Adios a Luis Villoro en sus cuatro tiempos

Adiós a Luis Villoro

Adiós a Luis Villoro

El filósofo Luis Villoro ha fallecido este miércoles en la Ciudad de México a los 91 años. Su obra, su discurso teórico y su compromiso político han sido una referencia clave del México contemporáneo. Ligado en sus inicios a la escuela existencialista, Villoro, nacido en Barcelona en 1922, fue un teórico de la historia de su país de adopción y un crítico izquierdista del funcionamiento del poder, veta que en la fase final de su vida se concretó en un marcado apoyo –teórico y práctico– almovimiento zapatista en contra de la exclusión indígena.

La última aparición pública de Luis Villoro fue el 25 de febrero en la ceremonia de ingreso de su hijo Juan en el Colegio Nacional de México,del que él era miembro desde 1978. Del propio Juan Villoro, escritor y periodista, es un perfil sobre su padre que profundiza en la relación entre su desarraigo de partida (nació en España, estudió en Bélgica y de ahí su familia escapó hacia México durante la Segunda Guerra Mundial) y su apasionado vínculo final con el levantamiento indigenista: una insurgencia telúrica para un hombre falto de raíces.

En el texto, Mi padre, el cartaginés, su hijo cuenta una anécdota originaria de la búsqueda vital del filósofo. En el internado jesuita en el que estudiaba en Bélgica, los alumnos ensayaban una competición académica entre romanos y cartagineses. “Mi padre creció como cartaginés, resistiendo contra el imperio, posponiendo el holocausto de la ciudad sitiada. Estudiar, saber latín, significaba vencer a Roma. Aprendería a no tener familia, ciudad, país concreto. Su guerra púnica sería abstracta, intensa, sostenida”.

En la fase final de su carrera, Villoro fue un respaldo intelectual del movimiento zapatista

El chico que decidió en la escuela que su bando sería el contrario al del que somete fue, décadas más tarde, un filósofo que en su vejez encontró el mejor amigo para pensar en un guerrillero, el subcomandante Marcos, con el que mantuvo un constante intercambio epistolar –como si fuera uno de los Diálogos de Platón, pero con uno de los interlocutores encapuchado y fumando en pipa en la selva Lacandona.

En otoño de 2011, con unas nuevas elecciones presidenciales en el horizonte cercano, el guerrillero le escribía así al intelectual, al que siempre se dirigía con un respetuoso don Luis: “Con estos textos, ni usted ni nosotros buscamos votos, seguidores, feligreses. Buscamos (y creo que encontramos) mentes críticas, alertas y abiertas. Ahora arriba seguirá el estruendo, la esquizofrenia, el fanatismo, la intolerancia, las claudicaciones disfrazadas de táctica política. Luego vendrá la resaca: la rendición, el cinismo, la derrota. Abajo sigue el silencio y la resistencia. Siempre la resistencia… Vale don Luis. Salud y que sean vidas las que las muertes nos hereden. Desde las montañas del Sureste Mexicano. Subcomandante Insurgente Marcos”.

Luis Villoro entendió la filosofía como un ejercicio de disidencia intelectual. En su discurso de ingreso al Colegio Nacional, tituladoFilosofía y dominación, leyó lo siguiente: “La reforma del entendimiento suele acompañarse así de un proyecto de reforma de vida y, eventualmente, de una reforma de la comunidad. Si por su preguntar teórico, la actividad filosófica era cuestionamiento y discrepancia, por su actitud práctica adquiere un signo más de negación. Frente al pensamiento utilizado para integrar la sociedad y asegurar su continuidad como esa misma sociedad, el pensamiento filosófico es pensamiento de ruptura, de otreidad”. Lo otro, ese concepto grabado en los esquemas teóricos de Villoro desde su formación existencialista, lo que queda fuera, apartado, al margen, fue finalmente Chiapas, la tierra en la que el Ejército Zapatista de Liberación Nacional se levantó en 1994 para tratar de romper con el secular sometimiento indígena.

Licenciado en Filosofía y Letras en la UNAM, Luis Villoro concibió en su tesis doctoral su primera gran obra, Los grandes momentos del indigenismo en México. El antropólogo Roger Bartra, en entrevista telefónica con este diario tras conocerse su fallecimiento, opinó que se trata de un libro “fundamental” en el pensamiento filosófico mexicano, aunque su autor, con el tiempo, acabase por “renegar” hasta cierto punto de ese trabajo por su encuadre existencialista.

