Porqué estamos como estamos en México

Porqué estamos como estamos

(Proceso)

.- Dos imágenes ganaron, el miércoles 1, las primeras planas de los principales diarios del país, y no hubo espacio informativo que no las consignara:

El beso fraterno entre Felipe Calderón y Elba Esther Gordillo, previo susurro del primero, y el momento jubiloso en que el secretario de Educación Pública, Alonso Lujambio, y la lideresa de los maestros –el presidente en medio, aplaudiendo– festejan la firma de un acuerdo para evaluar a docentes y directivos de escuelas de educación básica, públicas y privadas.

Era la tercera ocasión en que los tres personajes aparecían públicamente en 15 días.

“Las fotos muestran, en principio, que la relación entre La Maestra y el presidente está pasando nuevamente por un buen momento. La pregunta es si esto es una buena noticia para los estudiantes de primaria”, comenta Carlos Elizondo Mayer-Serra, politólogo e investigador del Centro de Investigación y Docencia Económicas, CIDE.

“En el fondo –agrega–, de lo que hablan las imágenes es de la capacidad que tienen el gobierno federal y el sindicato –desde hace décadas– para evitar el conflicto y el enfrentamiento, pero también, con ello, para posponer la solución a los problemas de la educación básica en el país”.

Y explica: “El sindicato de Elba Esther es un poder real tan grande, con enormes recursos económicos y una intrincada red de intereses políticos –en casi todos los partidos, en las cámaras legislativas, en los gobiernos estatales y en la propia SEP–, que a la autoridad federal y a las locales les es más fácil negociar políticamente con él que ponerle límites”.

Más aún, sugiere, el trato suave con el sindicato se vuelve necesario para el gobierno en la coyuntura electoral: si ya en la elección de 2006 el sindicato fungió como su aliado, ahora le urge tener de su lado al más de 1 millón de maestros que lo integran.

“Pero el acuerdo y la negociación con el sindicato sólo posponen la solución a los problemas, como históricamente se ha demostrado. Es todavía baja la cobertura y tiene muy mala calidad nuestra educación. En básica la calidad es deplorable, tanto en las escuelas públicas como en las privadas. El gasto en educación absorbe la cuarta parte del presupuesto federal total, pero los resultados son de los peores, como lo ha demostrado la OCDE”, afirma el especialista.

Sin crecimiento

La entrevista con Carlos Elizondo, doctor en ciencia política por la Universidad de Oxford, Inglaterra, exdirector general del CIDE y exembajador de México ante la OCDE, es a propósito de su nuevo libro, Por eso estamos como estamos. La economía política de un crecimiento mediocre, que la editorial Random House Mondadori pondrá en circulación a partir del miércoles 8.

El objetivo del libro, explica el autor en la introducción, “es dar cuenta de las razones por las que México ha quedado atrapado políticamente en un equilibrio mediocre que no permite un mayor crecimiento.

“Pretendo mostrar por qué durante los últimos 30 años nuestras fuerzas políticas no han logrado la coordinación necesaria que haga posible un mayor crecimiento sostenido.

“El argumento central es que muchos de los actores dominantes en México se conducen conforme a la lógica corporativa del pasado, donde importaba más defender un privilegio que generar instituciones capaces de lograr, a través de bienes públicos de calidad, una cierta igualdad de oportunidades y derechos universales de verdad, así como mecanismos que hicieran del esfuerzo, el mérito y la competencia los motores centrales para la distribución de beneficios en el mercado laboral, tanto entre las empresas como en el sistema educativo, sobre todo en el nivel superior.”

Como una primera explicación de por qué el país se encuentra atorado, Elizondo señala que la reformas económicas y políticas que ocurrieron en el país en las dos últimas décadas del siglo XX –y que fueron parte del ciclo de reformas en el mundo en ese periodo– se dieron de una forma pacífica, y por lo mismo “fueron menos profundas de lo deseado por unos y de lo temido por otros.”

Dice en el libro: “Las viejas estructuras corporativas y diversos grupos con privilegios supieron adaptarse al nuevo entorno económico y político, en muchos casos sin haber sufrido modificaciones importantes y, en cambio, logrando ganar una mayor capacidad de maniobra, dada la dispersión del poder que trajo el proceso democratizador.

“La supervivencia de estas estructuras tiene implicaciones negativas tanto para el desempeño de nuestra economía como para la capacidad del régimen democrático para enfrentar los retos de un mundo globalizado con países en continua competencia.

“Las reformas económicas no crearon una economía más dinámica y capaz de ofrecer a los mexicanos mayores oportunidades basadas en su poder para satisfacer las necesidades del mercado. No hemos construido una sociedad en la que se premien el esfuerzo y el mérito y se tengan derechos universales genuinos básicos que permitan una razonable igualdad de oportunidades.

