La religion en Polonia

Polonia: las redes de la fe
Antonio Moscato

Antonio Moscato. Profesor de historia de las religiones en la Universidad de Lecce, Italia. Autor, entre otras obras, de Lazaretti, profeta del Monte Amiata, historia de una rebelión campesino-religiosa en la Toscana italiana. Este ensayo apareció originalmente en la revista Crítica comunista.

Es un lugar común hablar de la extraordinaria persistencia del catolicismo polaco. En realidad el problema es aún más complejo: no se trata sólo de una herencia del pasado, sino de un fenómeno de crecimiento y despertar religioso que no tiene parangón en ningún otro país occidental. Naturalmente, la tradicional fuerza del catolicismo polaco ha determinado las excepcionales dimensiones del fenómeno. Sin embargo pueden encontrarse elementos similares en todos los países del «socialismo real» (con la única excepción de Albania, sobre la cual falta información confiable y cuyo gobierno asegura haber resuelto de raíz el problema religioso cerrando hasta la última iglesia o mezquita en el curso de la «revolución cultural» importada de China en 1966).

La iglesia tuvo un peso considerable en la vieja Polonia donde el 70 por ciento de los habitantes era católico, junto a notables minorías ortodoxas, protestantes, hebreas, y un pequeño grupo de ateos. Esa iglesia tenía a su favor el papel que jugó durante la prolongada repartición de Polonia: el dominio protestante en Prusia y ortodoxo, en Rusia facilitaba la convergencia del catolicismo y los movimientos de resistencia política a los ocupantes. También en los años de Pilsudski una parte del clero mantuvo sus ligas con los sectores de la oposición burguesa (en particular el Partido Campesino). La mayor parte del clero sufrió persecuciones durante la ocupación alemana de 1939 y se adhirió a la resistencia ligada al gobierno polaco burgués residente en Londres que, al menos hasta el final de 1944 era decididamente mayoritaria, entre las fuerzas que se oponían a los ocupantes. La iglesia sufrió golpes aún mayores durante la ocupación soviética de las regiones orientales del viejo Estado polaco, lo mismo que una parte importante de la población: más de un millón de polacos fueron entonces deportados y 200 mil no regresaron jamás de Siberia.

La composición étnica de Polonia después de la guerra, resultado de la profunda modificación de las fronteras y la expulsión de las minorías nacionales, hizo que el 98 por ciento de los polacos de la posguerra resultase católico. Naturalmente, en la crisis política y social de esos años muchos se apartaron de la práctica religiosa, pero el sector de la población que persistió en sus creencias seguía siendo tan amplio que la dirección del Partido Comunista adoptó una táctica prudente para convivir con la poderosa jerarquía católica. El pragmático liderato surgido durante la guerra en torno a la figura de Gomulka no sólo aceptó que la enseñanza religiosa fuera obligatoria en las escuelas, sino que inicialmente excluyó del programa de nacionalizaciones las propiedades eclesiásticas (los hospitales pasaron a poder del Estado hasta octubre de 1948 y las tierras de la iglesia se nacionalizaron en marzo de 1950, pero no fueron tocadas las propiedades inferiores a cincuenta hectáreas -cien en algunas regiones- y las confiscadas se destinaron a un fondo para el clero). Todavía en diciembre de 1950 la civilización católica denunciaba como persecución inadmisible la introducción de «nuevos textos escolares que no respondían a la unión entre ciencias profanas y religiosas», la reducción de la enseñanza religiosa a sólo una hora semanal en las escuelas primarias y medias, «y su eliminación en las escuelas superiores».