En aquel tiempo, Villoro formó parte del grupo Hiperión, una corriente que nació bajó la tutela intelectual del filósofo español exiliado José Gaos y que escarbó en la identidad mexicana con las herramientas teóricas del existencialismo. De esa época es otro de los trabajos de referencia de Luis Villoro, El proceso ideológico de la revolución de independencia.

Villoro pasa a la historia de las ideas en América Latina como un crítico lúcido del desarraigo poscolonial

En el ecuador de su carrera filosófica, fue girando del existencialismo hacia la teoría política. De esta fase son obras como Signos políticos (1974), El concepto de ideología y otros ensayos(1985), El poder y el valor. Fundamentos de una ética política (1997) o De los retos de la sociedad por venir (2007). El tránsito hacia el terreno de la política, primero en el marco académico y luego en el terreno civil, es interpretado por Rafael Vargas, editor de la antología de textos de Luis Villoro La significación del silencio y otros ensayos (2009), como un movimiento congruente con su espíritu constante de crítica de la injusticia. “Su pensamiento se decantó en la acción. Es lógico que al final se encargase de ver lo que tenía más cercano; un hombre como don Luis no podía sino volcar su pensamiento en tratar de comprender un país tan difícil y doliente como México”.

Villoro fue Premio Nacional de Ciencias Sociales en 1986 y Premio Nacional en Investigación en Humanidades en 1989. Hizo estudios de posgrado en la Universidad de La Sorbona y en la Ludwiguniversität de Munich. Dio clases en la Universidad Nacional Autónoma de México y en la Universidad Autónoma Metropolitana, y tradujo a autores como Edmund Husserl y Gabriel Marcel.

De madre mexicana y padre español, Luis Villoro pasa a la historia del pensamiento contemporáneo en América Latina como un articulador del pluralismo indigenista, como una conciencia lúcida del desarraigo poscolonial que pervive todavía en las democracias latinas

del siglo XXI. Un hombre que salió de Europa con su familia escapando de la guerra y que al otro lado del océano Atlántico convirtió su vida en un esfuerzo intelectual de búsqueda de la identidad.

Cuenta en el perfil su hijo Juan que en los años noventa él y sus hermanos se interesaron por conseguir la nacionalidad española, dado que su origen familiar se lo permitía. Cuando se lo planteó a su padre, la respuesta del viejo exiliado fue destemplada: “¿No te da vergüenza?’, me dijo: ‘¿Para qué quieres ser español? (…) ¿Te das cuenta del trabajo que nos ha costado ser mexicanos? ¿Vas a tirar todo eso por la borda?’. Entendí al fin”, escribió su hijo. “Él llegó a un país que repudió en el acto, pero se quedó ahí para interpretarlo y quererlo con esfuerzo. A mí no me había costado nada ser mexicano; no podía ser otra cosa; para él, se trataba de una conquista espiritual”.

 

 

 

 

 

 

 

Murió a los 91 años el autor de Los grandes momentos del indigenismo en México

Se desvaneció y ya no recobró el conocimiento, informó su viuda

 

La Jornada

El filósofo mexicano Luis Villoro Toranzo falleció ayer por la tarde a los 91 años. Sus restos fueron velados anoche en la agencia Gayosso de Félix Cuevas. El maestro se desvaneció alrededor de las 13 horas y ya no recobró el conocimiento, señaló Fernanda Navarro de Villoro, su esposa, en breve entrevista telefónica con La Jornada.

 

Luis Villoro, colaborador de esta casa editorial, nació en Barcelona el 3 de noviembre de 1922. La última de sus apariciones en público fue en la ceremonia de ingreso de su hijo, el escritor Juan Villoro, a El Colegio Nacional, el pasado 25 de febrero.

 

Comprometido con la izquierda y activista social, fue uno de 23 ganadores del Premio Nacional de Ciencias y Artes que enviaron una carta a la Suprema Corte de Justicia de la Nación en la que anunciaron su intención de impugnar el decreto de la reforma energética por violaciones graves al procedimiento con que se aprobó. Su firma estaba al lado de las de José Emilio Pacheco, Hugo Gutiérrez Vega, Fernando del Paso y Vicente Rojo, entre otros.

