Una plaza de San Pedro repleta y un estadio Corregidora desairado en Querétaro con tan solo cerca de cuatro mil gentes

“Juan Pablo II ya es beato!“

¡Juan Pablo II ya es beato!”, exclamó Benedicto XVI durante la homilía que presidió hoy ante cientos de miles de personas en El Vaticano. Un mar de gente. Una multitud como pocas veces hemos visto. Todos reunidos por obra de un hombre particular: Juan Pablo II. Quienes estuvimos en Roma vivimos de cerca un momento histórico, que se replicó hasta el infinito a través de los medios de comunicación. Como este evento único no merece mayores comentarios, preferimos compartir con nuestros seguidores de Sacro&Profano un extracto del sermón de Joseph Ratzinger en la ceremonia, como resumen de una jornada inolvidable.

PERCIBÍAMOS EL PERFUME DE SU SANTIDAD
Por Benedicto XVI / 1 de mayo de 2011

Hace seis años nos encontrábamos en esta Plaza para celebrar los funerales del Papa Juan Pablo II. El dolor por su pérdida era profundo, pero más grande todavía era el sentido de una inmensa gracia que envolvía a Roma y al mundo entero, gracia que era fruto de toda la vida de mi amado Predecesor y, especialmente, de su testimonio en el sufrimiento. Ya en aquel día percibíamos el perfume de su santidad, y el Pueblo de Dios manifestó de muchas maneras su veneración hacia él. Por eso, he querido que, respetando debidamente la normativa de la Iglesia, la causa de su beatificación procediera con razonable rapidez. Y he aquí que el día esperado ha llegado; ha llegado pronto, porque así lo ha querido el Señor: Juan Pablo II es beato.

Queridos hermanos y hermanas, hoy resplandece ante nuestros ojos, bajo la plena luz espiritual de Cristo resucitado, la figura amada y venerada de Juan Pablo II. Hoy, su nombre se añade a la multitud de santos y beatos que él proclamó durante sus casi 27 años de pontificado, recordando con fuerza la vocación universal a la medida alta de la vida cristiana, a la santidad, como afirma la Constitución conciliar sobre la Iglesia Lumen gentium.

Todos los miembros del Pueblo de Dios –Obispos, sacerdotes, diáconos, fieles laicos, religiosos, religiosas- estamos en camino hacia la patria celestial, donde nos ha precedido la Virgen María, asociada de modo singular y perfecto al misterio de Cristo y de la Iglesia. Karol Wojty?a, primero como Obispo Auxiliar y después como Arzobispo de Cracovia, participó en el Concilio Vaticano II y sabía que dedicar a María el último capítulo del Documento sobre la Iglesia significaba poner a la Madre del Redentor como imagen y modelo de santidad para todos los cristianos y para la Iglesia entera.

El nuevo Beato escribió en su testamento: «Cuando, en el día 16 de octubre de 1978, el cónclave de los cardenales escogió a Juan Pablo II, el primado de Polonia, cardenal Stefan Wyszy?ski, me dijo: “La tarea del nuevo Papa consistirá en introducir a la Iglesia en el tercer milenio”. Y añadía: “Deseo expresar una vez más gratitud al Espíritu Santo por el gran don del Concilio Vaticano II, con respecto al cual, junto con la Iglesia entera, y en especial con todo el Episcopado, me siento en deuda. Estoy convencido de que durante mucho tiempo aún las nuevas generaciones podrán recurrir a las riquezas que este Concilio del siglo XX nos ha regalado. Como obispo que participó en el acontecimiento conciliar desde el primer día hasta el último, deseo confiar este gran patrimonio a todos los que están y estarán llamados a aplicarlo. Por mi parte, doy las gracias al eterno Pastor, que me ha permitido estar al servicio de esta grandísima causa a lo largo de todos los años de mi pontificado“.

¿Y cuál es esta «causa»? Es la misma que Juan Pablo II anunció en su primera Misa solemne en la Plaza de San Pedro, con las memorables palabras: «¡No temáis! !Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!». Aquello que el Papa recién elegido pedía a todos, él mismo lo llevó a cabo en primera persona: abrió a Cristo la sociedad, la cultura, los sistemas políticos y económicos, invirtiendo con la fuerza de un gigante, fuerza que le venía de Dios, una tendencia que podía parecer irreversible.

Con su testimonio de fe, de amor y de valor apostólico, acompañado de una gran humanidad, este hijo ejemplar de la Nación polaca ayudó a los cristianos de todo el mundo a no tener miedo de llamarse cristianos, de pertenecer a la Iglesia, de hablar del Evangelio. En una palabra: ayudó a no tener miedo de la verdad, porque la verdad es garantía de la libertad. Más en síntesis todavía: nos devolvió la fuerza de creer en Cristo, porque Cristo es Redemptor hominis, Redentor del hombre: el tema de su primera Encíclica e hilo conductor de todas las demás.

