Los Indígenas insurgentes en Querétaro; Según la Dra. Lourdes Somohano

Los indígenas insurgentes en el imaginario de los queretanos

Diario de Querétaro

Dra. Lourdes Somohano

Facultad de Filosofía UAQ

La ciudad de Querétaro durante la guerra de independencia, entre 1810-1821, fue identificada como un bastión realista. Las dos únicas batallas que registra contra los insurgentes fueron durante el mes de octubre de 1810, mientras las tropas realistas, acantonadas en la ciudad, estaban en una misión. La ciudad fue ocupada militarmente por el gobierno colonial para tener un punto de paz y un puerto seguro para abrir el incendiario Bajío, dominado por la insurgencia. La imagen de Hidalgo y Allende en la ciudad es relacionada con la herejía, el robo y la traición. Mientras el Bajío fue el foco de atención se registró la mayor tensión en la ciudad, posteriormente bajó, pero la ciudad continuó siendo un lugar de paso y de descanso para las tropas realistas, que abandonaron definitivamente la ciudad hasta la entrada del ejercito de Itrubide en junio de 1821. El movimiento insurgente en la ciudad fue extinguido por diversos métodos, que incluyeron la persecución policial, militar y religiosa. Los dos ataques recibidos fueron producidos por tropas insurgentes mayoritariamente formadas por indígenas, considerados como hombres valientes y arrojados, no obstante su inferioridad en armamento.

Estos mismos eventos registrados en Querétaro durante la guerra de independencia, a finales del siglo XIX fueron evocados en el imaginario social mediante leyendas en donde nos dibujan a unos indios ingenuos, sin capacidad de ataques efectivos. A Hidalgo se le incorpora en el panteón de los héroes, pero el más grande de todos ellos, el magnánimo será Iturbide. Este imaginario corresponde con el proyecto nacional triunfante criollo, que deja de lado las aspiraciones de la población indígena, y con la antigua identidad realista de la ciudad. En este trabajo abordaremos el período intermedio registrado entre la conspiración y la insurgencia, para después convertirse Querétaro en una ciudad realista, con sus dos batallas emblemáticas, la del 6 y el 30 de octubre. Posteriormente se compararán estos eventos con las leyendas y tradiciones que fueron registradas por don Valentín Frias a finales del siglo XIX.

Querétaro ha sido recordada como uno de los lugares donde se gestó la independencia. Sin embargo, el papel que tuvo esta ciudad como insurgente durante la independencia duró muy poco tiempo, casi sólo durante la conspiración, ya que de inmediato, a los pocos días de levantarse Hidalgo en Dolores, Querétaro se declaró realista. El gobierno colonial tomó militarmente la ciudad para tener un lugar seguro para moverse desde la ciudad de México hacia el conflictivo Bajío y hacia el norte. Tener el control de esta ciudad era estratégico. Para lograrlo se utilizaron varias estrategias. Durante los once años del conflicto la ciudad únicamente registró dos batallas con los insurgentes, éstas dos en el mes de octubre de 1810. Estas batallas han sido emblemáticas, y a ellas y como fueron recordadas en el siglo XIX nos referiremos.

Hipótesis:

Lo que se pretende mostrar es a los diferentes grupos que participaron en la independencia, y cómo durante el siglo XIX y principios del XX, son recordados. Entre ellos, los indios son ubicados con una carga negativa, mientras que Hidalgo y sobre todo Iturbide son rescatados en la memoria. Lo que nos habla del proyecto criollo que triunfó.

Para observar lo siguiente iniciaremos dando una perspectiva de los momentos álgidos en Querétaro, del inicio del movimiento, hasta que se estabiliza la ciudad, con el control de las milicias.

Entre las llamadas Reformas Borbónicas, la conocida como Consolidación de los Vales Reales aplicada desde finales de 1804 fue la que más alteró el orden colonial. En 1805 Don Miguel Domínguez notificaba al virrey de las nefastas consecuencias que traería su aplicación para todos, especialmente para la clase propietaria. Ciertamente, los grupos de la elite fueron los que se vieron más afectados y comenzaron a pensar en su autonomía. Un enemigo en común, ubicado como un «mal gobierno» se estaba perfilando para muchos grupos, especialmente para los criollos. La invasión francesa a la península Ibérica en 1808 brindó la oportunidad para agilizar los planes de emancipación.

De la conspiración a la insurgencia

Diversas reuniones conspiradoras, encubiertas en tertulias literarias, tenían lugar en Querétaro, con una participación de militares, religiosos, empleados del gobierno, comerciantes, etc. Al parecer, la esposa del corregidor, doña Josefa parecía tener un papel destacado. Las autoridades tuvieron noticias del levantamiento desde el día 11 de septiembre. Don José Mariano Galván levantó una denuncia ante el comandante don Ignacio García Rebollo, notificándole lo que se estaba fraguando, organizado por el capitán Allende y el cura de Dolores, y demás implicados. Unos días después, Araujo, un preso involucrado en el movimiento, denuncia a sus compañeros. Por esta denuncia apresan a don Epigmenio González y otras personas que estaban en su casa el 14 de septiembre en la noche. Al día siguiente fueron detenidos el corregidor, su esposa y otros «vecinos letrados» y militares. En 16 llegaron las noticias a Querétaro de que el capitán Allende y el cura Hidalgo comenzaron las revoluciones, tenían sitiada la villa de San Miguel el Grande y el pueblo de Dolores un gran número de personas lo habían asaltado. La lucha se había iniciado.

