Evocación de Don Luis González por Enrique Florescano

Enrique Florescano

Evocación de Luis González (1922-2003)

Los días fríos de diciembre trajeron la noticia de la muerte de Luis González y González, maestro de historiadores, ciudadano ejemplar. Lo conocí en 1963, cuando tuve la fortuna de ingresar como becario en el Colegio de México. Entre la cintilante nómina de profesores de esa institución (Daniel Cosío Villegas, José Gaos, Silvio Zavala, José Miranda, Víctor Urquidi, Ignacio Bernal, Luis Weckman, Moisés González Navarro, Antonio Alatorre, Luis Villoro, Rafael Segovia, entre otros) figuraba don Luis como profesor de “Teoría y método de la historia”.
Entrar al salón de clases y escuchar al maestro Luis González equivalía a una suerte de anticlímax. Al lado del profesor que hipnotizaba, persuadía o “sentaba cátedra”, don Luis exponía con sencillez las grandes teorías de la interpretación histórica. Era usual en él explicar con diagramas didácticos las escuelas y tradiciones historiográficas y resumir con uno o dos ejemplos sus tesis principales. Sus alumnos tardamos un rato en entender que detrás de ese rechazo de la retórica había una rigurosa decisión de ser fiel a un modelo de vida, a un sentido moral de la enseñanza que no podía reñir con su cometido.
Antes que el salón de clases, los ámbitos preferidos de don Luis fueron el café, la sobremesa y el entorno del hogar de Carlos Pereyra 112 (en la ciudad de México) o en San José de Gracia, el mítico pueblo de Michoacán. En el café sus alumnos descubrieron a un hombre risueño, cargado de nostalgias pueblerinas que relataba con gracia y pudor; a un lector sin fronteras y a un maestro enciclopédico de una generosidad sin límites. Don Luis era un invitado bien recibido en todas las mesas, pero cuando en la suya concurrían Antonio Alatorre, Rafael Segovia, Jean Meyer, Daniel Cosío Villegas o François Chevalier, entonces la cafetería del Colegio de México se convertía en el mejor seminario sobre política, literatura o el más reciente libro de historia editado en cualquier parte del mundo.
Luis González entró a formar parte del plantel de profesores e investigadores del Colegio de México en la década de los 50. Desde entonces y hasta su muerte mantuvo los lazos que lo unieron con esa institución. Ahí aprendió las diversas artes y disciplinas que forjan al profesional de la historia: profesor, investigador, corrector de pruebas, editor de revistas y libros, pergeñador de recensiones, compilador de bibliografías, redactor de artículos, conferencista, coordinador de equipos de investigación, director de área docente, autor solitario. Bajo la dirección de Cosío Villegas participó en las innovadoras obras colectivas que hicieron del colegio una institución nacional: Fuentes para la historia contemporánea de México (1961-1963), Historia general de México (1976), Historia mínima de México (1976) e Historia de la Revolución Mexicana (1979-1992). En estas tareas adquirió destrezas y conocimientos excepcionales, fatigó toda suerte de archivos y bibliotecas, recorrió el país de un extremo a otro, participó en innumerables congresos y coloquios y estableció relaciones duraderas con los mayores exponentes de la historiografía nacional y mundial.
En 1967, en plena madurez, cuando esa experiencia inusitada parecía empujarlo a hacerse cargo de los grandes temas y personajes de la historia mexicana, Luis González dejó estupefactos a sus mentores del Colegio de México en el momento en que informó que había decidido aprovechar su año sabático para escribir la historia de su pueblo. Como lo asentó él mismo en el prólogo de su libro, la parroquia o tenencia de San José de Gracia “no aparecía citada en ningún libro de historia de México, ni se menciona siquiera en alguna historia de Michoacán”. Hasta entonces era “un punto ignorado del espacio, el tiempo y la población de la República Mexicana”.
Para los admiradores de sus talentos, la decisión de ocuparse de un pueblo insignificante y sin historia parecía un disparate. Y para sus colegas, quienes escribían sus libros según las modas académicas establecidas en las metrópolis, era un experimento sin sentido, destinado al fracaso. Sin embargo, para don Luis fue el momento de ser él mismo, de dar respuesta a las voces profundas que bullían en su interior. Y esa decisión lo trasladó a una región y un tiempo que ningún historiador mexicano había explorado antes, con excepción de los poetas como Ramón López Velarde, o los escritores como Agustín Yáñez, Juan Rulfo y Juan José Arreola.
Para Luis González pensar y escribir la historia de su pueblo fue un retorno a los orígenes y un encuentro con sus pulsiones más íntimas. Indagar el pasado de San José de Gracia en la casa misma donde había nacido, sumergirse en la placenta de la matria rodeado del hálito de los padres fundadores, respirar el paisaje e inhalar los olores de la tenencia de Ornelas, conversar una y otra vez con los familiares y paisanos y hurgar en papeles y memorias colectivas fue una de las experiencias más intensas y felices de su vida. Un encuentro consigo mismo realizado mediante la resurrección del ente colectivo que había fabricado la comunidad bautizada con el nombre de San José de Gracia.
Para la historiografía mexicana la aparición de Pueblo en vilo fue un parteaguas memorable y radical, un giro de 180 grados en los sujetos, los temas y los modos de pensar y escribir la historia entonces en uso. Por primera vez las vidas oscuras de miles de pobladores de aldeas remotas se convirtieron en los sujetos de la narrativa histórica más sofisticada. Pueblo en vilo no sólo recogía los hilos dramáticos de una historia larga y olvidada, sino reconstituía sus procesos demográficos, sociales, políticos y culturales y los tejía y anudaba con los ciclos y derroteros de la historia nacional. De pronto, por virtud de los artilugios puestos en obra por el historiador, la diminuta historia de San José de Gracia se transformó en historia universal, en espejo vivo de una porción considerable de la historia nacional.
Al elevar la historia local al rango que antes ocupaban los héroes o los grandes acontecimientos políticos, Luis González inició el aún inacabado proceso de ampliación y democratización de las fronteras de la historia. El éxito que acompañó la publicación de Pueblo en vilo hizo de Luis González un campeón de la historia local y regional, un título que el maestro refrendó en obras sucesivas, que culminaron con la fundación de El Colegio de Michoacán, una institución de alto nivel dedicada al estudio de la realidad regional. Como Pueblo en vilo, toda la obra de Luis González es un intento de comunión con la sociedad real que sostiene y dota de sentido a los proyectos individuales. Evocar el contenido moral y la proyección social de los trabajos de Luis González, particularmente en estos momentos que ensombrecen el destino de la nación, equivale a recordar que la sociedad mexicana tiene sustentos éticos profundos, radicalmente contrarios al bochornoso espectáculo que hoy brinda la clase política en el manejo de los asuntos públicos.

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