Mildred Bailey (1907-1951) vocales, William Red McKenzie (1899-1948) vocales, Red Norvo (1908) vibráfono, Bernard Bunny Berigan (1908-1942) trompeta-vocales

Otro motivo de escándalo fue la abolición de los ejercicios espirituales y la exclusión de las escuelas de las diversas «cruzadas eucarísticas, congregaciones marianas y apostolados de la oración». En cuanto a los textos escolares, se precisaba que «en general no hay todavía ataques violentos contra la religión, pero la exposición de las materias está hecha de tal modo que se elimina del campo visual del alumno todo aquello que podría relacionarse con ella». La tendencia, efectivamente era clara: en 1949 existían 462 publicaciones católicas, de las cuales sólo una pequeña parte era administrada por el Movimiento de católicos progresistas Pax. En 1951 se habían reducido a 21 y eran 45 en 1953.

Arthur Brod Gowan (1903-1954) trombón clarinete, Max Kaminsky (1908) trompeta, Dave Tough (1908-1948) batería

GUERRA Y PAZ

En los primeros años de la nueva Polonia, por tanto, el partido comunista había tenido en cuenta lo delicado de sus relaciones con el mundo católico que en verdad representaba una gran fuerza política, la única después de la disgregación de los partidos no comunistas. Sin embargo, después del alejamiento de Gomulka dos factores facilitaron el endurecimiento gubernamental. Por un lado las sistemáticas protestas contra toda medida laicizante (la introducción del matrimonio civil y el divorcio, por ejemplo, o el manejo del registro civil por el Estado, nada de lo cual contravenía el derecho de los católicos a tener también matrimonio religioso) resultaban intolerables para grandes sectores del partido. Por otra parte las ligas de la jerarquía con el Vaticano, cuando era Papa el proalemán y ultrarreaccionario Pío XII, provocaban sospechas comprensibles. No se olvide que, como nuncio apostólico, Eugenio Pacelli había seguido en Alemania el ascenso del nazismo con mal disimulada simpatía y que durante la guerra había evitado mencionar el exterminio de los judíos y la masacre de las poblaciones eslavas. Después de la guerra, en cambio, no escatimó acusaciones contra los nuevos regímenes «ateos», se negó a reconocer las nuevas fronteras de Polonia, y siguió considerando como jurisdicción eclesiástica alemana las regiones occidentales polacas. Además, absurdamente, Pío XII mantuvo hasta el fin de sus días el anacrónico reconocimiento diplomático al embajador del fantasmal gobierno polaco de Londres como único representante de ese país ante el Vaticano (en 1958 Juan XXIII puso fin a aquel ultraje a la nueva realidad polaca). Así, la búsqueda inicial de un acuerdo cedió paso a una progresiva persecución que cuajó entre 1951 y 1953 con varios procesos a obispos y curas, y llegó a su clímax con el arresto del cardenal Wyszynski el 26 de septiembre de 1953.

Como en otros países del este, en Polonia la persecusión dio más popularidad a la Iglesia e hizo pasar a un segundo plano y hasta olvidar sus anteriores complicidades con el viejo orden social. Además, el arresto de Wyszynski tuvo lugar cuando el sistema estalinista empezaba a resquebrajarse y crecían la inquietud y la oposición. Así como Gomulka -una vez expulsado y arrestado por su titoísmo- se transformó en símbolo del antiestalinismo para los militantes del partido, Wyszynski adquirió entre 1953 y 1956 una función simbólica análoga para todos los descontentos con la situación existente. Los peligros que amenazaban a la nueva dirección del partido comunista, reunido en torno al rehabilitado Gomulka en las tumultuosas jornadas de octubre de 1956, impusieron un acuerdo con Wyszynski, quien apenas salido de la cárcel apoyó plenamente al nuevo grupo dirigente e hizo un llamado a la calma para evitar la intervención soviética. El entendimiento fue facilitado por el hecho de que entre los viejos estalinistas que pedían la intervención soviética estaba Piasecki, el conde ex fascista, líder de los «católicos progresistas» que apoyaron al gobierno en los años precedentes y aplaudieron la represión. Pero el entendimiento entre Gomulka y Wyszynski tuvo también un precio: en diciembre de 1956 se introdujo nuevamente la enseñanza religiosa en las escuelas, se modificó el criterio para las nóminas eclesiásticas (antes atribución exclusiva del gobierno) y se reabrieron espacios para la prensa católica.