 

Es considerado uno de los pensadores más importantes de México y del mundo de habla hispana. Entre sus obras se encuentran Estado plural, pluralidad de culturas, De la libertad a la comunidad, La significación del silencio y El poder y el valor: fundamentos de una ética política, magna obra en torno al quehacer filosófico en América Latina.

 

Uno de los temas sobre los que filosofaba era la política y la acción social, y entre ellos el asunto de la división de las izquierdas, sobre todo entre la partidaria y la no institucional, como la que representa el zapatismo.

 

Estudió en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) e hizo estudios de posgrado en la Sorbona de París y en la Ludwiguniversität de Munich, en la ex República Federal Alemana.

 

Obtuvo los grados de maestro en filosofía por la UNAM, con mención magna cum laude, en 1949, y de doctor en filosofía por la misma universidad, con mención summa cum laude, en 1963.

 

En 1978 preguntaba ¿para qué la filosofía?, y respondía: Todo progreso, toda liberación implica ruptura. La actividad filosófica es el tábano de la conformidad ideológica. Impide la tranquila complacencia en las creencias aceptadas, reniega de la satisfacción de sí mismo en las convicciones reiteradas. Con ello, da testimonio perpetuo de la posibilidad de liberación de la razón.

 

En una conferencia en abril de 2009, Villoro expresó que la izquierda actual no puede menos que ser un movimiento múltiple, heterogéneo. No hay una clase, un sector privilegiado en la disidencia. No hay una vanguardia revolucionaria, como pensaba el marxismo.

 

Y luego de preguntarse en qué podría basarse la acción unitaria de un posible contrapoder generado desde la sociedad y en oposición al poder, el filósofo agregó:

 

Pese a su diversidad, todos los grupos dominados comparten en medidas distintas un interés común: liberarse de su estado de dominación, tener un proyecto de una sociedad otra, emancipada.

 

Siempre estuvo ligado a la UNAM, como catedrático y funcionario: fue secretario de la rectoría en 1961-1962 y luego ejerció otros cargos administrativos en esa universidad y en otras instituciones como la Autónoma Metropolitana y la Escuela Nacional de Maestros.

 

Otros libros de Villoro son Creer, saber, conocer, El concepto de ideología y otros ensayos, El pensamiento moderno: filosofía del Renacimiento y En México, entre libros: pensadores mexicanos del siglo XX.

 

Obtuvo reconocimientos y premios como el Nacional de Ciencias y Artes en el área de Ciencias Sociales, Historia y Filosofía (1986), el Universidad Nacional en Investigación en Humanidades (1989) y el Juchimán de Plata en Ciencia y Tecnología (1999).

 

Fue embajador y delegado de México ante la Unesco (1983-1987) y en 1989 fue nombrado investigador emérito del Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM. También, presidente de la Asociación Filosófica de México (1980-1981) y miembro del Consejo Académico de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos y de la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas.

 

En su ficha de El Colegio Nacional se destaca que perteneció al grupo Hiperión, dedicado al estudio del ser del mexicano, uno de cuyos mayores trabajos fue Los grandes momentos del indigenismo en México, donde estudia la historia de las ideas que llevaron a la revolución de Independencia.

 

De este colegio comenzó a formar parte el 14 de noviembre de 1978, y su discurso de ingreso se tituló Filosofía y dominación, en el que, además de preguntarse ¿para qué la filosofía? y dar la respuesta citada, Luis Villoro abrió el abanico de la reflexión con otras interrogantes que bien podrían hacerse hoy, más de tres décadas después, cuando él, ya fallecido, está más vivo que nunca:

 

“¿Y no es ahora más necesario que nunca ese pensamiento de ruptura, en esta época de pensamiento homogeneizado, reducido a lugares comunes, enlatado, consumido en grandes cantidades, en esta época de pensamiento manipulado, servicial, fascinado por la fuerza y el poder, en esta época, en suma, en que la razón parece haber sido domesticada por el afán de ganancia y de dominio? Si la ideología nace de la necesidad de seguridad e integración sociales, la filosofía satisface una necesidad de autenticidad y libertad. ¿No está ahora más viva que nunca esa necesidad? ¿No requerimos con urgencia aprender a asombrarnos de nuevo ante las opiniones que, por ‘obvias’, se nos quieren inculcar, aprender a poner en cuestión de nuevo todos los mitos con que nos han adormecido, recuperar la precisión y veracidad de los conceptos bajo los disfraces gastados de los discursos en uso?”