“El crecimiento ha sido modesto en las últimas décadas, lo mismo que la creación de empleos formales. Entre 1981 y 1990 el PIB per cápita cayó 0.18%; en los 10 años siguientes creció, pero únicamente a un promedio anual de 1.86%. De 2001 a 2010 este crecimiento fue de un bajísimo 0.66% anual.

“Sólo gracias a la economía informal y a la migración a Estados Unidos hemos amortiguado el efecto de la creciente demanda de trabajo, sobre todo entre los jóvenes que buscan ingresar al mercado laboral.”

Por otra parte, escribe Elizondo: “Las sucesivas crisis estimularon la democratización de un sistema político basado en su capacidad de repartir beneficios desde arriba para evitar competencias electorales genuinas.

“El descontento con el mal desempeño económico impulsó una serie de reformas políticas que dieron, por fin, efectividad al sufragio. Con su voto, los ciudadanos decidieron poner fin a las mayorías absolutas del Poder Legislativo en 1997 y en 2000, y llevar a la Presidencia, por primera vez en la historia moderna de México, a un candidato presidencial opositor al PRI.”

Sin embargo, dice Elizondo en la entrevista, resulta que la transición democrática en el país “sólo trastocó los arreglos electorales, pero dejó sin cambio alguno las estructuras corporativas de control y privilegios, como los sindicatos del sector público, organizaciones campesinas, empresarios y otros”.

“Anemia” institucional

En su libro Elizondo escribe: “La dispersión del poder que las urnas impusieron; la erosión de la legitimidad de las reformas económicas tras la crisis de 1994; la poca claridad y capacidad de los gobiernos emanados del PAN en cuanto a cómo usar el poder que su partido ganó con las elecciones de 2000 y 2006; la permanencia de los actores organizados por el corporativismo, pero ahora con mayor libertad de maniobra, y el hecho de que dos de los tres principales partidos ahora en la oposición, el PRI y el PRD, sean herederos no conversos de la ideología del modelo de desarrollo anterior, condujeron a una situación en la que ningún actor cuenta con suficiente fuerza para impulsar un nuevo ciclo de reformas que haga frente a los déficits institucionales que dejaron los ciclos anteriores.

“Los actores potencialmente afectados, incluidos algunos de los beneficiados por las reformas pasadas, han bloqueado sistemáticamente la posibilidad de que se forme una nueva coalición reformista.”

Y todo ello confluye en un pobre desempeño económico. “El dilema que tenemos como país es que, si no crecemos en este momento en que gozamos de una ventaja demográfica clave, ya no lograremos converger a los niveles de bienestar de los países desarrollados.

“De perder esta oportunidad, a pesar de todo el esfuerzo que ha implicado convertirnos en un país independiente y tener la primera revolución social del siglo XX, estaremos condenando a los mexicanos del futuro a vivir en un país rezagado, pobre e inseguro. Esto es inadmisible.”

En su texto, Elizondo explica sin tecnicismos pero con mucho rigor académico, por qué nuestra democracia es débil, la incapacidad del país para reformar y, sobre todo, las razones –históricas, políticas y hasta mentales– por las que el término “competencia” no se nos da.

Capítulos clave son el 8 y el 9, en los que disecciona los privilegios de que, aun en la alternancia política, han gozado empresarios, sindicatos y organizaciones campesinas; cómo abusan de su fuerza política, cómo exprimen al erario y cómo se desenvuelven éstos en la indisciplina, la falta de transparencia y la rendición de cuentas.

En el último capítulo el autor ofrece “algunas maneras de romper con un arreglo institucional ineficiente y acceder a los niveles de crecimiento deseables” para el país. Es un cierre circular, pues en el capítulo 1 enlista algunos ejemplos de factores contrarios al crecimiento económico; entre ellos:

–Un gobierno dueño de empresas que pierden dinero en forma sistemática y que terminan consumiendo más recursos de los que generan, los cuales son pagados por el contribuyente;

–monopolios públicos y privados mal regulados que extraen altas rentas del consumidor, limitan el bienestar de la población y dificultan la competitividad de empresas que consumen sus bienes o servicios;

–trabajadores que no hacen nada o muy poco, pero que no pueden ser despedidos;

–expropiaciones arbitrarias que desestimulan la inversión y constante cambio de las reglas del juego;

–inestabilidad macroeconómica y alta inflación, que llevan a inversiones especulativas de corto plazo y a la erosión del sistema financiero;

–una alta actividad delictiva.

Inercias

A lo largo de la entrevista, el politólogo se enfoca en el grave problema de la falta de competencia, pues ésta es uno de los motores del crecimiento económico y el bienestar social.

