De luto la cultura popular

Dolorosa partida  

Ángeles González Gamio 

 

La Jornada  

Hace unos días falleció María Teresa Pomar, la entrañable Tere, ser luminoso, que deja como legado el ejemplo de una vida dedicada a preservar y difundir uno de nuestros tesoros más preciados: el arte popular. Su interés primordial eran los artesanos, sus creadores, herederos directos de los artífices que realizaron el prodigioso arte prehispánico. En sus 90 años de vida, nunca dejó de luchar por el rescate de los valores comunitarios y la cultura indígena nacional que ellos representan. 

Originaria de Guanajuato, en donde nació en la capital del estado, un 15 de diciembre de 1919, fue llevada a vivir a la ciudad de Guadalajara por su padre, el eminente músico José Pomar. En ese lugar murió su madre cuando ella contaba con sólo ocho años de edad y quedó al cuidado de su nana. Su infancia estuvo rodeada de personajes del mundo intelectual, amigos cercanos de su padre, preponderantemente artistas como Diego Rivera, Frida Khalo, el Dr. Atl, Adolfo Best Maugard y Roberto Montenegro, ilustres redescubridores de las creaciones del pueblo, inspiradoras de sus propios trabajos. Con esa influencia primero fue admiradora, luego coleccionista, después experta y finalmente promotora y protectora de la obra de los artesanos. 

Impulsó la creación de museos de arte popular en todo el país, tanto desde la plataforma de instituciones en donde trabajó como el Fondo Nacional para el Fomento de las Artesanías (Fonart), el gobierno del estado de México y el Museo Nacional de Artes e Industrias Populares, como en lo individual. Para mencionar sólo algunos: el de Cultura Tarahumara, en Chihuahua; el Nacional de la Cerámica, en Tonalá, Jalisco; el de la Cultura Chontal, en Villahermosa, Tabasco; el Nacional del Juguete, en Morelia, y el Nacional de la Máscara y la Danza, en Colima, que, por cierto, lleva su nombre. Fue generosa en las donaciones, que nutrieron los acervos de muchos de ellos. Merecidamente en 1985 recibió el Premio Manuel Gamio. 

Siempre estuvo preocupada por preservar el conocimiento heredado por los mayores y las técnicas de su elaboración, convencida de aceptar los cambios si se presentan de manera natural, nunca de imponer normas o procesos que son ajenos a los grupos de artesanos en cualquier región del país. Para incentivar a los artesanos que destacan como autores de las piezas maestras de ese arte ancestral, Tere asesoró a Fomento Cultural Banamex para desarrollar el Programa de Apoyo al Arte Popular, que entre sus frutos, dio lugar a uno de los libros más bellos sobre el tema, en donde aparecen las obras de los grandes maestros con su nombre y localidad.

Conjuntamente con Cristina Payán, Sol Rubín de la Borbolla, María Esther Echeverría y Laura Oseguera concibió e impulsó la creación del Museo de Arte Popular, en la ciudad de México, constituyendo Populart, mediante el cual consiguieron que el gobierno capitalino, a mediados de los años 90 del pasado siglo, les donara el edificio art-decó que hoy ocupa dicho museo. 

Su amor por lo mexicano se reflejaba también en la comida. Todavía me emociona recordar una reunión, hace unos meses, en su casa de Coyoacán, que es un auténtico museo vivo de arte popular, alrededor de la sencilla mesa redonda, degustando exquisiteces con el acompañamiento de un tequilita: sopa de huitlacoche con nopales, arroz poblano, frijoles de la olla con epazote y ¡mole blanco!, auténtica joya gastronómica. El postre, una sabrosura de zapote negro. 

Era un encuentro entre dos amigos de toda la vida y yo de espectadora privilegiada. Ella y José Rogelio Álvarez, autor de la Enciclopedia de México, con quien compartió luchas juveniles desde la izquierda de los años 40 del siglo XX, en ese México nacionalista que se movía por ideales y no por intereses, como el actual. Hace unos días, profundamente adoloridos, compartimos recuerdos y le pedí remembranzas de Tere que he procurado compartir con ustedes en estas líneas. Descanse en paz esa mujer excepcional que tanto le dio a México. 

gonzalezgamio@gmail.com

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