 

Luis Villoro luchó por sus ideas hasta el último momento, afirma su hijo Juan

Hemos perdido una de las mentes más lúcidas, lamentan intelectuales

¿Quién ha decidido una razia contra la gente que crea?, expresa Pilar del Río

 

La Jornada

La noticia de la muerte de Luis Villoro, acaecida ayer por la tarde, se extendió de forma rápida incluso allende las fronteras mexicanas merced las redes sociales, y de manera casi inmediata diversos personajes e instituciones nacionales y extranjeras expresaron condolencias, reconocimientos y comentarios que honran la vida y la obra del intelectual mexicano.

 

En tanto, la periodista Pilar del Río, viuda y traductora de José Saramago, expresó en Twitter: ¿Qué nos está pasando? ¿Villoro también? ¿Quién ha decidido una razia contra la gente que crea? Puedo sumarme a vuestro pésames por Luis Villoro y un abrazo a Juan. Gracias, amigos: qué días más tristes.

 

Integrantes del medio intelectual mexicano coincidieron en que la desaparición de este académico comprometido, quien fue colaborador de La Jornada, representa la pérdida de una de las mentes más lucidas, congruentes y honestas de México.

 

Ramón Xirau lo destacó como un hombre estudioso del indigenismo en México.

 

Pablo González Casanova indicó que una de las grandes virtudes del filósofo era su conducta tan vinculada a las reflexiones, y las reflexiones íntimamente ligadas a su conducta. En muchas cosas teníamos diferencias, pero frecuentemente, en momentos muy difíciles, nos encontrábamos del mismo bando, por ejemplo en la defensa de los zapatistas. Guardo gran respeto por él.

 

Explicar México

 

El historiador Lorenzo Meyer indicó que, un poco arbitrariamente, a Luis Villoro se le puede poner en dos dimensiones: como persona y como autor, académico, un intelectual, y combinarlas.

 

“Él en realidad no nació en México, si mal no recuerdo. Nació en Barcelona, pero una vez en México se hizo más mexicano que los nacidos aquí y se identificó mucho con el México al que él no pertenecía, es decir, al México mayoritario, trabajador, indígena, y su obra está encaminada a entenderlo y explicarlo.

 

“Su obra se me hace muy cercana; lo usé mucho en mis clases, el Villoro historiador, el Villoro de la Independencia, el que explica, trata de meterse hondo en las causas de la revolución de Independencia y explicarlas. Esa es de sus primeras obras; pasó el tiempo, los años, olas de historiadores, y no ha sido superada.

 

Como se identificó tanto con ese México, cuando estalla el movimiento zapatista se identifica plenamente con él, y en el medio se identificó con la izquierda, le dio su apoyo, la ayudó económicamente; se identificó con la izquierda, y luego con esa izquierda de origen indígena en la última etapa de su vida tiene una posición francamente en apoyo de las reivindicaciones de ese México de más fondo, al que se le llama el México profundo.

 

Meyer lo reconoció como un hombre de enorme congruencia: “Cuando otros transitan en sentido opuesto, radical, en su juventud y bastante conservadores en su madurez y sobre todo en la última etapa de su vida, Villoro no.

 

Al contrario, se le ve sistemáticamente identificado con la causa que eligió al principio y el tiempo no lo cambió. Ahondó el análisis de sus causas con el paso del tiempo pero nunca los abandonó. Hay una gran congruencia, cosa que no es muy común en el medio en el que se movió, que es el medio académico e intelectual de México.

 

Vida plena y rica

 

La de Luis Villoro fue una vida plena y rica hasta sus últimos días, manteniéndose en pie de lucha por sus ideas, afirmó anoche su hijo Juan Villoro durante las exequias, realizadas en Gayosso Félix Cuevas.

 

Hasta ese lugar, en el sur de la capital del país, llegaron por la noche personajes como el ex candidato presidencial Cuauhtémoc Cárdenas, el rector de la Universidad Nacional Autónoma de México, José Narro Robles, y la escritora Elena Poniatowska.

 

Narro Robles consideró que la del filósofo es una más de las pérdidas irreparables:

 

Personajes de la talla de Luis Villoro no se dan todos los días. Era uno de los más grandes pensadores, un hombre maravilloso en distintos aspectos y yo tendría que decir que era un universitario integral, completo, un gran ser humano, defensor de la dignidad y una persona que permanentemente estaba interesada en su facultad, en su instituto, en toda la universidad.

