ricamente doradas en sus altares y adornadas con el mayor primor, particularmente las de las monjas y entre éstas se distinguen las de Santa Rosa (…) Viven estas familias (de españoles y criollos) entre bastante decencia y porte, pues se cuentan más de sesenta coches que ruedan, teniendo la comodidad de estar toda la población en llano, hallarse sus calles empedradas y de que se proporcionan varias salidas amenas por las muchas huertas que hay en su circuito, en donde sobresale la amenidad, contribuyendo el temperamento benigno y el riego en las estaciones en que faltan las lluvias. El carácter de las gentes es agradable: recomendación que es general en todo el reino. Tienen buenas presencias y en el sexo sobresalen las que los distinguen (sic). Continuamente se ve en las calles y plazas bastante concurso de gente, que es señal de estar bien poblada y del tráfico y comercio que tienen. La gente de mediana esfera y los indios se ejercitan en hacer tejidos de lana y de algodón, fabricando frasadas, paños bastos, lienzos blancos y listados y los que llaman «paños», que usan las mujeres para cubrir el cuerpo desde los hombros hasta la cintura, por cuyo motivo es grande el consumo que hay de ellos.

La población de Querétaro en la época BarrocaQuerétaro, como todas las ciudades de la Nueva España, tuvo una población multiétnica. Cada grupo aportaba algo de su forma de ser a la cultura híbrida del lugar. Leonard habla de una «pigmentocracia», en la cual el nivel social del individuo se basaba principalmente en el porcentaje de sangre europea que llevaba en las venas (38). A continuación veremos los diferentes grupos raciales que conformaban la sociedad queretana en los siglos barrocos. Los españoles peninsulares, llamados chapetones o gachupines (39), ocupaban un lugar privilegiado en la sociedad colonial. Para ellos, la Nueva España era una promesa de prosperidad. Los que tenían una educación formal ocupaban los puestos importantes en el gobierno y en la Iglesia. Llegaron muchos campesinos y artesanos de la península ibérica, atraídos por la posibilidad de enriquecerse. Muchos prosperaron. En Querétaro se convirtieron en comerciantes y en dueños de estancias, haciendas y obrajes. Otros tuvieron menos suerte, integrándose en las clases media y baja de la sociedad. También llegaban a la Nueva España los españoles menos deseables, los ladrones y vagabundos (40). Según las Leyes de Indias no podían inmigrar a la Nueva España personas que no fueran españoles; sin embargo los europeos de otros países conseguían permisos para establecerse, especialmente si dominaban algún oficio que escaseaba en la tierra. También llegaban ilegalmente. Existen pruebas documentales de la presencia clandestina de portugueses residentes en Querétaro en 1619, quienes tuvieron que pagar una multa para «componerse» ante el gobierno virreinal (41). Los criollos, o personas de sangre española nacidas aquí, frecuentemente son llamados «españoles» en los documentos virreinales. Sin embargo, constituían una categoría social distinta. Especialmente en la primera parte de la época Barroca, los peninsulares imaginaban que los criollos eran físicamente y mentalmente inferiores, debido al efecto del medio ambiente en su desarrollo (42). Los descendientes de los conquistadores y colonizadores veían con frustación que los recién llegados de España acaparaban el poder, ocupando los puestos superiores en la burocracia y la Iglesia. Había una nobleza criolla que heredaba sus títulos de los conquistadores o de sus parientes peninsulares. Si no tenían antecedentes nobles, pero poseían fondos suficientes, podían comprar un título. En general los criollos pudientes fueron empresarios, dedicándose a las mismas actividades que los gachupines (43). En Querétaro hubo criollos sobresalientes, como don Juan Caballero y Ocio, que ocupó importantes puestos en el gobierno y la Iglesia. Heredero de una fortuna, se dedicó a la filantropía. Fue generoso en extremo con su caudal, destacándose como benefactor de los pobres y las instituciones religiosas, así como patrón de las artes (44). En Querétaro la proporción de españoles (peninsulares y criollos) iba en aumento, desde una pequeña minoría en el siglo XVI, hasta constituir más de la cuarta parte de la población en el último cuarto del siglo XVIII, y casi la tercera parte al final del Virreinato (45). El grupo racial más numeroso de la ciudad fueron los indígenas (46). Los más antiguos en la zona fueron los chichimecas. Después llegaron los otomíes para fundar el pueblo; éstos siempre se mencionan en los documentos virreinales como el grupo mayoritario entre los indios de la ciudad (47). También había tarascos y nahuas en Querétaro. Por bastante tiempo los indígenas mantuvieron muchos rasgos de su antigua cultura, aunque se incorporaron en la economía española (48). Probablemente constituían más del noventa por ciento de la población de la ciudad hasta los primeros años del siglo XVII. Desde mediados del siglo XVII hasta la mitad del XVIII alrededor del cincuenta por ciento de la población fueron indígenas. Para la primera década del siglo XIX, la proporción de indios había bajado hasta el veinticinco por ciento, más o menos (49). Entre los caciques otomíes se destacaba de manera especial don Diego de Tapia, hijo de Conni. Heredó de su padre los