La ciudad de Querétaro se prepara para la defensa

En Querétaro todos estaban alarmados por las dimensiones que tomaba la revolución, ya que se incorporaban rápidamente más gente a las tropas de Hidalgo y Allende. La ciudad no estaba tan desprotegida, ya que recientemente se había organizado nuevamente un Batallón Urbano, al mando del comandante García Rebollo, quien junto con los peninsulares y la los hombres más distinguidos, organizaron un plan de defensa. También estaba en la ciudad el batallón del regimiento de Celaya y la compañía de voluntarios de Fernando VII. El día 17 de septiembre comenzó a correr el rumor de que Allende se acercaba a Querétaro para liberar a los presos. Por lo que se reunieron a las tropas y se trajeron además a 400 hombres de las haciendas inmediatas, armados con lanzas, y a unos 3 000 indios, con sus hondas y garrotes, que estuvieron patrullando la ciudad.

Al día siguiente, 18 de septiembre, llegaron noticias de la entrada de los insurgentes a Celaya, donde se habían cometido toda tipo de atrocidades contra los europeos. El miedo cundió, sobre todo entre los peninsulares. Esa misma noche se comenzaron a cavar fosos y levantar trincheras para cortar cualquier entrada a la ciudad. Estas cortaduras o sanjas se hicieron en las bocacalles al contorno de la ciudad, tenían 6 varas de ancho y 4 varas de profundidad. En las cortaduras pusieron de día dos vigas de madera para atravesar, si alguien quería entrar o salir, y en las noches las quitaban, dejando a dos centinelas vigilando. Las tropas siguieron llegando, el 19 de septiembre entró a la ciudad el cuerpo de caballería de Sierra Gorda y unos 500 hombres de campo montado. El cuartel de la Alameda no daba abasto para hospedar a los milicianos, por lo que se comenzaron a ocupar los conventos. El convento de San Francisco se convirtió en el cuartel general de estas tropas.

Ante todo el ambiente de sospecha el cabildo indígena lanzó un manifiesto. En él se decía que la república de naturales de Querétaro eran fieles al rey y a España, como lo habían sido en el auxilio que prestaron a los españoles durante la conquista. La referencia a Hidalgo era: «ese párroco hereje que niega las verdades más auténticas de nuestra religión … [cree que iremos] en pos de la loca fortuna que promete». Le dice también «¡Mentecato!». A los insurgentes los califican de: «ebrios lascivos, ladrones, homicidas, sacrílegos, herejes». En el manifiesto expresan todos los beneficios que ellos creen tener con el gobierno español, y también agradecen que el Supremo Consejo de Regencia les quitara el pago de tributo. No sabemos hasta donde sea lo que realmente pensaba el común de los indios, o sólo sus representantes, o si éstos también actuaban con precaución ante el ambiente tan turbio.

Mientras tanto, dentro de la ciudad, las detenciones de vecinos involucrados en la insurgencia, o sospechosos, continuaron. Todo aquel que mostrara cualquier indicio de simpatía por la insurgencia era vigilado. Los conventos, la cárcel y el cuartel recibieron a este tipo de presos. El corregidor y doña Josefa, además de otros distinguidos presos, continuaban detenidos en el convento del Carmen y el colegio de la Santa Cruz. No solo las fuerzas policíacas y militares inmovilizaron a los cientos de aliados y vecinos de Querétaro, otra arma ideológica se echó a andar. Los franciscanos del convento de la Santa Cruz colaboraron activamente. El colegio de Propaganda Fide, fundado desde 1682, en el colegio de la Santa Cruz, albergaba frailes dedicados a predicar a los fieles católicos. Sus sermones y prédicas enmarcados en el dolor de la pasión y muerte de Cristo fueron famosos, casi todos terminaban espontáneamente en una procesión de penitencia, en donde era usual que los penitentes se azotaran por el remordimiento. El impacto causado por estos sacerdotes incluso alarmó a los miembros de otras órdenes religiosas. Una característica de estos padres, era que mayoritariamente eran españoles peninsulares, y durante todo el siglo XVIII, continuaron llegando.

Para el día 20 de septiembre, nos dice el autor de los Acuerdos Curiosos, que estaba vinculado con el colegio de Propaganda Fide, salieron los religiosos de la Santa Cruz a predicar contra la insurrección. Reconoce el autor, que conmovieron mucho al pueblo, por lo que se organizó una ronda de 12 sermones por semana para los pobladores. Esto hizo, que, según nos dice don Epigmenio, más de la mitad hicieran causa común con España. Los padres crucíferos tenían mucho trabajo, predicando a las tropas realistas y a la población en plazas, cuarteles e iglesias. Salían a las calles con una corona de espinas, una soga en el cuello, y el Santo Cristo en las manos moviendo voluntades para estar listos para atacar a los insurgentes. El argumento era que se estaba defendiendo «la causa justa», la religión, que se supone los insurgentes exterminarían, ya que eran malos cristianos. Predicaban la guerra a muerte contra ellos, el freile José Ximeno argumentaba: «algunas personas timoratas creen hacer pecado deseándoles mal a los insurgentes, y yo, para seguridad de sus conciencias les digo, que no pecan con desearles, sino que pueden sin pecado hacerles todo el mal posible, porque no lo hacen a los enemigos de Dios, del Rey y de la Patria». La inquisición y la confesión hicieron el resto. Querétaro era ya un fuerte realista. Para incrementar su defensa se mandó traer a la Virgen del Pueblito, de su santuario.