 

Destacó que en los momentos más importantes de la universidad estuvo presente: en los órganos de trabajo, las designaciones más trascendentes y en las responsabilidades más destacadas.

 

“Recibió de su universidad las distinciones mayores y, para nosotros, en consecuencia, representa una pérdida enorme, nos deja un vacío, nos deja un ejemplo y una obra.

 

Hizo múltiples contribuciones al pensamiento, al fortalecimiento de nuestra identidad, de la nación, a la docencia, a la investigación; fue un intelectual, un pensador, que tuvo una repercusión muy amplia. Hay muchas generaciones que se formaron alrededor de él, de sus textos. Hay muchos investigadores que aprendieron el rigor, la disciplina con él, sostuvo

 

Cuauhtémoc Cárdenas indicó que ésta es una gran pérdida para el país y la cultura. Nos dejó mucho, primero un ejemplo de vida y afortunadamente mucha obra escrita y muchos alumnos y discípulos.

 

Elena Poniatoska definió a Villoro como un filósofo y maestro sumamente importante para México, y recordó que el apoyo de este intelectual a los zapatistas fue definitivo.

 

“Al lado de Pablo González Casanova, el subcomandante Marcos y los jefes zapatistas jamás tuvieron tanto apoyo como el que les dio Luis Villoro, quien además los acompañó hasta lo último”, sustentó.

 

Él siguió yendo a Chiapas hasta una edad muy entrada, cuando le era muy difícil viajar. Los zapatistas han perdido su mejor aliado, junto con González Casanova. Su apoyo a los indígenas fue importante.

 

La escritora Margo Glantz reconoció al pensador como uno de los hombres más íntegros y extraordinarios que México ha producido.

 

No sólo porque fue un gran filósofo, sino un gran hombre, y porque además todo lo que trabajó fue maravilloso. Su relación con el zapatismo fue también extraordinaria respecto de la forma de conseguir una nueva posibilidad de salida para México. Siento mucho que haya fallecido, pues es una de las figuras más queridas, extraordinarias e íntegras, indicó.

 

Arco generoso de vida

 

Para Juan Villoro resulta muy conmovedor poder ver que el arco de la vida de su padre fue muy amplio y generoso, pues es un filósofo muy dedicado a la búsqueda de la identidad nacional.

 

Empezó su trabajo estudiando a los defensores de los indios, pero la vida la deparó la fortuna de poder terminar sus días convertido él mismo en un defensor de los derechos indígenas, dijo.

 

“Entonces, él empieza estudiando a Bartolomé de las Casas, Vasco de Quiroga y a muchos otros, y luego a partir de 1994, con el levantamiento zapatista, el Congreso Nacional Indígena, donde tuve la suerte de acompañarlo, se pudo involucrar de manera directa en la lucha por los derechos indígenas, que todavía no se cumple y sigue siendo una asignatura pendiente. Y esto, creo, redondeó mucho su trayectoria.

 

“A los 90 años le hicieron un homenaje en Michoacán, donde la comunidad purépecha lo llamó Tata Vasco, y yo creo que ahí se cumplió un ciclo muy rico en su vida. Entonces nos deja muchas cosas. Somos cuatro hermanos, soy el único que vive en la ciudad de México, pero de un momento a otro llegan los demás, que vienen de distintos lugares.

 

“Recuerdo su carácter. La mayoría de sus alumnos lo recuerdan como una persona muy accesible. Tuvo discípulos muy notables y, sobre todo, fue una persona con mucha lealtad por sus ideas. En su caso hubo una gran coherencia de su pensamiento y forma de vida.

 

“Él consideraba que la filosofía era una forma de vida. Lo acompañé muchas veces con los médicos y era muy interesante cómo le hacían preguntas de su salud y luego terminaban pidiéndole consejos, porque él les daba los mejores remedios para vivir.

 

“La filosofía es eso: la filosofía surgió como una forma de vivir mejor y, en ese sentido, él era un hombre muy sabio. Se preparó mucho para la muerte.

 

“A mi papá se le pasaba mucho la mano en lo que concierne a esa preparación. Respecto al destino era un hombre muy sereno, sabía lo que había hecho, y aceptaba su destino agradeciendo todo lo que había recibido.