Karol Wojty?a subió al Solio de Pedro llevando consigo la profunda reflexión sobre la confrontación entre el marxismo y el cristianismo, centrada en el hombre. Su mensaje fue éste: el hombre es el camino de la Iglesia, y Cristo es el camino del hombre. Con este mensaje, que es la gran herencia del Concilio Vaticano II y de su «timonel», el Siervo de Dios el Papa Pablo VI, Juan Pablo II condujo al Pueblo de Dios a atravesar el umbral del Tercer Milenio, que gracias precisamente a Cristo él pudo llamar «umbral de la esperanza». Sí, él, a través del largo camino de preparación para el Gran Jubileo, dio al Cristianismo una renovada orientación hacia el futuro, el futuro de Dios, trascendente respecto a la historia, pero que incide también en la historia.

Aquella carga de esperanza que en cierta manera se le dio al marxismo y a la ideología del progreso, él la reivindicó legítimamente para el Cristianismo, restituyéndole la fisonomía auténtica de la esperanza, de vivir en la historia con un espíritu de «adviento», con una existencia personal y comunitaria orientada a Cristo, plenitud del hombre y cumplimiento de su anhelo de justicia y de paz.

Quisiera finalmente dar gracias también a Dios por la experiencia personal que me concedió, de colaborar durante mucho tiempo con el beato Papa Juan Pablo II. Ya antes había tenido ocasión de conocerlo y de estimarlo, pero desde 1982, cuando me llamó a Roma como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, durante 23 años pude estar cerca de él y venerar cada vez más su persona. Su profundidad espiritual y la riqueza de sus intuiciones sostenían mi servicio.

El ejemplo de su oración siempre me ha impresionado y edificado: él se sumergía en el encuentro con Dios, aun en medio de las múltiples ocupaciones de su ministerio. Y después, su testimonio en el sufrimiento: el Señor lo fue despojando lentamente de todo, sin embargo él permanecía siempre como una «roca», como Cristo quería. Su profunda humildad, arraigada en la íntima unión con Cristo, le permitió seguir guiando a la Iglesia y dar al mundo un mensaje aún más elocuente, precisamente cuando sus fuerzas físicas iban disminuyendo. Así, él realizó de modo extraordinario la vocación de cada sacerdote y obispo: ser uno con aquel Jesús al que cotidianamente recibe y ofrece en la Iglesia.

¡Dichoso tú, amado Papa Juan Pablo, porque has creído! Te rogamos que continúes sosteniendo desde el Cielo la fe del Pueblo de Dios. Desde el Palacio nos has bendecido muchas veces en esta Plaza. Hoy te rogamos: Santo Padre: bendícenos. Amén.

Derecho a réplica en: andresbeltramo@hotmail.com

Escribe un comentario Papas No hay Comentarios » abril 29th, 2011Juan Pablo II, un testimonio extraordinarioLa beatificación de Karol Wojtyla es inminente, sólo faltan unas horas. La vorágine informativa en torno a esta polifacética figura invadió literalmente El Vaticano. Dos mil 300 periodistas se aprestan a transmitir el magno evento a millones en todo el mundo. Un acontecimiento histórico. En medio de esta carrera por ganar la última nota, este viernes tuve la fortuna de escuchar un testimonio extraordinario: la enfermera del Papa confió, a un grupo reducido de periodistas, las últimas horas del pontífice polaco desde su muy personal perspectiva.

Se llama Rita Megliorin y acudió al Santo Padre de enero a abril de 2005. Su relato ofrece una visión particular de un personaje que todos, católicos o no, sintieron cerca en algún momento de su vida. Por eso compartimos con los amigos de Sacro&Profano estas líneas, como homenaje póstumo a Juan Pablo II, al tiempo de invitarlos a seguir la completa cobertura que de la beatificación estamos realizando en Roma a través de Twitter y Facebook.

“SANTIDAD, BUEN DIA, HOY HAY SOL”
Por Rita Megliorin / 29 de Abril de 2011

Si tuviera que atribuir una característica principal a Juan Pablo II, más que el grande le llamaría el simple, quizás por esto fue que pudo comunicar con todos, porque él hablaba un lenguaje universal y con su mirada llegó a tocar el corazón de todos, porque era una mirada cargada de amor. Al principio consideré nuestro encuentro como puramente profesional, el Santo Padre estaba mal, necesitaba asistencia y yo pensé poder servirle en un modo bastante competente.