El virrey, tratando de fortalecer el frente realista, en el incendiario Bajío, envió al coronel don Manuel Flon, conde de la Cadena, gobernador de Puebla, para que tomara el mando de las tropas en el cuartel de Querétaro. El día 29 y 30 de septiembre entraron sus tropas a la ciudad. Junto con él enviaron al alcalde de corte, don Juan Collado, para que juzgara las muchas causas de infidencia, de todos los presos sospechosos de conspiradores e insurrectos. Para el día 1 de octubre llegaron la división del Regimiento de los Amarillos, el día 3 el Regimiento de la caballería de Puebla, el 4 el regimiento de Infantería de la Corona, con cuatro cañones y dos carros de municiones, el 5 la artillería de México, con otros cuatro cañones y pertrechos de guerra. No obstante están tan protegidos, las únicas dos batallas que registró Querétaro durante los 11 años de la guerra de independencia, se dieron en este mes de octubre de 1810, de las que orgullosos declaran haber ganado los realistas.

La batalla del puerto de Carrozas del 6 de octubre

Tenemos por lo menos dos versiones conocidas de esta batalla, la de Argomaniz, un peninsular con un alto puesto en la Real Fábrica de Tabacos de Querétaro, que escribió un diario, y el diario del autor de Acuerdos Curiosos, que por ser fraile crucífero [del convento de la Santa Cruz] tenía información privilegiada. El fraile crucífero nos dice que el 6 de octubre salió del cuartel general una partida de 500 hombres, entre ellos de los regimientos de Celaya, el Príncipe, Sierra Gorda, y los Lanceros, al mando del sargento mayor de Sierra Gorda, don Bernardo Tello. Llegaron al Puerto de Carrozas, donde encontraron aposentados al capitán insurgente Manuel Montañez, con unas cuadrillas de indios y gente del campo, para impedir el paso hacia el norte. Las tropas realistas los encontraron casi al atardecer, por lo que prefirió el sargento mayor Tello retirarse

para atacar al amanecer del día siguiente. Los insurgentes consideraron esto una huída por lo que les dieron alcance y comenzó la lucha, que duró dos horas. En la batalla murieron casi todos los Lanceros y varios de los soldados de Sierra Gorda, sin embargo, el regimiento de Celaya, los del príncipe y la artillería, pelearon valientemente logrando causar una carnicería y poniendo a los insurgentes en fuga. De los indios insurgentes murieron más de 200. De las tropas realistas un solo soldado de Celaya.

Cuando el comandante Rebollo tuvo noticia, envió una partida de 200 hombres para ayudarlos, de los regimientos de la Corona y Dragones de España, para proteger la retirada de las fuerzas realistas. Pero cuando regresaron, a las cinco de la tarde del día siguiente, supieron del gran triunfo logrado. El soldado muerto de Celaya, el único muerto de la batalla, fue enterrado con honores en la iglesia de San Francisco.

La versión de Argomaniz de la batalla de las Carrozas difiere en varios aspectos. Él nos relata que salió para Puerto de Nieto una partida de 600 hombres de infantería, caballeria, voluntarios y gente del campo, con dos cañones de artillería. Al atardecer vieron en el Puerto de Carrozas una multitud de indios, el autor infiere que eran de San Luis de la Paz y del pueblo de Xichú, apostados en ese sitio por orden de Allende para resguardar ese paso. De la batalla dice que desertaron la mayor parte de realistas, cuando los indios comenzaron a lanzar sus flechas y las piedras con las hondas. Los que se quedaron a pelear, y no desertaron, los voluntarios, la infantería del regimiento de Celaya y otros, que se mantuvieron firmes y con la artillería mantuvieron un fuego intenso contra los insurgentes. La batalla terminó ganando los realistas. De los insurgentes, 300 murieron y los demás huyeron. De los realistas únicamente murió un soldado «que por casualidad le cogió descuidado el cañón de artillería» y unos cuantos heridos. Cuando llegó la noticia a Querétaro, fueron enviados 400 hombres de caballería e infantería para reforzarlos.

Un tercer relato, no tan conocido, es el de fray Miguel Enchía y Soriano, radicado en esos momentos en Querétaro, quien envió una carta a su hermano, radicado en Puebla, y le contaba esta batalla. Fray Miguel le informaba que vivían en estos días en Querétaro en un continuo sobresalto, por tanto derramamiento de sangre, de los parientes, de los amigos y de las tropas. Comenta que los insurgentes tenían como a 25 mil hombres armados y como 12 mil indios de flecha, y para resguardarlos tenían unos puestos de avanzada alrededor de Querétaro. Con un puesto de estos se habían ya enfrentado. Esto fue en el Puerto de Carrozas. Y de esta batalla refiere que los soldados de Celaya se enfrentaron como a tres mil indios insurgentes, de los que lograron matar como a 300. Pero aclara, «de puro milagro», porque durante la batalla todo el Regimiento se dispersó, porque flecharon los indios al tambor y ya no pudieron volver al orden los soldados. De los soldados realistas dice, «quien sabe el número de muertos que habría», porque uno por uno fueron entrando al otro día al Cuartel que es el convento de San Francisco; y estos no pudieron traer mas que a uno de los soldados muertos, y eso medio cuerpo, porque lo hizo pedazos un fuerte cañonazo de metralla. A la una de la noche del día siguiente salió el Regimiento de Dragones de España y medio batallón de Provinciales y el Regimiento de la Corona, para ver si podían ayudar a los soldados de Celaya. Pero ya fue en vano, porque no trajeron más que sartas de orejas de los indios muertos, que trajeron colgadas de las bayonetas. Los soldados que escaparon con vida de esa batalla nos contaron que ni los leones son más bravos que estos indios. Porque los indios cuando se vieron sin armas, se echaron sobre la artillería con tanta braveza que morían asidos a los cañones. A algunos soldados ahí les quitaban las cabezas a machetazos, por que se habían apoderado de las cureñas de los cañones; que ni cargar podían los soldados la artillería.