Benny Goodman

Pronto se vio que en los años de la persecución la Iglesia se había fortalecido al grado de olvidar la prudencia Wyszynski lanzó en 1957 iniciativas sumamente ambiciosas y alarmantes para el régimen por su clara intención expansionista.

Naturalmente la «persecusión» no se había dirigido sólo contra la Iglesia católica, sino que había golpeado también a las fuerzas políticas no comunistas, para no hablar de los militantes comunistas antiestalinistas. Pero de todas las fuerzas reprimidas antes de 1956, sólo la Iglesia católica quedó en condiciones de actuar, a costa de algunas concesiones a la propaganda del régimen por parte del dúctil grupo dirigente de su episcopado. Así, aunque condescendía con el régimen, incluso en los años más duros la iglesia mantuvo espacios que supo utilizar inteligentemente. En agosto de 1955, por ejemplo, una peregrinación (legal) al santuario de la Virgen Negra de Jasna-Gora reunió a un millón de católicos, llegados de todo el país en una manifestación que, sin nombrar al cardenal preso, era una inequívoca presión en favor de su liberación: la silla del cardenal Wyszynski fue dejada vacía para que ante ella se postraran en silencio los peregrinos.

También en el periodo gomulkiano, el grupo dirigente comunista tuvo presente el peligro de que la Iglesia aglutinara la oposición social latente de quienes, después del nuevo endurecimiento del régimen a partir de la mitad de 1957, empezaban a desilusionarse profundamente del nuevo curso, ya que el nuevo curso no tocó ninguno de los pilares del sistema estalinista en el partido ni en el país y se limitó a introducir correcciones parciales y epidérmicas que fueron, además, rápidamente retiradas.

La gran fuerza acumulada por la Iglesia en los años precedentes excluía para el gobierno el recurso de un choque frontal; se emprendieron sin embargo varios ataques que irritaban a la Iglesia sin golpearla realmente. Por otra parte, incluso en los momentos de mayor tensión (como en 1966, cuando el episcopado fue acusado de complicidad con el revanchismo alemán, acusación poco creíble dada la gran consolidación del nacionalismo del clero polaco), jamás se puso en discusión el acuerdo entre las burocracias eclesiásticas y del partido: se mantuvo la sólida posición económica del clero y hubo apoyo tácito para sus iniciativas editoriales o comerciales. Para honrar ese acuerdo el gobierno extendió la censura a obras «blasfemas» (El tambor de hojalata de Günther Grass no pudo ser publicado por este motivo), y conservó fuertes limitaciones al aborto, legalizado hasta 1959, en un momento de fuerte tensión con el episcopado.

Robert Leo Bobby Hackett (1915)

Dado ese mismo acuerdo, se comprende por qué el episcopado ha ejercido en muchos momentos una función abiertamente conservadora, criticando las huelgas en 1970 y 1976, e invitando a la reanudación del trabajo también en la última crisis, durante la cual la Iglesia había tenido un comportamiento más desenvuelto y abierto hacia una oposición que cuenta con numerosos católicos.