Nuestro modo de saludarnos era este: la mañana entraba, subía las persianas y él generalmente se levantaba muy temprano, iniciaba la oración a las 3 o 4 de la madrugada. Lo saludaba diciendo: “buen día Santidad, hoy hay sol” porque todos los días eran soleados durante la enfermedad del Papa.

Después de decir esta frase me volteaba hacia él que me bendecía, entonces yo me arrodillaba y él me acariciaba la cara. Así comenzaba nuestra jornada. El sol, la fuerza de la luz, fue el elemento fundamental que nos unió, esta fuerza continuó hasta el último día porque ese día, el 2 de abril de 2005, en Roma había sol.

Yo cumplía con mi deber de enfermera inflexible y él cumplía con su rol de enfermo inflexible, exigente. Siempre fue puesto al corriente de todo, él quería saber las condiciones y cuando no comprendía me miraba en un modo particular, quería decir que debía ser más clara. Se entablaba un buen discurso.

Juan Pablo II tenía un dolor espiritual, el dolor de padre que no lograba alcanzar a todos sus hijos que tenían necesidad de él porque estaba obligado, en ese momento, a permanecer en una cama de hospital; creo que este fue el sufrimiento más grande del Santo Padre. Me sucedía de visitar otros enfermos y luego ir con él, le decía: Santo Padre, están los enfermos que sufren y él rezaba, me pedía a mí que rezara y yo le respondía que él tenía un contacto más directo con Dios. Su oración fue el elemento constante en las jornadas que tuve el honor de compartir con Juan Pablo II.

Esta cercanía con los otros enfermos nunca la perdió, ni siquiera en el momento de máximo dolor. Generalmente cuando estamos enfermos, todas las personas, incluso las más buenas, nos volvemos un poco egoístas, buscamos ahorrar las propias energías para llevar adelante el sufrimiento. Karol Wojtyla, sus energías, las utilizó para los demás. No recuerdo haberlo escuchado lamentarse por algo, esto era fruto de una gran esperanza.

El hombre Juan Pablo II era extremadamente simple, nunca necesitó de grandes cosas y así fue en el momento de máximo sufrimiento. Nunca dejó de estudiar, incluso hasta sus últimos días tenía, cerca de sí, libros sobre ciencia y genética porque, en aquel tiempo, había una fuerte debate sobre el problema de los embriones.

Todo era simple cuando estábamos con él, porque para nosotros fue un padre. Yo no vi la fragilidad en la enfermedad de Juan Pablo II, incluso cuando estaba en una cama de hospital y podía levantarse para rezar el Angelus, hacía un esfuerzo enorme y aún así quería ser puntual, porque sus hijos lo esperaban.

El me contó qué quiso decir con su famosa frase: “No tengáis miedo”. No debemos pensar en no tener miedo como una situación donde otro piensa por uno, no… no debes tener miedo porque así logras reaccionar conscientemente para tomar las decisiones correctas, porque si tienes miedo eres un ser limitado, debes tomar la responsabilidad de elegir un camino hacia la libertad, hacia la verdad.

El 2 de abril fui llamada al Vaticano, de madrugada algunos medios decían que el Santo Padre había muerto, otros señalaban que no estaba consciente. Cuando llegué estaba angustiada, tenía miedo de perderme el momento del adiós. Cuando entré en la habitación no sabía qué decir, generalmente todos me decían de no llorar, porque lloraba siempre, en cambio ese día nadie me dijo nada.

Me arrodillé junto a su cama y le dije: “Santidad, buen día, hoy hay sol”. El me miró y me sonrió, fue el mejor regalo que Juan Pablo II me pudo haber dado. Tomé su mano porque quería la última caricia del Papa, pero él no tenía fuerza para acariciarme. Aquel día él contempló el cuadro de Cristo sufriente ubicado frente a su cama y por la ventana entró el sol, además se escuchaban las voces de los jóvenes en la plaza, los cantos y las oraciones.

Entonces en un momento, en mi máximo de mi profesionalidad, me dirigí a don Stanislao (Dziwizs) y le dije: “tal vez estas voces molestan al Santo Padre”. Cometí un error tremendo y me di cuenta un poco después porque el secretario me tomó de la mano, me llevó a la ventana y me dijo: “Rita, esos son los hijos que vinieron a saludar a su padre, un padre cuando se va no quiere abandonar a los hijos y los hijos no quieren estar lejos del padre, es su modo de despedir a Juan Pablo II”.

Estas voces entraron en la habitación hasta el final, hasta que se apagó la candela y se encendió la luz, que vimos todos y que manifestó al mundo el final de Juan Pablo II, su final terreno.

Derecho a réplica en: andresbeltramo@hotmail.com

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