Este último relato nos da una imagen de los indios insurgentes de mucha valentía y coraje; comparado con una derrota del Regimiento de Celaya, que no obstante la terrible situación, lograron «ganar» de puro milagro. En los relatos triunfalistas se habla de un solo muerte de los relistas, pero fray Miguelito nos comenta los pormenores de este soldado. Lo que podemos saber de esta batalla, es que fue contra los indios de San Luis de la Paz y Xichú, comandado por el capitán insurgente Manuel Montañéz, posicionados en los alrededores de Querétaro. La información de este fraile es confiable ya que su carta es una comunicación privada, que únicamente busca saber de la familia e informar de cómo se encuentra. Cuando fray Miguelito saluda a su hermano, que también es fraile, José Joaquín Soriano, le dice «chivatito, Indinote culón, saco feo pilmeme de la Panchota, hermano de Napoleón», y se despide diciéndole a su hermano: A la Panchota onde quiera que la encuentres le echas un gargajo en mi nombre… y luego … A dios alcaguetitio, tu hermano que te ama y verte desea. Fr. Miguelito Enchia y Soriano, quien seguramente es un criollo. Seguramente si se vieron terriblemente afectados los soldados de Celaya, ya que Argomaniz nos cuenta que el 8 de octubre, luego que fue sepultado el soldado que trajeron muerto, un comerciante, don Juan María Marquez, organizó que todos contribuyeran voluntariamente para dar una cantidad de dinero solamente a los soldados de Celaya, y les tocaron 6 pesos a cada uno.

Ese mismo 9 de octubre se dejó saber el rumor de que las tropas de Allende estaban muy cerca y atacarían la ciudad. Se creó un gran alboroto, la tropa tomó las armas y estuvieron toda la noche muy atentos resguardando los principales puntos de entrada. A las diez de la noche, el cura de Santiago, el doctor Gil, y el de Santa Ana, don Félix Osores, fueron a interceptar a Allende en Apaseo, para hablar con él y con Hidalgo, pero no los encontraron, era una falsa alarma y se regresaron. De la gran cantidad de topas que se ha mencionado que entraron a Querétaro, parece ser que no estaban permanentemente fijas, sino que muchas de ellas estaban de paso, o únicamente, esperando reunirse con otros ejércitos.

El ambiente que nos relata fray Miguelito, de zozobra y miedo en Querétaro, sobre todo el que padecían los hombres de la elite y algunos religiosos, esa muy intenso todavía para el día 12 de octubre. Los hombres pudientes, como don Tomas Fermín y don Manuel Antonio Lopez de Ecala, depositaron una cantidad de reales, 33 mil pesos, que tenían de la herencia de su padre, don Tomas, en el Cuartel General de San Francisco, para su seguridad, por si había alguna invasión. También los dineros producto de la lotería, 4 617 pesos, con 6 reales, fueron depositados en el Convento, o Cuartel General de San Francisco. Otros hombres, como don Roque de Mier habían preferido enviado su dinero a México para protegerlo, con los convoys de militares que transitaban de esa ciudad a esta. Esto nos habla, de que realmente esperaban un ataque, y se sentían muy vulnerables. Pero no todos en Querétaro eran realistas, no obstante el asedio. Argomaniz nos relata que continuaban apresando a mucha gente y entre ellos a algunos que se tenían por espías de los insurgentes. También relata de 7 u 8 soldados que habían estado en Querétaro, y en las inmediaciones de Celaya los habían ahorcado por esta sospecha. Para evitar problemas por personas desconocidas, en Querétaro se tomó la resolución de lanzar a los forasteros, porque podrían ser potenciales espías.

Las tropas seguían entrando y saliendo de Querétaro. El 15 de octubre fue trasladado el Regimiento de caballería de Puebla, para que se acuartelara en los mesones de don Bartolo y de Guadalupe, desocupando el cuartel de la Alameda, donde estaban, para que en el cuartel hospedaran al regimiento de los Amarillos, que estaban por llegar. Y los soldados que estaban en los mesones de don Bartolo y Guadalupe fueron trasladados a los patios y portales del Colegio de Santa Cruz. Luego llegó la columna de granaderos, que eran como mil, y a ellos los hospedaron en el convento de Santo Domingo. Todas las tropas reunidas, precedidas por el comandante general conde de la Cadena, el Capitán Manuel Flon, nombraron a la Virgen del Pueblito, la Generala del ejército del centro, para tan digna ceremonia, toda la oficialidad se condujo en una procesión, con una multitud de luces encendidas. Fueron de San Francisco a Santa Clara, marchando detrás de la virgen una compañía de granaderos.

