Tener permiso para matar el regreso del PRI

Licencia para matar

Denise Dresser

APRO

Al igual que aquella famosa película de James Bond, Andrés Manuel López Obrador ha pedido una “licencia para matar”. Licencia para impedir la creación de una alianza PAN-PRD que podría ponerle freno al avance del PRI en el Estado de México.

Permiso para acelerar la consolidación de la candidatura presidencial de Enrique Peña Nieto, que se presenta cada vez más como un hecho consumado.

Licencia para matar la única posibilidad de evitar el regreso triunfal del priismo, lo cual entrañaría una profunda regresión política en el país. Permiso para hacerle la vida fácil al Copete Electrónico. Más que evitar la resurrección priista, AMLO parece obcecado en asegurarla. Más que evitar el reingreso a Los Pinos del enemigo histórico de la izquierda, AMLO parece desear ese desenlace. Y paso a paso, decisión tras decisión, López Obrador mata por su propia mano a la izquierda mexicana.

Porque las implicaciones de su vehemente oposición –tanto a la consulta ciudadana como a la alianza electoral en territorio mexiquense– evidencian una actitud alarmante. Una posición preocupante. Una táctica de corto plazo que producirá daños de largo plazo. Con tal de evitar el crecimiento de Marcelo Ebrard, AMLO está dispuesto a asegurar el fortalecimiento de Peña Nieto. Con tal de erigirse como el “único candidato capaz de salvar a México”, AMLO está dispuesto a franquearle el paso al PRI. Antes que darle la oportunidad a la izquierda de ganar, López Obrador prefiere controlarla aunque acabe perdiendo votos. Antes que ser congruente con las alianzas que apoyó en lugares como Oaxaca, López Obrador está dispuesto a denostarlas si de meter el pie a sus adversarios en su propio partido se trata. Frenar el éxito de alianzas que erosionan su poder dentro del PRD le importa más que desmantelar la maquinaria mexiquense que el PRI ha encendido.

Como escribió Elías Canetti, “el horror que produce la muerte se vuelve satisfacción cuando vemos que es alguien más el que está muerto”. Y a AMLO la muerte del PRD no le preocupa. El desmoronamiento político de la izquierda electoral no le atemoriza. El caudal de votos perredistas convertidos en votos priistas no le quita el sueño. Piensa que puede competir solo, ganar solo, triunfar solo. Y por ello, para AMLO la alianza electoral que fue buena en Oaxaca no es buena en el Estado de México. Por ello, para AMLO el perfil democrático incuestionable de Javier Corral –impulsor de la alianza– se vuelve de pronto motivo para llamarlo “alguien que sirve a las mafias que se han apoderado de México”. Al actuar así, López Obrador se vuelve el promotor más exitoso de los mafiosos contra los cuales dice pelear. Al lanzarse contra una alianza argumentando que “no traería nada nuevo”, López Obrador asegura que sea así. Al criticar la consulta ciudadana, López Obrador avala la transición trunca.

Alguien debería recordarle a AMLO que el enemigo verdadero a vencer no es Ebrard: es Peña Nieto. El adversario real que debe ser contenido no es el PRD: es el PRI. El peligro inminente no es la posibilidad de una alianza PAN-PRD: es la división de la oposición. El problema urgente no es parar a Los Chuchos: es parar la resurrección de lo peor del priismo. Si el PRI recupera la Presidencia gracias a las maniobras cuestionables de López Obrador, el futuro de la izquierda mexicana se avizora sombrío, duro, desfondado. Porque los priistas regresarían al poder durante por lo menos dos sexenios. Doce años para canibalizar al PRD y arrebatarle liderazgos y electores y plataformas y militantes. Doce años para desmantelar los pocos contrapesos e instituciones democráticas que hemos logrado establecer. Doce años para destrozar lo que tomó más de veinte construir.

Ese será el escenario predecible si López Obrador insiste en pelearse con propios en lugar de combatir ajenos. Si insiste en volver más agreste el terreno electoral para la izquierda en lugar de emparejarlo donde más importa. En el Estado de México está la base electoral, estratégica, operativa y financiera del proyecto priista. Es allí donde está en juego el futuro de Enrique Peña Nieto y la coalición corporativa que comanda. Es allí donde todas las fuerzas de la oposición –panistas, perredistas, petistas, convergencistas– deberían unirse para formar un frente común. Un dique para proteger a la débil democracia mexicana. Un muro para defender un paraje donde sea posible imaginar la vida política de otra manera: menos cupular y más ciudadana; menos partidista y más participativa; menos centrada en preservar los pactos del pasado y más preocupada por esbozar los nuevos entendimientos del futuro.

Según AMLO, “la oligarquía ya tiene a su candidato, y es Enrique Peña Nieto, que simboliza la corrupción, el clientelismo y los intereses del duopolio televisivo”. Eso es cierto, pero lamentablemente López Obrador no está proveyendo al país de instrumentos para impedir el ascenso del Modelo Bombón mexiquense. Al contrario, está allanando su camino. Porque la candidatura solitaria de Alejandro Encinas no sería suficiente para ganar. Porque si lo que AMLO quiere detener –vía el Estado de México– es una alianza PAN-PRD para la elección presidencial, lo está haciendo al enorme costo de otorgarle al político más popular del país la candidatura del PRI. Porque si lo que AMLO desea es enfrentarse a Peña Nieto en 2012 y jalar el voto antipriista a su propia causa, los números no le dan para imponerse en esa elección. Ganaría la batalla contra el PRD, pero perdería la guerra necesaria para lograr la transformación del sistema que el PRI heredó y que ahora revive.

Andrés Manuel López Obrador ha dicho que “son momentos de definición”. Entonces a él mismo hay que pedirle que se defina. ¿De qué lado está? ¿Del lado de la izquierda capaz de formar un frente opositor para vencer al PRI, o del lado del PRI? ¿Del lado de Marcelo Ebrard o de Enrique Peña Nieto? ¿Del lado de una consulta que fortalezca la participación ciudadana, o del lado de quienes quieren evitarla? ¿Del lado de acuerdos programáticos entre partidos y organizaciones civiles para inaugurar una nueva forma de hacer política, o del lado de priistas que se oponen a su creación? ¿Del lado de la sociedad o de quienes sólo desean manipularla? ¿Del lado de una izquierda revitalizada o del lado de una izquierda que las rivalidades personales se empeñan en matar? ¿De nuestro lado o tan sólo del suyo?

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