 

“Su relación con el EZLN fue decisiva. Quiso y admiró muchísimo al subcomandante Marcos, sostuvieron muchos diálogos, por momentos conflictivos, pero mantuvieron una relación de intercambio de ideas muy impresionante.

 

El zapatismo le abrió como experiencia lo que la filosofía le había dado como forma de reflexión. Esto es muy importante, ya que lo que él conocía como teoría a través del zapatismo lo conoció como vivencia.

 

Juan Villoro no quiso revelar por el momento lo que ocurrirá con las cenizas del filósofo, hasta la llegada de los demás hermanos. Acataremos su última voluntad, que, como siempre, era romántica.

 

Al margen de los homenajes que se le puedan rendir, dijo el escritor, lo más importante será pensar en sus trabajos inéditos. Su viuda, Fernanda Navarro, “es quien ha estado muy pendiente de los textos en proceso; sería importante hacer recopilaciones de sus textos dispersos como los que estaba escribiendo; Luis Villoro se murió pensando y discutiendo. Lo último que me dijo fue ‘¿Qué proyectos tienes? La vida está hecha de proyectos y de futuro’”.

 

Filósofo de las causas sociales

El sueño de Luis Villoro

Adolfo Gilly

L

uis Villoro, el historiador que conocí, tenía una severa, abierta y generosa mirada sobre la historia. Sus mundos iban de las hazañas de la Guerra de Independencia a las hazañas de las rebeliones indias. Esa mirada, como si fuera portadora de su destino, anunciaba ya el apoyo irrestricto y generoso a la rebelión zapatista.

 

Repito, generoso, porque así fue el Luis Villoro que los zapatistas y muchos otros y también nosotros conocimos.

 

Luis Villoro, el historiador, era un hijo de la escuela romántica: así aparece en su magnífico y soñador ensayo: El sentido de la historia en aquel pequeño libro de los años ochenta, Historia, ¿para que?

 

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El colaborador de La Jornada con su esposa, Fernanda Navarro, el pasado 25 de febrero en El Colegio NacionalFoto José Antonio López

No sé si es así, pero siempre vuelvo a ver a Luis como un retoño en México del soplo utópico de Ernst Bloch y su Principio esperanza.

 

Haya sido o no así, Luis llevaba la esperanza en sus ojos claros, su sonrisa abierta y su afán de razonar y enseñar. Así lo seguiré recordando, como vi su estampa aquella vez en el Festival de la Digna Rabia allá en San Cristóbal de las Casas o como aquella otra en el homenaje a don Adolfo Sánchez Vázquez en el aula magna de nuestra Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

 

Don Luis

Luis Hernández Navarro

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Juan Villoro durante la ceremonia en que ingresó a El Colegio Nacional, el pasado 25 de febrero. Lo acompañan sus padres, Luis Villoro y Elena Ruiz MilánFoto José Antonio López

E

sa noche de 1996, mientras el fresco de La Realidad caía a sus espaldas, Luis Villoro trató de conciliar el sueño en un improvisado lecho de cartón que sus compañeros le acondicionaron en el suelo de la escuela zapatista en la que pernoctaban. Se cubrió del frío con el saco gris con el que invariablemente se vestía y renunció a quitarse los zapatos tenis que regularmente calzaba.

 

Luis Villoro tenía entonces 74 años de edad y era ya uno de los más reconocidos filósofos mexicanos. A pesar de ello, no pidió para sí ningún trato especial, en aquel rincón de la selva chiapaneca. Durmió, se aseó y comió exactamente como lo hicieron el resto de sus compañeros. No hubo de su parte queja alguna. Por el contrario, mientras esperaba el momento de encontrase con la comandancia rebelde, confesó sentirse privilegiado de estar allí en ese momento.

 

Su actitud aquella noche no fue excepcional. Ese era su modo de ser. A pesar de su sabiduría y sus deslumbrantes credenciales académicas, nunca pidió para sí prerrogativa alguna. Cuando participó en los Diálogos de San Andrés sobre derechos y cultura indígenas como asesor del EZLN, pidió siempre la palabra como un orador más, escuchó pacientemente a quienes tenían algo que decir y ajustó su intervención al límite de tiempo establecido: tres minutos.