El 22 de octubre salió casi todo el ejército que estaba reforzando esta ciudad, tres mil hombres aproximadamente, y ochocientas mulas cargadas de provisiones, rumbo a la villa de San Miguel, que fue tomada, el día 25, sin resistencia, ya que los insurgentes salieron un día antes. Sacaron de la cárcel a los presos, muchos de ellos europeos que habían encerrado los insurgentes, entre ellos también se encontraron al capitán insurgente Miguel Montañés, culpable de la desastrosa batalla del Puerto de Carrozas. El general Flón, desde su llegada a Querétaro, el 30 de septiembre no había abandonado la ciudad, hasta este momento, según Epigmenio González, como la mayoría de sus tropas eran de criollos, y no estaba seguro de su lealtad, hasta que lo pudo constatar, ayudado por las prédicas de los frailes de la Santa Cruz, es que comenzó a desplazarse. Las únicas tropas que quedaron en Querétaro fueron el regimiento de Celaya y el de Sierra Gorda. Este mismo día salía libre doña Josefa Ortiz, de su prisión en el convento de Santa Clara y una gran cantidad de los acusados de infidencia que fueron arrestados en los primeros días de la insurrección.

Sabiendo que la ciudad de Querétaro se había quedado desprotegida fue blanco de diversos grupos insurgentes. El 26 de octubre hubo gran alarma entre la población, porque se supo que por los llano del Pueblito. Inmediatamente se alistaron las tropas, reuniendo a una cantidad de voluntarios y gente del pueblo, que tomaron las armas y estuvieron haciendo guardia por las cortaduras o posos de las bocacalles. Cada cortadura estaba armada con un cañón y sus guardias. Otros grupos patrullaron los caminos, donde vieron algunos indios rebeldes, que desaparecieron. Luego se supo que la gavilla se había dirigido para el rumbo de Xerecuaron, destrozando las haciendas a su paso, como la de Estansuela. Los insurgentes siguieron merodeando y para el 28 de octubre se supo que más de 300 habían tomado el pueblo de San Juan del Río. Al día siguiente llegó otra noticia en donde se informaba que quien había atacado San Juan era el capitán insurgente Miguel Sánchez, y se corrió el rumor de que iba para Querétaro. Nuevamente se organizó la defensa de la ciudad y se dobló la vigilancia en las cortaduras de las bocacalles. Otra noticia que les llegó ese mismo día y causó muy buena impresión entre la población, fue que el Primer General Calleja, que estaba al mando de todas las tropas del centro, se reuniría con Flon en San Miguel.

La batalla del 30 de octubre

Los insurgentes debían aprovechar la oportunidad, ya que las tropas de Flon se encontraban en San Miguel, y debían actuar antes de que pudieran regresar, fortalecidas con las del General Calleja. Ante esto una gavilla de insurgentes, encabezados por el brigadier Miguel Sánchez, un ranchero de Ixmiquilpan levantado en armas desde mediados de septiembre, y asociados con las gavillas de Julián Villagrán decidió atacar Querétaro. El relato de esta recordada batalla nos lo cuentan Argomániz y el fraile de los Acuerdos curiosos, pero también encontramos referencias de ella en otros documentos. Argomaniz nos cuenta que el día 30 de octubre, como a las siete de la mañana se dejaron ver por la parte del oriente de Querétaro a una gran cantidad de indios insurgentes a pie y algunos en caballo. Poco a poco se fueron acercando hasta llegar a los arcos por donde se trae el agua, pasando por la hacienda de Carretas. Iban haciendo mofa y burlándose de los pobladores que corrían asustados. Como a las 11:30 de la mañana entraron por la bocacalle de la plazuela de la Santa Cruz, aumentando su intrepidez. Las pocas fuerzas armadas, pues apenas eran dos o tres compañías del regimiento de Celaya, y algunos soldados de Sierra Gorda, voluntarios y paisanos, hicieron una valerosa defensa iniciando el fuego con la descarga de sus fusiles y un cañón. La batalla duró como dos horas. Muchos de los insurgentes salieron huyendo. Se tomaron prisioneros y heridos, llegando a unos trescientos, y como doscientos cayeron muertos. Del ejército realista hubo algunos heridos por las piedras que los indios con sus hondas lanzaban. Fue notoria la labor de los religiosos de la Santa Cruz, de San Francisco y de San Diego, que andaban a caballo ayudando y absolviendo a los realistas. La población, a la que llama «la plebe», dice que se comportó con «mucha bizarría y entusiasmo», haciendo lo que podían, apresando a los indios que se escaparon de las metrallas. Por su parte, el autor de los Acuerdos curiosos nos dice que los indios insurgentes eran más de 2000, y 400 hombres de a caballo, todos armados con lanza y machete, a las ordenes de don Miguel Sánchez. Para él el fuego duró más de tres horas, tras lo cual quedaron muertos como 45 insurgentes, y prisioneros fueron más de 400. Este autor asegura que quién los hizo huir fue «la plebe» que los atacó afuera de las cortaduras de las calles. Entre la «plebe» se contaban muchachos y mujeres. Entre los realistas heridos, cuenta a dos o tres paisanos, un soldado de Celaya, y un europeo voluntario. Desde su perspectiva, los militares y los paisanos pelearon parejos. En la Gazeta extraordinaria del Gobierno de México también salió publicada esta victoria realista. La información fue aportada por el comandante de brigada don Ignacio García Rebollo. Nos dice que como a las siete de la mañana se vieron como a 4000 o 5000 por la loma de las Carretas, tratando de entrar por el punto del colegio de la Santa Cruz, entrando por las dos cortaduras que dan a él, ahí comenzó el fuego, que fue sostenido por un cañón y la fusilería. Como a las 7:30 de la tarde comenzaron su precipitada fuga. La caballería los salió a alcanzar matando a más de 300 hombres, más los prisioneros que se tomaron. Por la parte de los realistas solo hubo un herido de gravedad, el voluntarios de los europeos. De la defensa realizada por los pobladores dice, que «la fidelidad y valor de los Queretanos ha acreditado su noble fidelidad y patriotismo, que han sostenido los sagrados derechos de la justicia, ultrajada vilmente por una tropa de vandidos alucinados que llevan el horror y la desolación por los pueblos inermes y desarmados.» Compara la conducta de las tropas en la batalla del Monte de las Cruces con la brillante actuación del la guarnición de Querétaro y llama a los insurgentes unos «monstruos del libertinaje y el crimen». En un Plan de defensa de la ciudad de Querétaro, que fue presentado el 14 y 22 de marzo de 1811 se dice que en la batalla del 30 de octubre las fuerzas insurgentes eran más de 8000, acaudilladas por el malvado brigadier Sánchez. Tras la batalla quedaron 500 insurgentes muertos y tomaron a 300 prisioneros. Al día siguiente, 31 de octubre, comenzaron a entrar los ejércitos de Querétaro, que fueron movilizados de San Miguel, para proteger la ciudad.