DUALIDADES FUNESTAS

El acuerdo de fondo entre el episcopado y la burocracia (trátese de Bierut o Gomulka, de Gierek o Kania) se basa en una sustancial comunidad de intereses. Por un lado, la Iglesia conserva incomparables privilegios, sin parangón en el resto de Europa del este o del oeste; por otro lado, acepta la inmutabilidad del cuadro de alianzas de la actual Polonia y teme cualquier cambio que las haga peligrar. Recuérdese al efecto que la Iglesia estuvo en primera línea durante las huelgas del verano de 1980, blandiendo el fantasma de la intervención soviética, no obstante su improbabilidad a corto y mediano plazo. Para el régimen, el episcopado es un aliado indispensable para organizar el consenso, la aceptación pasiva del estado de cosas existente en la base de la población. Pero es un aliado incómodo porque impide el control minucioso de sus actos, aspiración mayor de la burocracia estalinista, que ha sido impuesta fácilmente a los dóciles aliados del POUP en el sistema «pluripartidista» polaco; es incómodo, porque se trata de otra burocracia con tradiciones consolidadas desde hace siglos y difícilmente sustituibles. Véase si no el fracaso de todas las tentativas semicismáticas del tipo «clero progresista» en los años cincuenta; es incómodo por sus ligas con un centro externo donde, para colmo de la mala suerte, se encuentra un polaco que demuestra la amplia visión de una burocracia vaticana empeñada en ser de nuevo una fuerza transnacional regida por un cardenal proveniente de la única zona del mundo que en vez de laicizarse se está cristianizando. En un aliado incomodísimo, pues, pero indispensable, porque, como podría prescindir de la mediación de la Iglesia un partido que ha revelado cuán frágil es su liga con las masas en cuyo nombre dice gobernar?

Es esta la base del compromiso histórico polaco, que ha impuesto, de hecho, la existencia de un dualismo político dentro de un país estructurado sin embargo bajo el modelo estalinista. De esto se ha beneficiado la oposición, ya sea en la forma de una política de independencia como el KOR, ya con los obreros en lucha. En Polonia existe, bien visible, con sedes, prensa, recursos, un poderoso aparato, un centro de dirección diferente y parcialmente opuesto al gobierno y al POUP. (Los curas ya en 1958 eran 12,150 contra 8,938 del periodo prebélico; sin embargo, Wyszynski propuso entonces llegar a 25,000 sin contar a los religiosos, que eran 7800, y las monjas, que superaban las 26,000 unidades). De hecho, gracias a su prudencia (frecuentemente excesiva, si se piensa en el silencio mantenido frente a la oleada antisemita de 1968) este aparato surge como la verdadera fuerza política reformista y gradualista en Polonia, una fuerza que se propone modificar la actual situación sin saltos en la oscuridad. Esto explica las buenas relaciones que mantiene con la Iglesia también la oposición no confesional: es una cobertura valiosísima tanto como la que aseguran las divisiones internas del POUP. Las tendencias comunistas reformistas ajenas a la Iglesia son quizá más interesantes pero ciertamente menos poderosas y prácticamente sin medios para divulgar sus posiciones. Pese a todo, sólo una pequeña parte de los que hacen referencia y se apoyan en la Iglesia en Polonia lo hacen por razones exclusivamente tácticas. El problema más complejo y estimulante para los marxistas revolucionarios es aclarar por qué millones de polacos se han convertido en estos años en católicos fervientes. Las explicaciones puramente ligadas al papel político de la Iglesia son del todo insuficientes, aunque tienen cierto peso.

Earl Bud Powell (1924-1966) piano

DEL MILAGRO A LA LUCHA CONSCIENTE

La expansión del catolicismo polaco está documentada por estadísticas impresionantes -una encuesta de la radio polaca de 1960 verificó que de 2746 jóvenes entre 15 y 24 años, el 78.3 por ciento se decía católico y el 4.3 por ciento ateo- y por algunos episodios emblemáticos: los obreros de Gdansk, que ahora portan retratos de Wojtyla, en 1970 habían iniciado la huelga acudiendo en una manifestación con banderas rojas y al canto de la Internacional a la sede del comité provincial del Partido, donde -detalle importante para comprender el cambio de símbolos- fueron recibidos a tiros por la policía.

