La Libertad de Cultos en 1824

Precursores de la libertad de cultos  

Carlos Martínez García 

 

La Jornada  

 

La Ley de Libertad de Cultos del 4 de diciembre de 1860 tiene sus precursores en el primer liberalismo mexicano. Hace 150 años, el 12 de julio, Benito Juárez decreta la primera de las normas de reforma: la Ley de Nacionalización de los Bienes Eclesiásticos.  

Tal medida representa una reivindicación largamente anhelada por los sectores más lúcidos de la sociedad mexicana, los que después de la Independencia plantearon la necesidad de construir una nueva sociedad, ajena al exclusivismo católico. 

Entre 1813 y 1827 (el año de su muerte) José Joaquín Fernández de Lizardi, El Pensador Mexicano, escribe en distintos momentos sus críticas al autoritarismo católico.  

Hace una defensa de la tolerancia religiosa, “fue el más activo partidario de [esa] libertad. En torno a sus folletos se desarrollaron las principales polémicas sobre la cuestión. Hizo que estuviese presente en los impresos de su época”, subraya Gustavo Santillán en su ensayo La secularización de las creencias. Discusiones sobre tolerancia religiosa en México (1821-1827). 

En La nueva revolución que se espera en la nación, escrito de 1823, Fernández de Lizardi aboga por la instauración de un gobierno distinto al monárquico.  

Escribe que “bajo el sistema republicano la religión [católica] del país debe ser no la única sino la dominante, sin exclusión de ninguna otra”.  

Comenta que ante lo que llama el tolerantismo religioso, “sólo en México se espantan de él, lo mismo que de los masones.  

Pero, ¿quiénes se espantan? Los muy ignorantes, los fanáticos, que afectan mucho celo por su religión que ni observan ni conocen, los supersticiosos y los hipócritas de costumbres más relajadas […] ningún eclesiástico, clérigo o fraile, si es sabio y no alucinado, si es liberal y no maromero, si es virtuoso y no hipócrita, no aborrece la República, el tolerantismo ni las reformas eclesiásticas”. 

Al año siguiente de las anteriores palabras de Fernández de Lizardi es aprobada la Constitución que en su artículo tercero asienta: La religión de la nación mexicana es y será perpetuamente la católica, apostólica, romana. La nación la protege por leyes sabias y justas, y prohíbe el ejercicio de cualquier otra”. 

Los legisladores aprueban de forma unánime la Constitución de 1824.  

Pero en la discusión un solitario diputado de Jalisco impugna el artículo que veda la práctica de una religión distinta a la católica romana, nos informa Santillán en el trabajo antes citado.  

Se trata de Juan de Dios Cañedo, quien con su acción logra que “por primera vez la tolerancia [fuera] discutida como tema central en un órgano de gobierno. Había sido tocada otras veces pero como un aspecto subordinado a un proyecto más general, comúnmente referido al problema de la inmigración”. 

En el terreno de las ideas, Fernández de Lizardi, así como el diputado Cañedo, no estaban solos.  

Entre diciembre de 1822 y los primeros meses de 1823 tiene lugar la defensa que hacen tres personajes de la tolerancia religiosa. Andrés Quintana Roo, subsecretario de Relaciones Interiores y Exteriores en el gobierno de Iturbide, renuncia al mismo el 22 de febrero de 1823, por su defensa de la tolerancia.  

Para Joaquín Parrés, participante en el movimiento de Independencia, la tolerancia tiene que ver con resultados prácticos: “Quisiera a mi patria en un estado capaz de (ser) tolerante y nuestros puertos, abiertos para todo extranjero, porque así crecería la Ilustración, la población y la industria, cuanto es necesario para hacernos felices, como se puede ser en este mundo; y alguna vez me he lamentado que esto no sea dable. Quisiera al pueblo menos fanático, sin que dejare de ser religioso”. 

En el caso de Vicente Rocafuerte, ecuatoriano que en México se une a la lucha contra Agustín de Iturbide, la tolerancia tiene el objetivo de facilitar la libre práctica de los diferentes credos, para facilitar la inmigración protestante.  

En uno de sus viajes a Nueva York, para promover las ideas y acciones de los opositores al emperador Agustín de Iturbide, Vicente Rocafuerte es convencido por James Milnor, de la Sociedad Bíblica Americana, de que la divulgación de la Biblia cumple el doble objetivo de educar y difundir la tolerancia religiosa en los países de habla hispana.  

En la metrópoli neoyorquina Rocafuerte cumple con la encomienda de la sociedad lancasteriana mexicana, al traducir las Lecciones para la escuela de primeras letras, sacadas de las Sagradas Escrituras, siguiendo el texto literal de la traducción del padre Scio, sin notas ni comentarios, volumen impreso en 1823 en la llamada Urbe de Hierro. 

Con el fin de que Rocafuerte pudiese cumplir con el encargo de representar a México en las negociaciones para que Inglaterra otorgase el reconocimiento diplomático al país, el Congreso le extiende carta de ciudadanía mexicana al ecuatoriano en marzo de 1824.  

A mediados del mismo año, Mariano Michelena y Vicente Rocafuerte salen hacia Inglaterra con los nombramientos de ministro plenipotenciario y secretario, respectivamente. Tras largas gestiones, el 31 de diciembre del mismo año el ministro inglés George Canning anuncia a los enviados mexicanos que su gobierno está dispuesto a extender el reconocimiento. El documento es firmado por ambas partes el 6 de abril de 1825.1 

En el tratado con Inglaterra se abre un resquicio para que de forma privada los británicos avecindados en México pudiesen practicar su culto, principalmente anglicano, y tener un espacio destinado para sepultar a sus difuntos no católicos.

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