Querétaro se convierte en un fuerte realista hasta junio de 1821

En la ciudad, las noticias de los triunfos de los realistas sobre los insurgentes eran muy celebradas. Como en la batalla de Puente de Calderón, trágica para Hidalgo, que fue celebrada con una salva de artillería, el repique general de las campanas de todas las iglesias y una misa de acción de gracias a la Virgen del Pueblito. O como cuando llegó la noticia de que habían caído presos el cura Hidalgo, Aldama, Abasolo, Iriarte, etc., para lo cual se celebró también con salva de artillería, cohetes y repiques de campana. Tres días después, se cantó una misa muy solemne dedicada a la Virgen del Pueblito agradeciendo el apresamiento de estos cabecillas insurgentes. La caída de Allende y Morelos, así como de muchos otros más no se dejó pasar sin la alegría general de la población.

A partir del 1 de noviembre de 1810 entró el ejército ya reunido del señor brigadier don Félix María Calleja del rey, con más de 12 mil hombres. Mientras el Bajío fue el foco del conflicto insurgente, las tropas de Calleja se mantuvieron cerca de Querétaro. Tiempo después sólo se quedaron las tropas del coronel Flon. Pero continuó por muchos años siendo un lugar de paso para las tropas realistas y un sitio de resguardo. Esto propició que la ciudad no volviera a ser atacada por los insurgentes. Las tropas realistas abandonaron Querétaro hasta que Agustín de Iturbide entró a la ciudad, el 27 de junio de 1821, con sus tropas.

La entrega de la plaza por parte de los realistas fue inevitable, sin embargo se dieron algunos enfrentamientos, Argomaniz nos lo relata así:

La mañana de este día hizo su entrada el Coronel don Agustín de Iturbide y se hospedó en la casa de la fábrica o estanco del Tabaco. Desde el medio día ha comenzado el tiroteo de fusiles desde el punto de la Alameda por parte de las tropas de Independencia y por la nuestra desde la esquina o parapeto de la Academia y no han faltado tiros de cañón, aunque no nos han ofendido. Desde la noche anterior se abandonó la primera línea de fortificación de esta ciudad a causa de no haber tropa con que cubrir sus puntos y se mantiene la guarnición en la segunda.

Como a las seis de la tarde de dicho día 27, se avanzaron al expresado parapeto las tropas de la independencia haciendo un fuego vivísimo en términos que se vieron precisadas las de nuestra parte a abandonar aquel punto, con cuyo motivo entraron al centro de esta ciudad con un numeroso ejército de plebe, tanto de esta ciudad como de muchos lugares del Bajío. La poca tropa nuestra se replegó al punto de la Santa Cruz, como a último auxilio de resguardo.

El Ilustre Ayuntamiento de esta ciudad parlamentó con el Jefe de la Independencia por lo respectivo al pueblo y se trató de capitular por lo militar con el señor Brigadier Lauces, por cuyo motivo se suspendió el fuego por una y otra parte. Se efectuó la capitulación en términos que se dirá después a fojas 43 y entre tanto se verificaron los tratados, se pusieron banderas blancas por una y otra parte.

La llegada de Iturbide y el anuncio de la Independencia causaron mucha alegría en Querétaro. Para celebrarlo se realizó una solemne misa y un Te Deum a la Virgen del Pueblito, por la entrada feliz de la Independencia. Para lo cual se adornó la iglesia de manera especial, repicaron las campanas de todas las iglesias. En la misa predicaron varios prelados: «Cantó la misa el doctor Ozores, diaconándole el licenciado el licenciado Berazaluce y el señor cura Ochoa, predicó el doctor Oteyza y se desdijo en el púlpito de lo que antes había predicado contra la Independencia. En la misa hubo tres descargas que hizo el regimiento». Todos estaban felices y no parecían acordarse, salvo Oteyza, de sus once años de férreo realismo.