El fenómeno, sin embargo, puede ser mejor comprendido a partir de algunos procesos cuantitativamente menos vistosos pero sin duda sintomáticos de los países del «socialismo real», la URSS a la cabeza. En la Unión Soviética se tuvo un masivo despertar religioso durante el curso de los años treinta, con un fortalecimiento de las sectas milenaristas nacidas en tiempos del zarismo y un florecimiento de nuevos grupos que rechazaban el encasillamiento no sólo en la iglesia ortodoxa, ya domesticada, sino también en la iglesia bautista, que habría debido unir a todos los no ortodoxos en una estructura más controlable. Aquel movimiento quedó circunscrito al ambiente campesino, donde en los últimos años de Kruschev se concentraron las sectas religiosas. Sin embargo, en los últimos años una parte creciente de la disidencia intelectual ha terminado -independientemente de los puntos de partida- por adoptar posiciones de rasgos místicos. El caso más conocido es Solyenitzin, quien partió también de concepciones materialistas pero ha descrito eficazmente su turbación cuando, polemizando en un Gulag con un creyente se quedó sin argumentos: «Yo habría podido responderle con frases muy seguras, pero mi certeza había comenzado a vacilar en prisión y, sobre todo, vive en nosotros, separadamente de las convicciones un curioso y puro sentimiento; éste me iluminó en aquel instante: había expresado no mi convicción sino algo que me había sido imbuído desde afuera». Piénsese también en Grigorenko, que por años ha conducido una batalla basada en el retorno a Lenin y al marxismo y después con más de 60 años, siente de improviso la necesidad de casarse por la iglesia con la mujer con quien vive desde hace decenios.

Charlie Christian (1919-1942) guitarra

En el origen de este repliegue hacia lo irracional, de esta búsqueda de soluciones, extrahumanas a los problemas del hombre, hay un trauma preciso: las grandes desilusiones por las esperanzas de autorreforma del sistema que acompañaron la primera fase del periodo kruschoviano y que habían tenido en Polonia, por algún tiempo, la apariencia de una rápida y radical concientización.

No es casual que Polonia -que ha conocido dos veces, en 1956 y 1970, un brusco cambio de vértice, acompañado de severas autocríticas y generosas promesas de cambio- sea la que después ha sufrido más profundamente la desconfianza y desesperación frente a la aparente inmutabilidad del régimen, luego de las breves fases de apertura forzada. El sentimiento religioso (que se alimenta siempre, en primer lugar de un sentido de impotencia frente a todo aquello que escapa o parece escapar al control humano) ha sido reforzado en Polonia por la policía comunista que en 1970 disparaba sobre los obreros comunistas o por dirigentes como Gierek que -aunque cambiando la política económica- recorría la vía de Gomulka al desilusionar a quienes lo habían llevado al poder, dando la impresión de una desesperante repetición de la historia y la inutilidad de las luchas.

Probablemente la consolidación de los primeros logros de las luchas del verano de 1980 (dirigidas en gran parte por obreros católicos) dejará menos espacio a nuevas oleadas de religiosidad del que dejaron las derrotas de 1956, 1970 y 1976. En aquellos casos a los obreros comunistas desilusionados y abofeteados por los jefes en los cuales habían creído, y sobre todo golpeados por la represión selectiva, la situación terminó pareciéndoles inmodificable por fuerzas humanas, lo que pudo abrir las puertas a la espera de intervenciones salvadoras desde lo alto. Hoy, en cambio, si se lograra evitar con la experiencia del pasado la repetición del viejo y gastado esquema y se lograran consolidar los actuales niveles de organización autónoma de la clase obrera (ya desde el inicio más altos y maduros que en el pasado) los obreros, católicos y los no católicos, tendrán terrenos concretísimos sobre los cuales empeñar sus fuerzas y verificar el juego ambiguo de la jerarquía eclesiástica. No quiero decir que Walesa dejará de ser católico. Las convicciones ideológicas y religiosas tienen una gran densidad, no cambian en cuanto se alteran las condiciones materiales que las generaron; lo que es posible es una inversión de tendencias mediante una traslocación de intereses de los mismos obreros católicos: de la espera del milagro de la Virgen Negra a la preparación consciente de sus fuerzas para las batallas sucesivas.

John Coltrane (1926-1967) saxos tenor y soprano

Traducción de Jorge Carreto