“Me duele dejar estas tierras con tantos desafíos” dice el obispo de Querétaro Justino Armendáriz al despedirse de Matamoros

como tercer punto de la meditación, quisiera que dirigiéramos la atención al hecho que tanto Pablo como Jesús se dirigen a hombres llamados al ministerio eclesial: a los apóstoles y a los presbíteros de Éfeso; ambos desarrollaron no una relación predominantemente pragmática con ellos, sino iluminada y penetrada por la caridad pastoral, por el afecto fraterno, lo cual se transparenta en sus palabras y actitudes; es conmovedor escuchar el relato de Lucas en los Hechos de los Apóstoles, en el que se resaltan gestos de profundo cariño.

Por ello, en este mo-mento quisiera dirigir unas palabras a mis hermanos presbíteros de esta Diócesis de Matamoros, tendremos oportunidad de convivir todavía un poco más tarde, sin embargo, ante sus comunida-des aquí representadas, quiero agradecer profundamente a cada uno de ustedes por su persona, por su vocación, por su trabajo, por todos los esfuerzos que cotidianamente realizan a favor de la construcción del Reino de Dios, especialmente hacia los más pobres; sobre todo quisiera recono-cer y agradecer su cercanía y disponibilidad, su franqueza y honestidad, su respeto, la búsqueda incansable por la unidad y la auténtica fraternidad sacerdotal.

Me voy con la consolación interior de que a final de cuentas entre ustedes, mis hermanos sacerdotes, encontré siempre una obe-diencia activa e inteligente.

Gracias en gran medida a la disposición de cada uno de ustedes y de todos como familia presbiteral, veo un clero unido, fuerte, con claridad de metas y con disposición a seguir sirviendo.

Doy mi reconocimiento especial a Mons. Roberto Ramírez Hernández, decano del presbiterio y sesenta y dos años de ordenado: Monseñor, gracias por su testimonio y su entre-ga, me llevo sus enseñanzas, los frutos de su sabiduría permanecerán siempre como luz en mi ministerio. Me resta unirme a San Pablo, en la lectura que hemos escuchado, y exhortarlos como él lo hizo, a que “miren por ustedes mismos y por todo el rebaño, del que los constituyó pastores el Espíritu Santo, para apacentar a la Iglesia que Dios adquirió con la sangre de su Hijo”. Lo que hemos aprendido juntos será un precioso tesoro que conservaré con celo; oren por mí, que yo les aseguro mi oración siempre.

Y ligado al presbiterio, el Seminario, como una de las instituciones más apreciadas en la Diócesis, lugar privilegiado de formación de misioneros. A mi llegada a la Diócesis expresé mi opción decisiva en la atención a esta querida casa de formación, así lo he tratado de hacer durante estos seis años; quisiera haberme hecho más presente, sin embargo, gracias a Dios siempre hemos contado con equipos de formadores sólidos y con jóvenes entusiastas y generosos; gracias padres, gracias, muchachos por su decidido “sí” y por la realización de una bella vocación. Me da mucho gusto que tengan la ocasión de ir a Querétaro, allá nos veremos con el favor de Dios. Valoro también mi convivencia con los miembros de los institutos de vida consagrada; ustedes me han permitido entender que es posible armonizar y complementar la vida diocesana a la vida con-sagrada cuando centramos nuestra relación en Cristo y en la Evangelización.

La primera lectura nos relata que Pablo se puso de rodillas y oró con los presbíteros de Efeso, el capítulo 17 del Evangelio de San Juan recoge la oración de Jesús que ha inspirado la espiritualidad sacerdotal en toda la historia de la Iglesia. Quisiera en este momento también que me permitan concluir con una oración, únanse a mí.

Señor Jesús, Dios eterno, Pastor y guardián de nuestras almas (Cf. I P 2,25), Buen Pastor, que conoces a tus ovejas y das la vida por ellas (Cf. Jn 10,11). Te doy gracias por haberme llamado por el bautismo a la vida cristiana; te agradezco por el crisma de la Confirmación, a través del cual recibí la vocación de ser tu testigo; gracias por hacerme participar desde mi niñez del Pan de la Eucaristía; bendito seas por haberme llamado al sacramento del Orden en sus tres grados, y por el que me has constituido Pastor y ministro de tus Sacramentos. Te pido perdón por no haber respondido del todo a las vocaciones a las que me has lla-mado; sin embargo, también te doy gracias por tantas bendiciones que me has concedi-do: por mi familia de origen, por mi vocación, por mi vida sacerdotal en la Diócesis de Hermosillo y por haberme dado esta amada Diócesis de Matamoros como esposa, gracias infinitas por compartir conmigo la caridad pastoral a favor de esta Iglesia de Dios, que has adquirido con tu propia sangre (Cf. Hch 20,28); por haberme concedido el privilegio de servirla a lo largo de estos seis años, como discípulo y misionero tuyo; por darme la oportunidad de estar en medio de tu Iglesia, siendo signo de tu presencia; por ser instrumento indigno de tu gracia y representación sacramental de tu corazón de Buen Pastor. Te agradezco por cada uno de los presbíteros de esta Diócesis, que tantas veces me edifi-caron; por su entrega cotidiana y generosa a la vocación que les haces; por su trabajo tantas veces escondido, cotidiano y lleno de riesgos, pero ejercido con fidelidad, alegría y generosidad.

Te doy gracias por mis hermanos y hermanas laicos, comprometidos con el Evangelio y con el Reino, porque son testigos en medio del mundo de que estás vivo y de que nos amas incondicionalmente; gracias por las familias, por los jóvenes, por los niños, discípu-los y misioneros tuyos, incansables, entusiastas y edificantes.

Hoy, esta mañana, quisiera pedirte muchas cosas, me uno por lo pronto a tu oración, quiero hacerla mía. Ahora que estoy a punto de partir de Matamoros te pido, Jesús, que todos mis hermanos sean uno, como tú y el Padre son uno (Cf. Jn 17,11.21), “No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del mal.” (Jn 17,15). Fortalece a la Dióce-sis de Matamoros, envía un Pastor según tu corazón que sepa conducir a todos a tu gozo pleno.

De modo particular quiero pedirte que protejas a todos estos hermanos y hermanas míos; tú sabes que lo que más me cuesta, lo que más me hace sufrir, es dejar esta tierra con tantos desafíos. Concédenos el don de la paz, da a los habitantes de la Diócesis de Matamoros, de todo Tamaulipas y de México entero volver a gozar de relaciones de justicia y libertad, de auténtico progreso y de seguridad, “para que en ti nuestro Pueblo tenga vida digna”; te pido que nuevamente podamos circular por los caminos con tranquilidad, que podamos establecer entre todos relaciones de tolerancia y respeto, que los servidores públicos puedan buscar el bien de toda la sociedad.
María, Reina, ruega por nosotros. ¡Dios bendiga a la Diócesis de Matamoros! ¡Dios bendiga a Tamaulipas!

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