El oficio de paseador de perros y sus inicios

Un gran trecho

Bárbara Jacobs

Qué quieres ser de grande sólo se juega en serio cuando eres niño. Si lo juegas de grande sabes que es juego y ni siquiera caes en gracia cuando en son de broma dices lo que en serio te habría gustado ser. En un momento dado te diste cuenta de que entre tu sueño y la vida se interponían tanto aptitudes como posibilidades, y fue el momento en que bajaste los ojos, la cabeza y los brazos y supiste lo que eras y lo que serías, sin marcha atrás, sin nada de volver a empezar. Es hasta dramático a veces enterarse de la verdad, una u otra. Pero lo cierto es que a mí me habría gustado ser tantas cosas que de veras no sabría por dónde empezar, ni a definirlas ni a ordenarlas, cada una en su lugar, aunque éste no fuera sino marginal, menor, desplazado, inclasificable, y, bien visto al menos en ti, incongruente. Cómo confesar que te habría encantado ser esto o aquello si no dudas de que hacerlo real es un deseo imposible. Lo sabes un engaño porque a ciencia cierta te reconoces incapaz de llevarlo a cabo. Por eso en ti es impropio e inadecuado. Se trata por ejemplo de ser entrenador de perros. Y dije bien. Dije entrenador porque nunca he sabido de ninguna entrenadora de perros, ni tampoco he visto nunca a ninguna mujer sacando a caminar o entrenando a un perro que no fuera el propio, caso en el que me temo que entrenar sería mucho decir. Las he visto acicalándolos, perros que son mascotas propias o ajenas, abrazándolas y besándolas, pero no sacando a caminar a pago a un perro ajeno, todos son tan fuertes que te arrastran a ti. He visto a hombres entrenadores profesionales caminando en diagonal hacia atrás en un intento extremo de impedir que el perro o los perros a los que ha sacado a caminar lo arrastren a él. Tienes que ser físicamente muy fuerte, o es lo que imagino, quizá porque yo no lo soy. He visto a mujeres taxistas que llevan a un perro al pie del asiento del copiloto, y aunque ellas se vean fuertes y lo sean no creo que sean ellas quienes han entrenado al perro a su lado, pues él, aunque no lo parezca, es el verdaderamente fuerte de la pareja, de ahí que haga lo que hacen, pues para eso fue entrenado por el entrenador, para proteger a la taxista, para atacar a quien o quienes las atacaran. Comoquiera que sea, aunque he visto a muchas mujeres, incluso a señoras, paseando a sus perros con o sin collar y lazo, hasta la fecha no he visto a ninguna entrenando a una jauría y ni siquiera a un par de perros propios ni mucho menos ajenos, sí cepillándolos o incluso dejándose besar por ellos, pero no sacándolos a caminar a modo de oficio o profesión.

Mi engaño de sostener que me habría gustado ser entrenador de perros se avivó cuando hace unos días leí que se había muerto Jim Buck, “que hizo de sacar perros a caminar una profesión”. Y si voy a decir toda la verdad diré que antes de la noticia me atrajo la fotografía, una acera en una ciudad bajo la lluvia, en la que un hombre con un porte muy elegante, de saco y chaleco más bien cortos, como de torero, y sombrero de ala ancha, como de bailador, camina detrás de seis perros de diferentes razas, tamaños y colores, todos con collar y lazo que él controla, a cinco desde la mano izquierda y a uno desde la derecha. Él lleva el tenso mando. Las otras personas en la foto, de botines, abrigos y paraguas, ven pasar la procesión, el pastor y su rebaño, casi con reverencia.

Me metí en los zapatos de semejante entrenador. Y leí el pie de la fotografía, tomada en 1964 en la ciudad de Nueva York. ¡Cómo soñé! Jim Buck moría a los 81 años, tras una década retirado y cuatro de haberse entregado a ser lo que fue, paseador de perros, entrenador, reformador o eso que él fundó como profesión, nada menos que en Manhattan, y que fue de lo que vivió. Creó escuela de paseadores profesionales de perros. Jim Buck era heredero de fabricantes de barcos y de industriales del acero. Pero dejó la herencia y la corbata atrás y se dedicó a lo que le gustaba hacer, sacar a pasear a los perros de sus conocidos, los ricos y famosos en el mundo del arte, el gobierno, la industria y las finanzas. (En sentido familiar su apellido significa dólar.) Se casó y se divorció. Aprendió a vivir. Deja a tres hijos, un hermano y dos hermanas; una de ellas, monja benedictina.

La nota cuenta que Jim Buck se acababa las suelas de los zapatos cada 15 días. ¡Cómo lo extrañará ahora su zapatero de la esquina!