¿Te gusta leer?

El placer de leer

Bárbara Jacobs

En un buen insomnio me tardé en recordar que el autor inglés del famoso-diario-escrito-en-clave era nada menos que Samuel Pepys. Aun en la oscuridad me avergoncé por la tardanza, pues lo he leído y supuestamente lo conozco tan bien que incluso he escrito sobre él. He llegado a considerarlo, si no presuntuosamente uno de mis maestros, sí uno de los autores en mi formación. ¿Era posible que hubiera olvidado su nombre? ¡Inmejorable tormento para insomnio! Además, mientras me esforzaba en evocar a este personaje, para mi mayor descrédito lo situaba en el Siglo XVIII, menos mal que inglés (imposible determinar con exactitud de dónde, si de Inglaterra, Irlanda, Escocia o Gales… Pues ¿qué comprende El Reino Unido, y es lo mismo que Gran Bretaña? Estaba casi segura de que australiano Pepys no era, ni de Estados Unidos, pero…) Sin embargo, en cuanto recuperé el nombre, me entregué a consultar con desahogo la enciclopedia, ya que aun a esas horas se había vuelto forzoso re-situar a tan importante figura, ubicarla dignamente, no sólo por respeto a la literatura sino a mi propia identidad, porque ¡cómo presumo de ser diarista y cómo me consuela saber, íntima aunque tristemente, que al menos esa certeza sí poseo! ¡Soy diarista! ¡Desde la infancia! ¡Sin interrupciones!

 

Y nuevamente en posesión de Pepys, una vez más leí los detalles de su diario, de su escritura, texto que tardó literalmente siglos en ser descifrado, transcrito, dado a conocer, primero por fragmentos, hasta que lo pudo ser de manera íntegra, anotada, siempre maravillada desde múltiples puntos de vista. Así fui atravesando mi insomnio, cada minuto más asombrada, por el recuerdo, por el olvido, hasta que la lectura de todo esto, porque después de la confesión de mis olvidos no voy a llamarla re-lectura, me llevó al (re)conocimiento de que la clave en la que Pepys escribió su diario no era otra que una taquigrafía, pues quién ignora que hay y ha habido diversas taquigrafías, quién no conoce la historia de la taquigrafía, de cómo sus orígenes se remontan a Egipto o a la Grecia clásica o… Pero lo cierto es que releí que la lengua comprimida en signos a la que recurrió Pepys había sido la que compuso Sheldon. ¿Sheldon? Sí; Thomas Sheldon, inglés, contemporáneo de Pepys… Traductor… Ah, sí, claro. ¿Ah, sí, claro? Bueno, es que me veo orillada a admitir que si algo relacionado con Pepys y su diario en efecto no recordaba, y no podría ni siquiera fingir que la relectura ahora refrescara su recuerdo, era la existencia de Sheldon, ni tampoco exactamente qué había traducido. ¿Y exactamente qué fue lo que tradujo? Pues bien, querido lector, sería injustificable que lo callara más, porque lo que Sheldon tradujo al inglés fue Don Quijote. ¿Verdad que es vergonzoso que yo no recordara al menos este dato, yo, una escritora de lengua hispana, que se precia de conocer bien su lengua y la literatura de su lengua, además de la lengua y la literatura clásica inglesas? No quisiera preguntarme, ¿qué recordaré de todo esto en unos días, en un par de semanas?

 

Es oportuno comentar este asunto de la mala memoria, pues entre los lectores no soy la única que lo sufre y no dudo de que habrá quien incluso agradezca que, al tratarlo yo, le evite a él la vergonzosa admisión. Bienvenido seas, amigo olvidadizo, que quedas mal en las reuniones, que das la impresión de no haber leído nada. ¿Y compartiremos esta otra deformación de la memoria, recordar en cambio las circunstancias de tu lectura de un libro determinado, esas particularidades a las que los eruditos no conceden ningún valor?

 

El ejemplo más reciente que puedo ofrecerte es el de Servidumbre humana, el Weltanschauung de Somerset Maugham y uno de los más apreciados en la más distinguida historia literaria.

 

Podría contarte que no lo leo sino después de 50 años de aspirar a su lectura; o que tengo tantas ediciones de él que no recordaba, o no había advertido, que poseo un ejemplar de su primera edición americana, de 1914? ¿O haré bien en declarar el pánico que me da prever que, una vez que acabe de leerlo, pase el tiempo y no recuerde su trama o ninguno de sus detalles? ¿Qué sentiré de las horas invertidas en él? Quizá lo mejor sea llegar a una conclusión y no decir ni temer nada más, sugerir que el bien de la lectura está en el placer que da su práctica, que ésta y no otra es su finalidad.