Apenas pasados dos años de terminada la lucha de la Independencia, cuando por orden de Iturbide, fueron llevados los restos de los antiguos cabecillas insurgentes, rumbo a México, ahora celebrados como héroes. En unas urnas fueron trasladadas las calaveras del cura Hidalgo, Ignacio Allende, Ignacio Jiménez y Aldama. Por Querétaro pasaron el 5 de septiembre de 1823, para recibirlos se hicieron grandes celebraciones, misas y procesiones, que duraron hasta el día siguiente.

La independencia en el imaginario social a finales del siglo XIX

Los sucesos relacionados con el período de la guerra de independencia se fueron contando de padres a hijos, formándose una serie de relatos que fueron los que permanecieron y seguían recordándose al finalizar el siglo XIX. Don Valentín F. Frías fue un queretano ilustre con dotes de historiador y literato que recolectó una gran cantidad de información sobre la historia de Querétaro, de la misma manera que fue recolectando leyendas y relatos de las tradiciones más representativas del Querétaro que le tocó vivir. Don Valentín nació en 1862 y comentaba que muchos de los relatos que publicó les fueron platicados por diversas personas, eran pues, los relatos más tradicionales los que él recolectaba, mismos que fueron publicados en 1900. Él aclara en algunos de sus relatos que fueron tomados de alguna documentación, no es muy precisa la fuente, pero al describirlos es notorio que están mediados por su concepción de la realidad. Por tal motivo, propongo que estos relatos pueden ser ilustrativos del imaginario social queretano de finales del siglo XIX.

Los temas de las leyendas y tradiciones de don Valentín tocan diversos temas, sin embargo, entre ellos se pueden contar 16 dedicados a sucesos relacionados con la Independencia. Es notoria la exaltación que hace de los héroes de la independencia, de las dos batallas, la del 6 y del 30 de octubre de 1810, y de los relatos relacionados con los indios insurgentes. Entre los héroes cuenta a don Miguel Hidalgo, a la Corregidora y principalmente Iturbide.

Don Valentín recuerda gloriosamente a Hidalgo en el momento en que sus restos pasan por la ciudad de Querétaro, en 1823. Dice que justo era recoger las cenizas de los que ofrecieron sus vidas por la libertad de la nueva nación, por ello, cuando pasan en su viaje a México son recibidos con mucha solemnidad. En el relato de las celebraciones que se hicieron ese día 6 de septiembre nos dice que las urnas en donde fueron trasladados los héroes, iban custodiadas por una gran escolta militar, que se movía en medio de miles de personas que los iban acompañando. Primero comenzaron a sonar las campanas del cementero de San Sebastián, luego los de la propia parroquia y después las de todas las iglesias. El ilustre Ayuntamiento fue a recibirlos y toda la plana mayor de Querétaro, el Cura de San Sebastián bajó con Cruz Alta encabezando la procesión. Las campanas de los templos no cesaban de tocar, pasaron por la iglesia del Carmen, luego los recibió el cura y juez eclesiástico Dn. Joaquín de Oteyza, y los demás curas y comunidad religiosa. Pasaron al templo de San Antonio, de la Congregación. En la noche fueron velados en comisiones de cuatro personas de pie con cirios encendidos, por el Ayuntamiento, la oficialidad de la Guarnición y por altos empleados y clerecía. Al día siguiente continuaron las celebraciones y las urnas fueron conducidas por las primeras autoridades y las personas más distinguidas de la ciudad, quienes se disputaban el honor de cargar las urnas. Después de otras actividades, salieron los restos para México, e Hidalgo ya no fue recordado como un Mentecato.

A Iturbide se le recordaba como el Libertador. Relata don Valentín la entrada del Libertador a la ciudad de Querétaro, en donde se comporta con mucha gallardía y generosidad, ya que acude con sus ayudantes al tempo de Teresitas en donde estaba alojada la esposa del comandante Lauces, en una visita de cortesía para informarse de de la salud de su marido, que yacía enfermo en el convento de la Cruz. Relata también la visita del libertador al convento de la Cruz y la reverencia que le hicieron los propios soldados realistas. De las fiestas recuerda que se adornaron todas las calles, y que en medio de repiques, salvas, música, flores y vivas, el ejército trigarante recorrió las calles «en medio de las aclamaciones del pueblo redimido, que lloraba de gratitud». Al otro día por orden de Iturbide se celebró una misa muy solemne de acción de gracias en el templo de San Francisco a la patrona de la ciudad, la Virgen del Pueblito. «Alli se reunió lo más selecto de las sociedad, las autoridades eclesiásticas, civiles y militares, poniéndosele a Iturbide dosel al lado del Evangelio». Menciona que la ciudad presencio algo extraordinario, que no se había vivido y no creía que se repitiera, aunque esta última parte se la atribuye a Argomaniz. En otra leyenda nos dice que Lauces agradecido por permitirle permanecer en Querétaro hasta que se aliviara de su enfermedad decía de Iturbide: «… Iturbide…. Siempre magnánimo. Siempre generoso…». Frías reconoce de Iturbide: «He aquí el fundamento de la consumación de nuestra independencia sin derramamiento de sangre: la generosidad y magnanimidad del Libertador, confesada a voz en cuello por sus mismos enemigos».