cargos de capitán general y gobernador de Querétaro, así como extensas propiedades. Éstas, junto con las minas que descubrió en el Norte, le permitían vivir como un magnate. Fue gobernador desde 1581 hasta su muerte en 1614 (50). En el siglo XVII los caciques de Querétaro conservaban algo del poder y prestigio que habían ganado sus antepasados, como aliados del gobierno virreinal en la Guerra Chichimeca. Esta élite indígena solía adoptar un estilo de vida más español que autóctono (51). En 1696 un hijo de caciques queretanos, educado en el colegio jesuito de la ciudad, recibió el grado de Bachiller en Artes, después de presentar un examen en la Real Universidad de México. Con el grado venía la «licencia de subir en cátedra y exponer en ella Aristóteles y los demás autores de Artes» (52). El prestigio del gobernador y la influencia de los caciques en general decayeron en la segunda mitad del siglo XVII y en el siglo XVIII. Al final de la época Barroca apenas se distinguían de los indios comunes (53). Contribuía a este proceso la pérdida de las tierras de los indígenas, comunales y privadas, a los hacendados españoles. Hacia mediados del siglo XVIII éstos poseían la mayor parte de las tierras productivas de la región y los campesinos indígenas fueron reducidos a la condición de peones en las haciendas.54 Los indios de la ciudad desempeñaban trabajos muy diversos, desde labores manuales en las empresas de los españoles, hasta oficios artesanales diversos, la creación pictórica y escultórica, el diseño arquitectónico y la construcción. Otros fueron comerciantes, dueños de trapiches textiles y abogados (55). La tercera raza básica que conformaba la población queretana fue la negra. Los africanos fueron importados como esclavos, sobre todo en las últimas décadas del siglo XVI y la primera mitad del XVII. Los españoles los compraban para proveer de mano de obra a sus empresas y como símbolos de su rango social (56). En Querétaro la mayoría de los esclavos trabajaban en los obrajes textiles, donde constituían una parte muy grande de la fuerza laboral durante el siglo XVII. Los negros que no estaban en las fábricas eran sirvientes domésticos (muy codiciados por la clase alta), artesanos (particularmente herreros y sastres) o pastores en las estancias campestres de sus dueños. Sigüenza menciona en 1680 que «cuatro piezas de esclavos» fueron donados a la Virgen de Guadalupe para que sirvieran en la iglesia de la Congregación: «el uno con su ropón de paño azul, y en el bordado el nombre de su Señora, para que sirviera de perrero; otro para que administre lo necesario en la sacristía, y dos negrillos para que ayuden a misa.» En la última parte del siglo XVIII había pocos esclavos en la provincia. Muchos compraban su libertad y la de sus familias; otros fueron liberados por sus dueños después de haberles servido fielmente. En general iban mezclándose con los demás grupos hasta desaparecer como raza pura (57). La belleza física de las mujeres negras debe de haber hechizado a los varones españoles, pues pronto empezaron a proliferar los mulatos, nuevo tipo de la especie humana, de sangre hispanoafricana. Algunos compartían con sus madres la condición de esclavitud, pero con frecuencia los españoles concedían la libertad a sus hijos concebidos con esclavas. En algunas ciudades novohispanas era común que las jóvenes negras y mulatas libres anduvieran adornadas con costosas joyas, regalos de sus amantes españoles de la élite social. En 1778 el diez por ciento de los queretanos fueron mulatos, según un censo oficial. En general los mulatos queretanos se dedicaban a trabajos manuales, en los obrajes, talleres artesanales y en el campo. Como las otras mezclas, tenían poco prestigio y frecuentemente se metían en problemas con la ley (58). Otro tipo humano de sangre mezclada fue el mestizo, o hijo de español e india. Al principio los españoles tendían a despreciarlos. Se les negaba el derecho de llevar ropa de estilo español y de ocupar ciertos cargos burocráticos y eclesiásticos, pero en ocasiones se hicieron excepciones, considerando como criollos a los mestizos destacados, a pesar de su sangre indígena. Como los indios, algunos fueron obligados por endeudamiento a trabajar en los obrajes. También laboraban en los talleres artesanales, aunque los reglamentos gremiales no les permitían aspirar a la categoría de maestro en las artesanías más prestigiadas. En el campo servían como pastores y ayudantes. Pocos al principio de la época Barroca, llegaron a constituir en Querétaro el tercer grupo hacia fines del periodo, después de los indios y españoles (el dieciocho por ciento de la población en 1778). Gradualmente mejoraron sus posibilidades en el siglo XVIII, al final del cual ya había comerciantes y agricultores mestizos; algunos se casaban con españolas (59). En adición a los tipos mencionados, surgió una gran variedad de mezclas. La obsesión de aquella sociedad con las categorías raciales llevó a la creación de una designación para cada combinación. Leonard dice que «Literalmente veintenas de denominaciones fueron inventadas o aplicadas a las diferentes gradaciones de color y sangre, cuyas variedades agotaron los recursos del lenguaje» (60). La terminología variaba, pero en general es evidente la insensibilidad y racismo que caracterizaban al español de la época