“Crónicas del mundo en que vivimos” de J. Figueroa

Crónicas del mundo en que vivimos

Julio Figueroa

    

Con el dato preciso en la mano y la prosa bien pulida por el tiempo sin prisa, Laura Emilia Pacheco va hasta el fin del mundo y levanta el mundo. Con fina mirada y amorosa prosa. Sensible a los cambios de luz. Al filo del mundo y en geografías distantes, con suavidad y ternura, nos hace ser parte del cuadro que recorremos y hacemos con ella.

     Y así surgen los recuerdos de papá trabajando de noche, “el filito de luz bajo la puerta del estudio”, y en los días de entrega que son todas las semanas de todos los años en todas partes. Su trabajo en casa: escribir artículos y poemas. El enorme tianguis itinerante que es toda la ciudad de México, el mar de lonas de colores y la coreografía fúnebre de los plásticos del basurero. La Santa Muerte, la Niña Blanca, la Reina de las Tinieblas, que inclina la balanza siempre a su favor. La noche oscura sin ojos y la Sabrosa seductora en Calakmul, tierra maya. El temblor del 85 en México, aquella semana negra en que la ciudad sabía a tragedia pero también a fraternidad. ¡El olvidado asombro de estar vivos! (¿Quién nos dará la crónica del jueves negro en Ciudad Guzmán, Jalisco, la segunda ciudad más afectada por aquel terrible siniestro?). La hermosa y triste niña mujer tzotzil llamada Raquel, el dolor de la pérdida del amor de su vida en el remoto sueño americano, y los benditos y terribles usos y costumbres indígenas. “El rojo paredón de la realidad” y “el suero de la verdad”, en tierra gringa. Las cartas de luz en la era de la Internet: “es curioso que mientras más herramientas tenemos para comunicarnos, menos nos conocemos”. Y el silbato del último tren que ya se fue…

     Todo eso está allí y más todavía. Buenas crónicas, claras, limpias, breves y rápidas; sustanciosas y apetitosas por su amor a la escritura y al mundo en que vivimos y que no vemos ni oímos por las prisas. Periodismo y literatura, testimonio y pasión por la palabra escrita. El cuadro que vemos es el cuadro que hacemos y deshacemos todos los días. Y lo enterramos. Por eso es necesario memorarlo y palabrearlo. 

     Y lo mejor de lo mejor son esos puntos donde la crónica colectiva se conecta con el latir íntimo del alma y se hace la luz entre lo público y lo privado. Las fronteras se mueven y se cambian los límites entre lo colectivo y lo personal. Y logra por otros medios lo que hace muy bien JEP: “Allí donde el recuerdo colinda con el de los demás” (Elías Canetti, La provincia del hombre).

     Son las narraciones de una escritora ensimismada que alcanza la luz en su primer libro, hermoso, bien cuidado y entrañable, a pesar de su luz oscura: El último mundo (Mondadori, México, 2009, 162 pp.). Nace una cronista que es puro amor a las palabras del mundo. Amor que desde luego no excluye la crítica del presente ni quiere idealizar el pasado, sólo empalabrarlo.

     Crónica del mundo en que vivimos: cada vez todo es más rápido y, sin embargo, cada vez tenemos menos tiempo.

Al Juanelo

(28-Feb-195028-Nov-2009),

en memoria.

Qro. Qro. 18-III-2010.

juliofime@hotmail.com