De la batalla del 6 de octubre en Puerto de Carrozas, nos dice que el ejército realista, al mando del capitán Antonio Linares había enfrentado al ejército insurgente con 200 hombres, ya que habían desertado antes del combate 2 800. Por el valor de los que quedaron y su artillería habían logrado el triunfo. De los aguerridos indios insurgentes que el fraile Miguelito refiere que «ni los leones eran más bravos que esos indios» don Valentín señala: «contaban que en esta acción fue donde los insurgentes corrían a tapar las bocas de los cañones realistas con el sombrero para que no saliese la bala; cosa imposible, pero que los historiadores refieren en todo anecdótico». No se dice que los insurgentes eran indígenas, sin embargo, por datos históricos lo sabemos. En este mismo relato añade que don Félix Calleja para agradecer este triunfo, que se dio gracias a la intersección de la Virgen del Pueblito, la nombró con el solemne título de Generala del Ejército, en la iglesia de San Francisco. Añade que luego que terminó la celebración:

Los indios del Pueblito, insurgentes hasta la médula de los huesos, viendo aquellas demostraciones por parte del enemigo para su Protectora y celosos por el triunfo que aquél había alcanzado sobre ellos por su mediación, se sintieron con Ella, decreciendo su culto y devoción.

La tradición nos ha legado una anécdota histórica originada de estos acontecimientos, y es como sigue: Cuéntese que uno de los caciques de aquel pueblo y devoto ferviente de la célebre imagen que nos ocupa, terminada la ceremonia de la investidura de Generala hecha por Calleja, fuese luego lleno de pena al templo de la Santa Cruz, y postándose lloroso ante la no menos célebre imagen de Jesús Crusificado, llamado de Esquipulas, decíale derramando lágrimas y lleno de ternura, con las manos en ademán de súplica: «Quipula, Quipulador… No te Calleje como mi siñora del Pueblito, porque ansina si la perdemo…».

Quería decirle que él (el Santo Cristo de Esquipulas) no fuese a pasarse al bando de Calleja porque sin duda se perdería la causa de la independencia.

En el relato histórico los bravos indios de la batalla del 6 de octubre provienen de San Luis de la Paz y de Xichú y no se establece la relación con los indios del Pueblito. Sin embargo, aquí se les reúne en el relato alrededor del mismo evento. De los primeros no se dice que son indígenas, pero de los segundos sí. La imagen de los indios de ambos lugares es de unos hombres ingenuos, que difícilmente podrían enfrentar a las topas realistas, algo totalmente diferente de lo que se vivió en el campo de batalla.

De la batalla del 30 de octubre nos cuenta que fue realizada por el coronel insurgente don Miguel Sánchez, que merodeaba por Huichapan y San Juan del Río. Que al tomar esta ciudad entró la caballería por la Cuesta China y por el camino de la Cañada, con dirección al convento de la Cruz. Pero gracias a la guarnición del coronel don Pedro Telmo Primo, ayudado por el intendente García Rebollo y la policía, defendieron valientemente la ciudad logrando un triunfo arrollador. Luego de tres horas de combate el enemigo salió huyendo dejando 500 hombres muertos, y 300 que fueron capturados. Esta información parece provenir del Plan de defensa presentado en 1811, ya que las cantidades de muertos y heridos coinciden. No obstante que el autor conoció la información de Argomaniz, por lo menos, eligió las cuentas de prisioneros y muertos más grandes, sin mencionar que eran indios.

Como vimos en la primer parte de este trabajo, y de acuerdo con los datos históricos, la batalla del 6 de octubre, así como la del 30 tienen en común que los integrantes de los ejércitos insurgentes estaban compuestos en su mayoría por indios. La del 6 de octubre provenían de San Luis de la Paz y de Xichú, antiguos asentamientos de indios chichimecos. Y las del 30 de octubre con indios provenientes de la Sierra y de Hidalgo, pertenecientes a esos grandísimos grupos de gavillas asociadas o a los Villagrán y al capitán Sánchez. Sin embargo, en las tropas de los realistas también participaron, en algunas ocasiones grupos indígenas.

En estudios recientes sobre el movimiento de Independencia se ha encontrado que los indios tuvieron un papel importante entre las tropas insurgentes. El historiador Eric Van Young, estudió una muestra muy amplia de participantes en dicho movimiento y encontró que el 55.2% de ellos eran indios, un 20% provenían de castas mixtas y un 24.8% blancos; coincidente con el porcentaje de población que se ha reconocido para esa misma época. y con lo encontrado para el caso de Querétaro. Sin embargo, el proyecto de nación que se impuso en el siglo XIX provenía de las élites criollas, las aspiraciones de la gente común, especialmente de los campesinos indios, que constituyeron la mayoría de estas tropas insurgentes, quedó relegado y en el olvido. Esto puede estar relacionado con la imagen que se generó sobre ellos al finalizar el siglo XIX. El papel de los indios en las tropas insurgentes fue considerado en su tiempo valiente y arrojado, sin embargo, en el imaginario social del siglo XIX son recordados de una manera marginal y peyorativa, considerados como hombres ingenuos. Mientras Hidalgo es merecedor de respeto, e Iturbide es reconocido como el gran Libertador.