 

Luis Villoro se ganó la confianza de los zapatistas –usualmente desconfiados– y la conservó a lo largo de casi dos décadas. Él vio en los rebeldes la realización, aquí y ahora, hoy, de la verdadera utopía. Ellos lo escogieron como uno de sus pocos interlocutores permanentes. Don Luis, doctor, maestro le llamaron los insurgentes a lo largo de los años. Lo mismo hicieron las organizaciones indígenas independientes, dirigentes sociales e intelectuales que lo frecuentaban.

 

Entre el filósofo y el EZLN se entabló una estrecha relación de complicidad y debate. Uno de los momentos cumbres de esta conversación fue el intercambio epistolar sobre ética y política que él y el subcomandante Marcos entablaron entre 2011 y 2012. Un diálogo con el mundo indio que comenzó teóricamente en 1950 con la publicación de su extraordinario libro Los grandes momentos del indigenismo en México y que, en una muestra más de la marcha circular del tiempo del eterno retorno, encontró en el levantamiento indígena zapatista y la construcción de la autonomía su encuentro con el sujeto histórico de carne y hueso.

 

Don Luis nació en Barcelona en 1922. Con la influencia de un padre doctor a cuestas, estudió medicina durante tres años. Sin embargo, su pasión por la filosofía creció tanto que abandonó los estudios para ser galeno; se doctoró en esta disciplina en la UNAM y, más adelante, hizo estudios de posgrado en la Ludwig-Maximilians-Universität, de la desaparecida República Federal de Alemania.

 

Discípulo de José Gaos, miembro del grupo Hiperión –que hizo del ser mexicano el centro de su reflexión–, Villoro se preocupó siempre por analizar la realidad del país. Entendió la filosofía no como un conjunto de doctrinas, menos aún como ideologías, sino como una serie de preguntas surgidas de la perplejidad humana. Distanciado de la filosofía analítica y de la metafísica, reivindicó –en la línea de los existencialistas– una reflexión en situación, el estar en el mundo.

 

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Durante una entrevista con La Jornada en julio de 2007, a propósito de su libro Los retos de la sociedad por venirFoto José Antonio López

Luis Villoro no siempre fue un hombre de izquierda. Se convirtió en eso por una consideración básicamente ética: después de transitar distintos caminos, concluyó que necesitaba asumir una postura ante la injusticia que existe en el país y cambiarlo. A su manera, hizo suya la famosa Tesis XI sobre Feuerbach de Carlos Marx, donde se establece que, hasta ahora, los filósofos no han hecho más que interpretar el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo.

 

Para Luis Villoro la izquierda es una actitud que rechaza la dominación y la opresión, que enfrenta todo tipo de imposición, que hace cambios y no permite que las cosas permanezcan como están. Una actitud que busca caminar hacia un orden mundial diferente, y, aun, opuesto al capitalismo mundial.

 

Amante de la literatura clásica y de la música de Mozart y Beethoven, don Luis reivindicó otra visión del mundo. Una que revalorice nuestro pensamiento de América Latina. En Indoamérica –sostuvo en una serie de artículos publicados en La Jornada– existe otra manera de ver y vivir el mundo: el pensamiento de los pueblos originarios de América.

 

Según él, para poder realizar esa otra visión del mundo se requiere previamente despertar de una ilusión: la ficción de la hegemonía de la modernidad occidental, que ha provocado los grandes males que la humanidad padece en la actualidad.

 

El pensamiento de los pueblos originarios –escribió– choca con el de Occidente en varios puntos: frente al individualismo occidental, la cosmovisión indígena se acerca a la vivencia de su pertenencia a la totalidad y la práctica del comunitarismo. En las comunidades indias el centro no es el yo individual, sino el nosotros comunitario. Asimismo –argumentó– en las sociedades comunitarias la relación con el poder es diferente. Mientras en la sociedad occidental se reivindica la democracia representativa, en los pueblos indios se ejerce otra democracia: la participativa.

 

Esta otra visión del mundo existe ya –advirtió el maestro en distintas ocasiones– en las juntas de buen gobierno zapatistas.

 

Simultáneamente ateo y religioso, Luis Villoro creyó en la divinidad del cosmos pero no en Dios, en la resurrección ni el alma. Pensó la muerte como una unión con el todo. Hoy, después de enseñarnos a soñar durante años más y mejor con otros mundos posibles, partió para fundirse con ese todo. Para muchos, este crítico del poder que nunca pidió privilegio alguno, el que supo el valor del decir no, el hombre decente, solidario, inteligente, que siempre fue, será simplemente don Luis.

 

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