“Hoy nos preocupa la única área del país donde realmente competimos, que es la de la violencia. Que es donde no debería de haber competencia. ¿Cuál es el único espacio donde todas las sociedades pretenden legítimamente tener el monopolio? El monopolio de la violencia legítima. En México hoy lo que tenemos es una competencia por el control territorial de amplias zonas del país. Ahí sí competimos. Pero en el resto de los mercados competimos poco o no competimos.

“Hemos perdido de vista que si tenemos bajo crecimiento y baja calidad de servicios públicos es porque en los mercados centrales no hay suficiente competencia. Un ejemplo: en cualquier país que aspire a tener una buena provisión de servicios educativos, el proceso de reclutamiento de maestros y el proceso de acceso a las principales universidades es por competencia, por distintos mecanismos de mérito.

“¿Quiénes entran a dar clases en Corea? Los mejores egresados de sus disciplinas. ¿Quiénes entran a dar clases en México? Los que se formaron en la cola. En la cola de la Normal. Pasaron sus cursos, o ni los pasaron, simplemente se sentaron y muchas veces son reclutados porque son parientes o porque pagan; no porque tienen el mérito para enseñar.

“¿Quiénes entran a la universidad en México, tanto a las privadas como a las públicas? En las privadas entran quienes tienen un mínimo, pero un mínimo muy mínimo, y pueden pagar. Y en las públicas, pues los que se formaron en la cola de las prepas de la UNAM y que tienen pase automático y cumplen ciertos mínimos, y los que con calificaciones muy bajas logran acceder al resto de las universidades públicas.

“En todos los países hay filtros y sólo pasan quienes cumplen con cierto nivel de mérito.”

–¿Qué es lo que nos ha detenido?

–Nos ha detenido que los actores centrales que controlan el sistema, el sindicato, la propia administración de la SEP y las principales universidades no quieren competencia. No quieren evaluación, no quieren filtros, no quieren rendición de cuentas de verdad. Todas esas instituciones podrían ser más abiertas y más competitivas, pero no se cambian porque los ganadores de estas reglas del juego tienen peso político, mediático, capacidad de movilización.

Insiste Elizondo: “No sólo tenemos que arreglar nuestras inercias del pasado, sino que debemos hacerlo en un mundo que nos lleva mucha ventaja. China, país formalmente comunista, entendió que la competencia es un instrumento muy poderoso. Sí, no quiere que haya extranjeros en sus empresas petroleras. Pero tiene varias y las pone a competir. Las pone a asociarse con extranjeras cuando no saben. Obliga a que rindan cuentas en la bolsa, a informar qué tan eficaces son para hacer sus distintos procesos, y eso disciplina a esas empresas públicas.

“En cambio, en México optamos por un monopolio, una sola empresa, donde no hay competencia con terceros, donde no hay competencia en el reclutamiento. ¿Cuándo fue la última vez que vimos en el periódico la convocatoria abierta para ingresar a Pemex? Nunca. No existe.

“Es muy raro que no nos alarme esto. En nuestro principal activo (Pemex) no contratamos a la gente por sus méritos; no son los mejores ingenieros, los mejores técnicos, sino los que están mejor conectados, los que fueron capaces de pagar más dinero, los que tenían relaciones familiares dentro del sindicato. Eso es un escándalo. ¿Por qué? Porque nos hemos resistido a la competencia.”

Pone un ejemplo básico, que afecta a la ciudadanía: “Si vas a la gasolinera de Pemex y luego descubres que te dieron litros de 900 mililitros, ¿qué puedes hacer? Nada, porque sólo puedes ir a gasolineras de Pemex. Si hubiera ocho marcas de gasolineras en la Ciudad de México, mexicanas, extranjeras, del propio gobierno, y supieras que las de la gasolinera ‘A’ dan litros de 900 mililitros, pues no regresarás a la ‘A’. Habría una competencia por dar litros de verdad.

“Ese es el tema, en todos los ámbitos, que a mi juicio implica que estemos atorados.”

Explica el entrevistado que en muchos países los trabajadores del sector público tienen mejores condiciones que los del sector privado, porque políticamente han logrado extraérselas al gobierno, que acaba cediendo.

“Pero –dice– en México el diferencial es mucho mayor que en otros países. Un trabajador de la hoy extinta Luz y Fuerza se retiraba a los 30 años de servicio ininterrumpido, independientemente de su edad. Y como los metían de aprendices a los 15 años, a los 45 años se podían retirar. Y con la esperanza de vida actual pueden vivir más tiempo jubilados que trabajando. Y con costos crecientes para el sistema de salud, porque entre más vives vas a enfrentar más problemas de salud.”

“En suma –reitera Elizondo Mayer-Serra–, la transición democrática en México, a diferencia de otros países, por su propia suavidad, sólo trastocó los arreglos electorales. Y dejó sin cambio todas estas estructuras corporativas de control y privilegios.”

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